Fuimos un error de guion 26
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Me he despertado antes de que sonara el despertador, con esa sensación inquieta que me empuja a moverme antes de pensar.

La casa estaba en silencio. He mirado el móvil: las siete y cuarto.

Matteo no estaba en la habitación de al lado —lo sé porque he aguzado el oído como si eso fuera normal entre compañeros de piso—, así que me he puesto unas mallas negras, una sudadera fina y he salido sin hacer ruido.

​ He bajado hasta el Parque de Santander, que está relativamente cerca de casa, en Chamberí, y he empezado a correr, sin música, solo con mi respiración marcando el ritmo.

Necesitaba sentir que el cuerpo respondía, que obedecía, que todavía lo controlaba yo.

He dado más vueltas de las que suelo dar cuando corro por placer.

No era placer. Era descarga. Era esa matemática absurda que llevo dentro: si quemo suficiente, todo estará bien.

​ Al volver, todavía con el pulso alto, he dejado las zapatillas junto a la puerta y he seguido con una rutina de cardio en el salón. Abdominales, sentadillas, saltos. No he visto a Matteo en ningún momento y me ha venido bien; me ha dado margen.

​ A la hora de comer ha aparecido por la cocina con el pelo húmedo y una camiseta gris que se le pegaba ligeramente al pecho.

​ — Buongiorno , atleta —ha dicho al verme apoyada en la encimera.

​ —He salido a correr un rato.

​ —Ya he visto las zapatillas —ha sonreído—. ¿Has comido algo?

​ Ahí estaba la pregunta.

​ —Sí, claro. Me he hecho un batido.

​ No era mentira del todo. Medio vaso de batido de frutas con leche de avena. Más aire que otra cosa.

​ Ha asentido sin interrogar más. Tampoco le he preguntado dónde había estado él. No quería cruzar ciertas líneas; mejor así: compañeros de piso y cada uno con su parcela. Si empezábamos a fiscalizarnos, a interesarnos demasiado, todo se volvería más complicado.

​ Por la tarde la casa ha dejado de ser nuestra. A las cinco ya estaba a reventar de gente: estilistas, maquilladores, asistentes, alguien del equipo de comunicación que hablaba por teléfono sin parar. El salón se ha convertido en un backstage improvisado.

​ La peluquera, mientras me cepillaba con delicadeza, ha fruncido el ceño.

​ —Se te está cayendo bastante el pelo, ¿eh?

​ —Estrés —he respondido al instante—. Ya sabes cómo son estos meses.

​ Ella ha asentido; le ha valido esa justificación.

El estrés es la coartada perfecta para casi cualquier cosa, pero yo sabía que no era solo eso.

Sabía que el cuerpo empieza a pasar factura cuando no le das lo que necesita.

Igual que las uñas, que llevo semanas cubriéndolas con postizas para que nadie vea cómo se me abren y se me rompen.

Todo tiene que parecer fuerte, brillante y perfecto. Aunque por dentro no lo sea.

​ Cuando me he puesto el vestido dorado, he entendido por qué Pietro insistía tanto en que el corte tenía que ajustarse exactamente a mi cintura.

Era largo, de tela fluida, con la espalda ligeramente descubierta y un escote elegante, sin exageraciones.

El dorado no era estridente; era cálido, casi antiguo, como de alfombra roja clásica.

Me han dejado el pelo suelto, con ondas marcadas y los labios en un tono que tiraba al cobre, en armonía con los reflejos rojizos de mi melena.

​ He salido del cuarto y Matteo ya estaba listo: llevaba un esmoquin negro impecable, una camisa blanca perfecta y una pajarita ajustada al milímetro. El pelo engominado hacia atrás, dejando la frente despejada. Parecía salido de otra época. Cuando me ha visto, se ha quedado un segundo en silencio.

​ — Madonna… sei spettacolare —ha murmurado, casi para sí.

​ —Y tú muy discreto, claro —le he respondido—. No sé qué os pasa a los italianos con esa manía de nacer perfectos.

​ Ha sonreído ladeado.

​ —No todos.

​ —Pues solo los que tienen suerte, como tú.

​ El coche nos ha dejado frente al cine donde se celebraba la première . Y ahí ha empezado el ruido: gritos, flashes y nuestro nombre repetido como si fuera una consigna.

​ Matteo y yo. Siena y Matteo. Un equipo sincronizado.

​ Nos hemos bajado del coche con esa coreografía que ya casi nos sale sola.

Él me ha ofrecido la mano y yo he apoyado la mía en su brazo.

Hemos caminado despacio, mirando a ambos lados, sonriendo, posando.

Los fans enloquecidos cuando me han visto; algunas chicas gritaban mi nombre con una emoción que me ha dejado sin palabras.

Y cuando él ha aparecido completo bajo los focos, el murmullo ha subido de volumen como una ola.

​ Flashes por todos lados. En el photocall nos han colocado frente al cartel gigante de nuestra serie. Hemos posado juntos, separados, riendo, mirándonos. En uno de los momentos, él me ha susurrado:

​ —Respira, bella . Solo es luz.

​ Y he respirado.

​ Dentro, la sala estaba llena. Influencers grabándose antes de que empezara la proyección, comentando en directo, diciendo que era «la serie del año» sin haberla visto siquiera.

Se han proyectado los dos primeros capítulos en una pantalla enorme.

He sentido cada escena como si la estuviera viviendo otra vez.

