Fuimos un error de guion 36
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Noviembre

Los últimos días compartiendo casa con Matteo han sido extraños.

Tanto él como yo hemos intentado no coincidir.

Daba la sensación de que evitarnos era la forma más limpia de despedirnos sin tener que admitir que duele.

La ruptura parecía real incluso antes de que la prensa tuviera un camión en la puerta, pero yo sabía que el vínculo seguía estando ahí.

​ Lo sabía porque cada mañana, al salir de mi cuarto, encontraba lo mismo sobre la isla de la cocina: un plátano, un cuenco con cereales y un yogur.

Siempre en el mismo lugar, con el mismo orden.

Él me dejaba un pequeño altar doméstico, una manera de decir sin decir: te he visto, sigo aquí, no me rindo .

​ Yo solo me comía el plátano.

​ No porque quisiera castigarlo, sino porque era lo único que mi cuerpo aceptaba sin declarar una guerra. Y aun así, Matteo no desistía. Al día siguiente volvía a dejarlo todo exactamente igual. La constancia era una forma de cariño que no pide permiso.

​ Yo le dejaba un pósits al lado del yogur con un «gracias». Nada más.

​ Nos hemos cruzado en pocas ocasiones. Dos veces en el pasillo, una junto al armario de la entrada, otra en la cocina mientras yo fingía buscar agua y él fingía buscar lo mismo. En esas ocasiones él siempre tenía una sonrisa para mí, como una mano en el hombro sin tocar.

​ Hasta que llegó el día de la despedida.

​ Esa mañana me despertaron unos golpes suaves en la puerta de mi habitación. Lo bastante pronto como para que el mundo todavía no hubiera decidido amanecer. Me incorporé, desorientada, con el corazón acelerado por el susto.

​ —¿Siena? —Su voz atravesó la madera —. ¿Puedo pasar?

​ Tragué saliva.

​ —Sí —susurré.

​ La puerta se abrió y asomó la cabeza como si entrara en un sitio sagrado. Tenía el pelo revuelto, la camiseta arrugada y la vulnerabilidad de quien acaba de despertar en una de esas madrugadas en las que nadie finge nada porque ni siquiera ha tenido tiempo de ponerse la máscara.

​ —Perdona que te despierte —murmuró.

​ —¿Qué pasa?

​ No contestó. Entró despacio, cerró la puerta con cuidado y caminó hacia mi cama como si lo hubiera hecho antes mil veces. Yo seguí incorporada de lado, con la sábana agarrada al pecho, mirándolo sin entender. Y entonces, sin decir nada, se metió en mi cama.

​ Se deslizó detrás de mí con calma y me dejó sin respiración, como si el gesto fuera obvio y lo extraño fuera mi sorpresa. Sentí el colchón hundirse, su calor que se pegaba a mi espalda, la tela de su camiseta que me rozaba el brazo. Me quedé tiesa, como una estatua.

​ —More… —susurré, sin saber si estaba enfadada, asustada o todo a la vez.

​ Él soltó un suspiro mínimo, de esos que llevan semanas guardándose.

​ —¿Cómo le llamáis los españoles a esto? —preguntó, con un hilo de humor que temblaba—. ¿Hacer la cucharita?

​ Se me escapó una carcajada corta, incrédula, que me sacudió el pecho y me dejó todavía más descolocada.

​ —Sí —respondí—. Se llama hacer «la cucharita».

​ —Me gusta —murmuró él.

​ Dejé que me abrazara por detrás. Matteo me rodeó con los brazos con suavidad. Su mano se quedó quieta sobre mi cintura y su respiración me rozó la nuca.

​ —No quería despedirme de ti con un beso y un «hasta luego» —dijo cerca de mi oído.

​ Se me cerró la garganta.

​ —No hace falta que…

​ —Recuerdo cuando entraste en mi habitación aquella noche. La noche en la que yo… —se detuvo un segundo— lloraba.

