34
Octubre
La reunión fue en un despacho en la zona norte de Madrid, que olía a café recalentado y a decisiones ya tomadas.
Un cristal enorme daba a una terraza donde nadie salía, otra vez, en la mesa estaban las botellitas de agua alineadas como si el orden pudiera disfrazar el cinismo.
Sasha estaba al lado de Ludovica, impecable, con su iPad abierto, el pelo perfecto y esa mirada de quien lleva semanas sosteniendo un edificio con alfileres.
Al otro lado, un abogado de la productora y una chica de comunicación con sonrisa de manual.
Matteo y yo, juntos, pero no. Pegados en el mismo sofá como dos piezas de un puzle que ya no encajan pero siguen en la caja.
—Tenemos que cerrar la salida —dijo Ludovica, con esa voz amable que sirve para decir barbaridades.
Sasha pasó a la diapositiva siguiente.
—Queda una semana de convivencia oficial. Generamos tres imágenes finales: una cena «robada», una entrada a casa, un paseo de domingo. Algo coherentes con el juicio y con la etapa.
El abogado deslizó una carpeta.
—Portada exclusiva en la revista A: «Separación de mutuo acuerdo». Después, comunicado: agendas, respeto, amistad. Sin declaraciones. Solo una frase estándar si preguntan: «Nos queremos mucho, pero es lo mejor».
Matteo se inclinó hacia delante, tranquilo, pero con la mandíbula tensa.
—No quiero que parezca que ella ha hecho algo mal.
—Por supuesto —respondió Ludovica rápido—. Quedará limpia.
Yo asentí. Era lo que yo había pedido: una fecha, un final, pero sentí una tristeza rara. Me cerraban una puerta que yo misma había empujado.
Miré a Moretti de reojo. Él no me miró. Sabía que, si lo hacía, se nos notaría.
—More.
Él giró un poco la cabeza hacia mí.
—¿Sí?
No era el momento de decir nada, pero me salió igual.
—¿Estás bien con esto?
Tardó en contestar una fracción de segundo.
—No va sobre estar bien. Va sobre hacerlo bien.
Volvió la vista al frente, a la máscara de nuevo. Sasha siguió hablando de sus mierdas y yo asentía. Por fuera, todo era sencillo; por dentro, solo pensé en una cosa: cuando un contrato se termina, lo que se acaba no es la mentira; lo que se acaba es la excusa para quedarse.
Le pedimos a Torres que nos dejara lejos de casa. No era por ganas de pasear; era más bien por higiene mental. Por necesidad de no volver al portal con la sensación de que el final ya estaba esperándonos allí, con su portada preparada.
Cuando el coche se detuvo en una calle discreta, Matteo abrió primero, me hizo un gesto para que saliera y, en cuanto el coche arrancó, el silencio se quedó con nosotros, sin aire acondicionado que lo amortiguara.
Madrid olía a otoño. Yo llevaba la chaqueta puesta y a ratos me recorrían escalofríos sin sentido.
Caminamos unos metros sin hablar. Sus pasos eran tranquilos; los míos, más cortos.
—Unos días —dije.
Matteo caminó con las manos en los bolsillos y la mirada al frente.
—Sí.
Yo quería decir «por fin». Quería sentirlo. Pero lo único que sentí fue otra cosa: un vacío, como cuando te quitan un vendaje y la piel debajo no sabe estar al aire.
—Debería alegrarme —murmuré.
Él no se movió.
—¿Y no te alegras?
Negué despacio.
No sé qué soy. Solo sé que estoy cansada. Cansada de ser un personaje, cansada de que todo sea estrategia, cansada de que hasta los finales se pacten.
—Lo pedí yo —dije—. He estado meses deseando que se acabara.
Bajó la mirada un segundo. Me dio la sensación de que aquello le dolía en un lugar que no quería mostrar.
—Entonces se acaba —respondió, práctico.
Esa practicidad me pinchó. Porque era su forma de no romperse. Y la mía era otra: hacer como si no me importara.
—Y ya —añadí, más fría de lo que pretendía—. Cada uno a lo suyo.
Matteo giró la cabeza hacia mí.
—¿Eso quieres?
Quiero que me dejes en paz. Quiero que no me mires. Quiero que no me sostengas. Quiero no necesitarte. Y, a la vez, me asusta lo que viene cuando ya no estés al otro lado del pasillo.
—Quiero volver a ser normal —solté, y la frase me salió rota—. No me gusta esta… versión.
Respiró hondo.
—Tú no eres una versión.
—¿Ah, no? —me reí sin humor—. Pues dime qué soy cuando salgo a la calle y siento que llevo una cámara pegada al cuello. Cuando todo el mundo opina sobre mi cara, mi cuerpo, mi vida. Cuando hasta un «lo dejan» se decide en una mesa con botellitas de agua.
Seguimos caminando. Pasamos por una terraza donde la gente reía como si el mundo no se negociara en despachos.
—Siena… —dijo al fin, con la voz más baja—. Hoy, allí, cuando me llamaste «More»…
Me tensé.
—Fue sin querer.
—Sonó como… —se detuvo— como si estuvieras preguntándome algo que no era sobre el contrato.
El corazón me dio un golpe.
No lo digas. No lo digas. Si lo dices, se convierte en verdad. Y si se convierte en verdad, te rompe. Os rompe antes de tiempo.
—Solo quería saber si estabas bien —respondí, rápida.
Matteo me miró un segundo largo. Creo que estaba decidiendo cuánta verdad podía permitirse sin asustarme.
—No estoy bien —admitió—. Pero puedo hacerlo bien.
La misma frase con la misma máscara. Yo apreté los dedos contra la correa del bolso.
—Yo no sé hacerlo bien —susurré.
