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Vivo en un edificio antiguo, con un portal elegante y oscuro, de esos que huelen a piedra húmeda y a siglos. Cada vez que salgo a la calle y giro la esquina, el Coliseo aparece como una presencia imposible, enorme, quieta; Roma tiene un corazón de piedra que late a cámara lenta.
Mi apartamento tiene techos altos y ventanas grandes. El suelo cruje un poco al caminar —ese crujido que te recuerda que estás en un sitio que ya vivía antes de ti— y la cocina es pequeña, práctica, con azulejos claros y una encimera estrecha.
El primer día abrí cajas sin orden. Ringo entendió antes que yo que estaba en casa. Salió del transportín, olisqueó cada esquina con solemnidad, se subió a la cama, después al sofá y terminó plantándose junto a una ventana como si le perteneciera la vista de Roma entera.
A los tres días ya tenía su ruta: cocina, salón, alféizar, cama. A la semana, ya había elegido sus lugares favoritos para dejar pelo —porque Ringo no cambia de continente: coloniza.
Yo me adaptaba más despacio.
Roma tiene un ritmo distinto al de Madrid.
Menos prisa y, a la vez, más intensidad.
La gente habla con las manos y con los ojos, como si cada frase fuera una escena.
Los cafés son cortos y precisos, y el ruido de los platos en las terrazas suena a vida.
Los primeros días me mareaba tanta belleza junta, como si una parte de mí no se creyera merecedora de vivir en un sitio así.
Lo único que no me costó fue el idioma.
Mi italiano es perfecto, de verdad, no de «me defiendo».
Acento, ritmo, expresiones. De esas veces en las que el esfuerzo se nota no por lo que te cuesta, sino por lo natural que acaba siendo.
Me sorprendía a mí misma pidiendo cosas sin pensar, respondiendo con soltura, riéndome con el camarero como si llevara aquí años.
Y cada vez que me sale una frase redonda, pienso en Matteo por reflejo y me da rabia tenerlo asociado a algo que, por fin, era mío.
El profesor —Gianni— está aquí. En persona. El mismo que me daba clases online , el que me corregía la colocación de la lengua, el que me obligaba a repetir hasta que mi boca dejaba de sonar extranjera.
La primera vez que nos vimos en un café cerca de Piazza Venezia me dio un abrazo rápido, italiano, y me miró con orgullo como si el idioma fuera un músculo que él hubiera ayudado a construir.
— Sei pronta.
Me dijo que estaba lista y yo sonreí como si sí.
Durante las primeras semanas, mi vida se ha llenado de cosas nuevas: reuniones, pruebas, lecturas, visitas a productoras.
El mundo profesional era un carrusel y Sasha estaba en su salsa, como siempre.
La veía moverse por los pasillos con esa seguridad fría que a veces me asusta y a veces me salva.
Rodeada de productores, de asistentes, de directivos.
Encendía sonrisas con la facilidad de quien nació para negociar.
De hecho, juraría que está tonteando con uno de los directivos de la nueva película en la que voy a trabajar.
No lo diría en voz alta porque Sasha me mataría, pero se le nota: esa forma de inclinar la cabeza, de reírse un segundo más de la cuenta, de tocarle el brazo al hablar.
No es coquetería: es estrategia con perfume.
Y el tipo, por lo que he visto, cae como caen muchos en su órbita: creyendo que han elegido ellos.
Yo, mientras tanto, sigo sin conocer a mis vecinos.
Me cruzo con gente en el ascensor, intercambio sonrisas educadas, algún « buongiorno » y poco más.
Nadie aquí sabe quién soy, o quizá sí y fingen que no, que es la forma más elegante de respetar a alguien.
No hay Cris que golpee mi puerta. No hay Hooper entrando con un gin-tonic y una frase en spanglish .
No hay « ¿estás bien? » sin agenda detrás.
Los echo de menos de una manera que me sorprende. Hago videollamadas con ellos muy a menudo. A veces con la excusa de enseñarles a Ringo —que, por supuesto, pasa de la cámara— y otras sin excusa, solo porque necesito escuchar sus voces para recordar quién era yo.
Ellos me enseñan su salón, su cocina, sus caras normales. Me cuentan tonterías, me hacen reír y yo, por un rato, consigo olvidar que estoy en Roma con el Coliseo que me respira de cerca.
Pero la noche… la noche es otra cosa.
Por la noche, cuando Sasha se queda en su estudio o en alguna cena con productores, cuando la ciudad baja el volumen y solo se escucha el zumbido de la nevera y el tráfico lejano, yo me encuentro con lo mismo de siempre: conmigo.
Con el silencio, con el monstruo, con la costumbre y con mi móvil.
Hay un chat que no cierro. El de él.
Sigo mirando la conversación que tuvimos la noche antes de venir y sigo mirando lo que no está: su falta de contestación tras pisar suelo italiano.
Y yo no sé qué me molesta más: que no conteste o que una parte de mí siga esperando que lo haga, como si con una palabra suya se confirmara que no lo he perdido del todo.
Ringo se enrosca en mis piernas y ronronea, indiferente a mi drama humano. Yo lo acaricio y miro la pantalla otra vez.
Roma entera frente a mí, el futuro que se abre con proyectos italianos, un idioma perfecto en mi boca… Pero una ausencia mínima en un chat me hace sentir que me falta algo.
Me digo que es ridículo.
Me digo que tengo que soltar.
Me digo que he venido aquí para empezar de nuevo.
Pero yo vuelvo a mirar.
Como si la pantalla pudiera darme una explicación que la vida no da.