Fuimos un error de guion 25 #2
49%

25 #2

​ Después nos hemos cambiado. Hemos hecho fotos más naturales y, por último, nos han vuelto a cambiar de ropa.

A mí me han puesto un conjunto menos formal pero igual de cuidado: un pantalón de pinzas negro de tiro alto, un top ajustado de color marfil con escote estructurado y unos tacones más bajos.

​ Me han recogido el pelo en una cola alta con volumen que caía en cascada por la espalda. El maquillaje se ha suavizado, pero los labios seguían en ese tono rojizo que hacía juego con mis reflejos.

​ Matteo llevaba un pantalón oscuro y una camisa blanca ligeramente abierta en el cuello, sin corbata y con las mangas remangadas. Italiano sin esfuerzo.

​ Guapísimos los dos.

​ Nos han llevado al salón interior del ático. Sofisticado, cálido, con vistas a los tejados de Madrid. Detrás de nosotros había un cartel elegante de la serie. Frente a nosotros, otro sillón individual donde irían sentándose los periodistas.

​ Nos han colocado en dos sillones separados, pero suficientemente cercanos como para que nuestras rodillas casi se rozaran.

​ Antes de que empezaran las entrevistas, Ludovica ha aparecido nerviosa.

​ —Escuchadme bien —ha dicho, bajando la voz—. Naturalidad. Miradas cómplices. Nada forzado, pero tampoco distantes.

​ Nos ha señalado con el dedo, alternando.

​ —Cuando os pregunten por Italia, habláis de apoyo mutuo. Cuando mencionen el rodaje, dejad caer que hay mucha conexión entre vosotros. Sin confirmar nada, pero sin negarlo.

​ Narrativa.

​ —Miradas largas —ha añadido—. Tocad ligeramente la rodilla en algún momento. Risas suaves. Que parezca que os entendéis sin palabras.

​ Me han entrado ganas de reír.

​ —No exageréis —ha continuado—. Y Matteo, controla el gesto serio. Siena, sonríe más. Hoy no hay espacio para sombras.

​ Matteo la escuchaba con expresión neutra y yo asentía. Por dentro, el estómago aún estaba vacío y ligeramente revuelto. Por fuera, éramos la pareja perfecta.

​ —Recordad —ha dicho Ludovica antes de irse—: esto no es solo una serie. Es una historia.

​ Sí.

​ Lo es.

​ Y ahora tocaba contarla delante de todo el mundo sin que nadie notara que, hacía menos de una hora, casi me como al suelo.

​ Todo ha quedado de maravilla. Veintidós medios han pasado por delante de nosotros en cuestión de tres horas. Yo estaba agotada. Cuando hemos acabado, Torres nos ha recogido y nos ha acercado a casa. Es muy raro decir «nuestra».

​ Nada más entrar por la puerta me he echado al suelo, en el rincón de Ringo. He metido la cabeza en su cuerpo peludo y me habría quedado allí eternamente. Junto al gato, todo dejaba de existir. Me transmite paz y me saca de mi mierda.

​ Matteo ha entrado directo a la cocina. He escuchado cómo abría armarios, cómo colocaba algo sobre la encimera.

​ —Preparo cena. Va bene ? —ha dicho desde allí—. Necesitas comer.

​ Ni siquiera he levantado la cabeza del lomo del gato.

​ —Primero necesito quitarme de encima las capas de maquillaje. Me voy a la ducha de cabeza. Cena tú y luego ya picaré algo.

​ —Siena… —su tono ha cambiado ligeramente, más bajo—. Cocino para los dos y ya está.

​ Me he incorporado un poco, todavía sentada en el suelo.

​ —De verdad, More…

​ La palabra ha salido sola y, en cuanto la he escuchado en mi propia boca, me he tensado.

​ —Perdona —he añadido rápido—. No quería llamarte así. Es que…

​ No he terminado la frase. No hacía falta explicar que eso había pertenecido, sobre todo, a otra historia, a otra voz. A Lorenzo.

​ Matteo ha sonreído.

​ —No pasa nada.

​ —No quiero que suene raro —he insistido.

​ Se ha acercado un paso.

​ —Me gusta cuando lo dices —ha respondido con suavidad—. Me parece bonito que ahora seas tú la que me llame así.

​ He sentido algo extraño en el pecho. Algo incómodo.

​ —Vale… —he murmurado.

​ —Así que More se queda —ha añadido, guiñándome un ojo.

​ He rodado los ojos para disimular lo que me provocaba esa frase.

​ —Cena tú —he repetido, intentando recuperar terreno—. Yo ahora mismo no puedo ni pensar en comida. Solo quiero agua caliente y silencio.

​ Él me ha observado un segundo más.

