15 #2
Hemos vuelto a colocarnos. He tomado dos respiraciones profundas para calmarme. Él me ha agarrado la mano y he vuelto a sentir ese calor suyo que transmite paz. Me ha servido. De verdad.
—Mírame a los ojos —me ha dicho.
Le he hecho caso.
Y yo me he quedado con la mirada fija en ellos observando ese color marrón oscuro.
Eran bonitos. No los había mirado con calma hasta entonces.
Me he detenido en cada detalle: en un pequeño punto que tenía en el ojo derecho, en el contorno negro profundo que lo rodeaba, en sus pestañas abundantes y espesas, oscuras como el carbón.
—Así se hace, piccola —le he oído decirme.
No he podido responderle porque la escena ha comenzado sin que me diera cuenta.
Dentro del personaje me ha insultado. Me ha dicho que no fuera una sabelotodo.
Me ha empujado. Hemos entrado de nuevo en la pequeña sala y me ha agarrado de la cintura, atrayéndome hacia él como habíamos ensayado…
pero yo ya no estaba pensando en el ensayo.
Me estaba dejando llevar como un títere.
Me ha pegado a la pared. He sentido su cuerpo grande sobre el mío, la presión exacta, el peso justo. Se ha acercado tanto que apenas quedaba aire entre los dos.
—No eres quien para decirme lo que tengo que hacer. Aquí mando yo —me ha dicho, casi rozándome los labios.
Y su mano ha subido hasta mi cuello. Lo ha rodeado con los dedos.
Durante unos segundos, mi cabeza se ha ido por completo.
Me he dejado llevar. Los suspiros, la falta de aire justo antes del beso, han sido reales.
He sentido cómo se acercaba con intensidad, con rabia, con ganas.
Como pedían la escena y los personajes… o lo que fuéramos en aquel momento.
Nos hemos devorado.
La escena pedía tensión sexual y la ha tenido. La ha tenido porque me he dejado llevar. Porque he besado como no besaba desde hacía tiempo.. Porque mi compañero me incitaba a ello, marcaba el ritmo, y yo no podía —ni quería— dejar de seguirlo.
Cuando han dicho «corten», he tardado un segundo en volver. En recordar dónde estaba. En separar lo que era ficción de lo que había sentido de verdad.
Y ese segundo… ese segundo ha sido peligroso.
Cuando ha terminado la escena no he podido evitarlo.
Me he sentido tan conectada a Matteo que lo he abrazado.
Ha sido un impulso. Me daba vergüenza mirarlo a los ojos y, al mismo tiempo, necesitaba ese contacto.
No podía renunciar a ese contacto así de golpe, como si nada hubiera pasado. Él me ha correspondido sin dudarlo.
Lo he escuchado decirme al oído, muy cerca:
—Lo has hecho genial. Eres lo más, Siena.
Yo solo he acertado a responderle lo primero que me ha salido, atropellado, sincero:
—Gracias y gracias… porque has conseguido que me quitara al tipo ese de la cabeza.
Él ha soltado una carcajada baja, de esas que se sienten más que se oyen.
—Oye… ¿tan bien beso? —me ha preguntado, con ese tono suyo que mezclaba ironía y descaro.
Me he puesto roja. Muerta de la vergüenza. Pero he sabido que era el momento de mirarlo de nuevo y no huir, porque con él no había peligro. Porque era inofensivo.
—La verdad es que usted besa muy, pero que muy bien —le he dicho, intentando mantener el tipo.
—No todo el mundo piensa igual —me ha contestado, con una sonrisa ladeada que dejaba claro que ese «todos» tenía historia.
—Tiene que ser complicado besar a una chica, supongo —he seguido, casi sin pensar.
—¿Cómo? —ha preguntado él, confundido.
No he llegado a concretar la frase. Rodrigo se ha acercado a nosotros con las manos en los bolsillos, esa pose chulesca que ya me revolvía el estómago.
Ha mirado alrededor, controlando el espacio, asegurándose de que nadie más estuviera cerca.
Ha tenido suerte: el resto del equipo ya había salido de aquel decorado hacia el de al lado para preparar la siguiente toma con otros actores.
Estábamos los tres solos.
—Vaya, vaya… —ha dicho—. Encajáis mejor de lo que pensábamos.
He sentido cómo el cuerpo se me tensaba otra vez. Matteo no se ha movido. Seguía ahí, cerca, lo suficiente como para que yo no me sintiera desprotegida. La tensión ya no estaba solo en la escena. Flotaba entre nosotros.
Velázquez ha dicho que un pajarito le había contado que lo había denunciado por lo del día anterior. Ni Moretti ni yo hemos dicho nada. Él ha seguido, en ese tono chulo que ya conocía.
—Así que… —ha empezado, con una media sonrisa—. ¿Es verdad?
El silencio ha sido nuestra única respuesta. Rodrigo ha dado un paso más hacia nosotros.
—Os voy a decir una cosa muy clara —ha continuado, bajando la voz—. Si esa denuncia sigue en pie, os quedáis sin trabajo para el resto de vuestras vidas. Sin rodajes. Sin llamadas. Sin oportunidades. Me voy a encargar yo personalmente.
