Fuimos un error de guion 12 #2
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​ —Ahora vengo —ha dicho.

​ A los pocos segundos ha aparecido en el salón y ha llamado a mi compi de reparto.

​ Este se ha limpiado la boca con la servilleta de tela con un gesto tranquilo, la ha dejado doblada sobre la mesa y se ha levantado.

​ —Sí, voy. Perdón.

​ Se ha disculpado casi por inercia, ha ido hasta la puerta y ha recogido el pedido. Cuando ha vuelto al salón llevaba una caja de madera preciosa, cuidada, de esas que ya te dicen que dentro hay algo importante.

​ —No quería venir con las manos vacías —ha dicho—, pero no me ha dado tiempo a ir personalmente a por esto.

​ Ha abierto la caja despacio y dentro había una botella de limoncello .

​ —Es de mi familia —ha explicado—. Aquí en Madrid solo lo venden en un sitio concreto y, gracias a Glovo, he conseguido una.

​ Ha sonreído, un poco orgulloso.

​ —En Italia lo hacemos nosotros. Empezó mi bisabuelo. Luego siguieron mi abuelo y mi abuela. Ahora lo llevan unos primos, pero sigue siendo de muchísima calidad.

​ Mientras hablaba, yo seguía con lo mío.

Cortando todo a cachitos muy pequeños, casi ridículos, para que se deshicieran un poco con la sopa.

Me sé todas las trampas. Todas. El tema de esconder la sopa es complicado, pero hoy estaba haciendo el esfuerzo de tomarla.

Hoy sí. Luego nada de cena. Y mañana… mañana Dios dirá.

​ Asentía mientras Matteo hablaba, sonreía cuando tocaba, pero mi atención estaba partida en dos: una parte escuchándolo contar la historia de su familia, de Italia, de tradiciones que pasan de generación en generación; la otra, calculando, mezclando, diluyendo, intentando que el plato pareciera avanzar sin que avanzara demasiado.

​ —Qué bonito —ha dicho Cris, genuinamente emocionada—. Esto no lo trae cualquiera.

​ —No —ha añadido Hooper—. Esto es venir marcando estilo. Thanks .

​ Ha sonreído, un poco incómodo con el halago, y ha vuelto a sentarse.

​ Yo he metido otro pequeño bocado en la boca, mezclado con caldo, casi líquido ya. Me he dicho que con eso bastaba, que estaba bien, que hoy había cumplido.

​ Y, aun así, la cabeza ya iba por delante, haciendo cuentas, cerrando puertas, preparando castigos futuros, porque incluso en una mesa amable, con música suave, vecinos que son familia y un italiano contando historias bonitas, hay batallas que no descansan nunca.

​ El móvil ha vibrado justo cuando la conversación estaba en un punto tranquilo, casi doméstico. Lo tenía apoyado boca abajo junto al plato. He sabido que no era un mensaje cualquiera antes incluso de cogerlo.

​ Sasha.

​ He deslizado el dedo por la pantalla y ahí estaba: el post de una de las chicas del Retiro. Una foto borrosa, tomada desde lejos, Matteo y yo sentados en el banco. Nada espectacular. Justo por eso, perfecta.

​ Debajo, el mensaje:

​ Sasha: ​ Estoy MUY orgullosa de vosotros. ​ Esto es oro. Puro oro. ​ Lo estáis haciendo increíble.

​ Algo se me descolocado por dentro. He levantado la vista un segundo y he visto a Cris mirándome, atenta, como si supiera que ese brillo en los ojos no era alegría.

​ Se lo he enseñado a Matteo.

​ —Mira —le he dicho.

​ Se ha inclinado hacia mí y ha sonreído al instante.

​ —Ya está —ha dicho—. Lo que suponíamos.

​ Debajo de la foto, los comentarios no paraban de crecer. Hemos empezado a leerlos juntos, apoyados los dos sobre la mesa, casi como si estuviéramos cotilleando una serie ajena.

​ «¿Soy yo o aquí hay algo?» ​ «Se nota la química desde lejos.» ​ «No es casualidad.»

​ Y luego, los que ya juegan en otra liga:

​ «Desde redacción nos pondremos en contacto contigo por privado para ampliar información.» ​ «Escríbenos, por favor.»

​ He soltado una risa corta, incrédula.

​ —Es fuerte —he dicho—. La gente se mete debajo de la historia de otros como si fuera un refugio.

​ Matteo ha resoplado.

​ —Como si no tuvieran la suya.

​ —O como si no fueran conscientes de que, muchas veces, les están tomando el pelo —he añadido.

​ He pensado en eso un segundo más. En cómo la gente se esconde bajo las vidas ajenas, opina, juzga, se ilusiona o se enfada con historias que no les pertenecen, sin pararse a pensar que muchas veces solo ven lo que alguien quiere que vean.

