Fuimos un error de guion 14 #2
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​ Matteo me ha vuelto a agarrar la mano, esta vez con más fuerza.

​ —No tengas miedo —me ha dicho—. Esto no se puede permitir.

​ He tragado saliva.

​ —No… no ha sido la primera vez —he conseguido decir— que me hacen algo así.

​ No se ha asustado. Ese dato encajaba en un mapa que ya conocía.

​ —Lo sé —ha dicho—. Este mundo es así. Y tanto los modelos como los actores hemos tenido que tragar con estas mierdas.

​ Ha hecho una pausa y me ha mirado de frente.

​ —Pero ya no —ha continuado—. Ya no le tienes que demostrar nada a nadie. Ya eres una gran actriz. No tienes que pasar por el aro. Ya no. Yo estoy de testigo y no voy a permitir que te hagan esto.

​ Torres seguía en silencio. Profesional. De los que entienden que hay cosas que se quedan dentro de estas cuatro ventanas. Confié en ese silencio.

​ Y es raro, pero de golpe me he sentido protegida en ese espacio tan pequeño. En ese coche. En esa mano que no soltaba la mía. Cuando he sido consciente de ello, se me ha roto algo por dentro.

​ He empezado a llorar.

​ El calor de la mano de Moretti me ha atravesado entera y he entendido, sin necesidad de decirlo en voz alta, que no había alternativa.

​ Una hora y media después, Torres ha vuelto a arrancar frente a la comisaría de Tetuán y ha puesto el coche en dirección a mi casa.

Antes de salir, Matteo le ha pedido que parara un momento.

Se ha girado hacia mí y me ha preguntado si iba a estar bien sola.

Le he dicho que sí, aunque bien, lo que se dice bien, nunca lo estoy del todo.

​ Me ha dicho entonces que vivía a unas calles de allí, que si quería podía quedarme en su casa.

Y, sorprendentemente, me ha parecido una buena idea.

No era que pensara que Velázquez supiera dónde vivía o fuera capaz de aparecer a tocarme el timbre.

Lo que me incomodaba de verdad era otra cosa: esa sensación de vacío, de descubrir que, cuando todo se apaga, me quedo sola con mis pensamientos.

De ver que, en el fondo, soy un despojo solitario.

​ Matteo ha ido indicándole por qué calles debía meterse hasta llegar a una calle empinada.

A mitad de la cuesta nos hemos encontrado con un edificio pequeño, de tres plantas, que parecía nuevo.

Ha parado el coche y el italiano me ha ayudado a bajar.

Mañana nos recogerían a los dos en esa dirección.

​ No me apetecía hablar y él lo sabía.

​ Hemos subido en ascensor hasta la segunda planta.

Al salir, a mano izquierda, ha metido las llaves en la cerradura y ha abierto.

El piso era pequeño, unos treinta y tantos metros, quizá cuarenta.

Nada más entrar, frente a la puerta, había una cocina pegada a la pared, con muebles rojos brillantes de esos en los que dejas la huella al tocarlos.

Un fastidio para limpiar, he pensado. Mi mente ya estaba buscando distracciones para no enfrentarse a lo que estaba viviendo ni al motivo real por el que estaba allí.

A la izquierda había un sofá grande negro, frente a un mueble blanco con una televisión. Esa parte daba a la calle por unas cristaleras preciosas por las que, seguro, entraba mucha luz durante el día. A la derecha, un baño y una habitación con una cama grande, toda en madera, con sábanas negras.

​ —Este es mi precioso y enano piso —ha dicho—. Acomódate.

​ Me he quitado las zapatillas y me he sentado en el sofá con las piernas cruzadas. Me he hecho un ovillo y me he abrazado a mí misma. Matteo se ha sentado a mi lado sin decir nada y ha empezado a acariciarme la espalda, despacio, con una suavidad que no pedía nada a cambio.

​ Ese gesto me ha llevado de golpe a mi infancia.

