Fuimos un error de guion 26 #2
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​ Ha exhalado el humo lentamente.

​ —Siena, siempre hay alguien mirando. Tú lo sabes mejor que nadie.

​ Me ha mirado con esa expresión que durante años confundí con intensidad.

​ —No me mires así —ha añadido—. No he sido yo.

​ No hacía falta que nadie me lo dijera para saber que aquello lo había provocado él.

No necesariamente con una llamada directa, pero sí con esa manera suya de moverse, de aparecer en el lugar exacto, en el momento exacto, para que la historia explotara.

Yo, como una tonta, había aceptado, como tantas veces.

Porque cuando estaba con él me relajaba, porque estaba falta de amor y porque confundía atención con afecto. Y siempre acababa igual. Horrible.

​ —No vuelvas a usarme para tus juegos —le he dicho, bajando la voz para que no sonara a espectáculo.

​ —No te estoy usando —ha replicado—. Solo he querido hablar contigo más tranquilo.

​ —Delante de fotógrafos.

​ —Eso no lo controlo.

​ Ha mentido sin parpadear.

​ —Tengo que irme.

​ —Claro —ha respondido, jodido—. No vayas a dejar solo a tu italiano, no sea que se salte el contrato y la meta donde no toca.

​ La frase ha llevado filo.

​ Me he dado media vuelta con el corazón acelerado, sabiendo exactamente lo que iba a pasar con esas fotos: titulares ambiguos, teorías, supuestas crisis, triángulos inventados.

Y lo peor no era eso; lo peor era haber sentido, durante un segundo, la vieja tentación de volver a caer y odiarme por ello.

​ He entrado de nuevo en la sala con el pulso acelerado y la sensación de haber metido la pata hasta el fondo.

He intentado recomponer la expresión antes de que nadie notara nada, pero Matteo me conoce más de lo que debería para el poco tiempo que llevamos compartiendo vida y, en cuanto ha levantado la vista y me ha visto avanzar entre la gente, su sonrisa se ha apagado apenas un milímetro, lo suficiente para que yo supiera que había leído mi cara como si fuera un titular luminoso.

​ Seguía hablando con el chico del traje azul, pero ya no estaba en esa conversación del todo. Le ha dicho algo rápido, educado.

​ — Scusami un attimo.

​ Y se ha acercado a mí.

​ —¿Qué ha pasado? —ha preguntado en voz baja, inclinándose lo justo para que nadie más pudiera oírlo.

​ No tenía fuerzas para rodeos.

​ —Necesito irme —he dicho, tragando saliva—. Mi ex me la ha jugado. Nos han hecho fotos fuera. Sabía que estaban ahí.

​ He visto cómo se le ha tensado la mandíbula y cómo la mirada se le ha endurecido un segundo antes de volver a esa serenidad controlada que usa cuando no quiere que el mundo le vea alterado. No me ha pedido detalles; simplemente me ha agarrado de la mano.

​ — Andiamo —ha murmurado.

​ Y ha empezado a caminar. No ha vuelto a mirar al chico del traje azul ni se ha despedido. Hemos cruzado el salón entre risas y música y yo apenas he sido consciente de nada que no fuera su mano rodeando la mía, firme, cálida, llevándome hacia la salida.

​ —Sonríe —me ha susurrado sin mirarme—. Confía en mí.

​ Y he sonreído. Porque para eso sirvo. Porque eso sé hacerlo.

​ Al salir a la calle, los flashes nos han recibido como una tormenta eléctrica.

Voces, preguntas, nuestros nombres lanzados al aire.

Apenas hemos dado tres pasos cuando Matteo se ha detenido en seco.

Yo iba a preguntarle qué hacía, pero no me ha dado tiempo.

Se ha girado hacia mí. Me ha tomado la cara entre las manos con una delicadeza tremenda y me ha besado.

​ No ha sido un beso rápido para cubrir expediente, ni un roce superficial para la galería.

Ha sido lento, medido, intencionado. Sus labios se han apoyado en los míos con una tranquilidad que contrastaba con el estallido de luces a nuestro alrededor y, durante un segundo, me he quedado inmóvil, sorprendida por la decisión del gesto, por la naturalidad con la que lo ha hecho.

Pero el calor de su boca, la presión suave de sus dedos en mis mejillas, el olor limpio que siempre lleva encima, han terminado por hacer que cerrara los ojos y le siguiera.

​ Los flashes se han multiplicado, el murmullo ha crecido y yo he dejado de pensar.

​ Cuando se ha separado solo unos centímetros, seguía sosteniéndome el rostro y su respiración me rozaba la piel. Tenía los ojos clavados en los míos y una media sonrisa apenas visible.

​ —Así se hace, bella —ha susurrado—. He escuchado los flashes.

