Fuimos un error de guion 19 #2
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​ Me ha ofrecido la mano y me ha ayudado a levantarme, con ese gesto suyo tan natural y tan cuidadoso. Hemos bajado a la cafetería con Andrea. Marco se ha quedado arriba con Lorenzo; no querían que estuviera solo.

​ En la cafetería, el ruido era más cotidiano y banal. Matteo me ha mirado con intención.

​ —¿Te apetece comer algo?

​ Le he dicho que mientras él estaba dentro había bajado a picotear. No era verdad, pero Andrea no me había visto y no me lo ha negado. Me he librado. Me he librado de luchar otra vez contra mi cabeza.

​ Han intentado integrarme en la conversación como han podido. Gesticulaban y Matteo hacía de puente constante entre Andrea y yo. He sonreído más de lo que he hablado, consciente de mis límites con el idioma.

​ —Me tienes que enseñar italiano. Como no me ponga las pilas, aquí voy a durar dos telediarios.

​ Ha esbozado una sonrisa cansada.

​ —Eso tiene fácil solución —me ha dicho—. Pero aviso: soy mal profesor.

​ —Peor alumna soy yo —le he contestado—. Así que estamos empatados.

​ Luego he respirado hondo y he ido a lo importante, sin rodeos.

​ —Entiendo que quieras quedarte con ellos —le he dicho—. Si quieres, me voy al hotel y así podéis estar juntos el resto del día.

​ Ha fruncido un poco el ceño, como si la idea le doliera aunque supiera que era lógica.

​ —Me sabe mal que te vayas —ha admitido—. Pero sí… me gustaría pasar la tarde y la noche en la habitación con él. No quiero que esté solo.

​ —Lo sé —le he respondido—. Hemos venido para esto. No hay ningún problema, de verdad.

​ Se ha pasado una mano por la nuca, incómodo.

​ —Perdón por dejarte sola.

​ —No me estás dejando sola —le he dicho—. Estás haciendo lo que tienes que hacer.

​ Ha insistido en acompañarme al hotel.

​ —Voy contigo, me ducho… y luego vuelvo más cómodo al hospital.

​ He sonreído, resignada.

​ —Suponía que iba a ser así la cosa —le he dicho—. Me he traído un par de libros. Me vendrá bien parar un poco.

​ Hemos llegado juntos al hotel y, cuando nos han dado la habitación, ha habido un segundo incómodo al cruzar la puerta.

​ —Es una cama muy grande —ha dicho, señalándola—. Y yo no voy a dormir aquí. Quédate tranquila por eso.

​ Lo ha dicho como si necesitara dejarlo claro para los dos.

​ Antes de que se duchara, le he pedido que me recomendara un par de sitios para dar una vuelta por la tarde, algo que pudiera hacer andando y sin perderme demasiado.

​ —Puedes ir a Spaccanapoli —me ha dicho—. Es el corazón de la ciudad. Desde allí llegas caminando a Via dei Tribunali, todo recto, sin complicaciones, y, si sigues un poco más, tienes el Duomo. Está todo bastante cerca.

​ He intentado memorizarlo.

​ —Perfecto. Eso suena a plan de perderme lo justo.

​ Se ha duchado él primero. Yo me he quedado sentada un rato y luego me he echado sobre la cama, sin quitarme del todo la ropa. El cuerpo ha dicho basta antes que la cabeza. No me he dado cuenta de cuándo me he quedado dormida. Tampoco de cuándo se ha ido.

​ Me he despertado con unos golpes en la puerta de la habitación. He tardado un segundo en ubicarme. El silencio, la cama enorme, la ausencia. Me he incorporado despacio, con esa sensación rara de no saber exactamente dónde estás.

​ He abierto.

​ Delante de mí había una mujer de ojos oscuros y profundos, con media melena negra y elegante sin esfuerzo.. Muy guapa. Sonreía como si me conociera de toda la vida.

​ — Ciao, bella —me ha dicho, abriendo los brazos.

​ He parpadeado, descolocada.

​ Se ha presentado como la mamma . La mamma de Matteo.

​ Dios mío.

​ En un segundo he pensado en todo: en el rímel pegado a las pestañas, en las sábanas marcadas en la cara, en lo poco presentable que debía de estar, pero le he ofrecido entrar con una de esas sonrisas que salen solas cuando no sabes muy bien qué hacer.

​ —Pasa, por favor.

​ Sonrisa falsa, pero educada y cargada de nervios.

​ La señora —que de verdad, era guapísima— ha sacado el teléfono del bolso, ha buscado algo con rapidez y se lo ha acercado a la boca.

Ha hablado en italiano, rápido, cantado.

A los pocos segundos, el traductor ha hecho su trabajo y ha soltado una voz neutra en español: estaba encantada de conocerme.

Que se moría de ganas. Que su pequeño —ha recalcado lo de pequeño— le había hablado mucho y muy bien de mí.

​ Yo he abierto la boca para decir algo, pero no me ha dado tiempo.

​ Ha vuelto a hablar, gesticulando, llevándose una mano al pecho, la otra al aire, como si cada frase necesitara ocupar espacio. El traductor ha seguido:

​ Gracias por cuidarlo en España. Gracias por organizar este viaje. Gracias por estar a su lado.

​ Y entonces ha pasado lo inevitable: se ha lanzado a abrazarme.

​ Un abrazo de esos de verdad. Apretado, lleno, de madre.

​ Yo, que no estoy acostumbrada a los gestos de amor efusivos, me he quedado rígida un segundo, con los brazos a medio camino, hasta que me he dejado hacer. Porque había algo tan honesto en ese gesto que resistirse habría sido de mala educación… o de cobardía.

​ Se ha separado un poco, me ha mirado la cara como si me estuviera escaneando y ha vuelto a hablar.

​ El traductor ha dicho que había hablado con Matteo. Que él le había contado que yo estaba sola en el hotel. Que no se había quedado tranquila en casa sabiendo eso. Que después de todo lo que había hecho por su hijo, lo mínimo era venir a conocerme y a hacerme compañía.

​ Yo he intentado decir que no hacía falta, que estaba bien, que podía descansar, pero ya estaba guardando el teléfono en el bolso.

​ Ha señalado mi ropa, después la puerta y, por último, se ha señalado a sí misma. Que me vistiera. Que nos íbamos a conocer Nápoles. Y así ha sido.

​ Se llama Giulia. Lo he sabido mientras bajábamos en el ascensor, porque lo ha dicho con orgullo, llevándose la mano al corazón.

​ Con el traductor como tercer acompañante, me ha llevado por donde su hijo me había recomendado.

Spaccanapoli primero: esa calle larga, estrecha, que corta la ciudad en dos como una cicatriz llena de vida.

Ropa tendida entre balcones, voces que salen de las ventanas, motos que pasan demasiado cerca, olor a café, a pizza, a calle.

​ Luego el Duomo de Nápoles. La catedral se alza imponente, solemne, con esa mezcla de grandiosidad y desgaste que tienen los lugares que han visto demasiada historia.

Giulia se ha parado un segundo antes de entrar.

Ha hecho la señal de la cruz, ha cerrado los ojos un instante. Yo he respetado el silencio.

​ Dentro, la luz entraba filtrada, suave. Me ha señalado los detalles, los frescos, las columnas, hablando sin parar. El traductor iba unos segundos por detrás, intentando alcanzarla.

​ Yo la escuchaba y pensaba en lo fácil que era querer a alguien así.

​ Cuando ya llevaba un rato diciendo que estaba cansada, que quizá sería mejor volver al hotel, Giulia ha negado con fuerza.