He notado cómo el italiano tensaba la mandíbula, pero no ha hablado.
—¿Me está amenazando? —he conseguido decir, con la voz firme solo en apariencia.
El directivo ha sonreído.
—No, cariño. Te estoy avisando.
En ese momento Gabi, uno de los chicos de sonido, se ha acercado corriendo.
—Perdón, perdón… —ha dicho, nervioso—. Se me ha olvidado quitaros el micro y la petaca.
Ha habido un segundo de silencio absoluto. De esos que hacen daño en los oídos.
Rodrigo se ha girado despacio. Al otro lado del decorado, David, el director, nos estaba mirando fijamente.
Lo hemos entendido todos los que estábamos cerca.
Los micros seguían conectados. A pesar de usar micrófonos en pértiga, como era complicado seguir el movimiento al entrar a la habitación, nos habían puesto unos pequeños debajo del uniforme y David lo había escuchado todo con los auriculares puestos. El de sonido también.
Velázquez ha cambiado de color.
—Oye… —ha intentado decir—. Esto no es lo que parece.
Mi compañero italiano ha sido el primero en romper el hielo.
—¿Lo has oído, Casal? —le ha preguntado al director, sin levantar la voz.
—Lo he oído todo.
En cuestión de segundos el ambiente ha estallado. David ha cogido el teléfono y se ha apartado unos pasos para hacer una llamada. Rodrigo ha perdido los nervios.
—¡Eh! ¿Qué te crees que haces? —ha gritado.
Y entonces se ha lanzado hacia él y lo ha cogido del cuello. Todo ha pasado muy rápido. Dos técnicos se han abalanzado para separarlos.
—¡Velázquez, suéltalo! —ha gritado uno.
Matteo ha ido hacia allí, y yo le he cogido la mano para frenarlo. Me ha entrado un miedo horrible de que se metiera en aquel follón, de que todo se volviera contra él. Se ha girado un segundo, me ha sonreído y, muy bajo, me ha dicho:
—Tranquila. No pasa nada.
Y también se ha metido en medio.
—¡Basta ya! —le ha dicho, empujándolo.
Pero sí pasaba.
Ha sido un caos. Un auténtico caos. Gritos, gente corriendo, llamadas, órdenes cruzadas.
El rodaje se ha paralizado para el resto del día. Aquello ha provocado una locura absoluta, porque todo el plan de trabajo de las siguientes jornadas se ha ido al traste. Pero lo que había ocurrido era serio. Muy serio.
He agradecido como nunca que el maldito micrófono siguiera abierto. Me ha salvado la vida. Nos ha salvado la vida.
Un par de horas después nos han reunido y nos han asegurado que Velázquez ya no formaba parte del equipo.
Y no había solo una denuncia. Estaba la mía, la del día anterior.
Pero también otra por parte de David por agresión.
Otra del equipo por las amenazas escuchadas.
Y otra más, presentada por Matteo y por los dos técnicos que habían intentado separarlos, ya que los tres se llevaron varios golpes.
Quien diga que los rodajes son tranquilos no ha estado nunca en uno.
Y quien diga que este mundo no muerde… no ha estado nunca dentro.
Sasha y Ludovica han aparecido cuando la reunión ya estaba terminando. Se las veía alteradas, afectadas, hablando a la vez incluso antes de sentarse. Han presentado sus quejas formales y han repetido varias veces lo grave que había sido todo, lo inaceptable, lo fuerte de la situación.
—Esto es muy heavy —ha dicho Sasha, llevándose una mano al pecho—. Muy fuerte.
Yo aún estaba procesándolo todo cuando ha añadido, sin transición alguna:
—Pero tienes que aprovecharlo.
La he mirado sin entender.
—¿Aprovechar qué?
—Todo esto —ha respondido—. La visibilidad. El momento. El contexto. Esto le da vida a lo vuestro.
He sentido una punzada seca en el estómago.
—Esta serie viene pisando fuerte —ha continuado, emocionada—. Muy fuerte.
No sé qué se le podía pasar por la cabeza a aquella mujer para ver solo esa parte. No sé cómo conseguía aislar el dolor y convertirlo en estrategia en cuestión de segundos.
Ludovica ha tomado la palabra entonces, con ese aplomo suyo, como si ya lo tuviera todo decidido desde hacía rato.
—Chicos, esta noche os tienen que ver cenando juntos.
Ni Matteo ni yo hemos respondido.
—Os he reservado en un restaurante nuevo que han abierto en la Gran Vía —ha seguido—. Poneos guapos. Luego os paseáis un poco y vais a ver dos obras de microteatro. Las entradas ya estarán listas.
Ha sonreído, satisfecha.
—Es la última función, a la hora golfa. No lleguéis tarde. Saludáis a los actores, les dais la enhorabuena, que se hagan fotos con vosotros. Dad juego, bambini .
He mirado a Matteo de reojo. Él estaba serio, callado, con la mandíbula apretada.
Yo solo pensaba en lo irreal de todo aquello.
En cómo, apenas una hora antes, estábamos hablando de denuncias, de agresiones, de amenazas…
y ahora se nos pedía que saliéramos a cenar, que sonriéramos, que alimentáramos la historia.