Fuimos un error de guion 15
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​ Me he despertado en una cama que no era la mía.

Joder. He tardado un segundo en situarme.

La habitación era pequeña, olía distinto y no reconocía el techo.

Entonces he caído: era la cama de Matteo.

Él no estaba. Me he incorporado y me he asomado al salón.

Lo he visto en el sofá, dormido pero vestido, con un chándal marrón. No era la ropa de la noche anterior.

​ Al oírme, se ha despertado enseguida, como si llevara horas esperando ese ruido.

​ —Lo siento —he dicho, con la voz aún tomada.

​ Ha sonreído, tranquilo.

​ —Me iba a sonar ya el despertador. ¿Qué tal estás? ¿Has descansado?

​ Me he acercado y me he sentado en el reposabrazos del sofá. Él se ha movido un poco y ha señalado el sitio a su lado. Lo he obedecido y me he sentado.

​ —Gracias por dejarme tu cama —le he dicho.

​ —Tranquila —ha contestado—. No te he cogido en brazos ni nada. Solo te he guiado por el pasillo.

​ He soltado una carcajada breve, nerviosa. Me ha mirado y se le ha suavizado la cara.

​ —Me gusta verte sonreír. ¿Un café? —ha propuesto.

​ Me vendría bien para despejar la cabeza.

​ Mientras lo tomábamos, me ha dicho que podía dejarme ropa si quería. Le he contestado que no se preocupara, que la que me había puesto el día anterior, tras la ducha, estaba limpia. Ha sonreído, como si eso le bastara.

​ —Hoy es el gran día —ha dicho.

​ —¿Por qué? —he preguntado.

​ —Porque el doctor De Luca y la futura doctora Eva Aldecoa se besan.

​ Lo he mirado con ironía.

​ —Maravilloso momento, después de todo lo de ayer. La vida poniéndome a prueba sin descanso.

​ Se ha hecho el ofendido.

​ —Jamás te perdonaré que hables así de mí.

​ Me he reído… y de pronto he frenado. Lo he mirado, me he acercado y lo he abrazado con cuidado. Le he susurrado al oído que gracias, que le debía una.

​ —Si algún día me pasa algo parecido —ha dicho—, solo quiero que estés cerca para salvarme.

​ Me he separado lo justo para mirarlo.

​ —¿Te ha pasado… algo así?

​ No ha bajado la mirada y ha respirado hondo antes de hablar.

​ —Con quince años, estaba preparándome en una escuela de modelos.

Mi profesora me toqueteaba y yo me sentía fatal, pero aceptaba porque pensaba que era lo lógico para indicarme como tenía que moverme, colocarme, andar.

Hasta que un día, aquello se calentó y esta mujer me puso las manos sobre mis partes.

Me dijo que si tenía de eso que lo demostrara.

No fue solo una expresión, yo supe que fue algo más, porque sentí cómo ella quiso acariciarme más de la cuenta.

No fui al único que le hizo algo así. Vi como en una ocasión se acercó a los labios de un compañero y se los chupó, tras esto le dijo que le olía la boca y que se lavara los dientes, que no hacerlo era de guarro.

Aquel chico no volvió a la escuela y supe que jamás se lo contó a su familia.

Simplemente les dijo que no quería ser modelo, que se lo había pensado mejor —cada frase pesaba como una piedra—.

Recuerdo también cuando en una sesión de fotos, el fotógrafo me metió la mano por debajo de los calzoncillos con la excusa de colocarme mis partes porque en la imagen no quedaban bien y él sabía el punto exacto en el que tenían que estar —yo escuchaba y sentía cómo algo se me hundía por dentro—.

A mi anterior representante le ofrecieron dinero por acostarse conmigo y él lo aceptó.

Imagínate cómo viví eso… En una ocasión le dijeron que simplemente me querían para ser la imagen en una marca de productos gourmet .

Me vi en un club, desnudo, acostado sobre una tabla y siendo el plato de esa cena.

Todos los alimentos estaban sobre mí y la gente se acercaba a coger los trozos de sushi, los canapés de ceviche...

hombres y mujeres. Algunos estaban más cortados, pero otros eran tan indecentes que se acercaban y cogían los trozos directamente de mi cuerpo con la boca.

Incluso aprovecharon para chuparlo y lamerlo con la excusa de que no se podía desaprovechar nada de la comida.

​ Nunca nadie se me había abierto así. He hablado con compañeros, sí, pero siempre por encima, siempre con cuidado, siempre esquivando el centro del dolor. Él no esquiva nada.

​ Las lágrimas me caían sin avisar.

​ —¿No te das cuenta de que somos juguetes rotos? —le he dicho, con la voz quebrada—. Pegados por todas partes.

​ Me ha mirado con una tristeza limpia, sin pena condescendiente. Se ha limitado a acercarse un poco más.

​ —Por eso importa quién se queda —ha dicho—. Y quién no.

​ He apoyado la frente en su hombro. No había soluciones. No había finales felices inmediatos. Solo dos personas sentadas en un sofá, sosteniéndose como podían, sabiendo que el dolor existe… y que, aun así, no estaban solas.

​ Y dolía.

​ Dolía escucharlo.

​ Dolía decirlo.

​ Pero también aliviaba.

