12
El timbre ha sonado a las dos en punto. No a la una y cincuenta y siete o a las dos y tres. A la hora exacta. Puntual.
Sonaba de fondo A Hard Day ’ s Night cuando he abierto la puerta desde arriba.
—No sé si te apetece entrar —le he dicho—. Lo digo por Ringo.
Matteo no ha dudado ni un segundo. Ha metido la mano en el bolsillo de su chaqueta bomber de cuero marrón y ha sacado un blíster.
—Pastillas para la alergia —ha dicho—. Me las he tomado antes de salir de casa. Tranquila, que lo controlo.
¡Qué preparado venía!
—Cojo las llaves y subimos. No te esperan. Ya verás cómo se van a quedar.
En ese momento, Ringo ha asomado por detrás de mí, curioso, con ese andar suyo silencioso. Ha mirado al invitado fijamente, sin moverse. Este se ha agachado despacio y le ha acariciado la cabeza con cuidado, como si supiera perfectamente dónde estaba el límite.
—More, que luego te pones malo —le he dicho sin pensar.
—¿More? —ha preguntado, levantando la vista hacia mí.
—De Moretti —he explicado—. ¿A que nadie te llama así?
He visto cómo se quedaba pensativo durante un segundo que se me ha hecho largo.
—¿Me dejas que me lave las manos antes de subir? —ha preguntado.
He señalado la puerta del baño con la barbilla. La misma que ya conocía. He apagado la música, me he agachado para darle un beso a Ringo en la cabeza y he esperado en la puerta.
Hemos subido al piso de arriba, justo encima de mi casa. He tocado al timbre y, cuando Hooper ha abierto la puerta, se ha quedado completamente petrificado. Literalmente. Con la mano aún en el pomo y la boca entreabierta.
—¡Sorpresa! —he dicho, encantada.
Hooper ha parpadeado dos veces, ha mirado a Matteo, luego a mí y ha sonreído despacio.
—Bienvenidos —ha dicho al fin, apartándose para dejarnos pasar—. Pasad, pasad.
Desde la cocina ha aparecido Cris, secándose las manos con un paño. En cuanto nos ha visto a los dos juntos, ha abierto mucho los ojos.
—¿Puedo…? —ha preguntado, señalándonos con el dedo—. ¿Puedo achucharos o todavía no?
—Cris… —he empezado a decir.
—No, no, no —ha interrumpido—. Esto es histórico.
Y sin esperar respuesta nos ha abrazado a los dos, uno con cada brazo, apretando fuerte, riéndose sola.
—Perdón —ha dicho luego—, pero esto había que hacerlo.
Nos hemos reído todos.
—Siento no haberos avisado —he añadido—, pero no estaba previsto que Matteo viniera. Me lo he encontrado en el Retiro.
Cris ha alzado una ceja, claramente escéptica.
—Ajá… —ha dicho—. ¿Y no habrá tenido algo que ver Ludovica y Sasha, por casualidad?
—Te juro que no —he respondido—. Esta vez no.
En ese momento ha aparecido Lulú, feliz, moviendo todo lo que se le podía mover, reclamando atención. Se ha ido directa a Matteo, sin dudarlo.
—Ay, espera —ha dicho Cris—. ¿La guardamos por lo de la alergia?
—No te preocupes —ha contestado él—. Me he tomado la pastilla antes de venir.
La pareja se ha mirado y ha sonreído como si aquello les confirmara algo.
—Veo que estáis al día de la historia —ha comentado Moretti, divertido.
—Tranquilo —ha dicho Hooper, ofreciéndole una copa de vino blanco—. No diremos nada. Nosotros somos la familia de Siena.
Ha cogido la copa y me ha mirado de reojo.
—¿No tienes padres? —me ha preguntado, sin malicia, con curiosidad.
—Sí —he contestado—. Pero no tengo mucha relación con ellos. Son víboras.
Cris ha asentido con énfasis.
—Víboras de manual.
—Me obligaron a trabajar muy pronto —he continuado—. Y cuando tuve uso de razón decidí alejarme y vivir mi vida.
—Hiciste bien —ha dicho Hooper, sin dudar.
Mi amiga se ha girado hacia el italiano.
—¿Y tú? ¿Qué tal te llevas con tu familia?
—Bastante bien —ha respondido él—. Aunque desde la distancia. Llevo muchos años fuera de casa por trabajo. Empecé muy niño en el modelaje.
—Eso marca —ha dicho ella—. Para bien y para mal.
He mirado alrededor mientras hablaban.
Los cuatro de pie en la puerta de la cocina, con copas en la mano, la perra paseando entre nosotros, riéndonos como si no fuera la primera vez que coincidíamos.
Como si nos conociéramos de siempre. Y he pensado que, de golpe, todo había encajado de una forma extraña y cómoda.
Que me venía bien verlo así, hablando con mis vecinos, soltándose, siendo normal.
Que conocer a Matteo en este contexto decía más de él que cualquier alfombra roja.
Cris nos ha dicho que nos sentáramos en el salón, que ya estaba todo preparado, pero mi compi se le ha adelantado.
—Te ayudo a sacar lo que falte.
Y sin esperar respuesta, ha entrado con ella en la cocina.
El anfitrión, mientras tanto, se ha acercado a una esquina del salón donde tienen un tocadiscos precioso, de madera oscura, y ha puesto un disco de blues.
El sonido ha empezado a llenar el espacio a un volumen justo, el necesario para acompañar sin imponerse, para poder hablar sin levantar la voz.
