14
Hoy es el día. O, al menos, el día en el que todo empieza a tomar una forma distinta.
Matteo y yo tenemos que ensayar el beso por primera vez. Bueno, no nosotros exactamente, sino nuestros personajes. Esa es la frase que más se repite en el set desde que apareció en el guion. Los personajes . Como si eso lo hiciera todo más sencillo.
Tenemos un coach para ello. Para el beso, para el cuerpo, para la distancia exacta.
Aquí nada se deja al azar. Un beso en ficción no se improvisa: se coreografía como un baile.
Qué mano va primero, cuánto se inclina el cuerpo, dónde se apoya la otra persona, cuánto dura la pausa antes del contacto. Todo medido y pactado.
Últimamente Matteo y yo solo coincidimos en el rodaje. Nos llevamos bien, hay conexión y eso se nota. Tanto que el equipo cuchichea por las esquinas, bajan la voz cuando pasamos, sonríen de más. Todo va viento en popa, al menos de puertas afuera.
Después de rodar, nos indican que entremos en una sala pequeña, de esas sin ventanas, con una mesa larga en el centro.
Allí nos esperan Pamela y Tony, los coaches de actuación.
Pamela es quien lleva las escenas más íntimas, aunque trabajan siempre juntos, como un bloque.
Ella observa los cuerpos y Tony escucha los silencios.
Estamos los cuatro sentados con los guiones del capítulo del día siguiente. Todos tenemos la misma escena marcada con pósits de colores. La que desemboca en el beso.
Leemos en silencio primero y luego en voz alta hasta que Pamela toma la palabra.
—Esto no va de besar bien —dice—. Va de llegar al beso.
Tony asiente y añade:
—El beso es la consecuencia, no el objetivo.
Pamela se levanta y se acerca al centro de la sala. Nos pide que nos pongamos de pie también.
—Aquí hay tensión acumulada —explica—. Vuestros personajes llevan tiempo conteniéndose. Así que el cuerpo tiene que ir por delante de la boca.
Nos coloca. Ajusta la distancia entre Matteo y yo, mueve un poco su hombro y corrige mi postura.
—Tú entras primero en su espacio —le dice—. No la tocas todavía, solo invades.
—Y tú —me dice— no retrocedes; te quedas. Eso es lo importante.
Tony interviene, señalando el guion.
—Aquí hay una frase clave. Cuando la dices, el silencio que viene después es el que lo cambia todo.
Ensayamos sin beso, solo los movimientos, la respiración y las miradas. Repetimos una vez, dos, tres.
En mitad del proceso entra David, el director. Se queda al fondo, observando. No interrumpe. Quiere entender las posiciones, los tiempos, cómo va a encuadrar eso mañana. Pamela le explica por encima el planteamiento. Él asiente y toma notas mentales.
—Perfecto —dice al final—. Quiero que mañana parezca inevitable.
Salimos de la sala y el pasillo del set nos engulle con ese ruido constante de rodaje. Caminamos despacio, sin prisa por llegar a los camerinos.
—Oye —me dice Matteo—, si en algún momento te sientes incómoda… lo hablamos. Recuérdalo.
Lo dice en serio. Yo me enderezo un poco, casi por reflejo.
—No hace falta que vayas de chulito y de seguro —le contesto—. De verdad. Estoy más puesta en esto que tú.
Me mira de reojo, medio sonriendo, medio midiendo si puede relajarse.
—Sé que para ti es más nuevo —añado—. Y no estás por debajo de mí por eso. Mañana, con la dirección de los coaches , será todo más fácil. Y si quieres, esta tarde podemos ensayar nosotros. Lo que haga falta para que estemos bien los dos.
Seguimos andando y él asiente.
—Para mí es un simple beso —le digo, quitándole hierro—. Nada más.
Se aclara la garganta, un poco incómodo ante mi seguridad.
—Para mí también —responde—. Aunque no haya dado besos en muchas fotos… he tenido que insinuar intimidad con una modelo, posando muy pegado a ella, muchas veces. Eso es casi lo mismo.
—Ya —le digo—. Me acuerdo perfectamente de una campaña tuya.
Se detiene un segundo.
—¿Cuál?
—Esa en la que estabas casi desnudo y el cuerpo te brillaba —continúo—. Y había una chica encima de ti, totalmente desnuda, muy provocativa.
Se ríe, ya sin tensión.
—Fue bastante comentada —añade.
—Lo fue —confirmo.
—Y sí, fue tan intensa como parece.
Reanudamos el paso. El ambiente se ha relajado. No hay nervios, solo esa complicidad tranquila que se da cuando dos personas se hablan de tú a tú, sin jerarquías ni miedo.
—Entonces estamos bien —dice él.
—¡Lo estamos! —le contesto.
Cuando he entrado en el camerino he empezado a desvestirme. Me he quitado la ropa del personaje, he entrado en la ducha y he dejado que el agua me cayera encima, caliente, directa, con la intención de borrar el día.
Entonces he oído la puerta.
Al principio he pensado que era un ruido cualquiera. El set está lleno de golpes, pasos, voces que se confunden. He seguido bajo el agua unos segundos más, hasta que algo me ha hecho parar. He cerrado el grifo y, desde el pequeño baño, he visto una sombra moverse al otro lado.
El corazón me ha dado un golpe seco.
Me he envuelto en la toalla casi sin respirar y he salido despacio, con el cuerpo en alerta, el pelo mojado goteándome por la espalda. He pensado que sería Sasha. Ella nunca toca. Entra sin más, siempre.
