17 #3
—A muchos compañeros míos los matarías del disgusto si les dices eso —le he soltado entre risas, un poco borracha ya—.
Trabajando como actor sin haber pisado este mundo…
solo con la cara bonita. Eso está penado por ley entre los que comparten piso con ocho personas, trabajan en tres cosas a la vez para sobrevivir y van a Cáritas a pedir comida.
Se ha frenado en seco.
—Oye… lo siento —ha dicho—. De verdad. No quiero faltar al respeto a nadie.
He sonreído y le he dado un pequeño empujón con el hombro.
—Tranquilo. No te disculpes. Solo te estoy poniendo al día de la fauna. Discúlpame a mí, por hablar así de ti. Estás demostrando en el rodaje que este trabajo te lo mereces.
Me he dado cuenta de que andaba con dificultad. No era solo el tacón; era todo. El cuerpo, la cabeza, esa sensación de ir un segundo tarde respecto a mí misma. Matteo se ha dado cuenta enseguida y ha reducido el paso, colocándose un poco delante, marcándome el ritmo sin hacerlo evidente.
—Espera… —le he dicho, riéndome sola—. Creo que acabo de darme cuenta de una cosa importante.
—¿Cuál? —ha preguntado, mirándome de reojo.
—Que llevo un pedo tremendo.
—Pero si te has tomado solo un gin-tonic .
—Ya. —He encogido los hombros—. Si tú supieras… yo salgo barata.
No le he dado tiempo a decir nada más. Me he girado de golpe y he vomitado contra un árbol. Así. Sin aviso. Sin épica. Sin glamour.
Matteo ha reaccionado rápido. Me ha sujetado por los hombros para que no me fuera de boca contra el suelo.
—Eh, eh… tranquila —me ha dicho—. Ya está. Ya pasó.
—Dios… —he murmurado, con la cara ardiendo—. Perdona, Matteo. Juro que no vuelvo a beber más en mi vida, pero es que tenía tanta sed…
—La soja es muy salada —ha dicho, intentando quitarle hierro—. Da mucha sed.
—Será… —he contestado, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Luego he sacado del bolso el enjuague bucal y, tras darle un par de meneos por la boca, lo he escupido en un rincón de la calle.
Me he enderezado como he podido y lo he mirado, avergonzada.
—Llévame a casa —le he pedido—. Me da vergüenza que nos vean así.
He hecho una pausa.
—Bueno… que me vean así.
Me ha rodeado los hombros con cuidado y ha asentido.
—Vamos.
Cuando hemos llegado a mi portal, las piernas me han dicho basta. Me he sentado en las escaleras, apoyando la espalda en la pared fría, y él se ha colocado a mi lado sin decir nada.
—Oye… —ha dicho al cabo de un momento—, como sigamos así, veo lógico que nos vayamos a vivir juntos, porque todas las noches, de una forma u otra, terminamos encontrándonos.
Me ha dado una vergüenza absurda, de esas que te suben desde el estómago hasta las orejas.
He bajado la mirada. Me he sentido estúpida, porque tenía razón.
Porque los dos últimos días habían sido por mi culpa.
Por algo relacionado conmigo. Ayer me quedé en su casa.
Hoy él estaba allí, sentado en mi portal, cuidándome como si fuera su responsabilidad.
—Porfa —le he dicho—, vete a tu casa y descansa, que mañana tenemos el día a tope.
—No me voy a ir estando tú así.
—Ya me lo he quitado de encima —he contestado, intentando sonar convincente—. Ya estoy bien.
Me ha mirado de lado, serio.
—No estás bien, Siena.
Y ahí ha salido la cabezona, la que se pone en pie aunque no debería. Me he levantado despacio y le he soltado:
—Como se te ocurra subir, no te lo voy a poner tan fácil en el rodaje.
Ha sonreído. Esa sonrisa suya que mezcla paciencia y cachondeo.
—Te acompaño hasta arriba y me voy. Te lo prometo. Pero necesito saber que llegas bien o Cris me corta los huevos.
Y mientras subíamos, he pensado que quizá lo más peligroso de todo no era el gin-tonic , ni el cansancio, ni el caos de estos días, sino acostumbrarme a que alguien se quedara cuando yo insistía en que no hacía falta.
Moretti me ha pedido las llaves y ha abierto él.
Ringo estaba echado sobre el sofá, pero en cuanto lo ha visto ha saltado con una elegancia que ya quisiera yo ahora mismo y se ha plantado delante de él, haciéndole la rosca para que lo saludara.
—En cuanto ves a tu padre falso te olvidas de mí —he murmurado, medio en broma, medio derrotada.
Me ha llevado hasta la cama con cuidado, como si fuera de cristal. Me he dejado caer vestida, sin fuerzas para cambiarme y él no ha intentado nada. Tan respetuoso como siempre. Me ha arropado solo lo justo.
—Todas las noches, cuando mi abuela me acostaba, me gustaba que me dieran un beso de buenas noches —he dicho sin pensar, con la voz pastosa y sincera que solo aparece cuando ya no hay defensas.
Se ha quedado quieto un segundo y luego se ha inclinado despacio. Me ha besado la frente, de una manera limpia y maternal.
—Me vas a matar, Siena —ha susurrado, casi sonriendo.
No ha añadido nada más. Se ha asegurado de que no me iba a mover de la cama, ha ido hacia el salón y lo he oído despedirse de Ringo en voz baja. Después, la puerta. Y sus estornudos mientras bajaba por las escaleras.
Me he quedado allí, con la casa en silencio, pensando que hay gestos que no se olvidan nunca. Y que, sin darme cuenta, alguien acababa de enseñarme otra forma de cuidado.
No me he podido dormir.
Miles de imágenes me han dado vueltas por la cabeza sin orden ni piedad: Velázquez, el beso, el cuerpo de Moretti sobre el mío, mientras me arrinconaba contra aquella pared falsa, el micrófono abierto, los golpes que Rodrigo les había dado a los chicos, la cara de David cuando Rodrigo lo ha agarrado del cuello, los policías, Sasha, el hombro de Cris, el brazo de Matteo, el sushi saliendo de mi boca, los selfies en el microteatro, el frescor del gin-tonic que me he tomado porque, con el cuerpo vacío, me he dejado llevar por la sed, el ridículo en mitad de la calle mientras él me apartaba el pelo de la cara, el silencio y esa frase suya, dicha casi sin querer: «me vas a matar».
Soy una jodida lianta. Siempre tengo que estropear algo. Siempre acabo rodeada de una corte que no he pedido, como si mi vida fuera un escenario permanente del que no sé bajar. Me cansa, me pesa y me da vergüenza.
Así que no me ha quedado otra que sacar el cuaderno y escribir. Escupirlo todo.
Qué vida tan loca la que me ha tocado vivir fuera de la pantalla. A veces la realidad supera a la ficción y, en mi caso, lo hace sin ningún pudor.