36 #2
—Somos tan especialitos —murmuré, y no pude evitarlo—. Si nos hubieran puesto una cámara en casa y vieran que el último día amanecemos así… en la misma cama… quién diría que hemos roto…
Me quedé callada y no porque no supiera qué decir. Porque sabía demasiado. Matteo no respondió enseguida. Se hizo una pausa pequeña, espesa, como si dentro de él hubiera algo que quería salir… y no pudiera.
En la ventana del patio interior empezó a insinuarse un hilo de luz. El amanecer ya estaba ahí, empujando y, con él, el final.
Yo alcé la mano y le acaricié la cara despacio.
La piel estaba tibia, la barba leve y esa expresión contenida que él siempre usa cuando está a punto de sentir algo.
No se apartó. Cerró los ojos un instante, como si mi mano le doliera de lo bien que le venía.
Cuando los abrió, se quedó mirándome con una intensidad que me hizo olvidar que estaba respirando.
—Habríamos sido una pareja perfecta —dijo al fin.
Me mordí el labio y lo hice fuerte, para no llorar.
Si él supiera lo que duele escuchar eso. Si él supiera que ese «habríamos» era una verdad que yo estaba enterrando con las uñas. Que no era una hipótesis bonita: era un futuro posible que yo misma estaba negándome por miedo.
El amanecer se reflejó en sus ojos, haciéndolos aún más oscuros y más profundos. Matteo sostuvo mi mirada sin parpadear, como si quisiera grabarme. Y entonces añadió, sin apartar los ojos de los míos:
—Quizá en otra vida…
Sentí que se me llenaba la garganta de lágrimas, que la presión me subía al pecho, que el mundo entero cabía en esa frase.
—En otra vida —susurré, con los ojos a punto de estallar de nuevo.
Nos quedamos así, cara a cara, en una cama prestada por un contrato, con la luz que entraba tímida y el silencio entre nosotros lleno de todo lo que no habíamos dicho.
Dos personas rotas que habían aprendido a sostenerse sin prometerse nada.
Lo injusto era eso: que a veces el amor llega cuando no toca y con quien no toca.
Que la vida te pone delante a alguien que te calma el monstruo…
justo cuando tú estás demasiado ocupada sobreviviendo como para permitirte querer.
Moretti deslizó el pulgar por mi mejilla, recogiendo una lágrima que no había conseguido contener.
—No llores —susurró—. O… —sonrió apenas, con una tristeza preciosa—. Llora, pero que no sea por arrepentimiento.
Yo cerré los ojos un segundo, como si con cerrarlos pudiera quedarme ahí para siempre, pero el reloj, aunque no sonara, ya iba camino de las ocho.
Cuando el despertador sonó, no fue un sonido: fue un disparo.
Me levanté de la cama y entré al baño con la rapidez de quien huye de una mirada.
Él se quedó ahí, en mi habitación, y yo no tuve el valor de girarme para mirarlo.
Me daba un terror tremendo cruzar de nuevo sus ojos, pero lo que más me asustaba era otra cosa: ver su cara al ver mi cuerpo.
Me aterraba el instante exacto en el que sus ojos bajaran y, aunque no dijera nada, se le instalara en la expresión esa alarma silenciosa.
Esa compasión que no pides. Ese juicio que no quiere hacerte daño, pero se le escapa por instinto.
La antimujer. Un escombro.
Me lavé la cara, me enjuagué la boca, me puse algo de ropa sin mirar demasiado el espejo, como si este fuera también prensa.
Cuando salí, la habitación estaba vacía y no solo la habitación; el piso también.
Ya no estaba y no iba a volver. Lo sentí en el aire: una ausencia limpia, definitiva, como cuando apagan una luz y tardas un segundo en asumir que nadie va a volver a encenderla.
Aquella cucharita en la madrugada había sido nuestra despedida, aunque fuera tan íntima que el mundo jamás la entendería.
A las ocho y cuarto llegaron los de la mudanza y Sasha apareció después, impecable, con cara de agenda y ojos de quien sabe que llorar no altera un planning .
Yo no pude dejar de llorar mientras sacaba las últimas cajas de mi habitación.
Lloraba en silencio, sin sollozos, con esa dignidad inútil que una aprende para no molestar.
Sasha intentó consolarme a su manera: un abrazo breve, sin saber dónde poner las manos, y dos golpecitos en la espalda, como si me estuviera reiniciando.
—Ya está, Siena —murmuró, seca—. Ya está. Lo habéis hecho genial.
No había «ya está» dentro de mí.
Cuando fui a meter a Ringo en su bolso transportador, me di cuenta de algo y se me paró el corazón: llevaba un collar nuevo. Uno con imágenes de los Beatles y una chapita con su nombre en el centro: Ringo.
No sé qué fue peor: el detalle o lo que significaba.
Hundí la cara en el pelo del gato y me rompí del todo. Sasha me observó con esa frialdad profesional que, en el fondo, es miedo a tocar lo humano y no saber hacerlo. Yo me limpié la cara con el dorso de la mano y, antes de salir, le di la espalda.
