Fuimos un error de guion 24
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Han pasado tres días desde aquella reunión y hoy mi salón parecía una tienda de segunda mano. Cajas abiertas por todas partes, ropa doblada a medias, guiones apilados en el suelo y zapatos desparejados buscando dueño.

​ Ringo iba y venía entre las cajas. Se metía dentro de una, saltaba a otra, arañaba el cartón y luego salía disparado detrás de una cinta de embalar.

​ —Este gato cree que le estamos montando un Airbnb personalizado —ha dicho Hooper, con una caja en brazos.

​ —¡Ay, Dios! ¡Cómo os voy a echar de menos!

​ Cris siempre tan dramática. Yo, mientras, he cerrado una caja.

​ —No es para tanto. Es temporal.

​ Ha levantado la vista.

​ —¿Y cuánto tiempo es temporal?

​ —No lo han especificado.

​ Hooper ha dejado la caja sobre la mesa.

​ —¿Cómo que no lo han especificado?

​ —Que no hay fecha de vuelta —he respondido—. Depende de la promoción, de cómo funcione la serie, de la audiencia. De la narrativa.

​ —Narrativa… —ha repetido Cris, con ese tono suyo de sarcasmo concentrado—. Me encanta cuando hablas como si fueras un producto en Amazon.

​ Me he reído, pero me ha durado poco.

​ —Eso es lo que soy ahora mismo.

​ Ringo ha salido de una caja con una braga deportiva enganchada en la uña.

​ —¡Eh! —he exclamado—. Eso no va en tu maleta.

​ Hooper lo ha cogido en brazos.

​ —Tú tranquilo, colega. Nos vas a visitar. ¿Verdad?

​ He notado algo en el pecho.

​ —Claro que sí. No me voy al extranjero; está a diez minutos en coche.

​ —Ya… —ha dicho mi vecina—. Pero no es lo mismo.

​ Ha doblado uno de mis jerséis negros con más cuidado del necesario.

​ —Te vamos a echar de menos, tía.

​ —¡Joder! No me voy a morir.

​ —No hemos dicho eso —ha dicho Hooper, suave, y he bajado la mirada.

​ —Es que ahora mismo tengo demasiadas cosas abiertas —he admitido—. No quiero convertir esto en otro drama más.

​ Cris se ha levantado y ha venido hacia mí.

​ —No es drama. Es una pequeña despedida, y las despedidas duelen un poco; no pasa nada.

​ He mirado alrededor. Ese sofá, esa lámpara, esa esquina donde me sentaba a leer, ese baño donde había llorado más de una vez.

​ —Me da ansiedad no saber cuánto tiempo voy a estar fuera —he dicho al fin—. Si son dos meses, bien. Si son seis… no sé.

​ —¿Y él? —ha preguntado Hooper.

​ He sabido que se refería a Matteo.

​ —Está… —he dudado—. Está intentando sostenerse. Y yo intentando no invadir su duelo.

​ Cris me ha mirado con esa mirada de amiga que ve más de lo que una quiere mostrar.

​ —¿Y tú?

​ —Yo estoy ocupada —he respondido, automática.

​ —No te pregunto eso.

​ He desviado la mirada hacia Ringo.

​ —Yo estoy… adaptándome.

​ Hooper ha sonreído levemente.

​ —Eso significa que estás sintiendo mucho y no lo estás diciendo.

​ He cogido un rollo de cinta para distraerme.

​ —¿Podemos centrarnos en decidir qué me llevo y qué no? Porque como meta todo en cajas, la mudanza va a parecer definitiva y no lo es.

​ Cris ha señalado una pila de guiones.

​ —¿Esto te lo llevas?

​ —Sí. Todo. Aunque ya esté grabado.

​ —Eres un poco intensa —ha dicho Hooper.

​ —Lo sé.

​ Ringo se ha subido a una caja ya cerrada y se ha tumbado encima como si la hubiera reclamado.

​ —Míralo —ha dicho mi vecina—. Él sí que lo tiene claro. Donde tú vayas, va.

​ He sonreído.

​ —Porque Matteo se puso serio en la reunión.

​ Ha alzado una ceja.

​ —¿Se puso serio?

​ —Defendió que Ringo se viniera. Le faltó dar un puñetazo en la mesa.

​ El inglés ha silbado.

​ —Eso no es postureo.

​ —No —he admitido—. No lo fue.

​ Cris se ha sentado otra vez en el suelo.

​ —Te da miedo irte a vivir con él.

​ No era una pregunta.

​ —Me da miedo no saber cuánto de todo esto es real y cuánto es decorado —he respondido—. Y que, cuando acabe la temporada, desmonten también la casa.

​ Hooper ha sido el primero en romper el silencio que se ha hecho.

​ —Pues mientras tanto, vive dentro del decorado. Si se cae, ya recogeremos los escombros.

​ Su mujer ha asentido.

​ —Y si te hace daño, le rompemos los huevos. A él o a quien haga falta.

​ He soltado una risa que me ha salido de verdad.

​ —Somos muy fans de los huevos rotos.

​ —Es nuestra especialidad —ha dicho Hooper, y yo he cerrado otra caja.

​ Ringo ha maullado, como protestando por el ruido.

​ —Tranquilo —le he dicho—. Nos mudamos, pero seguimos teniendo casa.

​ No sé si hablaba para él o para mí.

​ La tarde ha seguido entre risas pequeñas y recuerdos guardados en cartón.

No quería drama. Pero, mientras etiquetaba la última caja con un rotulador negro y escribía «imprescindible», me he dado cuenta de que, en realidad, lo que más me asustaba no era cambiar de casa, era no saber cuánto de mí iba a cambiar con ella.

​ A las nueve en punto de la noche ha aparecido Torres con una furgoneta pequeña.