—Sí sabes —dijo él—. Lo llevas haciendo años.
Eso es lo terrible: que tengo tanta práctica fingiendo que ya no sé dónde termina la actriz y empieza la persona.
—Estoy cansada.
—Yo también.
Otro silencio. El tipo de silencio que podría ser ternura si no estuviéramos tan rotos.
—¿Sabes qué es lo peor? —me salió de golpe, antes de poder frenarlo—. Que quería que esto acabara para tenerte lejos. Y ahora…
Me detuve y tragué saliva. Matteo no parpadeó.
—Ahora qué.
Ahora no sé si voy a aguantar no tenerte cerca. No por romántica o por película, por puro miedo a quedarme sola conmigo misma.
—Ahora no sé —mentí a medias—. No sé qué voy a hacer.
Él dio un paso hacia mí y se detuvo a la misma distancia exacta de siempre.
—Vas a respirar —dijo.
—No sé respirar —solté, y la voz se me quebró—. No sé hacerlo como la gente normal.
El italiano sostuvo mi mirada.
—Pues yo veo que lo vas a intentar y lo conseguirás —dijo.
Esa frase me hizo daño de una forma muy íntima. Porque yo también me veía intentando… y perdiendo.
—No mires tanto —susurré, casi con rabia.
Matteo tragó saliva.
—Si dejo de mirar, me asusto.
Me quedé quieta.
—¿Por qué?
Vi su garganta moverse. Lo vi abrir la boca como si fuera a decir algo… y, por primera vez, sentí que lo que venía no era una frase de contrato, era otra cosa. Algo que, si salía, ya no podría volver al cajón.
Dilo, pensé. Di algo tú también. Dime que te estoy llevando de cabeza. Dime que me odias por estar colándome en tus rendijas .
Y casi lo hizo.
De verdad: noté cómo la palabra «yo» se me subía desde el estómago hasta la lengua.
Pero el miedo se me adelantó, rápido y eficiente. Me recordó que yo siempre convierto los gestos en películas. Que yo soy experta en inventarme escenas donde alguien me quiere. Que yo estoy rota y mi cabeza no es fiable.
Así que me escapé por la primera salida que encontré.
— Sto migliorando —dije de pronto, mirándolo de perfil, con voz más firme de la que me sentía—. Molto .
Estoy mejorando. Mucho. Eso había dicho.
Matteo parpadeó. Se frenó un segundo en seco, como si no hubiera entendido… o como si lo hubiera entendido demasiado bien.
—¿Qué has dicho?
Yo seguí caminando, fingiendo naturalidad, pero por dentro estaba temblando por haber abierto esa puerta.
—Que estoy mejorando mucho —repetí, y lo rematé en italiano para no volver atrás—: Mi sto impegnando davvero . (Me estoy esforzando de verdad.)
Me miró como si acabara de ver aparecer una versión de mí que no esperaba.
—¿Desde cuándo…? —preguntó, y le brillaron los ojos con una sorpresa limpia—. ¿Cómo hablas así?
Noté algo en mi pecho que se parecía peligrosamente a orgullo.
—Estas semanas… —me encogí de hombros—. Como no hablábamos mucho, me puse las pilas. Un profesor intensivo.
Él soltó una risa corta, incrédula, y su cara se iluminó de verdad. No esa sonrisa elegante de alfombra roja. Una sonrisa de niño al que le hace ilusión algo pequeño.
— Madonna —murmuró—. Pero si tienes hasta acento.
Me reí, y la risa me salió más real de lo que esperaba.
—No exageres.
—No exagero. —Negó con la cabeza, orgulloso de una forma rara, como si lo hubiera logrado él—. È incredibile . (Es increíble.)
Yo bajé la mirada, incómoda, porque su ilusión me tocó donde no debía.
Así es como me gana, pensé con rabia. No con grandes discursos, sino con ese brillo, con esa manera de celebrar algo que no es suyo.
—No quería que me enseñaras tú —solté, más sincera de la cuenta.
Matteo no se ofendió. Solo asintió despacio, como si entendiera o como si aceptara el límite sin pelearlo.
—Lo sé —dijo—. Pero me alegra igual.
Seguimos caminando un rato. La conversación había aflojado algo entre nosotros, como un nudo que por fin cede un milímetro. Yo respiraba mejor. No porque el problema se hubiera ido, sino porque durante un minuto no estuve atrapada en él.
Y entonces mi móvil vibró.
Sasha.
Miré la pantalla y sentí un pinchazo de realidad. Contesté.
—¿Sí?
—Mañana quedamos tú y yo. Solas. —Hizo una pausa breve—. Ya tengo ofertas en Italia.
Me quedé quieta.
Matteo se detuvo también, mirándome desde un lado, esperando sin preguntar.
—¿Italia? —repetí, como si la palabra fuera un lugar físico y no una amenaza.
—Sí —confirmó Sasha—. Me ha contactado la productora hermana. Tenemos que organizar reuniones y proyectos. Te lo cuento mañana. Pero necesitaba decírtelo hoy para que… —bajó la voz— para que te vayas haciendo a la idea.
Tragué saliva.
—Vale —susurré.
Colgué y guardé el móvil. Mi compañero seguía mirándome.
—¿Te vas a mi país? —preguntó al fin.
Noté cómo el aire volvía a ponerse denso entre los dos.
—Mañana me lo explican.
No dijo nada durante un segundo. Luego, con esa serenidad que ya le conocía, soltó:
—Entonces… vas a hablar italiano perfecto cuando te vayas.
Y lo dijo como broma, pero a mí me sonó a otra cosa, y, como siempre, me tragué lo que sentí.
—Esa es la idea —mentí, y seguí caminando antes de que él pudiera ver que me temblaban las manos.