Fuimos un error de guion 26 #3
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​ —Soy tonta —he susurrado contra el lomo de Ringo, como si él pudiera entenderme—. Soy tan tonta…

​ Me he odiado por no saber diferenciar la realidad de la ficción, por permitirme un segundo de película cuando yo sabía perfectamente cómo se pagan esas cosas. Me he odiado por la parte de mí que, en vez de apartarse, había querido quedarse un poco más.

​ La rabia me ha subido como un golpe de calor. He cogido la almohada y me la he apretado contra la boca para soltar un grito sordo, ahogado, uno de esos que no suenan pero lo destrozan todo por dentro.

​ Ringo ha levantado la cabeza de golpe. Me ha mirado con los ojos abiertos, asustado.

​ —Perdón… —le he dicho, acariciándole rápido—. Tranquilo.

​ Ha sido en ese silencio, después del grito que no se ha oído, cuando he escuchado algo; un ruido mínimo.

​ Me he quedado quieta, conteniendo la respiración. Ha vuelto a sonar, como un suspiro quebrado, como un aire que entra mal en los pulmones.

​ Me he incorporado despacio y he abierto la puerta solo un poco, lo justo para asomar la cabeza al pasillo.

​ No ha hecho falta oírlo claro para saberlo. Hay una forma en la que el silencio cambia cuando alguien llora. Una vibración leve, una interrupción en el aire. Matteo estaba llorando en la habitación de al lado, intentando hacerlo sin ruido, pero el dolor siempre termina filtrándose.

​ Me ha invadido la culpa, más pesada que antes, más física. Me ha atravesado la imagen del italiano en la fiesta, cómodo con ese chico, hablando como si por fin la normalidad le hubiera devuelto algo.

​ Lo he sacado de allí. Lo he arrancado de una noche que, quizá, era la primera en mucho tiempo en la que parecía respirar un poco mejor después de todo lo que había vivido con la despedida de Lorenzo.

​ He tragado saliva y he dejado a Ringo en la cama con una caricia. Después he salido al pasillo, descalza.

​ La puerta de mi compañero estaba medio abierta. Se veía una luz cálida: una lámpara pequeña encendida, como un faro en mitad de la noche.

​ Me he acercado despacio. Mi corazón ha ido demasiado deprisa para un pasillo tan corto.

​ Dentro, él estaba en la cama, de lado, mirando hacia la ventana y de espaldas a la puerta.

Con los hombros anchos, tensos, como si sujetara el peso de algo demasiado grande para una sola persona.

No me ha visto. Yo me he quedado en el umbral un segundo, sintiéndome intrusa, culpable, torpe, pero a pesar de eso, he entrado.

​ La madera del suelo ha crujido lo justo. Él se ha tensado al instante. Su espalda se ha endurecido como si lo hubieran sorprendido haciendo algo que no quería que nadie viera. El llanto se ha cortado, o ha intentado cortarse, porque el cuerpo no entiende de orgullo cuando ya se ha roto.

​ —Siena… —ha dicho sin girarse.

​ No he pedido permiso. No he tenido valor para hacerlo. Me he acercado a la cama y me he tumbado detrás de él, despacio, como si me acercara a un animal herido.

​ Lo he rodeado con los brazos.

​ Al principio se ha quedado rígido. Después he sentido cómo su pecho se ha expandido bajo mi abrazo y cómo el aire ha vuelto a quebrársele. Como si hubiera estado sosteniéndose con las uñas hasta ese momento y ya no pudiera más.

​ Ha seguido llorando.

​ Y, por primera vez desde que lo conozco, no ha parecido el modelo y actor admirado por todo el mundo ni el hombre que siempre encontraba la frase correcta. Ha parecido alguien cansado. Alguien que echaba de menos a otra persona hasta el punto de no saber qué hacer con ese vacío.

​ —Lo siento mucho —le he susurrado contra la espalda—. Lo siento de verdad.

​ Él no se ha girado. Solo ha levantado una mano y me ha acariciado despacio el brazo con el que lo rodeaba por delante.

​ —No tienes que… —ha murmurado.

​ —Sí tengo que disculparme.

​ La respuesta me ha salido antes de pensarla.

​ —Te he visto bien esta noche. Te he visto hablando con ese chico, sonriendo… y he llegado yo con mis problemas y te he sacado de allí como si nada más importara.

​ He sentido un nudo en la garganta.

​ —Lo siento por haberte obligado. Lo siento por haberte arrastrado fuera. Lo siento por no pensar en ti.

​ Ha respirado hondo. El aire le ha temblado en los pulmones y su mano ha seguido moviéndose sobre mi brazo en un recorrido corto y repetido.

​ —No lloro por eso…

​ Entonces he entendido algo.

​ No estaba llorando por lo de esta noche.

​ No estaba llorando por el chico de la fiesta.

​ Estaba llorando por Lorenzo.

​ Por todos los días que han venido después.

​ Por todas las palabras que ya nunca podría decirle.

​ Por todas las veces que ha tenido que ser fuerte delante de los demás.

​ He apretado la frente contra su espalda.

​ —No voy a volver a sacarte de ningún sitio así —he susurrado.

​ El llanto ha ido apagándose poco a poco, igual que una tormenta que se aleja.

​ Y entonces, sin girarse, con esa voz baja de quien habla desde un lugar muy profundo, ha dicho:

​ —Gracias por este abrazo.

​ Y se me ha encogido el pecho, porque he entendido que no me estaba dando las gracias por haber entrado en aquella habitación. Me las estaba dando por haberme quedado.