​ Me tensé.

​ —Hoy también te necesito cerca —continuó—. Es curioso… necesito tenerte cerca para superar el tenerte lejos.

​ Me recorrió un miedo atroz; esa frase me abrió un agujero en el pecho, porque yo también lo sentía y porque no sabía qué hacer con eso.

​ Él apoyó la frente en mi pelo, muy despacio.

​ —Gracias —murmuró—. Por todo este tiempo.

​ Yo cerré los ojos y noté cómo me ardían.

​ —No tienes que darme las gracias.

​ —Sí —dijo—. Hemos parecido una pareja de verdad. Hemos… disfrutado. Y nos hemos peleado. —Su voz se suavizó—. Me lo has puesto fácil, Siena. Has sido mi compañera y me has cuidado.

​ Aquello me pinchó. Me hizo sentir un fraude.

​ —No —susurré—. Has sido tú.

​ —¿Yo, qué?

​ —Tú me has cuidado a mí —dije, y la frase me salió como un sollozo contenido—. Yo he estado… ausente. Rota. Y tú… tú siempre estabas.

​ Guardó silencio un instante.

​ —No soportaría verte peor —dijo al fin, y fue la frase más desnuda que le había oído en mucho tiempo—. No quiero incomodarte, no quiero señalarte. Pero… necesito saber que te vas a cuidar.

​ El monstruo dentro de mí se removió, incómodo, porque alguien acababa de tocarlo sin nombrarlo.

​ —Me cuidaré —mentí primero.

​ Y luego me obligué a que sonara a algo más que un consuelo vacío:

​ —Te lo prometo.

​ Él apretó un poco más el abrazo, como quien agarra una cuerda que se está soltando.

​ La habitación olía a despedida. Afuera aún no había amanecido y dentro, el tiempo parecía haberse detenido para dejarnos vivir un adiós sin portazos, como dirían los medios. Un adiós con cariño y sin escándalo.

​ Yo empecé a llorar en silencio. No hice ruido, solo se me escaparon las lágrimas, calientes, imparables, que mojaron la almohada. Moretti lo supo por el temblor mínimo de mi espalda, por la forma en que mi respiración se quebró en pedazos.

​ —No llores —susurró—. Y si lloras… que sea de felicidad.

​ —¿De felicidad? —me salió una risa rota—. ¿Qué felicidad?

​ Se quedó quieto. Su pecho subió y bajó, lento.

​ —La de haber coincidido —dijo—. La de haber sobrevivido a esto juntos. La de… —se detuvo— la de que, al menos, no ha sido mentira del todo.

​ Esa frase me atravesó.

​ No ha sido mentira del todo .

​ Yo cerré los ojos con fuerza, intentando frenar el llanto. Fue entonces cuando noté algo más. Algo que, en mitad de ese abrazo, me golpeó con una vergüenza absurda.

​ Una presión firme contra mí.

​ Me quedé helada.

​ —Matteo Moretti… —susurré—. ¿Qué… qué es eso que siento duro?

​ Él tardó medio segundo en contestar. Lo suficiente para que yo me imaginara películas. Para que una parte de mí creyera, estúpida, que quizá significaba otra cosa.

​ Soltó un aire breve, casi una risa sin humor.

​ —Me acabo de despertar —dijo, con un pudor raro en él—. Y como hombre… las erecciones por la mañana son inevitables.

​ Sentí que me ardía la cara incluso en la oscuridad.

​ —Ah, claro —murmuré, tonta.

​ Tonta por haberlo pensado. Tonta por haber sentido un vuelco ridículo. Tonta por creer que el cuerpo de alguien podía ser una confesión.

​ Matteo debió notar mi tensión porque aflojó el abrazo un milímetro, como dándome espacio.

​ —Perdón —dijo, sincero.

​ —No… no pasa nada.

​ Pero por dentro pasó de todo.

