Fuimos un error de guion 11
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Me he despertado con el gato pegado a la boca, respirándome en la cara como si fuera la cosa más natural del mundo. He tardado unos segundos en entender dónde estaba y qué día era. Día libre; eso lo he sabido enseguida. De esos en los que el cuerpo pide no moverse, no decidir, no existir demasiado.

​ No he tenido ninguna intención de levantarme hasta que el móvil ha vibrado sobre la mesilla.

​ Un mensaje de Cris.

​ « No te olvides de que hoy comemos juntos. A las dos subes. 💛»

​ He resoplado sin poder evitarlo. Cualquier palabra que incluya comer o cenar acompañada de gente consigue descomponerme el cuerpo por dentro.

No es miedo, es anticipación. Es cálculo.

He sabido de inmediato cómo iba a funcionar el día: no iba a desayunar nada para poder picotear algo delante de ellos sin que parezca raro.

El equilibrio absurdo al que me he acostumbrado.

​ Me he levantado al final y me he metido en la ducha con agua caliente; demasiado caliente.

Me he lavado el pelo y lo he dejado mojado, sin secarlo, sin ganas de enfrentarme a un espejo más tiempo del necesario.

Luego me he sentado en el sofá con una camiseta amplia y he notado cómo Ringo se colocaba cerca de mí, atento, preparado.

​ He cogido el ukelele casi sin pensarlo.

Lo tenía apoyado junto al sillón. He apoyado el móvil, he encuadrado sin demasiada precisión y he empezado a tocar Blackbird , de los Beatles.

Siempre vuelvo a esa canción, porque habla de aprender a volar con las alas rotas, porque es íntima y no necesita adornos.

Porque hay días en los que solo me sale cantar así, bajito, como si no quisiera molestar a nadie.

​ Cuando he terminado, he revisado el vídeo apenas unos segundos y lo he subido a mis redes. Es algo que hago de vez en cuando. Prefiero esto a fingir una vida de lujo que tampoco va conmigo. Un ukelele, una canción, un momento real. Me siento más yo ahí que en cualquier alfombra roja.

​ Los mensajes han empezado a llegar casi enseguida. Corazones, comentarios bonitos, gente agradeciendo la canción. No los he leído todos, nunca lo hago, pero me ha servido para centrarme un poco.

​ He dejado el ukelele a un lado y he mirado el reloj. Aún quedaba tiempo para ir a casa de Cris y Hooper. Demasiado tiempo para pensar. He respirado hondo.

​ Un día libre. ​ Una comida. ​ Y yo intentando que todo no se me haga cuesta arriba antes siquiera de empezar.

​ Mientras dejaba el móvil sobre el sofá, me ha vuelto a la cabeza lo que Matteo me dijo anoche. He cogido el móvil otra vez y le he escrito.

​ Siena: ​ Gracias por sacarme del cine ayer, por el paseo, por la pizza, pero sobre todo por lo de Ringo.

​ Los tres puntitos han aparecido casi al instante.

​ Matteo: ​ ¿Ves? Día libre y ya me escribes. ​ ¿Qué tal lo llevas? ¿Has descansado? ​ Y no me vuelvas a dar las gracias por lo del gato.

​ He fruncido el ceño, medio sonriendo. Ese tono suyo, como si lo importante no lo fuera. Antes de que pudiera contestar, ha llegado otro mensaje. Un enlace a una canción.

​ Matteo: ​ Ob-La-Di, Ob-La-Da ​ Por cierto… no sabía que cantabas tan bien. ​ He visto tus vídeos en redes. ​ Mi ha fatto impazzire.

​ He soltado una risa pequeña, de esas que salen solas, sentada en el sofá con el pelo mojado y Ringo mirándome como si estuviera juzgando la conversación.

​ Siena: ​ ¿Y esa canción?

​ La respuesta ha llegado rápida, casi entusiasmada.

​ Matteo: ​ Porque es alegre. ​ Porque es vida. ​ Y porque deberíamos ensayarla juntos y subir un vídeo.

​ He abierto mucho los ojos.

​ Siena: ​ 😂😂😂 no te flipes.

​ Le he mandado un audio, riéndome mientras hablaba, diciéndole que se estaba viniendo muy arriba, que eso no iba a pasar, que estaba loco si pensaba que yo iba a hacer un dúo improvisado con él.

​ Ha contestado sin perder el ritmo.

​ Matteo: ​ La gente se volvería loca. ​ Pero en plan gracioso. ​ Sin tomárnoslo en serio.

​ He apoyado la espalda en el sofá, pensativa y sin saber muy bien por qué, he escrito lo que de verdad me rondaba la cabeza.

​ Siena: ​ ¿Es que tú quieres tener la vida que describe la canción?

​ He enviado el mensaje y he dejado el móvil boca arriba sobre la mesa. Los segundos han empezado a estirarse de una forma incómoda.

​ Nada.

​ Ni los puntitos. ​ Ni una broma. ​ Ni una huida elegante.

​ He notado cómo la rabia me subía despacio, mezclada con esa sensación tan conocida de haber dicho algo de más. He cogido el móvil otra vez, lo he mirado como si pudiera obligarlo a responder.

​ Nada.

​ He murmurado un genial en voz baja.

​ Ringo se ha movido a mi lado, reclamando atención, y le he pasado la mano por encima casi con brusquedad, intentando descargar algo de lo que se me estaba acumulando dentro.

​ Me he levantado, me he vestido con ropa deportiva y he salido de casa casi sin pensarlo. Airear la cabeza me viene bien, siempre y cuando no me paren a cada paso que doy. Así que gorra puesta, gafas de vista grandotas y a intentar pasar desapercibida, aunque ya sé que eso es relativo.

