Fuimos un error de guion 23
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Hoy no hemos grabado nada «emocional». O eso parecía.

Nos han llevado a una sala blanca y allí hemos preparado una escena de quirófano que aparecerá en el penúltimo capítulo.

Eva ayudará al doctor De Luca en una operación complicada y, según el asesor médico, «la cámara no perdona una mano insegura».

​ Sobre la mesa había piel de cerdo. Lo he sabido en cuanto la he visto. El color y la textura eran demasiado reales.

​ Nos han explicado cómo hacer un corte limpio, sujetar el bisturí sin temblar, separar tejido sin parecer que estás desmigando pan. Matteo estaba concentrado como si realmente se jugara una vida. Yo lo observaba de reojo mientras aspiraba, sujetaba, intentaba no pensar en lo que cortábamos.

​ Ha sido curioso. Después de todo lo que hemos vivido en Nápoles, después del beso en aquella habitación, hoy éramos dos compañeros más, casi quirúrgicos también en lo emocional.

​ Desde ese momento en el hotel, algo se ha enfriado entre nosotros aunque no estamos distantes de manera evidente.

Seguimos cumpliendo el papel fuera del set.

Seguimos agarrándonos la mano cuando hay cámaras cerca, pero cuando no hay nadie mirando, él se repliega.

Y yo no sé si por respeto, por miedo o por culpa, hago lo mismo.

​ El entierro de Lorenzo fue devastador. Lo ha sido para él y, de alguna manera extraña, también para mí. Lo he visto llorar sin medida, cómo se le rompía la voz al despedirse, y después he visto cómo intentaba recomponerse porque «un hombre fuerte no puede mostrarse débil».

​ Ludovica se lo dejó claro: nada de debilidad. Al escucharla me dieron ganas de gritar.

​ Desde que volvimos a Madrid, he decidido no presionarlo. No preguntarle cada cinco minutos cómo está; no tocar esa herida. Sé que el duelo no se atraviesa hablando sin parar, a veces, se atraviesa en silencio.

​ Hoy, en la clase de sutura, mientras nos enseñaban a coser esa piel gruesa con hilo negro, he pensado que eso es lo que está haciendo él consigo mismo: intentar cerrarse por dentro, y yo… yo no sé si debo ayudarle o simplemente estar.

​ Ha sido extraño verlo tan preciso con el bisturí, tan firme. En un momento he levantado la vista y me estaba mirando. No había deseo en esa mirada, pero tampoco frialdad, solo cansancio. He sostenido sus ojos un segundo para que supiera que sigo aquí y le he sonreído un poco.

​ Y ahora, escribiendo esto, me doy cuenta de que nuestra relación se ha quedado suspendida en el mismo punto que la de nuestros personajes. Algo que está ahí pero que nadie termina de tocar. Quizá estamos cosiendo demasiado fuerte. Quizá, si tiramos del hilo antes de tiempo, todo vuelva a abrirse.

​ Cuando hemos terminado la práctica, tenía el cuello rígido, parecía que me hubieran atornillado la cabeza al cuerpo. Tanta tensión mirando aquel trozo de piel, pendiente de no temblar, de no fallar delante de la cámara invisible que siempre imagino grabándolo todo… pasa factura.

​ Estaba masajeándome la nuca cuando Sasha ha aparecido en el set con ese paso suyo de tacones decididos.

​ —Chicos, venid conmigo. Reunión de equipo, ahora.

​ He debido de poner cara de tragedia griega porque Moretti se ha acercado sin decir nada y me ha acariciado la espalda, lento, justo entre los omóplatos. Ese maldito gesto que ya es código entre nosotros me ha calmado al instante.

​ No quiero joder esto. No quiero que el beso aquel, que fue un accidente precioso entre dos personas vulnerables, contamine lo que hemos construido.

​ Hemos caminado detrás de mi representante hasta la sala de reuniones.

El núcleo del mal, como lo llamo yo. Las mismas caras de siempre…

salvo una. Velázquez ya no estaba. En su lugar, había una chica rubia, con melena larga perfectamente planchada, falda corta y americana ajustada.

Cómo no, con sonrisa ensayada y ojos fríos.

La misma energía de depredador, pero envuelta en perfume caro.

​ —Os presento a Claudia Herrero —ha dicho uno de los productores—. Nueva supervisora de contenidos de la plataforma.

​ Claudia ha cruzado las piernas despacio.

​ —Encantada. He oído maravillas del proyecto… y de vosotros. Especialmente de vosotros —ha añadido, mirándonos a Matteo y a mí.

​ Sasha ha tomado la palabra como si aquello fuera su terreno natural.

​ —Bien, vamos al grano. Lo de Nápoles ha tenido un impacto brutal. Brutal. Las métricas se han disparado.

​ He sentido cómo el italiano se tensaba a mi lado.

​ —La cobertura del viaje, el apoyo en un momento tan duro… —ha seguido Sasha—. La narrativa es perfecta.

​ Como si el duelo fuera un arco argumental. Matteo ha hablado por primera vez, con voz neutra.

​ —No fue una narrativa.

​ Se ha hecho un silencio incómodo y Claudia ha sonreído.

​ —Por supuesto que no. Nadie pone en duda eso, pero el público conecta con lo auténtico.

​ He notado que me hervía la sangre.

​ —¿Y qué queréis exactamente? —he preguntado yo.

​ Uno de los productores ha juntado las manos sobre la mesa.