​ He tardado un instante en comprender que aquello no había sido un impulso descontrolado, sino una jugada perfectamente calculada. Una respuesta. Una forma de cambiar el relato antes de que lo escribieran otros.

​ Me ha ayudado a subir al coche como si nada extraordinario hubiera ocurrido, ha abierto la puerta con elegancia y ha esperado a que me acomodara antes de cerrarla. Luego ha dado la vuelta y se ha sentado a mi lado mientras Torres arrancaba y dejábamos atrás el enjambre de cámaras.

​ Yo seguía intentando recomponer lo que acababa de pasar.

​ —¿Qué… ha sido eso? —he preguntado finalmente, todavía con la respiración algo irregular.

​ Matteo ha mirado unos segundos por la ventanilla, viendo cómo las luces y los fotógrafos quedaban atrás, y después ha vuelto la cabeza hacia mí con esa calma que a veces me desespera y otras me salva.

​ —Si van a vender una historia —ha dicho despacio—, que vendan la nuestra. No la que él quiera montar.

​ No había celos en su tono ni rabia; había decisión y protección.

Algo que me ha removido por dentro porque, por mucho que intentara convencerme de que todo había sido estrategia, el beso no lo había sentido como una actuación; lo había sentido real.

Demasiado real para ser solo una jugada inteligente.

​ Y mientras el coche avanzaba hacia casa, yo ya no sabía si lo que me hacía temblar era la furia por Romeo… o la manera en que el italiano había sabido exactamente cómo salvarme sin preguntarme nada y cómo marcar territorio sin necesidad de pronunciarlo en voz alta.

​ El trayecto de vuelta ha sido una línea recta hecha de silencio. El coche ha avanzado por Madrid como si la ciudad también supiera que no era momento de hablar. De vez en cuando, he notado su perfume cuando algún frenazo nos acercaba un poco. Esa mezcla limpia que ya era hogar.

​ Hemos llegado. El edificio nos ha tragado con su quietud y el ascensor ha subido sin música, sin conversación, sin excusas.

La puerta de casa se ha cerrado a nuestra espalda con un clic que ha sonado más fuerte de lo normal, confirmando que ya no había público, ni prensa, ni gala, ni «pareja» de mentira.

Solo nosotros. Y Ringo, que ha aparecido en cuanto ha oído la llave.

​ —Hola, pequeño —he murmurado, agachándome un segundo para tocarle la cabeza, buscando su calor como quien busca un salvavidas en medio del océano.

​ Matteo se ha quitado la chaqueta con movimientos tranquilos, la ha dejado colgada en la percha de la entrada, se ha pasado una mano por la nuca y ha soltado un suspiro mínimo, casi inaudible.

​ Ha sido entonces cuando me ha golpeado la culpa, entera, sin anestesia. Me he girado hacia él en el pasillo, con Ringo pegado a mi pierna como un guardián diminuto.

​ —Matteo… —he empezado, y he odiado lo pequeña que me ha salido la voz—. Perdón.

​ Él ha levantado la mirada, como si ya supiera lo que iba a decir.

​ —Por haberte sacado así —he seguido, acelerándome—. Parecía que lo estabas pasando bien. Estabas… cómodo. Y yo llego, te corto la conversación, te arrastro fuera como si…

​ Como si fueras mío. Como si tuviera derecho. Como si mi caos tuviera prioridad sobre tu momento. No lo he dicho, pero lo he pensado.

​ Matteo se ha quedado quieto un instante. Después, con serenidad, ha negado despacio.

​ —No te preocupes, Siena.

​ Su tono ha sido correcto, amable, casi profesional. Eso ha sido lo que más me ha dolido: que pudiera ponerse esa máscara tan rápido.

​ —Es lo que hay —ha añadido—. Somos conscientes de lo que hemos firmado. Hay un acuerdo y no se puede salir de ahí.

​ Me he quedado mirándolo, con el pecho apretado. Un acuerdo. Una palabra fría para una vida que, por fuera, parecía un cuento y, por dentro, empezaba a tener bordes.

​ —Ya… —he tragado saliva—. Buenas noches.

​ —Buenas noches —ha respondido él.

​ Me he obligado a no mirarlo más. He entrado en mi habitación y he cerrado la puerta.

​ Me he puesto el pijama, me he desmaquillado y me he deslizado hasta la cama como si me faltaran fuerzas en las rodillas.

Ringo se ha subido conmigo, ha dado vueltas antes de acurrucarse contra mi vientre.

Lo he abrazado, he hundido la cara en su pelo, en busca de ese olor que siempre me salva.

Y entonces, como una traidora, mi memoria me ha devuelto el beso.

El instante exacto en el que, por un segundo, yo había dejado de pensar y había sentido.

Le había seguido la corriente. Había saboreado la boca de Matteo Moretti y me había gustado.

​ Me he revuelto entre las sábanas, rabiosa.