Todo en esa casa funciona así: sin estridencias.
Desde la cocina ha salido mi vecina cargando una olla grande de sopa con fideos, humeante, que ha dejado en el centro de la mesa sobre un salvamanteles.
Detrás ha aparecido Matteo con una bandeja enorme.
—No me puedo creer que vaya a comer cocido —ha dicho mientras la dejaba en una esquina de la mesa.
Ha añadido, casi como una anécdota lanzada al aire, que de pequeño sus padres lo trajeron a Madrid y que probaron este plato típico. Que le flipó. Que siempre ha sido de buen comer, aunque de mayor haya tenido que estar controlándose constantemente.
Eso me ha pinchado por dentro. También sabe lo que es controlarse, lo que es vigilar el cuerpo, lo que es encajar. No lo había pensado hasta ese momento y el nudo se me ha subido a la garganta sin avisar.
Hooper ha intervenido con naturalidad.
—Cuando invitamos a alguien solemos hacer esto —ha dicho—. Sabemos que no falla. Y desde que vivimos en la capital se ha convertido en nuestra comida favorita.
Nos hemos sentado por fin. Cris ha sonreído al verme.
—He sacado todo a la vez —ha explicado—, porque a Siena le gusta mezclar la sopa de fideos con el resto del condumio del cocido, en lugar de tomarlo por separado.
—¿En serio? —ha preguntado, interesado—. Pues yo lo quiero probar así.
Y sin más, con total confianza, nos ha servido a los dos: primero sopa bien caliente y, encima, patata, zanahoria, garbanzos, un poco de carne. Todo junto, sin miedo.
Moretti ha mirado entonces la mesa con curiosidad.
—¿Y esto? —ha preguntado, señalando un plato pequeño con guindillas verdes, cebolleta picada y un cuenco con un líquido rojizo.
—Eso es imprescindible —le he dicho—. En Madrid el cocido se acompaña así.
Le he explicado que las guindillas son para darle un punto picante si te atreves, que la cebolleta aporta frescor y que ese «moje» es una salsa sencilla pero potente: aceite, vinagre, pimentón y, a veces, un poco de comino o ajo.
Se mezcla al gusto o se prueba aparte, para levantar el plato y hacerlo más castizo.
—Es como darle carácter —he añadido—. El cocido es contundente, pero esto lo despierta.
—Me gusta cómo lo explicas —ha dicho—. Se nota que sabes de lo que hablas.
Me he quedado mirando el plato unos segundos de más.
No tantos como para que se note, pero los suficientes como para que por dentro todo empiece a hacer ruido.
Está lleno. No lleno de comida, sino de cosas que no se ven: expectativas, preguntas que nadie hace, miradas que imagino aunque no estén ahí.
Cojo la cuchara y la apoyo en el borde, como si necesitara sentir su peso antes de usarla.
Remuevo la sopa despacio. Los fideos se desplazan de un lado a otro y ese gesto me da tiempo.
Siempre necesito tiempo. Pienso en el orden, porque siempre hay un orden.
Empiezo por lo que mi cabeza considera menos peligroso.
Parto una patata con la cuchara y separo un trocito ridículo.
Me lo llevo a la boca. No porque tenga hambre, sino porque sé que alguien podría estar mirando. Porque ese primer gesto es importante.
Mastico y no disfruto. Evalúo. El sabor está ahí, claro que está ahí, y es bueno, pero llega acompañado de una culpa anticipada que me aprieta el pecho antes incluso de tragar. Cuando lo hago, noto el recorrido del alimento como si fuera un error que ya no puedo deshacer.
Sonrío. Asiento. Contesto cuando me hablan. Parezco presente, pero no lo estoy del todo. La mitad de mí está atrapada en el plato.
No me sirvo más. No acerco el plato. Al contrario, lo empujo un centímetro hacia delante, como si así pudiera alejarlo de mí. Bebo agua. Mucha. El agua me da pausas, excusas, una forma de parar sin que se note. Me digo que con esto basta. Me digo muchas cosas.
Pienso en cómo me veo desde fuera, en si parece natural, si estoy comiendo «lo suficiente», si alguien se dará cuenta de que esquivo la carne, si Matteo lo notará, si Cris ya lo sabe, si Hooper está mirando. Todo eso pasa por mi cabeza mientras sonrío y escucho.
Cada bocado es una negociación interna.
Este sí. Este no. Con este ya vale. Luego paro.
El cuerpo está tenso, rígido. Comer no es algo físico, es mental. El estómago no decide nada, lo hace la cabeza. Y mi cabeza no se sienta a la mesa: se queda de pie, vigilando.
Cuando dicen que el cocido está increíble, lo digo yo también, con entusiasmo incluso. Y no miento; lo está. El problema no es el sabor. El problema es permitírmelo.
Siento calor en la cara. No sé si por la sopa o por la ansiedad. El corazón me late un poco más rápido y tengo la sensación absurda de ocupar demasiado espacio, incluso sentada y callada.
Desde fuera parezco una mujer comiendo con amigos, normal, integrada, tranquila. Desde dentro estoy sosteniendo una pelea silenciosa para no levantarme de la mesa sintiéndome culpable. Para no dejar que el miedo gane. Para no desaparecer.
Y nadie lo ve, pero yo sí, y cansa. Muchísimo.
El timbre del piso ha sonado de repente y Cris se ha levantado de un salto.