Fuimos un error de guion 24 #2
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​ Su mano ha subido despacio hasta mi cara y ha acariciado la mejilla con el pulgar, suave, como si tuviera miedo de romper algo.

​ —Te estaba esperando.

​ Ha bajado la voz para que nadie más lo oyera.

​ —Te estaba esperando para que elijas la cama que quieras. Hay dos habitaciones preciosas y las dos son grandes. La que prefieras es para ti.

​ En ese segundo he sentido un pinchazo en el estómago. Me ha jodido que fuera tan fácil estar bien con él.

​ —No hace falta que me cedas nada —le he dicho, intentando sonar ligera—. Esto es tan tuyo como mío.

​ —Es nuestro —ha corregido, mirándome fijamente.

​ He observado las puertas del pasillo.

​ —Hay una que está al fondo a la derecha —me ha explicado—. La otra da al patio interior. Es más silenciosa.

​ Silenciosa, como lo que estaba empezando a sentir y que no sabía dónde colocar.

​ —Entonces me quedo la del patio —he dicho.

​ —Perfecto.

​ He escuchado a Torres llamarme desde el salón.

​ —Siena, ya está todo arriba.

​ He salido al pasillo con Matteo. Las cajas estaban apiladas junto a la pared y mi maleta, plantada en medio del salón como si también estuviera esperando instrucciones.

​ Nos hemos despedido del equipo que había estado montándolo todo. Sonrisas profesionales, « cualquier cosa nos avisáis », puertas que se cierran.

​ Ahora sí. Ahora empezaba esto de verdad.

​ Matteo ha cogido mi maleta sin pedirme permiso y la ha arrastrado hasta la habitación que había elegido.

​ —Qué caballeroso —le he dicho, intentando rebajar la tensión que me apretaba el pecho.

​ —Si mi madre se entera de que no lo soy, saca la mano por el teléfono y me parte la cara —ha respondido muy serio.

​ He soltado una carcajada.

​ —No tengo dudas.

​ Cuando he cruzado el umbral de la habitación me he quedado quieta.

Era preciosa. Tonos tierra, beige, arena, madera natural.

Una pared con cabecero tapizado en lino claro, lámparas colgantes a ambos lados de la cama, una alfombra suave que invitaba a descalzarse.

Ventana grande al patio interior, luz tenue y tranquila.

Muy elegante y adulta; muy poco yo. Y, sin embargo, me ha dado gustito.

​ Matteo ha entrado detrás de mí, ha dejado la maleta a un lado y, sin previo aviso, me ha empujado suavemente. Yo he caído de morros sobre la cama.

​ —¡¿Qué haces, idiota?! —le he soltado, medio enfadada, medio sorprendida.

​ Él ha alzado las manos.

​ —Como no tenemos piscina, pues te empujo aquí para que la estrenes.

​ —Qué gracioso —he bufado—. Pues prepárate, porque cuando no te des cuenta será mi turno y alguna te liaré.

​ —Atrévete —me ha retado—. Y luego no llores.

​ Nos hemos mirado con esa sonrisa infantil que solo aparece cuando por un segundo todo parece sencillo.

​ Entonces su teléfono ha empezado a sonar. Se ha dejado caer a mi lado sobre la cama, boca arriba, y ha descolgado sin decir nada. Yo me he girado hacia él por pura curiosidad; era su madre.

​ La cara de ella ha llenado la pantalla en cuanto ha contestado. Ojos oscuros brillantes, sonrisa enorme, gesticulando antes incluso de empezar a hablar.

​ Matteo ha girado el teléfono hacia mí.

​ — Ciao, bella ! —ha dicho ella, agitando la mano.

​ No he podido evitar sonreír. Es imposible no hacerlo con esa mujer.

​ Han empezado a hablar en italiano a toda velocidad. Yo apenas entendía palabras sueltas, pero el tono lo decía todo: preocupación, alegría, exageración dramática. En un momento dado, Giulia ha señalado la pantalla, preguntando algo. Matteo me ha mirado.

​ —Me pregunta que cuándo empiezo a enseñarte italiano.

​ He asentido con la cabeza enseguida.

​ —Cuanto antes —he dicho, exagerando la vocalización para que ella me entendiera.

​ Giulia ha aplaudido.

​ Ha seguido hablando. Yo he captado mi nombre varias veces. Matteo traducía a ratos.

​ —Dice que la próxima vez que vayamos no quiere traductor, que quiere que hables tú.

​ —Que me espere sentada —he murmurado.

​ Él ha traducido y su madre ha soltado una carcajada escandalosa. Ha sido un rato bonito.

​ Después de la videollamada con Giulia he notado cómo el cansancio me caía encima.

​ —Me voy a duchar —le he dicho a Matteo, levantándome de la cama—. Necesito quitarme toda la energía acumulada de cajas, despedidas y drama existencial.

​ Él se ha incorporado sobre los codos.

​ —Una pregunta importante.

​ —Temo lo que viene.

​ —¿Cuándo te gusta ducharte? ¿Por la noche o por la mañana?

​ He entrecerrado los ojos.

​ —Me encanta que quieras saber cosas de mí, Moretti, pero soy tan imprevisible que no tengo hora fija. Aunque creo que me gusta más por la noche… para irme a dormir limpia.

​ Ha arqueado una ceja.

​ —¿Limpia…?

​ He sonreído.

​ —De energías.

​ —Ah —ha asentido, divertido—. Eso es importante.

