Fuimos un error de guion 33
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Octubre

Las últimas semanas han tenido esa violencia silenciosa de las cosas que se rompen sin hacer ruido al principio… y luego, de repente, lo llenan todo de astillas.

​ Me daba la sensación de que, tras la vuelta de Moretti, todo se había ido a la mierda a una velocidad indecente; parecía que alguien hubiera apretado el botón de avance rápido y mi vida hubiese decidido saltarse la parte en la que uno entiende lo que está pasando.

Desde aquella noche —la de la pasta, la de la mesa puesta, la de la «cena» que no fue cena— apenas cruzamos una palabra.

​ No había habido un cierre ni una conversación; solo esa frialdad rara, como si ambos supiéramos que habíamos tocado una línea peligrosa y decidiéramos, por instinto, no volver a pisarla.

​ Yo lo notaba en detalles ridículos: el sonido de su llave cuando entraba en la cerradura y yo recogía el cuerpo como si fuera un animal asustado; el olor de su colonia que se quedaba en el pasillo y yo pasaba por allí con la respiración contenida, para no contaminarme.

A veces lo veía en la cocina y me comportaba como si estuviera de paso en un hotel.

Una taza, un vaso, un « hola » mínimo, un « me voy » sin mirarle.

​ Él tampoco insistía y eso dolía más que si lo hiciera.

​ Para no estar allí, para no estar en esa casa que era nuestra solo por contrato, aproveché un proyecto pequeño que me salió de publicidad.

Una campaña tonta, un viaje al norte de España para grabar tres días.

Nada que mereciera titulares, pero mi imagen vale mucho y el presupuesto lo recordaba en cada cifra.

Tres días fuera y me pagaron lo suficiente como para que cualquiera diga que el mundo es justo.

​ Tres días en los que dormí en una habitación de hotel que olía a detergente y a anonimato, y en los que me levanté temprano para correr aunque lloviera. Porque correr me vaciaba la cabeza; era un castigo y una excusa a la vez. Porque si mi cuerpo dolía por fuera, dolía menos por dentro.

​ Volví a Madrid con la maleta medio deshecha y la sensación de que la ciudad me esperaba con la boca abierta, lista para tragarme otra vez.

​ Sasha seguía dándome largas.

​ Siempre que le preguntaba por la fecha exacta de la ruptura —por el día en el que por fin se acabaría la farsa oficialmente— me respondía con la misma cantinela: que depende de la agenda, que depende de Italia, que depende de la productora, que depende del juicio, que depende de los números de la serie, que ahora no conviene, que « un poquito más », que « aguanta », que « estamos en el mejor momento ».

​ Yo ya no podía con eso: con vivir aplazada, con sentir que mi vida real estaba en pausa y que lo único que avanzaba era el relato.

​ Así que, cuando volví del norte, hice lo que llevo semanas haciendo como quien se mete bajo el agua para no oír el mundo: me encerré.

​ En mi casa. En la de verdad. La del centro de Madrid que, si cerraba bien las persianas, parecía otra ciudad.

​ Pasaba horas allí, sola, con Ringo. Moviéndome en silencio, descalza, evitando poner música. No porque me diera miedo el ruido, sino porque me daba miedo que Cris y Hooper bajaran a buscarme. Porque, cuando bajan, miran. Y cuando miran, ven. Y cuando ven, preguntan. Y yo ya no quería preguntas.

​ Necesitaba soledad.

​ Necesitaba no saber nada del mundo.

​ Necesitaba, sobre todo, que nadie opinara sobre mí.

​ Había dejado las redes sociales. No por estrategia, más bien por supervivencia.

Me cansé de abrir Instagram y ver mi cara desde ángulos que no reconozco.

Me cansé de los mensajes buenos que, aun siendo buenos, me pesaban como una obligación.

Me cansé de los comentarios disfrazados de cariño: qué delgada estás , te veo distinta , estás radiante , cuídate , no te pierdas .

Todo eso, por dentro, se convertía en lo mismo: un dedo señalando mi cuerpo.

​ Y como si no bastara con mi cansancio, salió el juicio.

​ El caso Velázquez.

​ La palabra se volvió pública con esa rapidez venenosa con la que se vuelven públicas las desgracias.

La productora preparó la puesta en escena como se preparan las alfombras rojas: coordinación, entradas, salidas, coches, fotógrafos, una narrativa clara.

La pareja en los juzgados. El equipo unido.

La denuncia conjunta. El gesto serio. La imagen impecable.

​ Y yo fui.

​ Fui como se va a un funeral: triste. Lo hice por obligación, por dignidad, por rabia. Con el estómago cerrado y una sonrisa que no apareció ni una sola vez. Aquello no era un evento. Era un recuerdo con paredes.

​ Matteo estuvo a mi lado. No como lo hacía antes, cuando aún quedaba espacio para el juego o para el « bella » lanzado como una cuerda.

Estuvo… correcto y presente. Suficientemente cerca como para que las cámaras entendieran el mensaje, suficientemente lejos como para que yo no sintiera que me tocaba una verdad que no quería sostener.

​ Y lo curioso es que, hacia fuera, no se notó nada, porque el juicio era algo desagradable y serio. Nadie esperaba que fuéramos acaramelados. Al contrario: que no lo estuviéramos parecía lógico, coherente, maduro. La frialdad no levantó sospechas; encajó en el guion.