Las miradas entre nuestros personajes, la tensión, el tira y afloja que sabíamos que iba a enganchar.

​ Cuando han terminado, han llegado los aplausos largos y después, la fiesta.

Música, copas, conversaciones, fotos con compañeros, con directores, con marcas que patrocinaban el evento.

Matteo y yo moviéndonos como una pareja perfectamente engrasada, saludando, agradeciendo, sosteniendo el relato que habían construido para nosotros.

​ Por fuera, todo ha sido impecable. Por dentro, yo solo pensaba en lo larga que había sido la jornada, en lo poco que había comido y en lo bien que sabía fingir que nada de eso me estaba pasando factura.

​ El estreno ha sido un éxito. Nosotros también; al menos, eso parecía.

​ Me apetecía irme. El ruido empezaba a perforarme las sienes y el vestido, que hacía una hora me parecía una obra de arte, ahora pesaba como una armadura. Pero alguien del equipo se ha acercado con una sonrisa profesional,

​ —Siena, recuerda que salís juntos. Torres ya está avisado. Nada de iros por separado, ¿vale?

​ He buscado a Matteo con la mirada y lo he encontrado en una esquina del salón, hablando con un chico moreno, con traje azul oscuro y sonrisa fácil. Matteo estaba inclinado hacia él, escuchándolo con atención y sonriendo.

​ No era la sonrisa protocolaria del photocall, era una de verdad. Hacía semanas que no le veía así.

​ El chico le ha dicho algo y Matteo ha soltado una risa breve, inclinando la cabeza hacia atrás. Mi estómago ha hecho algo extraño, una mezcla incómoda entre alivio —por verlo bien— y algo más oscuro que no he querido nombrar.

​ Mientras lo observaba, he notado dos toques suaves en la espalda. Justo en el mismo punto en el que alguien que sabe cómo tocarte lo hace para que reconozcas su presencia.

​ Me he girado y el mundo se me ha quedado en pausa. Romeo, mi ex, estaba allí, frente a mí. Con esa media sonrisa que siempre ha sabido usar como arma.

​ —Hola, querida.

​ No me ha dado tiempo a reaccionar. Se ha inclinado y me ha plantado dos besos. Olía igual que siempre: familiar y peligroso.

​ En menos de un segundo, algo automático se ha activado dentro de mí. El alma actoral. El mecanismo de supervivencia.

​ —Romeo… —he dicho con naturalidad calculada—. No sabía que estabas invitado.

​ —Casi no llego —ha respondido, encogiéndose de hombros—. Me tenían en un programa de prime time y no cuadraban los horarios con la proyección. Pero no quería dejar de pasarme a darte la enhorabuena.

​ Su tono ha sido amable; demasiado amable.

​ —Gracias —he contestado.

​ Su mirada se ha desviado un instante por encima de mi hombro.

​ —Tu pareja se lo está pasando bien —ha dicho con ligereza estudiada—. Se le ve muy contento con ese chico.

​ He seguido su mirada. Matteo seguía allí, escuchando, sonriendo. Romeo no se pierde nada. Sabe leer gestos y silencios. Y, sobre todo, sabe cuándo algo no encaja.

​ —Moretti es muy sociable —he respondido, manteniendo la compostura—. Y hoy es una buena noche.

​ —Claro —ha asentido, ladeando la cabeza—. Aunque lo vuestro sea… lo que sea.

​ Ahí estaba. No lo ha dicho explícitamente, pero lo ha dicho todo. Sabe que es un paripé. No he querido confirmarlo ni negarlo.

​ —No empieces, Romeo.

​ —No he empezado nada —ha sonreído—. Solo observo.

​ Nos hemos quedado unos segundos en silencio. La música sonaba de fondo, las risas, el tintinear de las copas. Todo parecía ir a cámara lenta.

​ —¿Cómo estás? —ha preguntado al final.

​ Pregunta trampa.

​ —Bien.

​ Mentira automática.

​ —Me alegro —ha respondido—. Se te ve… distinta.

​ —Eso suele pasar cuando una termina con alguien y sigue viva.

​ La frase se me ha escapado más afilada de lo que pretendía. Él no se ha inmutado.

​ —Siempre tan dramática.

​ —Siempre tan manipulador —he pensado, pero no lo he dicho.

​ La conversación no podía profundizar. Con los ex, cuanto más lejos, mejor; pero tampoco podía girarme y marcharme. Estábamos rodeados de cámaras, de gente, de historias que alimentar, y me estaba aburriendo como una ostra.

​ —¿Me acompañas a fumar un cigarro? —ha preguntado de pronto.

​ Debería haber dicho que no. Debería haber recordado todas las veces que me ha movido como una marioneta, pero necesitaba aire.

​ —Vale, pero dos minutos —he dicho.

​ Hemos salido hacia una zona lateral, cerca de la entrada.

Él ha encendido el cigarro. No habían pasado ni diez segundos cuando he escuchado el clic inconfundible de una cámara, luego otro y otro.

He sentido la sangre subir a la cara. Ahí estaba el circo.

He vuelto la cabeza apenas un instante y he visto a dos fotógrafos en la distancia, discretos, pero no tanto.

Romeo también los ha visto y no ha hecho nada por ocultarse.

​ —¿En serio? —he murmurado, enfadada.

​ —¿Qué? —ha respondido con falsa inocencia.

​ —Sabías que iban a estar ahí.