Fuimos un error de guion 39 #3
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​ Sasha, a mi derecha, estaba en su elemento, charlando con un directivo como si se conocieran de toda la vida.

Se reía, tocaba el brazo al hablar, asentía con inteligencia.

Yo la miraba de reojo y pensaba: ella podría negociar una guerra con un cóctel en la mano .

A mí, en cambio, me costaba hasta sostener el vaso de agua sin temblar.

​ Cuando llegó la comida, mi cuerpo se tensó. Los platos entraron como una amenaza disfrazada de porcelana bonita. El olor a aceite, a sal, a mar. Una lubina, hermosa, limpia y perfecta, con guarnición mínima. Todo muy elegante y muy fácil de comentar en voz alta.

​ Qué bien huele. ​ Qué pinta. ​ Qué ganas.

​ Yo tragué saliva.

​ Me obligué a coger el tenedor como si fuera una persona normal.

Corté un trozo pequeño. Lo llevé a la boca.

Lo mastiqué despacio, sonriendo cuando alguien me preguntaba algo.

Escuchaba a medias, respondía con frases cortas, con ese talento mío de parecer presente mientras por dentro estoy contando pasos, respiraciones, salidas…

y entonces agradecí, con una gratitud casi obscena, la excusa del estómago.

Porque cuando dejé media lubina en el plato, cuando la comida se me quedó intacta como un paisaje que no puedo atravesar, nadie lo señaló.

​ Mi compañero, incluso, se inclinó hacia mí y susurró:

​ —No comas si te hace daño.

​ Por dentro pensé: si supieras …

​ La conversación siguió por encima de mí.

Yo asentía, sonreía, hacía contacto visual cuando tocaba.

Me reía donde había que reírse. Pero la vergüenza me mordía por dentro.

Vergüenza por estar allí hecha un fantasma con labios rojos, por fingir que la indigestión era el helado y no mi vida entera.

Vergüenza por sentir, incluso sentada al lado de un hombre guapo, que lo único que deseaba era desaparecer.

​ Pero a pesar de todo, me mantuve, porque eso hago yo: me mantengo aunque por dentro esté cayéndome a pedazos.

​ En un momento determinado escuché mi nombre a mi espalda.

​ —Siena.

​ La voz no me sonó de nada. No era de ningún compañero del rodaje. Me giré por inercia… y me quedé helada.

​ Era Andrea. El amigo de Matteo. El mismo al que conocí en Nápoles.

​ Durante un segundo no supe qué cara poner. Hice lo que hago cuando por dentro me tambaleo: actué. Tragué saliva, respiré dos veces hondo y me levanté con la mejor de mis sonrisas.

​ Hablamos en italiano todo el rato.

​ —Andrea… —dije—. ¿Qué haces aquí?

​ Sonrió, cálido, y me dio dos besos rápidos.

​ —Estoy en una cena de negocios —respondió—. Te he visto y me ha parecido imposible no saludarte.

​ —Estoy… —busqué una palabra segura—. Sorprendida.

​ —Yo también —dijo, mirándome con atención—. Y felicidades: tu italiano es una locura.

​ Me salió una risa nerviosa.

​ —No exageres.

​ —No exagero. De verdad. —Negó con la cabeza, impresionado—. Hablas con acento y todo.

​ Aquello me dio orgullo.

​ —He estudiado mucho —admití.

​ —Se nota. —Se apoyó un poco en el respaldo de mi silla—. Roma te sienta bien.

​ La frase me sonó amable, de esas que se dicen para quedar bien. Pero luego añadió, como quien no quiere que parezca importante:

​ —Matteo me comentó que estabas por aquí.

​ Ahí sentí el rechinado. El de preguntarme por qué mi nombre seguía saliendo de su boca si hacía tiempo que el silencio era nuestro idioma.

​ —¿Ah, sí? —dije, intentando que no se me notara.

​ —Sí, me dijo que estabas con un proyecto grande y que te estabas currando el idioma. —Me señaló con la barbilla—. Y tenía razón.

​ Yo asentí, sin saber qué hacer con ese dato.

​ —¿Y él qué tal? —pregunté, y noté que la pregunta me salía demasiado rápido.

​ Ladeó la cabeza, como el que busca una respuesta que no sea chisme.

​ —Bien. Mucho trabajo. —Hizo una pausa breve—. Está… en movimiento, como siempre.

​ —Ya —murmuré.

​ Andrea me observó un segundo y luego suavizó el tono.

​ —Cuando se acabó lo vuestro, se lo tomó con filosofía —dijo, y la frase llevaba un matiz raro—. Ya sabes cómo es: por fuera, impecable, pero por dentro… quién sabe.

​ Yo tragué saliva.

​ —Se fue a Dubái —añadió, como si eso cerrara el tema—. Huyó lejos. Cuando algo le pesa, se llena la agenda. Es su forma de… —se detuvo— de ordenar la cabeza.

​ Esa frase me reventó porque yo también llenaba agendas para no pensar, solo que mi forma de ordenar la cabeza era otra, más oscura.

​ Miró hacia su mesa y se recolocó la chaqueta.

​ —No te robo más tiempo. Solo quería saludarte. —Sonrió otra vez, más ligero—. Y decirte que me ha alegrado verte aquí.

​ Yo todavía sentía el nudo.

​ Antes de irse, bajó un poco la voz, como si la recomendación no quisiera sonar a recomendación.

​ —Si algún día te apetece, escríbele —dijo—. A veces… viene bien que alguien te pregunte «¿qué tal?» sin más.

​ Luego me dio un último beso en la mejilla.

​ —Cuídate, Siena. —Y añadió, con una sonrisa breve—. Y sigue así con el italiano. Matteo tenía razón.

​ Se alejó hacia su mesa de negocios.

​ Yo me quedé de pie un segundo, con la sonrisa aún colocada por inercia. Después me senté despacio, porque el cuerpo me pesaba de golpe.

​ Tommaso se inclinó un poco hacia mí.

​ —¿Un amigo? —susurró.

​ —Sí —contesté demasiado rápido—. Un conocido.

​ Mentí porque no era un conocido. Era un recordatorio o una cicatriz pequeña y mal cerrada que supuraba.