​ Unas horas después ya estábamos en el rodaje vestidos de nuestros personajes. Nos han llamado para entrar en el decorado y colocarnos en posición. Era la escena previa al beso, la que lo preparaba todo sin que aún ocurriera nada.

​ Pamela ha vuelto a recordar lo comentado el día anterior mientras Tony controlaba la luz desde la pantalla situada en uno de los rincones oscuros del set , junto a David, que observaba en silencio.

​ No he comentado con nadie lo que pasó ayer. Con nadie. He estado a punto de decírselo a Pietro. Con él había confianza; sabía que me quería y que habría sabido escucharme, pero al final me lo he guardado bajo llave. No estaba preparada para sacarlo a la luz.

​ Velázquez no había aparecido por allí hasta ese momento.

​ Matteo se ha acercado a mí y me ha acariciado la espalda del mismo modo que lo había hecho la noche anterior en su casa.

Me ha calmado. No estaba nerviosa por lo que teníamos que grabar, sino por todo lo que arrastraba.

Y, mientras él intentaba protegerme, yo sabía que también estaba luchando contra sus propios fantasmas.

​ Hemos ensayado con confianza. He agradecido, una vez más, lo fácil que era trabajar con él. Lo sentía como alguien a quien conocía desde hacía tiempo, como un lugar tranquilo en medio de tanto ruido.

​ Se ha oído al director gritar que nos colocáramos y que empezáramos cuando quisiéramos. La script se ha acercado con la claqueta, la ha colocado delante de la cámara y ha hecho «clic». Después se ha escuchado un «¡Acción!».

​ Hemos empezado a caminar por los pasillos del supuesto hospital.

La conversación fluía, medida y ensayada, hasta que Eva se ha encarado con el doctor De Luca.

La tensión ha ido creciendo. Esa discusión iba a acabar de una manera muy distinta a lo que parecía al principio.

Me ha arrinconado contra una puerta. Me ha empujado y la puerta se ha abierto a mis espaldas.

Hemos entrado en una pequeña y oscura sala.

Él me ha llevado hasta un extremo, me ha pegado a la pared y ha dicho, con ese acento que ya era parte del personaje, que no volviera a decirle lo que tenía que hacer, que allí el que mandaba era él.

Nuestras caras se han quedado casi pegadas.

Yo, entre suspiros, iba a decir mi frase cuando se ha oído un «corten».

​ El foco no nos estaba dando la luz necesaria.

​ El director se ha disculpado, nos ha dicho que lo estábamos haciendo genial y que siguiéramos así. Tony ha asentido desde su sitio. Matteo ha aprovechado ese pequeño parón para preguntarme en voz baja si estaba cómoda, si estaba bien. He asentido y le he sonreído.

​ En ese momento se ha oído el aplauso de una persona. Hemos levantado la vista entre focos y cámaras y lo he visto aparecer.

​ Rodrigo Velázquez.

​ Mi cuerpo se ha contraído al instante. Sin darme cuenta, me he agarrado a Matteo. Él me ha correspondido sin dudar.

​ Ha dicho delante de todo el equipo que éramos una maravilla de pareja, que resultábamos muy creíbles, que no podríamos negar que había algo real entre nosotros.

​ He sabido al instante que estaba jugando. Que era uno de los más interesados en que aquella relación se hiciera pública. Que estaba utilizando ese comentario para tapar lo del día anterior, para dar más protagonismo a la historia paralela que se había pactado desde el principio.

​ Nos han vuelto a pedir que regresáramos a primera posición y, de nuevo, hemos escuchado ese «acción» que parte el aire en dos.

Mi cuerpo temblaba, lo juro. No era solo por la escena.

Era por la mirada de Velázquez, clavada en nosotros como una mano sucia.

Actuar delante de él ha sido horrible, pero Matteo me ha cuidado.

Me he sentido protegida a su lado. Desde que ha aparecido, todo parecía un poco más sencillo, más llevadero.

Su presencia amortiguaba el golpe de lo demás.

​ La escena estaba subiendo de intensidad.

Más tensa que la anterior. Creo que nos habíamos metido mejor en la piel de los personajes.

Por segundos he odiado al doctor De Luca y, al mismo tiempo, he sentido ese deseo extraño que aparece cuando alguien te atrae pero aún no ha pasado nada, cuando todo está contenido, a punto de romperse.

​ Estábamos muy cerca. Demasiado.

​ Y entonces el director ha vuelto a decir «corten».

​ He sentido el nudo en el estómago de incomodidad. La mirada de Velázquez lo observaba todo. Mi cabeza se ha ido al recuerdo del día anterior, al roce, a la proposición, al asco. Me he quedado un segundo fuera, atrapada ahí, ida.

​ El director se ha disculpado otra vez y ha llamado la atención al pertiguista. El sonido de la pértiga se había colado en la toma. Él también se ha disculpado y ha vuelto a colocarla.

​ Moretti lo ha notado enseguida.

​ Se ha acercado a mí y, en voz muy baja, me ha dicho que estuviera tranquila, que me dejara llevar, que no pensara en él, que pensara en el instante, que me creyera a Eva y actuara desde la verdad del personaje.

​ —Olvídate de este tipo —me ha susurrado—. Mírame. Confía en mí. Confía en nosotros.