A las noches en casa de mis abuelos, cuando mi abuela me acariciaba así hasta que me dormía.

A un tiempo en el que todo era fácil. En el que no tenía que pensar, ni organizar la cabeza, ni enfrentarme a hombres trajeados que se creen con derecho a todo.

En aquel entonces, los únicos por encima de mí eran mis padres, y ya era suficiente.

​ En la comisaría había denunciado a Rodrigo.

Sé que esto traerá cola, portadas, ruido.

Sé que él hará todo lo posible por taparlo, por borrar huellas, pero yo no podré olvidarlo.

Como no podré olvidar aquella fiesta de fin de rodaje en la que tres hombres trajeados me apartaron tras unas cortinas largas y oscuras.

No entraré en detalles; no hace falta. Bastó con entender que, bajo la promesa de un papel importante —de esos que te cambian la vida—, me empujaron a aceptar cosas que no quería.

Estaba a punto de irme a la mierda económicamente y, con tal de no volver a casa de mis padres, accedí. Esa culpa no se va nunca.

​ Tampoco olvidaré al director que, tras una función, me regaló dos entradas para un musical.

Yo imaginé ir con Romeo. Días después me llamó delante de él, con el manos libres puesto, y escuché cómo me decía que me esperaba a las ocho en la puerta, para ver el musical y lo que viniera después.

No acepté e inventé una excusa tonta. Romeo lo oyó todo; nada le sorprendía ya, pero tuve que aguantar sus dudas.

​ Ni aquel compañero de rodaje que, en una escena íntima, me agarró la cintura sin estar ensayado y me susurró algo cruel al oído.

Yo tenía que poner cara de placer porque la escena iba con música y nadie escucharía.

Me disocié, sonreí y actué, pero por dentro me rompí.

Y esto son solo tres anécdotas de muchas más.

​ Todo eso se lo conté a Moretti. Sin orden, a trozos, con la voz rota y él no dijo nada, pero no dejó de acariciarme la espalda ni un segundo. Y en ese silencio, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me creía sin pedirme pruebas.

​ Matteo ha cogido el teléfono y ha llamado a Sasha.

Yo le he pedido que no lo hiciera, se lo he dicho casi suplicando, pero no me ha hecho caso.

Se ha metido en la habitación y ha cerrado la puerta.

Aun así, he podido escuchar fragmentos de la conversación.

Otras cosas no, porque se ha encargado de bajar el tono.

Lo suficiente como para que yo supiera que estaba pasando algo importante, pero no tanto como para exponerme más de la cuenta.

​ Cuando ha salido, mi móvil ha vibrado. Era un mensaje de mi representante:

​ Sasha

​ Mañana hablaremos. Haré lo que sea por machacar al cerdo ese y protegerte.

​ Jamás la he creído del todo. Sé que se ha encargado de defenderme contra viento y marea, pero también sé por qué lo hace. Porque si no me protege, se le acaba el chollo. Yo soy su máquina de hacer dinero. Esa es su prioridad; todo lo demás viene después.

​ —¿Te apetece que te haga la cena?

​ He vuelto a la excusa de siempre.

​ —No, gracias. Tengo el estómago cerrado de los nervios.

​ No ha insistido. Lo ha entendido sin hacer preguntas.

​ Cuando ha visto que me había calmado un poco, me ha encendido la tele, me ha dado el mando y me ha dicho que me sintiera cómoda, que él iba a ducharse, porque en el camerino no le había dado tiempo.

​ No le he hecho caso a la tele, ni un segundo. He aprovechado ese silencio prestado para escribir en el móvil. Para dejar constancia de todo lo que sentía, de todo lo que había pasado, de todo lo que me estaba atravesando.

​ Escribir sin ordenar demasiado, sin pensar en estilo ni en forma. Como si alguien, algún día, fuera a leerlo y necesitara entender por qué llegué hasta aquí. Quién sabe. Quizá este capítulo sirva para el día del «juicio final». O quizá solo sirva para que yo no me vuelva loca esta noche.