18
El día ha empezado torcido desde el primer «¡Acción!».
La escena era caótica por definición: un accidente múltiple provocado por la niebla, coches encajados unos contra otros, familiares gritando, heridos entrando en camilla sin orden ni jerarquía.
El hospital convertido en un hormiguero.
Gente que se cruzaba, voces superpuestas, órdenes a medias.
Todo muy real y, sin embargo, algo no encajaba.
Lo he notado en Matteo casi desde el primer ensayo. No era un error técnico ni una inseguridad de actor. Era otra cosa. Estaba más rígido y ausente. Decía el texto bien, entraba a tiempo, pero había una especie de desconexión; su cuerpo estaba allí y su cabeza no.
—¡Corten! —ha dicho David por cuarta vez—. Vamos otra vez desde la entrada de urgencias.
Hemos vuelto a posición.
En la siguiente toma, justo cuando Lora de la Hera entraba corriendo con una camilla, ha tropezado con uno de los cables del suelo. Ha sido un segundo absurdo y seco. El golpe contra el suelo ha sonado demasiado fuerte para no doler.
—¡Corten, corten! —ha gritado alguien desde fuera de plano.
Lora se ha llevado la mano a la muñeca con un grito ahogado, la cara blanca, y el silencio del resto ha sido inmediato.
Han llamado a producción, al médico, a todo el mundo. Al final, muñeca fracturada. Directa a que la valoraran fuera del set .
—Diez minutos —ha anunciado el ayudante de dirección—. Reorganizamos la escena.
La gente se ha dispersado como ha podido. Yo he mirado a mi compañero. Estaba apoyado contra una pared falsa, con los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo.
Me he acercado despacio.
—Oye —le he dicho en voz baja—. ¿Te pasa algo?
Ha levantado la vista lo justo para mirarme.
—No, no… estoy bien.
Mentira. Una mala, además.
—No lo estás —he insistido—. Se te nota.
Ha respirado hondo, como buscando una salida rápida.
—Es el caos de la escena. Nada más.
—Te conozco lo suficiente para saber que no es eso —le he respondido—. Y no te estoy pidiendo un drama. Solo saber si… si estás incómodo o si he hecho algo mal.
Ha negado con la cabeza enseguida.
—No es por ti, Siena.
Ese «no es por ti» ha sonado demasiado cargado.
Han vuelto a llamar a posiciones. Han ajustado el texto, eliminado al personaje de Lora, recolocado entradas y salidas. Hemos grabado la escena entera de nuevo. Esta vez ha salido como querían, pero Matteo ha salido del decorado sin mirarme.
He esperado dos segundos y lo he seguido. He llegado a su camerino justo cuando estaba a punto de cerrar. He metido la mano antes de que pudiera hacerlo.
—Siena… —ha dicho, cansado—. Ahora no.
He entrado igualmente.
—Lo siento —le he contestado—, pero no me voy a ir.
Se ha pasado una mano por la cara, visiblemente molesto.
—Necesito estar solo.
Me he sentado en el sofá pequeño del rincón, apartando una mochila y un guion doblado.
—Pues mala suerte —le he dicho, sin dureza—. Porque dijimos que hablaríamos. Que no daríamos las cosas por hechas. Que iríamos a la par.
Me ha mirado un segundo. Luego ha girado la cabeza y se ha metido en el baño del camerino sin decir nada. He oído cómo cerraba la puerta. Después, el sonido del grifo y, segundos después, un sollozo mal contenido.
Me he levantado de golpe. He ido hasta la puerta del baño, pero no la he abierto. Me he quedado allí, apoyada en el marco.
—Matteo… —he dicho despacio—. Si he hecho algo que te ha agobiado, lo siento. De verdad. No era mi intención.
No he recibido respuesta. Solo respiraciones rotas. He abierto la puerta muy despacio. Estaba apoyado en el lavabo, con la cabeza agachada, los hombros tensos, llorando sin disimulo. De esos llantos que no buscan consuelo, solo salida.
Me he quedado quieta un segundo, sin saber qué hacer. Luego me he acercado por detrás. No lo he tocado al principio.
—Eh… —he susurrado—. Estoy aquí.
Ha respirado hondo, como si por fin se permitiera derrumbarse del todo.
Entonces lo he rodeado con los brazos, despacio, desde la espalda, y él se ha dejado querer.
Se ha apoyado en mí como si ese abrazo fuera lo único que lo mantenía en pie en ese momento. Ha llevado una mano a la mía, la ha agarrado con fuerza y ha soltado otro sollozo, más largo.
He estado con él en el baño y le he acariciado la espalda despacio, de manera constante. Ha tardado unos segundos más en hablar. He notado cómo respiraba hondo antes de hacerlo.
—Esta mañana me han llamado —ha dicho al fin— del hospital.
No he necesitado preguntarle de quién hablaba.
—Lorenzo ha empeorado —ha continuado—. No es una recaída leve. Es… serio.
Se le ha roto un poco la voz al final y no ha intentado esconderlo.
—No soporto la idea de estar aquí —ha añadido—, haciendo como que todo va bien, cuando él está allí. Siento que le estoy fallando.
No he dicho nada todavía; le he dejado espacio. A veces lo único profesional es callar.
—Si lo pierdo sin haberme despedido… —se ha interrumpido—. No sé cómo podré vivir con eso.