​ Pasó la pérdida. Pasó lo que fuimos y lo que podríamos haber sido si todo fuera diferente.

Pasó la certeza de que éramos dos personas rotas que, durante un tiempo, se habían permitido compartir el dolor sin explicarlo.

Y pasó algo peor: la sospecha de que, cuando él se fuera, el silencio de mi vida ya no iba a ser teatral, iba a ser real.

​ —Duerme un poco —susurró a mi espalda—. Hasta las ocho. Y luego nos preparamos para salir de aquí.

​ Yo seguía con la cara hundida en la almohada, respirando despacio para no volver a romperme. El calor de su cuerpo detrás del mío era real, pesado y tranquilizador. Como una mentira bonita que sabes que se acaba en cuanto salga el sol.

​ Me giré.

​ No sé si fue por necesidad o por valentía.

Me giré hasta quedarnos frente a frente, tan cerca que casi podía contarle las pestañas.

Había poca luz, pero aun así vi sus ojos: oscuros, profundos, de esa clase de mirada que no se aprende actuando.

Y por un segundo pensé que, si el mundo fuera justo, no existiría nada más que ese momento.

​ —Yo ya no voy a poder dormir —murmuré.

​ —Lo sé.

​ Su voz era baja, ronca de madrugada.

​ Nos quedamos quietos. Su brazo seguía rodeándome, pero más flojo, como si no quisiera apretarme demasiado, como si supiera que hasta un abrazo puede doler cuando es el último.

​ Tragó saliva y entonces dijo algo que me descolocó por completo.

​ —Me parece increíble lo que hemos conectado —se me apretó el pecho—. Yo siempre pensé que eras una estirada.

​ Me salió una risa pequeña, incrédula.

​ —¿Perdona?

​ —Lo eras en las entrevistas —dijo, casi divertido—. O parecías. Yo tenía… —dudó un segundo— curiosidad por comprobarlo por mí mismo.

​ Yo lo miré, entre indignada y… extrañamente enternecida.

​ —¿Y ya me conocías?

​ —Sí.

​ —¿De qué?

​ —De ti. Siena, que eres una superactriz. —Y esa frase, en su boca, sonó demasiado íntima—. Mejoré mi español con tus películas.

​ Me quedé sin palabras un segundo. El nudo en la garganta se apretó más, pero intenté agarrarme a la ligereza.

​ —Ah, vale… —murmuré, fingiendo normalidad—. O sea, que yo no he querido aprender italiano para no pagarte un extra… pero veo que tú hiciste trampa.

​ Soltó una risa baja.

​ —No es trampa si el resultado es bueno.

​ —Ya. Claro.

​ Nos sonreímos en la penumbra y hacerlo me dolió. Porque era la sonrisa de dos personas que podrían haber sido amigas de verdad, amantes de verdad, pareja de verdad…

​ —¿Y tú? —pregunté, cuando la risa se apagó—. ¿Dónde vas a ir cuando salgamos por la puerta?

​ Matteo se quedó un momento mirando el techo, como si visualizara un mapa.

​ —Empiezo una etapa nueva como modelo —dijo—. Tengo campañas firmadas en Estados Unidos y Arabia Saudí.

​ La palabra Arabia me sonó lejana, enorme, como si ya lo estuviera perdiendo en un lugar donde yo no existo.

​ —Vas a estar lejos —susurré.

​ —Sí —respondió él, como si la distancia fuera una cosa inevitable.

​ Me tragué el vacío. No era mi lugar sentirlo así ni mi derecho, y aun así…

​ —No te voy a borrar de mis redes sociales —dije, antes de pensarlo—. Aunque nos separemos, quiero saber de ti.

​ Me miró con una ternura que me dejó sin aire.

​ —Por supuesto que seguiremos en contacto.

​ Yo asentí, intentando que la frase no se me quebrara.

​ —Nuestra «ruptura»… —dije, y me salió una risa triste— ha sido pacífica.

​ —Pacífica.