17 #2
—En mi casa siempre se ha escuchado a los Beatles —me ha explicado—. Mucho. Y el año pasado mis padres fueron a un concierto de Paul McCartney.
Me he detenido en seco.
—¿Cómo?
—Sí —ha seguido—. Y apareció Ringo Starr para tocar con él.
He abierto los ojos como una niña.
—¡No me digas! ¿En serio?
—En serio.
—Me llevaría genial con tus padres —he soltado sin pensar.
Se ha reído.
—No tengo ninguna duda.
Hemos llegado entonces al restaurante de comida asiática, en plena Gran Vía, cerca del cruce con Montera.
Desde fuera ya se notaba. Miradas. Murmullos.
Gente señalando disimuladamente. Al entrar, lo mismo.
Éramos el centro de atención. Pero, curiosamente, no me he sentido incómoda.
Íbamos a la par. Juntos. Eso cambia todo.
Nos han sentado y, cuando por fin hemos tenido un pequeño paréntesis de calma, he aprovechado.
—Oye… —he dicho, bajando un poco la voz—. ¿Quién es Lorenzo?
He visto cómo los ojos de Matteo se le humedecían al instante. Sin pensarlo, he puesto mi mano sobre la suya, apoyada en la mesa.
—Perdona —he añadido—. He sido muy entrometida…
—No, no —se ha apresurado a decir—. Va bene . De verdad. Está bien que nos conozcamos un poco más.
Ha respirado hondo.
—Es mi amigo —me ha contado—. El que está ingresado, luchando contra un cáncer. Nos conocimos en el cole. Siempre me ha llamado «More». Todos los demás me llamaban Matt o Maty y él quería ser diferente.
Lo he escuchado en silencio. El cariño con el que hablaba de él era evidente. Había algo más ahí, lo sentía, pero no me he atrevido a preguntar. Odio meter el dedo en la llaga de nadie. Sé lo que duele.
Me habría gustado saber si Lorenzo había sido el amor de su vida. El primero. El que te marca para siempre, pero justo en ese momento ha llegado la cena y he agradecido ese corte. He bajado la mirada al plato, más pendiente de cómo actuar que de la conversación.
He cogido un trozo de sushi. Al mojarlo en la soja se me ha deshecho.
Bien. Primer paso superado. Cuando ha caído en el plato, he dejado allí los restos y solo he vuelto a coger la mitad.
Lo demás, desperdigado por el plato. Comer con palillos siempre me ayuda; cuesta más, coges menos y controlas mejor.
He sacado conversación. Siempre funciona.
—¿Cuándo crees que nos iremos a vivir juntos? —le he preguntado, como quien no quiere la cosa.
—No lo sé —ha respondido—. Pero seguramente antes de lo que imaginamos. El rodaje acabará en un par de semanas… quizá tres, con todo lo que ha pasado. Y después empezará de verdad el juego.
—Los de montaje ya han terminado los tres primeros capítulos —he comentado—. Me lo contó David el otro día.
—¿Van estresados o me lo parece a mí? —me ha preguntado—. No estoy acostumbrado a esto… Pensaba que una serie se grababa y al año o así se estrenaba. Que el montaje era largo, más calmado.
—Así suele ser —le he explicado—. Pero con esta tienen muchas expectativas. Han pedido adelantar el estreno.
—Se nota —ha dicho—. Todo va muy rápido.
La conversación ha seguido por ahí. Por el rodaje, por los ritmos, por lo extraño que es vivir algo tan intenso en tan poco tiempo. Yo he seguido picoteando, disimulando, dejando que el plato pareciera más vacío de lo que realmente estaba.
Han seguido sacando sushi. Más bandejas.
Nigiris, makis, uramakis, rolls calientes, gyozas al vapor, edamame brillante, cubierto de sal, tempura crujiente, un bol de arroz blanco que parecía inofensivo y no lo era.
Cada plato nuevo me iba cerrando un poco más el pecho.
Sentía cómo el agobio subía lento, constante, como una marea que no se puede frenar.
He intentado aguantar. Juro que lo he intentado, pero ha llegado un punto en el que ya no podía más.
—Perdona —le he dicho a Matteo—. Voy un momento al baño.
He cogido el bolso y me lo he llevado conmigo. Siempre conmigo.
He ido directa. Espero que haya imaginado que tengo la regla y que por eso me llevo el bolso. Aunque, si él supiera… No la tengo desde hace meses.
El baño estaba limpio, demasiado luminoso. He cerrado la puerta con pestillo y me he colocado en cuclillas. Yo no me arrodillo fuera de casa. Nunca. Me agacho, apoyo los talones y hago lo que tengo que hacer.
Me he metido los nudillos hasta el fondo y no ha salido.
A veces pasa; es lo peor. El cuerpo lucha conmigo. Es una guerra absurda entre lo que soy y lo que necesito. Mi cuerpo pide gasolina, pide alimento, pide seguir funcionando. Pero mi mente grita que no, que no puedo engordar ni una pizca más, que eso sería perder, que eso sería fallar.
He insistido. Me temblaban los brazos. Me ardía la garganta. Me costaba respirar e incluso así, el cuerpo se resistía, como si quisiera salvarme de mí misma.
