37 #2
Porque yo sabía cómo funcionaba mi cabeza: empezaba con un mensaje inocente y terminaba con una herida abierta. Empezaba con una broma y terminaba con una nostalgia que no se cura ni en cincuenta países.
Así que no le seguí el rollo. No le pregunté qué canción era, no le puse un «jajaja» largo y no le di cuerda.
«Es una barbaridad de documental», escribí, neutra. «Pero es precioso verlos crear.»
Me quedé mirando el chat, esperando que él dijera algo más. Algo que justificara que mi corazón estuviera tan despierto. Algo que me confirmara que no estaba loca por sentir así.
Matteo tardó unos segundos. Luego escribió:
«Me hizo pensar en nosotros.»
Se me heló la sangre.
El monstruo se removió. Yo apreté los dedos alrededor del móvil como si pudiera estrangular la frase.
No. No. No me hagas esto.
Respiré de manera consciente varias veces. Ringo se movió un poco, molesto por mi tensión. Yo le acaricié la cabeza, para pedirle perdón por existir en mi pecho.
No contesté enseguida porque no podía. Si contestaba desde donde quería contestar, le diría la verdad. Le diría que a mí también me hacía pensar en nosotros cualquier cosa: un amanecer, una canción, un olor a pasta, una caja cerrada.
Y yo no quería volver a abrir esa caja la noche antes de irme, cuando por fin había decidido un futuro. Así que escribí lo único que pude escribir sin romperme:
«No digas tonterías, More.»
Después el chat se quedó en silencio. Ringo levantó la cabeza, incómodo por mi tensión, y me miró con esa superioridad felina que parece decir: otra vez te estás metiendo donde te duele . Le acaricié la nuca para calmarlo, pero en realidad me estaba calmando yo.
Pasaron unos segundos que se me hicieron largos y entonces, escribió.
«Vale. No te voy a quemar la noche antes de Italia.»
Esa frase me apretó el pecho de una manera peligrosa, porque sonaba a algo que yo no le había pedido y, aun así, necesitaba: cuidado.
No es cuidado, es educación. Es Matteo siendo Matteo. No lo conviertas en una película.
Mis dedos flotaron sobre el teclado. Escribí: «Gracias».
Borré. Escribí: «Buenas noches». Borré. Quería hacer lo correcto.
Cerrar la conversación con un lazo bonito y fin.
Pero había una parte de mí —la más idiota, la más viva— que no quería que se acabara.
Que quería que él dijera una frase más, solo una, para sentirlo cerca antes de irme.
Él volvió a escribir, como si me hubiera leído la respiración:
«¿Sabes una cosa?»
No contesté, pero él siguió.
«En Get Back hay un momento en el que están cansados, enfadados, a punto de romperlo todo… y aun así vuelven a tocar. Vuelven a sentarse. Vuelven a estar.»
Sentí un nudo.
No me hagas esto. No hoy.
Me obligué a responder con frialdad, a poner el muro donde lo pongo siempre.
«Eran los Beatles. Era su trabajo.»
Tardó muy poco en contestar:
«Recuerda que nosotros éramos ocho días a la semana.»
Me reí sin querer, pero fue una risa triste, como un golpe en la boca del estómago. Yo también me acordaba de esa frase. Me jodía que lo recordara él también.
«Te deseo suerte mañana.»
Me volvió a escribir porque yo no podía hacerlo de lo que me temblaban las manos.
«Cerca del Coliseo suena a película», siguió.
Me ardieron los ojos.
«No es película.», contesté, seca, aunque las lágrimas ya estaban ahí, preparándose.
«Entonces, por primera vez, hazlo real.»
«Prométeme una cosa.»
El monstruo dentro de mí se tensó. Mi cabeza ya buscaba excusas.
«¿Qué cosa?»
Matteo escribió:
«Que cuando llegues, me mandes un mensaje. Solo eso. Cuídate.»
La frase era tan sencilla que me dio rabia. Rabia porque no pedía nada grande, porque era imposible negarse sin parecer un hielo. Y porque en el fondo, lo que me pedía no era un mensaje, era un hilo.
Yo me quedé mirando el teclado. Pensé en el guion que estaba escribiendo minutos antes, en las cajas a mi alrededor, en Sasha y su agenda. En todo lo nuevo que iba a empezar. Y pensé en Matteo, lejos, pero presente como si estuviera sentado en mi salón.
No quise quemarme. No quise abrir la puerta y dejar que entrara el incendio. Pero tampoco pude ser de piedra.
«Te lo prometo», escribí. Y añadí, como para mantenerme a salvo detrás de un chiste:
«Aunque sea solo para que no me des la chapa desde Dubái.»
En cuanto lo envié, me arrepentí y me reí a la vez. Así era yo: disparando hacia el lado para no dar en el centro. La respuesta llegó al instante:
«Brava.»
Y después:
« Buonanotte , Siena.»
Se me quedó el « buonanotte » pegado a la garganta como su mano suave.
« Buonanotte , More», contesté yo, y apagué el móvil antes de que él pudiera decir una palabra más.
Me quedé un rato quieta, con la pantalla negra reflejando mi cara y las velas temblando a los lados. Ringo se volvió a enroscar en mis piernas, ajeno al drama humano, y yo pensé, con una tristeza ridícula: es injusto enamorarse cuando no toca.
A la mañana siguiente, en el avión, con Italia bajo mis pies, lo primero que hice al aterrizar fue mirar el móvil y le escribí para que supiera que había llegado bien. No tuve contestación en palabras, solo un corazón sobre mi mensaje.