Fuimos un error de guion 17
31%

17

Torres me ha dejado en casa. Ringo se ha alegrado al verme como si llevara días solo. Me ha dado muchísima pena y lo he abrazado un buen rato, hundiendo la cara en su pelo. He entrado en la ducha y he puesto Help! a todo volumen. Era lo único que quería gritar.

​ No me ha dado tiempo a terminar. El timbre ha empezado a sonar sin parar.

Cris o Hooper podían esperar… pero ese repiqueteo no tenía paciencia.

Con la toalla enrollada, igual que ayer cuando Rodrigo me avasalló, he salido del baño con ese nudo en la garganta y he ido hasta la mirilla.

Nunca miro, pero hoy no he podido evitarlo.

Me ha dado miedo volver a verme indefensa.

​ Era Cris, histérica.

​ He abierto y ha entrado como un vendaval.

​ —¡Siena! —ha soltado nada más cruzar el umbral—. ¡Dime que estás bien!

​ —Estoy bien —he dicho, cerrando la puerta—. Cris, respira.

​ —¿Respirar? ¿Cómo voy a respirar? —ha seguido, atropellada—.

He visto el programa de la sobremesa. Estaban hablando de ti y de Matteo.

De los dos. Que si ayer os vieron salir de la comisaría, que ibas cabizbaja, que él a tu lado…

Y luego han dicho que hoy en el rodaje la ha liado un directivo, un pez gordo, que ha habido movida, que han parado todo…

​ Ha gesticulado con las manos, incapaz de quedarse quieta.

​ —He escuchado Help! desde la escalera —ha añadido—. Y he salido disparada. No he cogido ni las llaves de mi casa.

​ —Cris… —he intentado decir.

​ —No, no, no me digas ahora que no pasa nada —ha insistido—. Porque pasa. Pasa algo. Te lo estoy viendo en la cara.

​ He apretado la toalla contra el pecho, consciente de lo vulnerable que estaba.

​ —Dame un segundo —le he pedido—. Déjame vestirme. No quiero hablar de todo esto así.

​ Se ha frenado en seco. Me ha mirado de arriba abajo y se ha llevado las manos a la boca.

​ —Perdón. Perdón. Claro. Vístete. —Ha bajado la voz—. Estoy aquí. No me voy a ningún sitio.

​ —Gracias.

​ —Te espero en el sofá —ha dicho—. Pero date prisa, ¿vale? Que me tienes con el corazón en la garganta.

​ He asentido y he vuelto al baño. He bajado el volumen de la música y, mientras me vestía, he respirado hondo.

​ Con el pijama puesto, se lo he contado todo por encima. No he entrado en detalles, no he tenido fuerzas, pero ha sido suficiente. Cris ha flipado.

​ —No me lo puedo creer —repetía, llevándose las manos a la cabeza—. No me lo puedo creer. Ese hijo de su madre…

​ Ha empezado a pasearse por el salón como una fiera enjaulada.

​ —Bendito micrófono —decía una y otra vez—. Bendito. Porque si no, te juro que voy yo misma y le rompo los huevos. Te lo prometo.

​ La he mirado y he visto en sus ojos algo que no se finge. Rabia. Protección. Amor.

​ —Oye, escucha…

​ —No, no, no —me ha cortado—. Es que no puede ser. No puede ser que os hagan estas cosas y sigan tan tranquilos. No puede ser.

​ Me ha visto tan pequeña en ese momento, tan desarmada, que ha dejado de andar y se ha acercado a mí. Me ha abrazado fuerte. Muy fuerte. De esos abrazos que no piden permiso y que no te sueltan aunque intentes respirar.

​ Y he llorado. Hemos llorado juntas.

​ —Lo siento tanto, Siena… —me decía, con la voz rota—. Siento tanto que estés pasando por esto. No te lo mereces. Nada de esto.

​ —Ya… —he contestado, con la cara hundida en su hombro—. Pero este mundo es así. Mi mundo es así.

