25
Me he despertado con Ringo pegado a mi espalda, como una bolsa de agua caliente con bigotes.
Tenía la nariz hundida entre mis omóplatos y su ronroneo que me vibraba en la columna.
Durante unos segundos no he sabido dónde estaba.
Luego he recordado que estaba en el piso nuevo de Chamberí, en una vida nueva.
He oído dos estornudos al otro lado del pasillo.
Solo dos, no más, y me he quedado rígida.
He pensado en el gato, en Matteo y en la alergia.
He imaginado sus ojos enrojecidos, su respiración dificultosa y a Ludovica aprovechando cualquier mínimo síntoma para decir «os lo dije».
Me he incorporado con el corazón acelerado y he abierto la puerta con cuidado.
Él estaba en la cocina, apoyado en la encimera, con una camiseta gris y un pantalón deportivo. Aspecto absolutamente normal, sin ojos hinchados ni nariz roja.
—Buenos días —ha dicho, como si nada.
—¿Has estornudado? —he soltado sin filtro.
Ha sonreído de lado.
—Dos veces. No estoy muriéndome.
Me ha enseñado la pastilla sobre la encimera.
—Ya me la he tomado. No te preocupes por mí.
No sé por qué me ha aliviado tanto escuchar eso. Como si me hubieran quitado una piedra del pecho.
Había preparado su desayuno: huevos revueltos, tostadas, aguacate y café recién hecho. Yo he abierto la nevera y he cogido un yogur natural que he dejado sobre la encimera para que no estuviera tan frío.
—¿Eso es todo? —ha preguntado sin juicio, solo curioso.
—Es temprano. Voy a vestirme y ahora me lo tomo.
Después de vestirme, él ya había acabado su desayuno y yo he empezado a comerme el yogur de pie, apoyada en la isla. Daba cucharadas pequeñas y lentísimas mientras pensaba en el día que teníamos por delante, en las fotos, en los focos, en el maquillaje.
Han llamado al timbre.
—Ya están aquí —ha dicho él, mirando el reloj.
He dejado el yogur a mitad.
—¿No te lo terminas? —ha preguntado.
—Luego.
Mentira automática.
Nos han llevado en una furgoneta negra hasta la Gran Vía.
El edificio era uno antiguo rehabilitado, de esos con balcones de hierro forjado y ascensor estrecho.
El ático tenía una terraza espectacular.
Desde allí se veía la calle de la Montera y, al fondo, dominándolo todo, el edificio Carrión.
Madrid parecía una maqueta desde arriba.
El equipo ya estaba montando flashes, reflectores y fondos neutros. La terraza tenía una parte acristalada que usarían para las fotos más íntimas y otra abierta con el skyline detrás para las portadas.
—Buenos días, estrellas —ha gritado alguien.
Nos han sentado frente a un ventanal enorme mientras el equipo de maquillaje convertía aquel rincón en una pequeña base de operaciones.
Ha sido entonces cuando he visto a Pietro.
Siempre tan impecable, tan concentrado, con su metro colgando del cuello y una libreta llena de anotaciones imposibles.
— Amore mio —ha dicho al verme—. Ven aquí que te vea.
He sonreído porque con él siempre me siento a salvo.
—Estás más delgada —ha murmurado mientras me colocaba la barbilla para verme mejor.
—Son las luces —he contestado.
—Las luces no quitan peso, cielo.
No he respondido.
Matteo se ha sentado a mi lado. Nos han puesto espejos frente a frente. Él se ha dejado hacer y yo he empezado a notar el estómago vacío de verdad. El yogur a medias no cuenta como nada. El café aún no había llegado.
—Agua, por favor —he pedido.
Me han traído una botella fría y he bebido más de lo que necesitaba.
El estilismo ha llegado poco después. Pietro ha abierto fundas con trajes impecables. Para él, un traje azul oscuro perfectamente entallado. Para mí, un vestido blanco estructurado y otro negro más ajustado para la portada secundaria.
—Vamos a hacer magia —ha dicho el modista.
Pietro ha ajustado el cuello del traje de Matteo y ha empezado a hablarle en italiano. Se les notaba el mismo origen en la manera de mover las manos. Yo entendía poco, pero reconocía nombres. Sorrento. Napoli. Mamma .
Me miraba en el espejo mientras la maquilladora extendía base sobre mi piel.
Cuando me maquillan tanto no me reconozco.
Me dicen que no soy una actriz al uso, que soy bastante pasota, que no me implico con la imagen como otras.
Es verdad. A mí el potingue me transforma.
Me borra las ojeras, me afila los pómulos, me dibuja una boca más firme.
En el espejo había una versión mejorada de mí. Más luminosa, perfecta y de mentira.
—¿Cómo llevas el duelo? —le ha preguntado Pietro a Matteo, ya sin sonrisa.
He visto cómo este bajaba la mirada.
—Mejor no me preguntes —ha respondido—. Cada vez que hablo de Lorenzo se me hace un nudo en la garganta y no quiero que ahora se me meta la pena entre las cámaras, que son muy malas. Lo captan todo.
Tiene razón; las cámaras son unas chivatas. Por eso hoy nos toca actuar bien.
A mí me han llevado a un rincón para cambiarme. Pietro ha abierto la funda del vestido blanco estructurado, ajustado a la cintura y vaporoso en la falda.