​ A veces pienso que esa es la parte más cruel de todo: que incluso el dolor puede ser útil si se presenta bien.

​ En cuanto a mi problema con la comida… nada había cambiado. Ni un milímetro.

​ Lo único que había cambiado era que alguien lo había nombrado en voz alta y yo llevaba esa frase clavada en la cabeza como una astilla que no te deja apoyar la mano.

​ He seguido jugando con la comida. La corto, la muevo para que parezca otra cosa.

Sigo diciendo que no tengo hambre, que hace calor, que me ha sentado algo mal, que he comido antes, que cenaré luego.

Sigo buscando baños como quien busca salidas de emergencia.

Sigo viviendo con esa angustia que aparece antes de un plato, antes de una reunión, antes de cualquier momento que implique comer delante de alguien.

​ Y lo peor es el pensamiento que viene después, siempre igual, siempre puntual: que no se note. Esa es mi religión.

​ Que no se note que me tiembla el pulso cuando planifico una estrategia.

​ Que no se note que el corazón se me acelera sin motivo.

​ Que no se note que tengo frío incluso en agosto.

​ Que no se note que no duermo, o que duermo demasiado.

​ Que no se note que mi cabeza solo sabe contar: calorías, pasos, horas, días, semanas hasta que esto termine.

​ Y, como si mi cuerpo fuera una máquina que solo entiende el lenguaje del control, me he obsesionado con otra cosa que sí puedo medir: el italiano.

​ Me levanto y, antes de mirar el móvil, repaso verbos.

Me pongo audios mientras camino. Hago ejercicios de pronunciación frente al espejo, muevo la boca como si fuera un músculo que puede entrenarse para no fallar.

Me he aprendido expresiones idiomáticas como quien aprende un conjuro: por si el futuro depende de no quedarte en blanco.

Italia se ha convertido en mi salvación y en mi amenaza.

​ Si hablo perfecto, si sueno italiana, si no cometo errores, entonces quizá allí no tendré que ser Siena Luján, la española de la serie, la de los titulares, la del juicio, la de la pareja falsa. Quizá allí podré ser solo… una actriz que trabaja.

​ Y, al mismo tiempo, Italia es el lugar donde yo me repito que tengo que mantenerme así: delgada, afilada y controlada. Como si mi valor dependiera de mis pómulos.

​ Hago deporte como quien reza. Una hora. Dos. Lo que haga falta y no por salud o calma, más bien por castigo y anestesia. Y luego vuelvo a casa, al silencio, a Ringo, a la persiana bajada, al aire quieto y me siento en el sofá con la sensación de que el mundo sigue girando sin mí.

​ La serie está arrasando, las redes crecen, la productora sonríe, los titulares arden y Moretti existe al otro lado del pasillo como un fantasma demasiado real.

​ Y yo, mientras tanto, solo quiero una cosa tan simple que me da vergüenza desearla: que me dejen desaparecer un rato sin preguntas, sin opiniones, sin cámaras y sin platos de por medio.

​ Una tarde, cuando volví a nuestra casa —la del contrato—, me recibió un sonido inesperado. Los Beatles. No estaba a todo volumen, pero sí lo suficiente para que el pasillo tuviera pulso. Eight Days a Week .

​ Me detuve en seco, con la llave todavía en la mano; una canción podía ser una trampa. Por un segundo pensé que era una casualidad. Recordé la ducha, el agua que me caía encima, la música a tope para no oír mi propia cabeza, y entré.

​ Matteo estaba en la cocina, de espaldas, con el móvil apoyado junto a la encimera. No cocinaba ni había ninguna mesa puesta. Solo pude ver una olla tapada —con agua calentándose, quizá— y dos tazas. Había decidido que esa vez no iba a intentar arreglarme la vida con pasta italiana.

​ Al oírme, bajó el volumen sin mirar el altavoz.

​ — Ciao —dijo.

​ — Ciao —respondí, y mi voz sonó más seca de lo que quería.

​ Se giró despacio. Llevaba una camiseta de tirantes y unos pantalones que no eran de un pijama. Claro; nunca lo eran. Tenía el móvil cerca, como si fuera una extensión de su mano. Como si el mundo pudiera llamarle para darle una bofetada en cualquier momento.

​ Me apoyé en la isla de la cocina, sin acercarme demasiado.

​ —¿Qué haces con…? —señalé hacia la música—. ¿Desde cuándo tú también escuchas en casa a los Beatles?

​ Hizo una de esas sonrisas que no son para el público.

​ —Desde que tú los usas como sirena de emergencia.

​ —No es gracioso.

​ —No lo es —admitió, y luego señaló el altavoz—. Pero esta canción sí.

​ Eight Days a Week seguía de fondo, insistente y luminosa, como si hablara de otra gente.

​ Él apoyó las palmas en la encimera y me miró con una compostura que no era fría. Era… cuidadosa.

​ —Ludovica me ha llamado.

​ El nombre me tensó el cuerpo.

​ —¿Para qué?

​ —Para esto. —Señaló su móvil—. Y para que lo sepas por mí. Sasha también lo sabe. Me han dado permiso para decírtelo yo.