19
Hemos aterrizado en Nápoles. Se ha filtrado que llegábamos.
En la zona de recogida de equipaje ya había fotógrafos esperando y, al cruzar las puertas de salida, los flashes han empezado a disparar sin pudor. Matteo ha tensado la mandíbula. Yo he bajado un poco la cabeza, por pura inercia.
El móvil me ha vibrado en el bolso. He leído el mensaje sin detenerme:
Sasha Va a ser una maravilla que empiecen a conocerte allí. La idea de ir a Italia ha sido brillante, todo suma.
No le he contestado. Me ha parecido despreciable. Sabe perfectamente por qué estamos aquí, en qué punto está Lorenzo y ella solo ve titulares, oportunidades, expansión de mercado. Me ha dado asco y cansancio.
Matteo se ha dado cuenta enseguida.
—Conociéndola —me ha dicho—, tendrás que aceptarla tal cual es y aprender a dejar que te haga el mínimo daño posible.
Lo ha dicho con experiencia, como quien ya ha pasado por ahí.
Hemos salido al vestíbulo con las maletas rodando detrás de nosotros y el ruido se ha multiplicado.
Preguntas en italiano, algunas lanzadas sin filtro, otras con tono de broma, otras buscando directamente el morbo.
Nombres mezclados. Nuestro supuesto viaje romántico.
La escapada al sur. Las sonrisas que no llevábamos.
Matteo me ha cogido de la mano. No para posar, para pasar. Ha apretado lo justo para que yo supiera que estaba ahí y hemos seguido caminando sin contestar a nada. Yo he notado cómo se me cerraba el estómago.
— Moretti, una parola! — Siena, è vero che vi trasferite insieme? —Una foto, solo una!
Hemos seguido avanzando.
Al salir al exterior, con el ruido del tráfico de la ciudad que lo envolvía todo, he soltado el aire que llevaba reteniendo desde que aterrizamos.
Matteo no me ha soltado la mano y, aunque todo el mundo creyera que estábamos allí para vender una historia, la verdad iba por otro camino, cerca de un hospital y que no tenía nada de postal.
En el coche, de camino al hospital, me ha ido contando cosas casi sin darse cuenta; necesitaba llenar el trayecto de algo que no fuera silencio.
Me ha dicho que él es de Massa Lubrense, un pueblo pequeño cerca de Sorrento.
Que allí todo huele a mar y a limón. Que los limones no son decoración, son parte de la vida.
Que su familia siempre ha tenido limoneros y que de ahí viene lo del limoncello , el de verdad, el que no se vende en botellas bonitas para turistas.
El que se hace en casa, con tiempo y paciencia.
—Si todo va bien —me ha dicho—, quizá podamos bajar un día al pueblo. O que mi familia suba a Nápoles a vernos. Dependerá de cómo esté Lorenzo.
Las maletas no han venido con nosotros. Las han llevado directamente al hotel donde nos vamos a quedar, cerca del hospital. Nosotros hemos seguido recto, sin rodeos.
Cuando el coche ha parado frente al hospital, he sentido ese cambio de aire inmediato. La gente que entra y sale con prisa, las miradas cansadas… Matteo ha bajado primero y, nada más cerrar la puerta, dos chicos se han acercado a él.
Han sonreído pero no lo han hecho con alegría, sino esa que se te queda cuando ves a alguien querido en un lugar donde nadie quiere estar.
—Maty… —ha dicho uno de ellos.
Se han abrazado sin palabras.
—Siena —me ha dicho él, girándose hacia mí—. Ellos son Marco y Andrea. Amigos míos de toda la vida.
Les he sonreído, un poco torpe, y he dicho hola como he podido.
Ellos han sido amables, pero hablaban rápido, en italiano, y yo apenas cazaba nada.
Solo tonos, gestos y miradas. Y ahí se me ha caído el mundo encima de golpe: si quiero trabajar aquí algún día, necesito un profesor de italiano urgentemente. No mañana. Ayer.
Matteo ha hecho todo lo posible por no dejarme fuera de la conversación. Traducía frases, me miraba al hablar, me incluía con pequeños gestos, pero se le notaba dividido. Con la cabeza ya dentro del hospital.
Antes de entrar, se ha apartado un poco conmigo.
—Siena… —me ha dicho—. No tienes ninguna obligación de estar aquí. De verdad. Puedes ir al hotel, dar un paseo, lo que quieras. Esto no es fácil.
—Soy tu acompañante —le he dicho—. Y lo voy a seguir siendo. Respetaré tu espacio, lo prometo. Además, he visto a un paparazzi escondido tras aquel árbol —he señalado con la mirada.
Ha apoyado la mano en mi hombro y me ha dado un beso suave en la sien, casi como un gesto automático, de cuidado.
—Gracias —me ha dicho—. Me hace ilusión que te conozca.
Hemos entrado juntos al hospital por un pasillo largo con luz blanca y ascensores al fondo.
Antes de entrar en la zona de aislamiento, Matteo se ha detenido y me ha mirado para comprobar algo.
—Quiero que lo saludes —me ha dicho—. Le he hablado mucho de ti.
He tardado un segundo en reaccionar.
