Fuimos un error de guion 33 #2
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​ Un segundo de silencio. Ese tipo de silencio en el que el cuerpo decide si huye o escucha.

​ —¿Decirme qué?

​ Matteo respiró hondo.

​ —El contrato acaba la semana que viene.

​ La frase se me metió en el pecho como una piedra y, al mismo tiempo, como aire. Dos cosas a la vez. Alivio y vértigo.

​ —¿La semana que viene? —repetí. Necesitaba oírlo otra vez para creerlo.

​ —Sí. —Asintió—. Se cierra de manera oficial: comunicado, exclusiva y la versión limpia que convenga.

​ Me quedé quieta y noté el pulso en la garganta.

​ —¿Y ya? —murmuré.

​ Bajó la mirada un instante, como si le doliera que sonara tan simple.

​ —Y ya. —Luego añadió, despacio—: Podrás ser libre.

​ Esa palabra me hizo algo raro. Libre. Como si mi cuerpo no supiera cómo se hace eso. Yo me crucé de brazos para no temblar.

​ —Genial. Por fin.

​ Mi compañero no se ofendió.

​ —Así no tendrás cerca a un enemigo —dijo.

​ Tragué saliva.

​ —No he dicho que seas un enemigo.

​ —No hace falta que lo digas —respondió él, suave—. Lo llevas tatuado en los ojos.

​ La canción siguió sonando. Eight days a week… La frase parecía una broma y una condena. Yo desvié la mirada a la ventana, a la luz de la tarde que caía.

​ —¿Por qué me lo dices tú? —pregunté, intentando mantenerme en lo práctico—. Sasha podría haberme llamado.

​ —Porque Sasha no vive aquí. Y yo… —se detuvo—. Yo te veo.

​ Me revolví, incómoda.

​ —No me mires tanto, entonces.

​ Soltó un aire por la nariz, como si quisiera reírse pero no se atreviera.

​ —Ojalá fuera tan fácil.

​ Me giré hacia él, con el ceño fruncido.

​ —¿Qué quieres decir con eso?

​ Matteo se humedeció los labios. Miró un segundo su móvil, como si confirmara que no había notificaciones. Como si necesitara asegurarse de que el mundo no iba a interrumpirle.

​ —Quiero decir… —empezó, y se le notó una tensión mínima en la garganta— que he sentido mucha impotencia contigo estas semanas.

​ Me quedé helada.

​ —¿Impotencia?

​ —Sí. —Asintió—. Porque sé que estás luchando contra algo. Y tú haces como si no. Y yo hago como si no. Y al final… esto —señaló el aire entre nosotros— se convierte en un campo minado.

​ Noté un latigazo de rabia.

​ —No empieces otra vez con lo mismo.

​ Levantó una mano, despacio, para frenar una explosión sin tocarla.

​ —No estoy empezando —dijo—. Estoy… intentando que comprendas que me importas.

​ Me ardieron los ojos y lo odié.

​ —No me digas eso —susurré, más frágil de lo que quería.

​ Matteo bajó la voz.

​ —Siena. —Mi nombre, desnudo, sin « bella ».— Déjame ayudarte.

​ —No puedes.

​ —Puedo estar —corrigió—. Puedo acompañarte. Puedo… no sé. Puedo no dejar que esto te gane sola.

​ Sentí que algo me subía por dentro, una mezcla de pánico y vergüenza. Ese reflejo de huida cuando alguien se acerca demasiado a la verdad.

​ —No necesito a nadie —solté, automática.

​ El italiano me miró un segundo largo. Luego, en vez de discutirlo, cambió de terreno.

​ —¿Sabes por qué nunca me has visto en pijama? —preguntó.

​ Parpadeé.

​ —¿Qué?

​ Él apoyó la cadera en la encimera, sin apartar el móvil de su alcance. Lo sostuvo entre los dedos como quien sostiene un talismán.

​ —Porque pienso que en cualquier momento puede sonar el teléfono —dijo— y alguien me va a contar algo horrible y yo tendré que salir corriendo. Así no pierdo el tiempo cambiándome de ropa.

​ El aire se me quedó quieto en los pulmones.

​ —¿Qué tipo de horrible?

​ Se encogió de hombros, pero no era indiferencia; era resignación.

​ —Que a mi padre le ha dado un infarto.

Que mi madre ha tenido un accidente. Que se quema la casa familiar —dijo cada frase con una templanza ensayada; parecía que la hubiera repetido muchas veces por dentro—.

O… —se detuvo, tragó saliva— o que me han estado mintiendo sobre algo importante y yo soy el último en enterarse.

​ Mi espalda se tensó.

​ —¿Lo hicieron con Lorenzo? —me salió sin pensar.

​ No pestañeó, pero sus dedos apretaron el móvil un poco más.

​ —Sí… —confirmó—. Me enteré de su enfermedad por una foto que vi en Instagram y se le veía a él de fondo. Cuando alguien está mal, la gente cree que esconderlo es protegerte. Y yo… —soltó el aire— yo no puedo sacarme esa idea de la cabeza. No puedo.

​ Lo miré y, por primera vez, entendí de verdad esa alerta constante que yo le echaba en cara. No era pose, era miedo.

​ —Por eso estás siempre con el teléfono —murmuré, casi para mí.

​ —Por eso… y por otras cosas.

​ Levanté la vista.

​ —¿Qué otras cosas?

​ —Cosas mías —dijo.

​ Y ese « cosas mías » me sonó a lo que yo hago con mi comida. A lo que yo hago con mi dolor.

​ La canción terminó y, por un segundo, el silencio volvió a apretar. Moretti se acercó al altavoz y, en vez de apagarlo, dejó que empezara otra vez desde el principio.