​ —Pues es una mierda —ha dicho, separándose lo justo para mirarme—. Y no tienes que comértelo sola.

​ Cuando por fin nos hemos calmado, se ha secado las lágrimas con el dorso de la mano y ha cambiado el tono.

​ —Vale —ha dicho—. Ahora respira. Porque tienes una cena.

​ —No me apetece nada —he protestado.

​ —Ya, pero te apetezca o no, vas a ir —ha respondido—. Despéjate con alguien que sí te cuida bien. Y vas a ir guapa; como siempre.

​ Hemos ido al dormitorio y ha empezado a sacar ropa.

​ —Esto no —decía—. Esto tampoco. Esto es demasiado. Esto parece que te vas a esconder.

​ Al final ha dado con ello.

​ —Esto.

​ Un vaquero negro, botines de punta fina y un jersey fino del mismo color.

​ —Cómodo, elegante. Tú —ha sentenciado.

​ —¿Y los pendientes? —he preguntado.

​ —Los aros, los medianos. Los de oro. Esos que te dan fuerza.

​ Me he dejado el pelo alocado, tal cual, y me he maquillado lo justo. Mi cara, sin disfraz.

​ Antes de salir, he abierto el cajón del mueble de la entrada y le he tendido unas llaves.

​ —Ten —le he dicho—. Es la copia que guardo de tu casa… por si pasa algo como esto.

​ Las ha cogido despacio.

​ —Gracias —ha dicho, más seria—. Pero dame un segundo.

​ —¿Para?

​ —Subo a casa, cojo las mías y te dejo estas aquí abajo.

​ En ese momento han llamado al timbre. El italiano ha venido personalmente a por mí.

​ Mi vecina ya había bajado con las llaves y le he dicho que me iba, que me estaban esperando abajo.

​ —Te acompaño —me ha dicho, sin preguntar.

​ Cuando hemos bajado y lo he visto, no le ha dado tiempo ni a reaccionar. La loca de mi amiga se le ha lanzado encima y lo ha abrazado sin pedir permiso. Él se ha quedado completamente helado, con los brazos a medio levantar, sin saber muy bien qué hacer.

​ —Vaya —ha dicho, intentando recomponerse—, veo que en este edificio sois fans de los abrazos.

​ Cris lo ha mirado con cara de ¿pero este qué dice?

​ Yo me he mordido el labio para no reírme. Sabía perfectamente que lo decía por el abrazo que yo le había dado tras la grabación del beso.

​ —Gracias —le ha soltado ella de golpe—. Gracias por cuidarla tan bien.

​ Él ha parpadeado, sorprendido.

​ —Eh… claro —ha respondido—. Siempre.

​ Ella se le ha acercado un poco más, como hacen las madres cuando bajan el tono pero suben la amenaza.

​ —Y esta noche lo mismo —le ha advertido—. La cuidas. Mucho. ​ Ha hecho una pausa mínima. ​ —Porque si no… te rompo los huevos.

​ Yo me he partido de risa.

​ —En cuestión de minutos has hecho un buen revuelto —le he dicho a mi vecina—. No sé cuántos huevos llevamos ya rotos.

​ Él nos miraba sin entender absolutamente nada, con esa cara suya entre confundida y divertida.

​ —Ahora te pongo al día —le he dicho.

​ Me he agarrado a su brazo, como si fuera lo más natural del mundo, y le he dicho adiós a Cris con la mano.

​ —Pásalo bien —ha gritado ella—. Y no me la traigas tarde.

​ —Eso no lo prometo —ha contestado Moretti, todavía desconcertado.

​ He sonreído.

​ Antes de que pudiera ponerlo al día, él ha frenado un poco el paso y me ha mirado de lado.

​ —Antes de nada —ha dicho—, dime cómo estás.

​ Le he devuelto la mirada con una sonrisa triste, de esas que no engañan a nadie.

​ —¿Y tú? ¿Te duele algo?

​ —Yo estoy bien. ¿Has llorado? Llevas los ojos rojos —me ha preguntado, sin rodeos.