Eficiente y discreto, como siempre. Ha bajado, ha saludado con ese gesto suyo de cabeza y ha empezado a cargar cajas sin hacer preguntas.

Cris y Hooper se han quedado abajo conmigo, junto a Lulú, que no entendía nada pero movía la cola como si aquello fuera una excursión.

​ Ringo estaba dentro del transportín, ofendido con el mundo. Hooper lo ha tocado a través de la reja.

​ —Cuídanos a la estrella, ¿eh? —ha dicho mirándome—. Y si no la cuidan, nos llamas.

​ He sonreído.

​ —¿Y ahora a quién vas a poner la música alta cuando estés de bajón? —ha preguntado Cris.

​ —A vosotros, porque cuando esté jodida vendré a ducharme aquí.

​ Ha soltado una carcajada un poco amarga y nos hemos abrazado los tres muy fuerte, en uno de esos abrazos que no hacen ruido, pero lo dicen todo.

​ Cuando me he metido en la furgoneta y Torres ha arrancado, los he visto hacerse pequeños por el retrovisor.

Pequeños, más pequeños, hasta que han desaparecido.

He sentido un pellizco extraño. Todo lo que tengo de verdad parece encogerse cuando me alejo.

Como si la vida real se hiciera tan diminuta que acabara borrándose y me ha dado miedo que también ellos se diluyan.

No quiero perder lo único que no es decorado.

​ —¿Estás bien? —ha preguntado Torres, sin mirarme directamente.

​ Firmó un contrato de confidencialidad hace días. Sabe demasiado, está en medio de todo sin estar en nada.

​ —Sí —he mentido primero—. Bueno… no sé.

​ —Las despedidas nunca son cómodas.

​ —No me gustan los cambios cuando no controlo el final —he dicho—. No saber cuánto va a durar algo me descoloca.

​ —La mayoría de las cosas importantes no vienen con fecha de caducidad escrita —ha respondido él—. Ni con garantía.

​ He apoyado la cabeza en el cristal.

​ —A veces siento que estoy haciendo demasiados esfuerzos para seguir adelante. Que no tengo ni ganas ni fuerzas, pero sigo.

​ —Eso es madurar, o sobrevivir. A veces es lo mismo.

​ —¿Y tú? —le he preguntado—. ¿Nunca has querido bajarte del coche y dejarlo todo?

​ Ha tardado unos segundos en responder.

​ —Claro que sí. Pero luego recuerdas por qué empezaste y sigues. No todos los días son heroicos; algunos son simplemente resistencia.

​ He mirado la ciudad pasar.

​ —Estoy cansada de resistir.

​ —Entonces apoya la espalda en alguien cuando toque —ha dicho—. Resistir sola es más pesado.

​ No he contestado, pero he pensado en Matteo defendiendo a Ringo, en su espalda encogida en el hospital, en su abrazo cuando Lorenzo se fue.

​ El coche ha girado hacia Chamberí y nos hemos encontrado con calles más silenciosas y edificios elegantes.

​ —Hemos llegado —ha anunciado Torres.

​ El edificio era sobrio, de ladrillo claro, con portal amplio y portero físico. Discreto y perfecto para vender una historia. Torres ha bajado para ayudar con las últimas cajas; yo he salido del coche y he respirado hondo. Nueva casa, nuevo escenario. He mirado hacia arriba, hacia la fachada.

​ —Vamos allá —he murmurado para mí misma.

​ Pero por dentro, algo seguía mirando por el retrovisor.

​ La puerta estaba entreabierta; he empujado con el hombro, con el transportín en la mano, y he entrado despacio, como si el piso pudiera morderme.

​ Lo primero que he visto ha sido un salón amplio, techos altos con molduras antiguas y ventanales enormes que daban a la calle.

Suelo de madera clara, recién pulido, que crujía suave bajo mis pasos.

A la derecha, una cocina abierta con isla central de mármol gris y taburetes altos.

Todo impecable, como si nadie hubiera vivido aún allí.

​ Un sofá en L de color arena ocupaba el centro del salón, con cojines neutros perfectamente colocados. Había una mesa baja de cristal y plantas altas en las esquinas, estratégicamente pensadas para las fotos.

​ En la cocina había un par de personas colocando cubiertos en una caja, hablando en voz baja.

​ —Buenas noches, señorita Luján —ha dicho uno, con sonrisa profesional.

​ —Hola.

​ He dejado el transportín en el suelo y Ringo ha protestado con un maullido indignado.

He seguido avanzando por el pasillo, largo, con puertas blancas a ambos lados y cuadros minimalistas; entonces lo he visto.

Matteo estaba de pie, al fondo del pasillo, apoyado en la pared, con una camiseta de tirantes blanca que resaltaba su piel morena.

Los hombros anchos, los brazos definidos, el pelo ligeramente despeinado.

En sus manos tenía unas sábanas dobladas que ha dejado sobre una silla en cuanto me ha visto.

​ Me ha mirado con una sonrisa ladeada.

​ —Bienvenida a tu nueva vida.

​ No me esperaba verlo ahí ni que me dijera esa frase. Y, desde luego, no me esperaba que se acercara y me abrazara sin más.

​ Cuando me ha rodeado con los brazos, mi cuerpo se ha relajado de golpe. Parecía que alguien hubiera aflojado un tornillo invisible en mi espalda.

​ El piso seguía siendo ajeno, pero él no.

​ —Estás tensa —ha murmurado contra mi pelo.

​ —Lo estoy…

​ Se ha separado lo justo para mirarme.

​ —¿Por el piso o por la película que vamos a montar aquí dentro?

​ He soltado una media risa.

​ —Por todo. Vengo acojonada, Matteo. Me ha dado mucha pena despedirme de Cris y Hooper.