—Ya sabes dónde encontrarme.
No fue una frase amable, fue un límite.
Bajé. Torres me esperaba en la puerta del edificio, junto al coche, impecable como siempre. Me abrió la puerta trasera sin decir nada; entendía que ese día las palabras sobraban, y yo subí con la mochila para el gato en las piernas. Ringo se quejó con un maullido indignado.
Tras pasar por dos calles en silencio, Torres habló.
—Señorita Siena —dijo—. El señor Moretti me ha hecho prometer algo.
Tragué saliva.
—¿Qué?
—Que la cuide cada vez que se suba al coche. Me lo pidió mirándome a los ojos.
No respondí y siguió.
—Y me pidió que, si hoy la veo derrumbarse, no le deje creer que es culpa suya. —Hizo una pausa—. Que hay despedidas que duelen no porque estén mal… sino porque importan.
Yo apreté el asa del bolso de transporte y miré el collar nuevo de Ringo como si fuera una prueba de algo. A peliculera no me gana nadie.
Cuando llegué a mi casa, Cris y Hooper estaban en el portal.
Me quedé clavada un segundo en la acera, con el transportín de Ringo apretado contra las piernas y la llave aún sin sacar del bolso.
No les había contado que volvía. Lo había hecho a propósito porque necesitaba organizar mi cabeza primero, y, cuando me viera preparada, llevaría a cabo ese plan pequeño y ridículo que me sostiene cuando todo se desmorona: meterme en la ducha como si el agua pudiera limpiarme el cuerpo y el alma a la vez, y poner a tope los Beatles.
Pero allí estaban los dos.
Cris fue la primera en verme y se le suavizó la cara de golpe, esa mirada de hermana mayor que no pregunta todavía porque primero te recoge.
Hooper abrió los brazos sin decir nada y yo sentí el pinchazo de pánico que siempre me entra cuando alguien me abraza sin pedir permiso, porque me vino la pregunta antes incluso de que pudiera respirar:
¿Él les habrá contado lo del monstruo?
Me acerqué despacio; mi cuerpo no sabía si merecía ese recibimiento. Y, cuando por fin llegué, me abrazaron los dos a la vez. Yo me dejé caer en ellos con un miedo antiguo en la garganta y el corazón que me golpeaba como si estuviera huyendo.
—Eh… —dijo Hooper, suave, cerca de mi oído—. Tranquila. You ’ re home .
Me temblaron los labios.
Ringo, dentro, soltó un maullido; el mundo le debía una explicación.
Hooper intentó acariciar al gato a través de la reja del bolso con esa delicadeza absurda que tiene con los animales.
— Hey, boss —susurró—. Welcome back .
Torres se despidió con la misma discreción con la que había aparecido. Subimos juntos y yo abrí la puerta, y el olor de mi casa me golpeó como un abrazo propio. Cris ya estaba metiendo cajas como si fuera su casa también. Hooper encendió una luz, dejó el móvil boca abajo y se remangó.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunté otra vez, aunque ya intuía la respuesta.
Mi vecina se giró con una caja en brazos.
—Nos avisó Matteo.
Se me heló un segundo el estómago.
—¿Qué?
Hooper asentió, tranquilo. Para él no era nada raro que el italiano supiera a quién llamar para cuidarme.
—Sí. Nos dijo que hoy volvías. Que no querías ruido. Que… —se detuvo a tiempo, y me miró con una seriedad bonita— que necesitabas que hubiera gente sin preguntas.
Noté un nudo en la garganta.
¿Sin preguntas? ¿De verdad no les ha dicho nada más?
Yo buscaba señales como una paranoica: una mirada a mis piernas, un comentario a medias, una palabra mal colocada. Cualquier cosa que me confirmara que el monstruo había salido de mi cuerpo y se había instalado en el aire del salón.
No pasó. No hablaron de comida, de mi delgadez, ni hicieron ese silencio incómodo que a veces te delata más que una frase. Simplemente… estuvieron.
Cris abrió una caja y empezó a colocar libros en la estantería con la naturalidad de quien pone orden para que tú no tengas que hacerlo. Hooper sacó una manta del sofá, la dobló, la dejó perfecta y luego fue a la cocina a poner agua en un vaso sin preguntarme si quería.
Yo me quedé quieta en mitad del salón, sosteniendo el transportín y sentí algo parecido a paz atravesarme por primera vez en días.
—No hacía falta que vinierais —susurré.
Cris ni siquiera me miró; siguió colocando cosas como si eso fuera su manera de hablar.
—Sí hacía falta.
Hooper volvió con el vaso de agua y me lo tendió.
— Drink. Just … un poco —sonrió.
Me reí muy bajito, vencida.
Ringo salió del transportín en cuanto abrí la puerta y recorrió la casa oliéndolo todo, como si comprobara que seguía siendo su territorio. Se restregó contra mis piernas y me sostuve en ese contacto como en una cuerda.
Volvía a estar en mi centro, en mi mundo. Volvía a ser dueña de mí, aunque, en el fondo, sabía que no por mucho tiempo.