Ha afinado el largo un milímetro, ha recolocado el escote apenas un dedo, ha girado el dobladillo hasta que la caída era exacta y luego ha sacado una pequeña caja.
—Esto va a dar conversación.
Un anillo delicado, de color azul oscuro, brillante pero discreto, que me ha colocado en el dedo anular derecho.
—En una de las fotos, Matteo deberá mirarlo con disimulo. Que parezca involuntario; el resto lo hará la prensa.
He soltado una risa incrédula. Es increíble cómo organizan hasta el milímetro esta historia.
Cuando he salido hacia la terraza, el viento ha movido la tela del vestido. El cielo estaba gris claro, pero la luz era perfecta. El edificio Carrión, con su mítico luminoso de Schweppes, dominaba el fondo.
Matteo ya estaba allí y cuando me ha visto, se ha quedado quieto. Embobado. Lo he notado antes de que dijera nada.
Sus ojos han recorrido el vestido, mi cintura, el pelo suelto con los reflejos rojizos brillando bajo la luz, los labios del mismo tono.
— Madonna… —ha murmurado primero, casi para sí.
Luego ha sonreído, despacio.
— Che bella … Siena, estás increíble.
He sentido el calor subirme por el cuello.
—Qué buen actor eres —le he susurrado—. Te tomas el papel muy en serio incluso fuera de cámara.
Ha ladeado la sonrisa.
—No todo es recitar un guion.
—Los italianos sois muy chulos —he contestado—. Tenéis ensayado ese tono grave para desarmar a las mujeres.
—Es formación básica en Italia —ha respondido, acercándose un poco más.
Me he reído. Ha habido un segundo suspendido y luego la prueba de luz con los flashes.
Nos han colocado en la terraza.
—Acércate más —ha pedido el fotógrafo.
La mano de Matteo se ha posado en mi cintura.
— Così … —ha susurrado muy bajo—. Respira.
—Vaya cintura de avispa —ha comentado alguien del equipo—. Como las actrices de antes.
He sonreído, pero algo ha empezado a torcerse. Primero he sentido un leve temblor en las piernas. Después un calor que subía desde el estómago vacío hasta la garganta.
—Mirad al horizonte —ha ordenado el fotógrafo—. Matteo, mírala a ella. Siena, juega con el anillo.
He bajado la vista hacia mi mano. Los flashes sonaban como disparos. El horizonte ha empezado a estrecharse. He sentido un sudor frío y un pitido leve.
— Amore… —ha susurrado Matteo, notando algo—. ¿Todo bien?
—Sí —he mentido.
He intentado recolocarme. La terraza ha girado apenas un segundo.
—¡Eh! —su tono ha cambiado—. Siena. Mírame.
No he llegado a hacerlo. He sentido que las piernas cedían y entonces su mano se ha cerrado con fuerza en mi cintura.
— Ti tengo —ha dicho, firme, en italiano—. No te vas a caer.
El mundo se ha inclinado y los flashes se han detenido.
—¡Parad! —ha gritado alguien.
—Se ha mareado —ha dicho otra voz.
Matteo no me ha soltado.
— Piano, piano… —murmuraba—. Respira, Siena.
Me ha acercado hasta una silla bajo la zona acristalada.
—Agua y algo de azúcar —ha ordenado, sin levantar la voz pero con autoridad.
Me han acercado una botella.
—Estoy bien.
—No —ha respondido él, agachándose frente a mí—. No estás bien.
Su voz ya no tenía nada de pose.
—Mírame —ha dicho—. Respira conmigo.
El mundo ha vuelto poco a poco a su sitio, aunque yo seguía sentada con las manos frías y la vista algo borrosa.
—Un plátano —ha dicho alguien del equipo—. Es bueno para el potasio.
Me lo han puesto en la mano como si fuera medicina y Pietro ha aparecido a mi lado, con el ceño fruncido.
—Llevas mucha tensión acumulada —ha murmurado, bajando la voz—. Es normal que el cuerpo pase factura. Entre Italia, la mudanza, la promoción… sei una bomba .
Y entonces ha llegado Sasha, perfectamente arreglada, como siempre. Tacones imposibles, traje claro impecable, gafas de sol que se ha quitado al instante al ver el pequeño círculo formado a mi alrededor.
—¿Qué ha pasado?
—Se ha mareado un poco —ha respondido alguien.
Me ha mirado de arriba abajo.
—Siena… tienes que disfrutar más de lo que estás viviendo. No puedes ir con esa tensión por la vida. Mira dónde estás.
Su tono no era de preocupación; era de gestión.
—Saca fuerzas —ha continuado—. Tienes un cuerpo y una cara preciosos. El mundo está mirando. No es momento de flaquear.
Matteo, a mi lado, no ha dicho nada, pero lo he mirado de reojo y él miraba a Sasha como si estuviera masticando algo amargo. No la soporta.
—Estoy bien —he repetido, dándole un mordisco al plátano para zanjar la conversación.
La sesión se ha retomado unos minutos después y, a pesar del susto, ha quedado increíble.
El vestido blanco volando con el viento.
Matteo mirándome como si de verdad creyera lo que vende.
El anillo captado en el momento exacto. El skyline de Madrid detrás como un telón de fondo perfecto. Magia construida.