Como niños mirando sombras proyectadas en una pared, creyendo que eso es todo.

​ He escrito a Sasha.

​ Siena: ​ ¿Esto lo has organizado tú?

​ La respuesta ha llegado enseguida.

​ Sasha: ​ No. ​ Pero me encanta. ​ Seguid así, lo hacéis genial.

​ He dejado el móvil boca abajo.

​ —Pues nada —he dicho—. Objetivo cumplido.

​ —Tal cual —ha respondido el italiano—. Y sin despeinarnos.

​ Mi vecina nos observaba desde el otro lado de la mesa, divertida, como quien ve una partida que se juega sola. Su marido seguía comiendo tranquilo, como si aquello fuera parte del menú.

​ Matteo me ha mirado entonces, ya sin pantallas de por medio.

​ —Oye —ha dicho—. Que no se te olvide que eres mucho más que una actriz —ha añadido—. Aunque a veces se les olvide a los demás.

​ Nadie ha dicho nada durante unos segundos. Cris me ha mirado con los ojos brillantes, orgullosa. Hooper ha carraspeado y ha vuelto a servirse un poco de sopa, como dando permiso para que la escena se cerrara ahí.

​ Yo he respirado hondo.

​ —Gracias —he dicho.

​ He sonreído, agradecida, y he empujado el plato un poco hacia delante.

​ —Ya no puedo comer más —he añadido—. Se me ha cerrado el estómago.

​ Y esta vez no he sentido la necesidad de justificarlo demasiado. La comida había cumplido su función y la escena también.

​ Después de comer hemos tomado café. Largo, tranquilo, de esos que no piden prisa.

Y, cómo no, Cris ha sacado el limoncello .

He probado solo un poco, lo justo, pero me ha encantado.

Frío, sedoso, con ese golpe cítrico limpio que no raspa; dulce al principio y con un final ligeramente amargo que se queda en la lengua.

A limón de verdad, no a caramelo. A verano contenido en una botella.

​ Matteo estaba orgulloso, se le notaba en la forma en que nos miraba a todos mientras lo bebíamos. Aquel sabor era una parte íntima de su historia puesta sobre la mesa.

​ Nos hemos despedido de la parejita y, antes de irnos, le he dicho a Cris que, cuando bajara a sacar al perro por la noche, me avisara, que me vendría bien que me diera el aire. Me ha guiñado un ojo sin decir nada más. Ella siempre entiende.

​ Mientras bajábamos las escaleras hasta mi casa, se ha instalado un silencio un poco incómodo. No pesado, pero sí denso. Yo solo pensaba en llegar, en cerrar la puerta y dejar al mundo fuera un rato. Y, al mismo tiempo, me sabía mal que él se fuera así, sin más, como si el día se apagara de golpe.

​ Cuando hemos llegado a mi puerta, estaba nerviosa, aunque no sabía muy bien por qué. Lo ha notado enseguida. Tiene esa capacidad. Así que no ha querido incomodarme más.

​ —Me voy a casa —me ha dicho—. Tengo una videollamada con los míos en un rato.

​ Nos hemos dado un abrazo cariñoso.

​ —Gracias por el rato —le he dicho—. Me ha encantado probar el limoncello .

​ —A ti, por invitarme.

​ Nos hemos despedido hasta pasado mañana, cuando volvamos a coincidir en el rodaje. Lo he visto empezar a bajar las escaleras y, justo cuando ya estaba un par de peldaños más abajo, se ha girado.

​ —Lorenzo.

​ —¿Qué? —he preguntado, sin entender nada.

​ —Lorenzo —ha dicho—. Es quien me llama «More». Antes no te lo he dicho.

​ Y ha seguido bajando las escaleras, dejándome allí plantada, con la mano aún en el pomo de la puerta.

​ He entrado en casa sin comprender del todo qué acababa de pasar: quién era Lorenzo, por qué me había dicho eso ahora y por qué, de repente, ese nombre se me había quedado dando vueltas en la cabeza como si escondiera algo que todavía no sabía leer.

​ Cuando he entrado en casa, Ringo no ha aparecido. Vaya traidor. Seguro que si el italiano hubiera entrado conmigo, le habría hecho la fiesta del siglo. He cerrado la puerta y he dejado las llaves en cualquier sitio.

​ Me he tirado en el sofá boca arriba, mirando al techo y he empezado a darle vueltas a ese nombre.

​ Lorenzo.

​ Quizá fue —o es— su pareja real. Y quizá no tiene la confianza suficiente para decírmelo de frente. Por eso lo ha soltado así, al final, cuando le era fácil huir escaleras abajo sin dar explicaciones. Como quien deja caer una verdad a medias para no mentir del todo.