Le he limpiado las lágrimas con cuidado, como si fueran frágiles, y le he acariciado la cara. Cuando ha vuelto a hablar, ha levantado la vista y me ha mirado directamente.
—No quería cargarte con esto —ha dicho—. Bastante tienes ya. No era justo cargarte con mis problemas.
—No me los estás pegando —le he respondido al instante—. Me los estás contando. Y no es lo mismo.
Ha negado despacio, cansado.
—No quiero ser una carga para nadie.
—Pues vas fatal —le he dicho, intentando que mi voz no sonara dura—. Porque lo estás siendo igual… solo que sin darte permiso.
Me ha mirado, confuso.
—¿Qué?
—Que cuando te callas también cargas —le he explicado—. Solo que entonces lo haces tú solo y eso pesa más.
Se ha quedado en silencio unos segundos. Luego ha soltado el aire lentamente.
—Normalmente, cuando muestro esto, la gente se incomoda; no estoy acostumbrado.
—Pues te aguantas —le he dicho, con suavidad—. Porque somos pareja en las alegrías y en las penas. Cláusula doscientas cuarenta y siete del contrato.
Ha levantado una ceja, sorprendido.
—¿Esa no era la de no comer hidratos después de las seis?
—Esa es la doscientas cuarenta y seis —le he contestado—. Esta viene justo después.
Se le ha escapado una risa leve. No era alegría, pero sí alivio, y eso ya era algo.
—Gracias —ha dicho, más bajo—. De verdad.
—Para eso estamos —le he respondido—. Para lo bonito y para lo que duele.
Se ha girado un poco, lo justo para apoyarse mejor contra mí. He sentido que confiaba.
Cuando he visto que se había calmado, le he dicho que tenía que ir a mi camerino a mirar unos correos antes de la siguiente escena. Se lo he dicho con naturalidad, pero en el fondo era una manera de darle espacio, tiempo y aire. Lo de los correos era mentira.
He salido con la sensación rara de estar abandonándolo y, al mismo tiempo, de estar haciendo lo correcto.
Nada más cerrar la puerta, he sacado el teléfono y he llamado a Sasha.
No he ido con rodeos. Le he dicho que Moretti tenía que ir a Italia.
Que tenía que ver a un amigo enfermo y que eso no era negociable.
He pronunciado esa frase como si llevara años entrenándola, aunque por dentro me temblaran un poco las manos.
Al otro lado, silencio. Ese silencio suyo que siempre significa cálculo.
Le he seguido hablando antes de que pudiera cortar o cambiar de tema. Le he dicho que se podía aprovechar el viaje, que no había ningún problema. Que podían venderlo bien. Que nos vieran viajando juntos, fotos juntos en su ciudad, paseos, sonrisas, lo justo y ya estaría; todo el pescado vendido.
He notado cómo cambiaba su respiración. Cómo pasaba del no al sí sin decirlo en voz alta. Me ha preguntado si estaba segura, le he dicho que sí; que era lo mejor para todos.
Ha accedido, no con entusiasmo, sino con esa aceptación práctica que tiene cuando algo puede convertirse en narrativa. Me ha dicho que lo hablaría con Ludovica, que lo organizarían bien, que no me preocupara.
He colgado antes de que pudiera recordarme lo afortunada que era. No necesitaba oír eso.
El resto del día ha transcurrido más calmado. No le he dicho nada del viaje. He preferido dejar que respirara, que bajara un poco la intensidad de todo lo que había pasado. Hemos coincidido en el set , hemos trabajado bien, profesionales, cómplices, pero sin tocar el tema.
Cuando hemos terminado y yo estaba saliendo del estudio, justo antes de cruzar la puerta, en la zona del recibidor, lo he oído silbar. Me he girado.
Estaba sentado en uno de esos sofás modernos que ponen para que nadie se quede demasiado tiempo, con los brazos apoyados en las rodillas y una sonrisa ladeada. Me ha mirado como si llevara un rato esperando a que pasara por allí.
—¿Qué tal estás? —le he preguntado, acercándome.
Se ha levantado despacio.
—Ahora mucho mejor —me ha dicho—. Te debo una.
—¿Por? —he preguntado, aunque lo sabía.
—Por el viaje —ha respondido sonreído—. Sigo flipando con lo buena actriz que eres. Me he tragado entero lo de que te ibas a mirar correos.
—No te relajes —le he advertido—. Cuando lo haces, yo aprovecho.
Ha soltado una risa corta.
—Los productores han hablado conmigo hace un rato. Van a añadir horas al rodaje mañana y pasado mañana para poder coger unos días libres e ir a Italia.
—Genial —le he respondido—. Gracias por avisarme. Así, en lugar de un café por la mañana, me tomaré uno doble para aguantar lo que se nos viene encima.
He dado un paso atrás, le he lanzado un beso al aire y me he girado sin darle tiempo a contestar.
—Cuídate, Moretti.
Cuando he subido al coche, lo he mirado de reojo antes de cerrar la puerta. Estaba con el teléfono móvil entre las manos, concentrado, escribiendo rápido, con ese gesto serio que le sale cuando algo le importa de verdad. No me ha visto al principio o quizá sí, pero estaba en otra parte.
He pensado que seguramente estaba avisando a su gente. Diciéndoles que en unos días estaría allí, que no podía dejar solo a Lorenzo, que necesitaba estar cerca, aunque fuera para sentarse al lado de una cama y no decir nada.