​ Cada habitación tiene su propio baño, cosa que he agradecido profundamente. He cerrado la puerta del mío y, antes de meterme bajo el agua, he puesto la música alta.

​ Ob-La-Di, Ob-La-Da.

​ No he podido evitarlo.

​ Es perfecta para este momento. Ligera. Irónica. Doméstica. Esa letra que habla de una pareja que empieza su vida juntos. El agua me ha caído por la espalda mientras canturreaba.

​ Cuando he salido, en pijama —uno corto de algodón gris que apenas me rozaba la piel—, Matteo estaba en la cocina.

Llevaba un chándal limpio, oscuro, que contrastaba con su piel morena.

El pelo lo tenía todavía ligeramente húmedo, peinado hacia atrás.

Y ese olor. Siempre huele a limpio, a jabón caro.

​ Me ha mirado con una sonrisa ladeada y juraría que le ha cambiado el gesto de los ojos. Que sus pupilas se han dilatado un poco más.

​ —¿Has puesto esa canción porque por fin has creado tu hogar?

​ Le he dado una palmada en el hombro.

​ —No te flipes.

​ —Tiene una letra muy sospechosa para esta casa —ha insistido.

​ —La letra es una broma del destino —he respondido, caminando hacia la isla de la cocina.

​ Me he subido a uno de los taburetes altos, cruzando los brazos como si estuviera negociando un contrato.

​ —Tenemos que hablar.

​ —Uy —ha dicho él—. Eso nunca es buena señal.

​ —Organización doméstica.

​ —Peor todavía.

​ —No somos pareja —he soltado, directa—. Somos compañeros de piso. Cada uno se hace su vida, sus comidas, sus horarios. Sin meternos en las costumbres del otro.

​ Él me ha observado con atención.

​ —¿Tus costumbres incluyen poner música de los Beatles a todo volumen cada vez que te duchas?

​ —Eso es patrimonio cultural —he contestado.

​ Pero en el fondo sabía por qué estaba marcando territorio. No quería preguntas. No quería que nadie vigilara lo que como o lo que dejo de comer. No quería otra figura que me dijera qué hacer, cómo comportarme, cuándo parar.

​ —Vale —ha dicho Matteo finalmente—. Compañeros de piso con reglas claras y respeto máximo.

​ —Exacto.

​ —Y, si un día cocino algo increíble, ¿tampoco puedo invitarte?

​ He dudado un segundo.

​ —Podrás intentarlo.

​ Ha sonreído.

​ Ringo, mientras tanto, estaba en un rincón del salón. Matteo le había preparado una zona con su cama, un rascador nuevo y un cuenco elevado. Todo ordenado y limpio.

​ Me he bajado del taburete y he ido directa hacia el gato.

​ —Mira qué señor te has vuelto —le he dicho, agachándome para achucharlo.

​ Ringo se ha dejado querer y el italiano se ha apoyado en la isla, observándonos.

​ —He pensado que, ya que estamos jugando a las casitas, al menos que el gato tenga su trono.

​ He levantado la vista hacia él y he sonreído sin querer.

​ El teléfono de Matteo ha empezado a vibrar sobre la encimera. Ha mirado la pantalla y no ha hecho ni el amago de apartarse. Ha descolgado delante de mí.

​ — Ciao , Ludo.

​ No hacía falta ser traductora simultánea para saber qué estaba pasando. Su tono cambiaba, más firme y profesional.

​ —Sí… mañana. A las ocho está bien. —Ha levantado la vista hacia mí, como si quisiera asegurarse de que yo también escuchaba la palabra mágica—. Perfecto. ¿Gran Vía? Vale. Sí, estaremos listos.

​ Ha colgado.

​ —Mañana nos toca sesión de fotos para dos revistas. Seremos portada en ambas —ha resumido.

​ He asentido como si me hablara del tiempo.

​ —Qué ilusión.

​ —Vendrán a por nosotros a las ocho. Nos llevan a un piso en Gran Vía con vistas increíbles. Tocan fotos y entrevista; un p ack completo y está de rebajas.

​ — Pack pareja feliz —he añadido.

​ Él ha esbozado media sonrisa. Me he acercado a la cocina, intentando distraerme.

La encimera estaba impecable. He abierto el frigorífico un segundo y he visto los estantes llenos: verduras frescas, tomates, espinacas, yogures, huevos, pechugas, pescado, fruta perfectamente colocada.

Orden, abundancia y control. He notado el pequeño clic en mi cabeza y he cerrado la puerta con suavidad.

Después he cogido un plátano del frutero. Era amarillo, perfecto y sin manchas.

​ —Buenas noches, compi —he dicho, levantándolo como si brindara con él.

​ Matteo seguía apoyado sobre la encimera, con los brazos cruzados, observándome. No ha hecho ningún comentario sobre la comida, ni sobre el plátano, ni sobre nada. Menos mal.

​ —Descansa —ha dicho simplemente—. Mañana va a ser largo.

​ —Como todos.

​ He dado media vuelta hacia mi habitación. Antes de entrar, he notado su mirada aún sobre mí. Mejor marcar distancia desde el primer día. Mejor dejar claro que esto es logística, promoción, fotos, entrevistas. No otra cosa.

​ He cerrado la puerta.

​ Y aun así, he sentido que al otro lado, en esa cocina llena de comida y de luz, alguien se quedaba un segundo más apoyado en la encimera, pensando exactamente lo mismo que yo: que cuanto más ordenado parece todo, más frágil es.