​ —Sí —le he contestado—. Me ha venido bien. Mucho. —He dudado un segundo y he añadido—. Lo he hecho en el hombro de Cris. Cuando ha escuchado Help!, de los Beatles, ha bajado hecha una loca.

​ Se ha reído, sorprendido.

​ —Vale, espera —ha dicho—. Necesito entender esto. ¿Qué relación tienes tú con la música… y con tus vecinos?

​ Seguíamos caminando por calles escondidas del centro de Madrid. Íbamos tranquilos, cerca, como si el mundo no tuviera prisa por alcanzarnos.

​ —Parece que se ha convertido en una tradición —le he explicado—. Ellos saben que cuando me ducho con la música más alta de lo normal es porque, traducido a sonido, estoy pidiendo ayuda, consuelo o algo parecido.

​ Se ha detenido en seco.

​ —¿Cómo?

​ —Sí —he sonreído—. Es como un código. Si la música suena demasiado fuerte, algo va mal.

​ — Incredibile ! —ha dicho—. Literalmente flipo.

​ He seguido andando y él conmigo.

​ —Cuando corté con Romeo —le he contado—, un día llegué a casa, puse la música a tope y me tiré en la cama a llorar sin consuelo. Ellos lo escucharon. Dudaron un rato, pero al final tocaron al timbre. Me preguntaron si estaba bien… y yo los abracé como si se me fuera la vida.

​ He respirado hondo.

​ —Desde ese día son mi refugio. Y desde entonces, cada vez que escuchan la música estridente, bajan. A ver si estoy bien o si necesito algo.

​ Matteo ha negado con la cabeza, incrédulo.

​ —Es un código secreto entre vecinos —ha dicho—. Qué interesante. Y qué bonito.

​ He sonreído.

​ —¿Y siempre es música de los Beatles? —me ha preguntado.

​ —Siempre.

​ —¿Por qué?

​ —Era el grupo favorito de mis abuelos —le he explicado—. De hecho, a mi padre le pusieron Paul y a mi tío Jon. Son valencianos… así que no fue tan raro.

​ Ha soltado una carcajada.

​ —No me lo puedo creer.

​ —Sí, hijo, sí. Con ellos sentía una calma que no sentía con mis padres —he seguido—. Mis padres siempre estaban obsesionados con meter la cabeza en el mundo del cine y la televisión… pero a través de mí. Con mis abuelos yo podía ser solo la niña. La nieta.

​ He bajado un poco la voz.

​ —Ayer, cuando me acariciaste la espalda, me calmé de inmediato, porque me recordaste a mi abuela. Ella me hacía eso cuando yo no podía más.

​ Sin decir nada, Matteo se ha acercado un poco más y me ha besado la frente con un gesto lento y cuidado.

​ —¡Vaya! Me encanta parecer una abuelita… —hemos sonreído—. ¿Y por ellos amas a los Beatles? —me ha preguntado.

​ —Por ellos y por todo —he respondido—.

He escuchado su música desde siempre. Me sé sus historias.

He leído libros, visto documentales, investigado…

Me fascinan como personas. Por cómo vivieron todo aquello.

Fueron pioneros. No como ahora, que a los nuevos cantantes se les sube todo a la cabeza en dos días.

​ —Bueno… —ha dicho él, divertido—. Lennon llegó a insinuar que eran mejores que Dios.

​ Le he dado un manotazo suave en el brazo.

​ —Eso fue sacado de contexto —le he corregido—. Como casi todo lo que se dice delante de un micro y una cámara.

​ Ha levantado las manos en señal de rendición.

​ —Vale, vale. Me rindo.

​ —Oye… —le he dicho, mirándolo de reojo—. ¿Y tú cómo sabes eso de Lennon? Si no eres fan, no creo que tengas tan presente ese detalle. Y el otro día comentaste la letra de la canción que sonaba.

​ Ha sonreído, como si le pillara con algo íntimo.