Pero no.
Era Rodrigo Velázquez.
Uno de los altos cargos de la plataforma.
Estaba de pie en mitad del camerino, como si fuera su despacho, con traje impecable, corbata perfectamente anudada, las manos relajadas —demasiado relajadas— en los bolsillos.
—Hola, Siena —ha dicho, sonriendo—. Perdona, no quería asustarte.
He notado cómo el frío me subía desde los pies.
—¿Qué haces aquí? —he preguntado—. ¿Por qué no has llamado a la puerta?
—Bah —ha restado importancia—. Pensé que no pasaba nada. Esto es como tu casa.
Se me ha acercado un paso.
—Quería darte la enhorabuena —ha continuado—. Por el trabajo. Por el doble trabajo, en realidad.
He apretado la toalla contra el cuerpo sin darme cuenta.
—¿A qué te refieres?
—A lo creíble que eres —ha dicho—. Dentro y fuera de cámara.
Ha dado otro paso más. Demasiado cerca.
—Hay actrices que actúan —ha añadido—. Y otras que son. Tú eres de las segundas.
He sentido cómo me temblaban las piernas. El agua me seguía cayendo del pelo y me resbalaba por los hombros y, de repente, todo mi cuerpo me ha parecido demasiado expuesto y visible.
—Rodrigo… —he empezado.
—No te pongas nerviosa —me ha interrumpido—. Además, estás preciosa así.
Ha estirado la mano y me ha rozado el hombro.
He dejado de respirar.
—Ha sido una elección brillante —ha seguido—. Gracias a ti, esta serie va a llegar muy alto.
Ha bajado la mirada un segundo. He notado cómo se me cerraba el estómago.
—Quizá podríamos celebrarlo —ha dicho—. Una cena. Algo tranquilo.
Sus dedos han llegado al nudo de la toalla. Lo ha tocado, pero no ha tirado de él.
He sentido que las piernas me flaqueaban. Me he preguntado dónde estaba esa fuerza que siempre saco, por qué ahora no aparecía, por qué estaba tan paralizada.
Entonces han tocado a la puerta.
—Siena —he oído la voz de Matteo al otro lado—. ¿Puedo entrar?
He reunido todo lo que me quedaba.
—Sí —he dicho, con un hilo de voz.
La cara de Rodrigo ha cambiado. La sonrisa se le ha borrado de golpe. Ha aparecido algo oscuro, rabioso, como si ese momento le perteneciera y alguien se lo hubiera arrebatado.
El italiano ha entrado pidiendo perdón y se ha frenado en seco al ver la escena. Me ha visto a mí primero con los ojos abiertos de más, rojos, a punto de romperme. Luego a él con esa pose chulesca recuperada, las manos otra vez en los bolsillos y el traje perfecto.
Sé que lo ha entendido.
Yo he aprovechado el segundo en que Rodrigo lo miraba a él para hacerle un gesto a mi compañero de reparto; ha sido pequeño y desesperado.
—Tenemos que irnos —ha dicho Matteo, improvisando—. Vamos tarde.
—Me voy a vestir —he soltado yo de golpe.
He entrado corriendo al baño y he cerrado la puerta. Me he sentado en la tapa del váter, temblando, tragándome las lágrimas, luchando contra un cuerpo que no quería responder. Me he vestido como he podido, con torpeza. Cuando he salido, con el bolso en la mano, he respirado hondo.
—Estoy lista.
—Tenemos prisa —ha dicho Moretti, mirando al directivo—. ¿Salimos?
Rodrigo se ha mordido el labio con rabia pura. Lo habían pillado.
He cruzado el umbral sin mirar atrás y solo cuando la puerta se ha cerrado he entendido lo cerca que había estado de perderme del todo.
No nos hemos despedido de ese personaje.
No ha habido ni un gesto, ni una palabra, ni una mirada de cierre.
Matteo ha pasado su brazo por encima de mis hombros y me ha acercado a él con naturalidad, como si ese fuera el gesto más lógico del mundo.
Yo lo he agradecido sin saber cómo. Juro que estaba tan fuera de mí que, si no llega a ser por él, no encuentro la salida.
Torres estaba fuera, esperando; siempre en su sitio.
El italiano me ha abierto la puerta del coche y me ha ayudado a subir. Después se ha inclinado hacia la ventanilla delantera y le ha dicho a Torres, con una calma que no admitía réplica, que nos acercara a mi casa y se ha subido a mi lado.
No ha dejado de mirarme. Yo era incapaz de articular palabra. No paraba de darle vueltas a lo que había pasado, a cada segundo, a cada gesto, a cómo mi cuerpo se había quedado bloqueado como si no me perteneciera.
Ha extendido la mano y ha cogido la mía, que estaba apoyada sobre el asiento, tensa, con los dedos agarrotados. No le ha importado que Torres estuviera delante. Era inevitable abordar el tema.
—Siena —ha dicho despacio—. Relájate, por favor. ¿Qué ha sido lo que ha pasado ahí dentro?
No he podido contestar. No había frases. No había orden. Solo un ruido espeso en la cabeza.
Cuando se ha dado cuenta de que no podía ni ponerle palabras, se ha echado un poco hacia delante.
—Torres —ha dicho—, cambia de dirección. Acércanos a la comisaría más cercana.
He despertado de golpe de mi mundo.
—No —he negado, asustada, casi sin voz.