Fuimos un error de guion 37
71%

37

Meses después

Tras la despedida de Matteo —o la no despedida, porque a veces los finales no se cierran, solo se quedan flotando— necesité unas semanas para centrarme en mi «nueva» vida.

​ El invierno llegó y, por primera vez en mucho tiempo, el frío me hizo un favor. Me vestía con ropa ancha, capas, abrigos grandes, jerséis que me tragaban. Así apenas se notaba mi delgadez. Así el mundo dejaba de mirarme como si mi cuerpo fuera un titular, y podía existir sin sentirme examinada.

​ Seguía avanzando con el italiano, cada día más.

Y era un suplicio, porque cada palabra me devolvía a él.

Cada giro, cada expresión, cada sonido que yo pronunciaba bien por fin parecía una migaja que me llevaba de vuelta a su boca diciendo «brava», a su risa corta, a su mirada que se encendía por dentro cuando algo le hacía ilusión.

​ Para tenerlo más cerca —para engañarme un poco— me ponía nuestra serie una y otra vez en mis ratos libres.

Me la sabía de memoria y aun así la veía como si pudiera encontrar un mensaje secreto entre escenas.

Como si, en algún gesto mínimo, en alguna mirada no prevista por el guion, yo pudiera comprobar que lo que sentí no fue una película inventada por mi cabeza.

​ Participé en otra serie en España. Un proyecto que me mantuvo ocupada, con horarios largos y maquillaje temprano, lo justo para no pensar demasiado. Porque pensar era un deporte de riesgo últimamente.

​ Mientras tanto, Sasha preparaba en segundo plano mi llegada al cine italiano. Ella lo llamaba «expansión». Yo lo sentía como una huida elegante.

​ Encontró un piso cerca del Coliseo para mí. Cuando me lo enseñó en el móvil, con esa emoción práctica suya, lo dijo como si fuera obvio:

​ —Lo compartimos.

​ Yo me quedé mirándola, seria.

​ —No.

​ —¿Cómo que no? —puso cara de ofendida—. Es una zona buena. Sale a cuenta.

​ —Sasha, no. —La interrumpí con una seguridad que me sorprendió hasta a mí—. No voy a vivir contigo.

​ Se me quedó mirando como si no me conociera.

​ Y quizás tenía razón: yo estaba aprendiendo a ser otra versión de mí, una que no pedía perdón por poner límites.

​ —Lo que me faltaba… —murmuré, más para mí que para ella—. Vivir con esa tipa.

​ Sasha abrió la boca para protestar, pero debió de verme la cara, porque cerró la discusión antes de que empezara.

​ Al final llegamos a un acuerdo: yo me quedaba en ese piso y ella se iría a un estudio cerca, lo bastante próximo como para trabajar juntas, lo bastante lejos como para no invadirme.

​ De nuevo, otra despedida.

​ De nuevo, un adiós a mis vecinos, a mis rutinas pequeñas, a mi casa con incienso y a ese centro que me había salvado sin preguntas.

​ Pero esta vez la despedida fue distinta, porque esta vez, estaba más contenta; sentía que dejaba atrás una ciudad que escondía mi sufrimiento.

Madrid era preciosa, sí, pero también era el lugar donde aprendí a sonreír mientras me rompía.

El lugar de los flashes, del juicio, del contrato, de las cajas, de la mentira.

Italia, en cambio, todavía era una promesa y yo necesitaba creer, aunque solo fuera un poco, que las promesas existen.

​ Durante el tiempo en el que estuve estudiando cuál sería mi siguiente proyecto en aquel país, me encontré con un enemigo nuevo: las horas libres.

​ En teoría suenan a descanso. En la práctica, para mí, eran un espacio peligroso. Un hueco donde la cabeza hace ruido y el cuerpo se queda sin excusas. Sin rodaje, sin reuniones, sin aeropuertos, sin alguien diciéndome qué toca a continuación… la soledad se volvía demasiado nítida.

​ Necesitaba taparlas con algo y se me ocurrió escribir. No me refiero a una carta o un diario como el que fui haciendo meses atrás o páginas bonitas que una escribe para sentirse bien. Se me ocurrió hacer lo único que sabía hacer sin que me temblaran las manos: inventar una historia. Un guion.

​ Una historia en la que mi monstruo daba la cara, sin maquillaje, sin metáforas que lo hicieran pequeño.

La historia de una chica que, a partir de traumas que no sabe nombrar, acaba desarrollando un problema brutal con la comida.

No por vanidad o por capricho, más bien por supervivencia, control, miedo, vergüenza.

Por esa necesidad de desaparecer cuando el mundo pesa demasiado.

​ Al principio me dio un miedo atroz. No miedo a escribir, que eso lo he hecho toda la vida como quien se tapa con una manta.

Miedo a lo otro: a que, si lo ponía en palabras, dejara de poder fingir que no existía.

A que mi monstruo, al tener forma y nombre, ya no pudiera esconderse detrás de excusas bonitas.

​ Pero poco a poco empecé a conocerme a través de las letras. Como si cada escena fuera una rendija y, por fin, yo me atreviera a mirar por dentro sin apartar la cara.

​ La noche justo antes de partir hacia Italia, me temblaron las manos sobre el teclado del portátil.