​ —Pero no tardes demasiado. Te preparo algo y comes, aunque sea un poco.

​ No he contestado; solo he abrazado más fuerte a Ringo.

​ —Venga, soldado. Te dejo con tu falso papi —he murmurado contra su pelo.

​ El gato ha respondido con ese ronroneo grave que parece vibrar directamente en el pecho.

Me he levantado arrastrando el cansancio por el pasillo y he dejado el bolso caer sobre una silla de la habitación.

En el baño he encendido la luz y me he mirado en el espejo.

Tenía la cara perfecta, los labios perfectos, el pelo perfecto. Era una auténtica desconocida.

​ —Qué circo… —he susurrado.

​ He abierto el grifo de la ducha y he dejado que el vapor empezara a llenar el baño mientras, desde la cocina, escuchaba a Matteo abrir armarios, sacar platos y moverse con esa manera tan suya que hacía parecer todo más sencillo de lo que era.

​ El agua me había relajado el cuerpo, pero no la cabeza. Todavía llevaba dentro la voz de Sasha diciendo que debía disfrutar más de «mi cuerpo y mi cara preciosa», como si todo se redujera a eso.

​ Han llamado a la puerta con suavidad cuando ya estaba echada en la cama.

​ —Siena… —la voz de Matteo ha sonado baja, prudente—. Posso ?

​ —Sí, pasa.

​ Ha abierto despacio y ha entrado con una bandeja entre las manos. La ha dejado sobre la cómoda y me ha mirado como quien observa un cristal fino, sin saber si está a punto de romperse.

​ —He hecho una tortilla y un poco de verdura a la plancha. Si no te apetece estar en la cocina, puedes cenar aquí, tranquila. In calma .

​ Me he cruzado de brazos.

​ —No hacía falta que me trajeras nada.

​ —Lo sé —ha respondido sin ofenderse—. Pero me ha parecido lo más sensato después de lo de esta mañana. No quiero que mañana volvamos a tener otro susto, capisci ?

​ —No eres mi criado.

​ —Solo… come un poco —ha añadido, ya más serio—. Non devi dimostrare niente a nessuno, Siena . Ni a Sasha, ni a la prensa, ni a mí. No estás en un casting cada minuto del día.

​ He sentido que me ardían los ojos, pero me he contenido.

​ —Estoy bien. Y, por cierto, no entiendo casi nada de lo que dices.

​ —No —ha negado despacio—. No estás bien. Estás cansada y tensísima. Y eso no es lo mismo que estar bien. Además, te voy a hablar en italiano para que aprendas rápido —ha dicho serio—. Buona notte, bella . Si necesitas algo, estoy al otro lado.

​ Ha cerrado la puerta con cuidado.

​ Me he quedado sola con la bandeja delante, el olor de la tortilla todavía tibia y las verduras brillando bajo la luz tenue de la habitación.

Me he sentado despacio y he mirado el plato como si fuera un examen que no había preparado.

Sabía exactamente lo que iba a empezar en mi cabeza: «Engorda.

Mañana habrá más fotos» . Pero también estaba la otra voz, más callada y más razonable, que me recordaba que llevaba prácticamente en ayunas desde el yogur de la mañana y el plátano y que el mareo no había sido casualidad.

​ He cortado un trozo pequeño de tortilla y lo he masticado con lentitud, esperando que el cuerpo reaccionara con rechazo, con culpa inmediata, con esa alarma que suele saltar.

En lugar de eso, lo que he sentido ha sido una especie de alivio primario, casi animal, como si el estómago agradeciera que por fin le diera algo más que un lácteo y tensión.

​ He comido otro trozo, más pequeño todavía, y entonces ha empezado la negociación.

​ Vale, un poco más, pero no todo.

​ Mañana lo compensas.

​        Mañana haces el doble de ejercicio.

​ Me he dado cuenta de que estaba apretando el tenedor con demasiada fuerza y he aflojado los dedos. No quería que aquello se convirtiera en otra guerra.

​ He comido parte de la verdura y he dejado el resto.

​ No ha sido un acto heroico ni una rendición absoluta; ha sido simplemente un término medio que me ha costado más de lo que nadie imaginaba.

​ He apoyado la espalda en el cabecero y he mirado el techo.

Me ha sorprendido no sentir la necesidad inmediata de correr al baño.

Y me ha sorprendido todavía más darme cuenta de que lo que realmente me descolocaba no era la comida, sino que alguien hubiera pensado en mí sin pedirme nada a cambio.

Que alguien hubiera llamado a mi puerta con una bandeja en las manos y una preocupación limpia en la mirada.

​ A veces, que te cuiden duele más que un ataque, porque obliga a bajar la guardia, y yo no sé vivir sin ella.