​ Eight Days a Week volvió a arrancar, alegre, como una burla.

​ —¿Sabes por qué se titula así? —preguntó, volviendo hacia mí.

​ —A ver… cuéntamelo.

​ —Ringo Starr decía que trabajaban « eight days a week » —explicó, con una sonrisa pequeña—. Que ni siquiera existía ese día extra, pero ellos lo inventaban porque no paraban.

​ Me salió una risa breve, amarga.

​ —Déjame que te corrija. Paul McCartney ha mencionado en la Beatles Anthology y en varias entrevistas que la frase provino de su chofer —o el de John Lennon— cuando lo llevaba a una sesión de composición en Weybridge.

Paul le preguntó al chofer cómo le iba, a lo que este respondió: «Oh, trabajando duro, trabajando ocho días a la semana».

McCartney tomó esta frase casual como título.

Pero corrección aparte, nosotros trabajamos ocho días a la semana…

​ Matteo me miró como si esa frase le partiera algo por dentro.

​ —Buscaré quién de los dos tiene razón con el título, pero sabiendo lo friki que eres con este grupo, la tendrás tú sin duda. Y sí —dijo—. Trabajamos mucho, pero a ti te está pasando factura en el cuerpo.

​ Me puse tensa.

​ —No vuelvas…

​ —No voy a decir nada que te haga daño —me cortó, suave—. Pero dime algo, Siena: ¿tú crees que esto se arregla cuando acabe el contrato?

​ Me quedé callada porque la verdad era demasiado clara.

​ —No —susurré al fin.

​ La palabra salió sola. Él no sonrió victorioso.

​ —Entonces déjame estar cuando acabe —dijo—. Déjame quedarme aunque ya no haya cámaras. Nadie se dará cuenta; te lo prometo.

​ La vista se me empañó un instante.

​ —No puedes pedir eso.

​ —No te lo pido como contrato —respondió.

​ Yo apreté los brazos contra el pecho. Noté que me temblaban las manos, pero no de frío, sino de miedo.

​ —Cada uno tiene sus traumas, More —solté, casi con rabia—. Tú con tu teléfono y tus catástrofes imaginadas… y yo con lo mío. Déjame en paz. Te lo suplico.

​ Solo bajó la mirada un segundo, como si aceptara el golpe sin devolvérmelo.

​ —Lo intento —dijo, muy bajo—. Pero me sale mal.

​ Y esa frase, tan simple, tan humana, me reventó. Porque no era una estrategia. No era Ludovica, ni Sasha, ni la productora; era un hombre diciéndome que le salía mal apartarse de mí.

​ Se me escapó una lágrima antes de poder frenarla. Luego otra. Y otra.

​ —No llores —dijo, y dio un paso… pero se detuvo a mitad, como si tuviera miedo.

​ Yo me tapé la cara con las manos, rabiosa conmigo misma.

​ —No sé qué quieres de mí —dije, ahogada.

​ Él bajó aún más la voz.

​ —Que vivas —respondió—. Solo eso.

​ Las lágrimas me salieron más fuertes, silenciosas; mi cuerpo llevaba semanas esperando permiso para romperse.

​ El italiano tragó saliva. Se acercó despacio, esta vez sí, pero sin tocarme aún, y yo no me aparté. Cuando me rodeó con los brazos, lo hizo con una cautela casi reverente, como si no estuviera abrazando un cuerpo, sino una herida. Su mano se quedó en mi espalda, quieta, sin apretar.

​ —El contrato acaba la semana que viene —murmuró cerca de mi pelo—. Pero yo no voy a mirar hacia otro lado, ya te lo dije.

​ Cerré los ojos, con la cara hundida en su camiseta, y el olor a él me atravesó como un recuerdo de algo que todavía no había pasado.

Y entonces lo abracé… o, mejor dicho, me dejé abrazar, que no es lo mismo.

Me hundí ahí como quien se esconde en un armario durante una tormenta y, por un segundo, el mundo dejó de tener esquinas.

​ Y lo odié. No en el sentido fácil del enfado, sino en el sentido incómodo de las cosas que se te meten dentro sin pedir permiso.

Era como si, cada vez que yo ponía una puerta, él no la derribara —no—, simplemente se sentara al otro lado con paciencia, hasta que la puerta dejaba de parecerme una salida y empezaba a parecerme una entrada.

Y eso era lo peligroso: que no podía luchar contra alguien que no me atacaba.

Que mi defensa favorita —la distancia— se volvía inútil frente a un hombre que no venía a invadirme, sino a sostenerme.

​ Y en esa trampa bonita, silenciosa, me estaba empezando a pasar lo que no quería que me pasara: se me estaba yendo la cabeza con él.

Como una canción pegajosa que odias tararear y, aun así, te descubres haciéndolo.

Como una baldosa suelta que pisas una y otra vez, solo para comprobar si sigue moviéndose.

Me estaba enamorando. Y odiaba no poder amputarme ese impulso con la misma facilidad con la que me amputaba otras cosas.

Porque contra Moretti no me servía el control, ni el contrato, ni la ironía, ni mis planes de huida.

Él se me estaba colando por el único sitio donde yo no tengo guardia: el lugar exacto en el que una persona te abraza sin pedirte nada a cambio.

​ —No prometas cosas que no puedes cumplir —dije, rota.

​ No respondió con grandilocuencia; solo apretó un poco más.

​ —No estoy simplemente prometiendo —susurró—. Te estoy diciendo la verdad.

​ Y por primera vez desde aquella «no» cena, el silencio entre nosotros no fue una guerra; fue una tregua.