Cuando por fin ha salido, ha sido a trompicones, doloroso y lento. He tenido que parar un segundo, apoyar la frente en la pared fría, tragar saliva y volver a insistir. No siempre es fácil porque no siempre obedece.
Cuando he terminado, me he quedado un momento ahí, en silencio, con el corazón desbocado.
Después he hecho lo de siempre. El ritual.
El control. Me he lavado los dientes con el cepillo que llevo en el bolso.
Me he enjuagado con el colutorio que también llevo.
Me he echado colonia en el cuello y en las muñecas para disimular cualquier rastro.
He respirado hondo. Me he mirado al espejo sin mirarme del todo.
He sido rápida. Pero no tanto como otras veces, porque hoy me ha costado más.
Al volver a la mesa, Matteo no me ha quitado los ojos de encima.
—¿Estás bien? —me ha preguntado en cuanto me he sentado.
—Sí, había cola —le he dicho—. Me apetece salir y tomar el aire.
No ha dudado. Ha hecho un gesto al camarero para pedir la cuenta, pero este ha negado con la cabeza.
—Ya está pagado —ha dicho—. Ha llamado por teléfono la misma persona que hizo la reserva.
Ludovica, por supuesto.
Nos hemos levantado. Matteo me ha abierto la puerta del restaurante y me ha invitado a salir con un gesto cuidado, elegante. Se lo he agradecido con una mirada.
Hemos caminado en dirección a la calle de Loreto y Chicote, al Microteatro por Dinero. Íbamos bien de tiempo para la sesión que teníamos reservada. La noche estaba templada y, aunque seguíamos siendo observados de reojo, el ritmo de nuestros pasos nos daba una falsa sensación de normalidad.
—Oye… —ha dicho, rompiendo el silencio—. En confianza. Es raro todo esto. Es muy raro que esta mañana nos besáramos y que todo siga como si nada.
He girado un poco la cabeza hacia él, sin interrumpirlo.
—Es que es la primera vez que me pasa algo así —ha continuado—. Y quería darte las gracias. Gracias por hacerlo normal. A ver si me explico bien en español… gracias por tratarlo con normalidad. Porque lo he estado pensando en casa y es jodido de narices.
Ha soltado una risa breve, nerviosa.
—Haces escenas con otra persona, escenas íntimas que normalmente solo vives con tu pareja o con quien tú elijas y, sin embargo, en este mundo es con quien te ponen delante. Y eso es jodido. Mucho. Pero quería darte las gracias por habérmelo puesto fácil.
Me he quedado petrificada. No me lo esperaba. He sentido cómo algo se recolocaba dentro de mí.
—No —le he dicho, frenándolo—. El que me lo ha puesto fácil has sido tú.
Se ha detenido un segundo, sorprendido.
—De verdad —he seguido—. Has hecho que centrara la atención y me metiera en el papel, a pesar de todo lo que había alrededor. Yo he hecho escenas así muchas veces, pero se agradece tener un compañero que vaya a la par, con el que puedas hablar, con el que haya diálogo y no miedo.
—Creo que todo es más llevadero si hay diálogo entre los dos —ha dicho—. Así se puede llegar a un consenso; a un lugar seguro.
Hemos retomado el paso y he sentido que, al decirlo en voz alta, lo raro empezaba a perder peso.
En Microteatro por Dinero he saludado a un par de conocidos. Les he presentado a Matteo, nos han pedido varias fotos y hemos accedido. Luego nos hemos pedido algo de beber: yo un gin-tonic y él una tónica. Me moría de sed y la noche pedía algo frío entre las manos.
Después hemos bajado a las salas para ver las obras. Primero una, luego la otra. Ese sonido de la campana avisando de que comienza la sesión es especial; tiene algo ceremonial, como si te avisara de que estás a punto de cruzar una frontera pequeña pero intensa.
El Microteatro funciona de esta manera: cada mes gira en torno a un tema concreto y las obras son muy cortas, piezas de quince minutos que se representan en habitaciones diminutas.
No hay distancia. Estás tan cerca de los actores que casi puedes sentir su respiración.
A veces te miran a los ojos, a veces pasan a tu lado rozándote el brazo.
Es un formato íntimo, incómodo y precioso a la vez.
No eres solo espectador: durante esos minutos te conviertes en parte de la historia.
Al terminar cada obra les hemos dado la enhorabuena a los actores y ellos, emocionados, también nos han pedido fotos. He visto en sus caras ese brillo que conozco tan bien. El de quien acaba de salir del escenario con el corazón aún acelerado.
De vuelta a casa se lo he contado a Matteo.
—Yo trabajé aquí varias veces —le he dicho—. Antes de ser tan conocida. En una época bastante mala.
Me ha mirado con atención, sin interrumpirme.
—Fue justo en esos años —he añadido—. Cuando todo iba cuesta arriba. La misma época en la que… —he dudado un segundo— me llevaron detrás de unas cortinas y me obligaron a hacer algo a cambio de un papel que, supuestamente, me llevaría al éxito.
No ha dicho nada. Ha apretado un poco más el paso a mi lado.
—No había estado nunca en algo así —me ha confesado entonces—. Es la primera vez que veo microteatro. Me ha encantado la idea.