No sabía qué iba a pasar con todas aquellas letras, con esos personajes que habían nacido de mi herida, pero sentí algo que no había sentido nunca con un trabajo: me estaba vaciando.

Había abierto un cuarto cerrado durante años y había dejado que entrara el aire, aunque doliera.

​ Cerré el portátil despacio y me quedé un segundo mirando la tapa como si fuera una puerta.

Luego levanté la vista. Estaba envuelta en cajas otra vez.

Esta vez muchas más que cuando me fui a vivir con Matteo.

Aquellas eran cajas de un contrato. Estas eran cajas de mi vida.

Años y años empaquetados: ropa, libros, recortes, fotos viejas, guiones, miedo también…

pero, debajo de todo, una ilusión nueva.

El proyecto en Italia ya estaba decidido.

Había un plan, un lugar y un futuro diferente.

​ Y, como un golpe bajo, él me vino a la cabeza.

​ El salón estaba iluminado por un par de velas y mi lámpara de sal con su luz rojiza.

Afuera, Madrid seguía siendo Madrid, indiferente.

Ringo estaba enroscado sobre mis piernas, caliente, pesado, y yo le acariciaba la espalda con un movimiento automático, como si el gato pudiera sostenerme el pulso.

​ Pensé en escribirle al italiano para comentarle que era mi última noche en Madrid.

Llevaba tiempo sin saber de él. Y lo más ridículo era eso: que, aun así, me parecía que la última vez que hablamos hubiera sido ayer.

Como si la distancia no contara cuando alguien se te queda instalado en un sitio que no sabes desalojar.

​ No me atrevía a comenzar una conversación.

No me atrevía a volver a alargar el sufrimiento.

Parte de mí quería dejar este lugar y, con él, dejar también el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue.

Cerrar la caja donde guardo a Moretti, ponerle cinta adhesiva y escribir «FRÁGIL» como excusa para no abrirla nunca.

​ Pero aquella noche tenía una textura especial. La de los finales que no hacen ruido.

​ Me dije: «Un mensaje no hace daño» .

​ Mentira.

​ Me temblaron los dedos cuando abrí el chat. Lo vi ahí, su nombre, su foto, ese punto de conexión que parecía una puerta entreabierta.

​ Escribí, borré, volví a escribir. Hasta que me obligué a dejarlo simple.

​ «Última noche en Madrid… mañana estaré pisando tierra italiana. Voy a vivir cerca del Coliseo y, según mi profe, he mejorado mucho con el idioma. ¿Qué tal tú? ¿Por qué país andas?»

​ Lo envié y el corazón me hizo ese golpe en seco que me da cuando hago algo que no debería.

​ Me quedé mirando la pantalla con una mezcla de arrepentimiento y expectativa, como si la respuesta fuera a decidir algo importante. Como si yo no fuera yo hasta que él contestara.

​ No pasó ni un minuto. Contestó enseguida.

​ «Estoy en Dubái.»

​ Se me quedó el nombre de la ciudad pegado a la lengua. Dubái: luces, lujo, arena. Él siempre lejos y en movimiento.

​ Siguió.

​ «Aquí hay tres horas más que en Madrid. Estaba dando vueltas en la cama, escuchando música.»

​ Leí eso y me imaginé su hotel, el aire acondicionado demasiado fuerte, su cuerpo girando sin encontrar postura. Me imaginé su mano sosteniendo el móvil como si fuera un puente.

​ No quise imaginarlo, pero lo hice igual.

​ «¿Los Beatles?» escribí, casi sin pensarlo.

​ La respuesta llegó con rapidez.

​ «Mejor que no sepas qué canción escucho.»

​ La frase me dio un vuelco absurdo. Ese tipo de vuelco que una se obliga a no interpretar. No es nada, Siena. No hagas películas. No conviertas una frase en un símbolo.

​ Me mordí el interior de la mejilla, rabiosa conmigo misma, y con todo, sonreí un poco. Porque Matteo siempre encuentra cómo abrir un pequeño portal sin abrirlo del todo.

​ Luego añadió, como si quisiera cambiar de tema o, tal vez, acercarse sin que se notara:

​ «Pero hablando de los Beatles… he visto el documental Get Back que me recomendaste y he flipado.»

​ Me quedé quieta.

​ Yo se lo había recomendado hacía meses, en uno de esos días en los que todavía podíamos hablar sin miedo.

​ «¿En serio lo has visto?», escribí.

​ «Sí. Con sus cuatrocientos sesenta y ocho minutos.»

​ Y un emoji que, en él, sonaba a carcajada contenida. Me reí en silencio, pero la risa se me quedó a medias. Todos esos minutos eran una locura y, al mismo tiempo, era tan él: ir hasta el final, tragarse la historia entera, mirar por dentro para entenderlo todo de golpe.

​ Y de pronto me molestó algo y lo hizo con una intensidad ridícula.

​ Que lleváramos tanto sin hablar.

​ Que me contestara como si no hubiera pasado el tiempo.

​ Que su mensaje fuera tan inmediato, tan presente, que mi cuerpo reaccionara como si él estuviera en el sofá y no a miles de kilómetros, en Dubái, con tres horas más en su reloj y el mismo efecto en mi pecho.

​ Me jodía que pudiera volver así. Como si no me hubiera dejado sola con el eco.

​ No te quemes , me dije. No vuelvas a meter la mano en el fuego para comprobar si todavía quema.