​ —Queremos reforzar lo que ya existe: la química. La complicidad. Está funcionando.

​ Sasha ha intervenido, rápida.

​ —Después de la escena del hospital y del viaje, el público está implicado emocionalmente. Tenemos que sostenerlo.

​ —¿Sostener qué? —ha preguntado Matteo, mirándola fijamente.

​ —La historia —ha dicho Claudia—. Dentro y fuera de la pantalla. Hay eventos de prensa la semana que viene. Entrevistas conjuntas y una portada digital. Y nos gustaría que no hubiese contradicciones en el mensaje.

​ —¿Qué mensaje? —he insistido.

​ Sasha ha suspirado como si yo fuera una niña difícil.

​ —Que sois dos personas que se apoyan y que hay algo especial. No estamos pidiendo que anunciéis una boda.

​ —Curioso. Cuando él llora es debilidad, pero cuando lloramos juntos es marketing .

​ Claudia no ha dejado de sonreír.

​ —Lo que pase en privado es vuestro. Lo que pase en público es estrategia.

​ Matteo ha apoyado los antebrazos sobre la mesa.

​ —Yo no voy a dejar de llorar por mi amigo.

​ Sasha ha cambiado el tono, más bajo.

​ —Nadie te está pidiendo eso. Solo que midas cuándo y dónde.

​ Ahí he visto algo romperse en él y he hablado antes de que siguieran.

​ —Vamos a cumplir con el trabajo. Las entrevistas, las fotos, lo que toque, pero no juguéis con el duelo. Ni con eso, ni con nosotros.

​ Claudia me ha mirado como si estuviera evaluando un producto.

​ —Nos interesa que funcionéis.

​ Matteo ha rozado mi rodilla por debajo de la mesa; estaba ahí.

​ —Funcionamos —ha dicho él, tranquilo.

​ Sasha ha cerrado el tema con su sonrisa habitual.

​ —Perfecto. Entonces estamos alineados.

​ Mentira.

​ Cuando pensaba que la reunión no podía tensarse más, uno de los productores —Álvaro, el de las camisas siempre demasiado ajustadas— se ha levantado de la silla. Ese gesto ya era mala señal.

​ —Hay otra cosa —ha dicho, entrelazando las manos—. Creemos que ha llegado el momento de dar el paso.

​ Sasha ha asentido antes incluso de que terminara la frase.

​ —¿Qué paso? —he preguntado, aunque intuía la respuesta.

​ Álvaro ha sonreído como si estuviera anunciando un premio.

​ —Que os vayáis a vivir juntos. La semana que viene acaba el rodaje —ha continuado—. Entra la promoción fuerte y, si ya estáis en la misma casa, logísticamente es más fácil.

​ —Vamos, más rentable —he soltado.

​ He notado cómo se me tensaban los dedos sobre la mesa. Sasha ha intervenido:

​ —Tenemos la vivienda preparada.

​ Yo no he hablado; he mirado a Matteo y he visto que estaba quieto, con la mandíbula apretada. Ludovica, que hasta ese momento había estado callada, ha soltado entonces la frase que me ha quemado por dentro:

​ —Por cierto, el gato ya tiene un lugar para estos meses.

​ Ha sido como si alguien hubiera golpeado la mesa. Matteo ha levantado la cabeza despacio.

​ —¿ Scusa ?

​ Yo me he quedado congelada. Él, que siempre había sido educado, correcto, el chico perfecto que asentía y medía cada palabra… estaba diferente.

​ —El gato se viene con nosotros —ha dicho, firme—. Ya comentamos que eso no se podía discutir.

​ Ludovica ha abierto los ojos.

​ —Matteo, tu alergia. No vamos a jugar con tu salud por un animal.

​ —No es un animal —ha respondido él, cortante—. Es parte del acuerdo y parte de ella.

​ Se ha hecho un silencio espeso.

​ —Estoy con las vacunas —ha seguido—. Llevo tratamiento. Lo controlo.

​ —Esto es una locura —ha soltado ella—. Bastante tenemos con mantener la narrativa como para añadir complicaciones innecesarias.

​ —El gato no es una complicación —ha dicho Matteo—. Es uno más en este juego, como lo llamáis.

​ Yo no podía creer lo que estaba escuchando. Nunca lo había visto enfrentarse así. Nunca. Y ahora, en pleno duelo, con el cuerpo todavía cargando la muerte de su amigo… estaba sacando la cara por mí y por mi gato. He sentido cómo se me ponían los ojos vidriosos.

​ Claudia ha intentado suavizar.

​ —No hace falta dramatizar. Solo buscamos optimizar la situación.

​ —Optimizar no es decidir por nosotros —ha dicho Matteo, más bajo, pero igual de firme.

​ Sasha me ha mirado, buscando que interviniera y he tragado saliva.

​ —Si vamos a vivir juntos —he dicho despacio—, será con todo lo que eso implica. No soy un pack sin equipaje.

​ Álvaro ha suspirado.

​ —Bien. Lo estudiaremos.

​ Pero ya no sonaba a orden; sonaba a concesión.

​ La reunión se ha ido desinflando después de eso. Han vuelto a hablar de agendas, de entrevistas, de fechas.

​ Cuando nos hemos levantado, Matteo ha pasado por mi lado sin mirarme directamente. Solo ha rozado mi mano con la suya. En pleno duelo, con el mundo exigiéndole fortaleza, imagen, perfección… había elegido plantarse por mí.