—Matteo… —he bajado un poco la voz—. Igual es mejor que tengáis vuestro momento. No quiero interrumpir; te espero aquí.
Ha negado despacio.
—Por favor —ha insistido—. No hace falta que entres. Solo que te vea a través del cristal. Quiero que te conozca.
—¿Estás seguro?
Ha esbozado una sonrisa mínima, de esas que apenas se sostienen.
—Necesito que me dé el visto bueno —ha añadido, medio en broma, medio en serio.
Hemos entrado y nos hemos quedado frente al cristal. Una enfermera le ha dado a mi compañero una bata, guantes y una mascarilla. Se los ha puesto con cuidado. Yo me he quedado fuera, quieta, con las manos cruzadas delante del cuerpo, sintiéndome pequeña.
Lo he visto caminar despacio hacia la cama.
Su amigo estaba consciente. Muy delgado, mucho más de lo que imaginaba.
Había visto un par de fotos de él durante el viaje, en avión.
La enfermedad le había afinado el rostro hasta dejarlo casi irreconocible, pero los ojos seguían ahí. Atentos y cansados.
Matteo se ha sentado a su lado con una calma que me ha dolido ver, le ha cogido la mano y ha apoyado la frente un segundo, como si necesitara anclarse.
No he oído lo que se han dicho, pero no hacía falta. Había algo en la forma en la que se miraban que lo explicaba todo. Al cabo de unos segundos, Moretti ha señalado hacia el cristal.
He visto cómo le hablaba de mí. Lorenzo ha girado la cabeza con esfuerzo y entonces me ha visto.
Me ha mirado despacio y ha levantado la mano para saludarme.
He devuelto el gesto casi sin darme cuenta.
Luego ha sonreído y algo dentro de mí se ha encogido.
He sentido un nudo en el estómago tan fuerte que he tenido que respirar hondo.
He pensado en lo duro que debía de ser estar en esa cama, dependiendo de máquinas, sabiendo que el cuerpo ya no responde como antes. Y también en lo insoportable que tenía que ser sentarse al lado, mirar a alguien que quieres así y no poder hacer nada más que estar.
He pensado en Matteo. En lo que debía de estar sintiendo al verlo, en el dolor silencioso que se le colaba por las grietas, aunque intentara sostenerse. Quizá había sido su mejor amigo, quizá algo más, quizá no importaba. Lo único evidente era que aquello era amor.
Me he quedado al otro lado del cristal, sin moverme, acompañando como podía. Con la sensación de estar asistiendo a algo íntimo y sagrado. Algo que no me pertenecía, pero que me había sido confiado.
Unos minutos después no he podido seguir allí.
Me he sentido mal siendo solo una observadora, como si estuviera ocupando un lugar que no me pertenecía.
He tocado suavemente el cristal y Matteo me ha visto.
Le he hecho un gesto pequeño, indicándole que salía.
Antes de irme, le he enviado un beso a Lorenzo con la mano.
Él me ha guiñado un ojo y ha levantado el pulgar, como dándome el visto bueno. Ese gesto me ha desarmado.
He salido al pasillo y allí estaban Marco y Andrea, sentados en las sillas de plástico, con esa postura de espera que se aprende a fuerza de hospitales.
Han intentado entablar conversación conmigo.
Nos ha costado, pero lo han hecho despacio, vocalizando, y eso me ha ayudado a entenderlos un poco mejor.
Me han contado que son amigos desde la guardería, que nunca habían discutido y que Maty y Lorenzo siempre habían tenido una conexión especial, casi de hermanos.
He pensado que quizá les daría reparo hablarme de ellos como pareja, si es que alguna vez lo fueron, y yo tampoco he querido preguntar. No era el momento ni el lugar.
He tenido tiempo para todo y para nada a la vez.
Para ir a la máquina a por un café, para pasar por el baño, para dar vueltas sin rumbo por el pasillo, para pensar más de la cuenta.
He pensado en mi familia, en mis padres, en qué pasaría si ahora mismo sonara mi teléfono con una noticia así.
En cómo reaccionaría. He cortado ese bucle a tiempo, casi con rabia, porque no quería seguir por ahí.
Entonces la puerta se ha abierto y mi compi ha salido. Su cara hablaba por sí sola. Estaba hecho polvo. Andrea se ha levantado enseguida y se ha acercado a él.
— Come stai dopo averlo visto così?
Le preguntaba cómo estaba después de haberlo visto en esas condiciones.
Marco ha salido del baño y se ha unido a ellos. Han hablado en italiano, rápido al principio, luego más despacio. He pillado algunas palabras sueltas: que es duro verlo así, que da mucha impotencia, que odia estar lejos.
Yo me he quedado sentada. Me pesaba el cuerpo. No por comer, porque llevaba horas solo con el café y nada más, ni siquiera el aperitivo del avión. Era un cansancio raro, sobre todo emocional.
Al cabo de un momento, Matteo se ha acercado a mí. Se ha agachado hasta quedar a mi altura.
—Has sido valiente al entrar y saludarlo —me ha dicho—. Era importante para mí que te conociera.
—Me ha emocionado veros juntos —le he respondido—. Sé lo especial que es para ti.