​ He caminado sin prisa, dejando que el cuerpo marcara el ritmo, hasta llegar a Gran Vía, y desde ahí he seguido en dirección a la Puerta de Alcalá.

Madrid estaba rara, de ese gris indefinido tan suyo, con el cielo encapotado pero sin lluvia.

Uno de esos días en los que parece que la ciudad va a estallar en tormenta y luego no pasa nada. Mordor versión castiza.

​ He entrado al Retiro y, cuando he encontrado un banco libre, me he sentado. He respirado hondo. Sin música ni móvil. Solo aire entrando y saliendo, intentando que la cabeza bajara una marcha.

​ El día se ha ido nublando un poco más mientras yo seguía allí, quieta, con la sensación de que por fin no tenía que ser nadie durante unos minutos.

​ En un momento dado he notado que alguien se sentaba en el mismo banco. He tensado el cuerpo al instante. No he querido mirar. Si no miraba, quizá no me reconocería. Quizá podría pasar desapercibida incluso sentada al lado de un desconocido.

​ Hasta que he oído su voz.

​ —Ya es casualidad que, con lo grande que es Madrid, te tenga que encontrar aquí.

​ He cerrado los ojos un segundo por puro reflejo.

​ ¡Maldita sea!

​ He girado la cabeza despacio y allí estaba Matteo Moretti, sentado a mi lado como si fuera lo más normal del mundo, en plan deportista con sudor a raudales, el pelo mojado pegado a la frente, pantalones cortos azul marino y una camiseta blanca empapada que se le ajustaba sin piedad al pecho.

A sus pectorales. Así, en plural, porque aquello no era justo.

​ Un dios italiano sudoroso y asquerosamente perfecto.

​ —¿Me estás siguiendo?

​ Ha sonreído, mientras apoyaba los antebrazos en las rodillas, todavía respirando agitado.

​ —He venido a correr —ha dicho—. Te lo juro. El banco ha sido casualidad.

​ Lo he mirado de arriba abajo con descaro, ya sin fingir.

​ —Esto no es normal —he murmurado.

​ —¿El qué?

​ —Que incluso sudando parezcas una campaña de ropa interior.

​ Ha soltado una carcajada limpia, de esas que no piden permiso, y se ha dejado caer hacia atrás en el banco.

​ — Buongiorno —ha añadido entonces, mirándome de lado—. Veo que también has decidido huir del mundo.

​ He apretado los labios, intentando no sonreír.

​ —Solo estaba respirando —he dicho—. No tenía planes de encontrarme contigo.

​ —Yo tampoco —ha respondido—, pero mira.

​ Nos hemos quedado en silencio unos segundos, mirando al frente, al Retiro que empezaba a llenarse poco a poco, con el cielo cada vez más oscuro encima.

​ Y he tenido la sensación incómoda y extraña de que, incluso en mis intentos de desaparecer, Matteo seguía apareciendo justo donde yo bajaba la guardia.

​ He cogido el bolso de golpe y he empezado a sacar cosas sin ningún orden, como si se me hubiera ido la cabeza. El móvil, las llaves, un bálsamo labial, unos auriculares enredados. Todo ha acabado sobre el banco.

​ Él me ha mirado desconcertado.

​ —¿Qué haces?

​ —Buscar un localizador —he dicho, sin levantar la vista—. Seguro que Sasha me ha puesto uno y te ha avisado para que surja este encuentro «casual».

​ He levantado la mirada justo a tiempo para ver cómo se le dibujaba una sonrisa enorme, de esas que no puede ni quiere disimular.

​ —Te juro que ha sido casualidad —ha dicho—. De verdad.

​ He bufado.

​ —No me lo creo.

​ —Bajo poquísimo a esta zona —ha seguido, señalando alrededor—, pero hoy tenía el día libre y mucho tiempo. He bajado corriendo, he dado la vuelta y ahora subo hacia casa.

​ Lo he mirado como si me estuviera contando una película de ciencia ficción.

​ —Tu casa está lejos —he dicho.

​ —Y he corrido tres maratones. Tres. Cuarenta y dos kilómetros cada una.

​ Ha encogido los hombros, quitándole importancia.

​ —Para mí, esto no es tanto.

​ He cerrado el bolso despacio, después de meterlo todo dentro y he negado con la cabeza.

​ —Estás fatal —he dicho.

​ —Tú eres muy desconfiada —ha respondido, todavía sonriendo.

​ Un par de chicas adolescentes han pasado por delante de nosotros y, en cuanto nos han reconocido, se han empezado a dar codazos entre ellas, nerviosas, poniéndose rojas como un tomate.

Han fingido seguir caminando, pero no han avanzado ni diez metros.

Al final, una de ellas —la que llevaba una chaqueta azul— se ha armado de valor, ha dado media vuelta y se ha acercado.

​ —Perdonad… —ha dicho, con la voz temblorosa—. ¿Nos podemos hacer una foto con vosotros?

​ Moretti se ha levantado encantado, como si no fuera sudado y aquello fuera la cosa más natural del mundo. A mí me ha costado un poco más. He dudado, he mirado alrededor, he pensado en la gorra, en las gafas, en el intento fallido de pasar desapercibida; pero ya era tarde.

​ Nos hemos juntado los cuatro y mi compi ha estirado su brazo largo y musculado para hacerse un selfie. En cuanto ha encuadrado, las chicas se han puesto todavía más rojas, si eso era posible, y han sonreído como si acabaran de ganar un premio.

​ —Gracias, gracias, gracias —han dicho casi a coro antes de marcharse, medio saltando, sin dejar de mirarnos.

​ Cuando se han alejado, ya no me he vuelto a sentar en el banco. Me he quedado de pie, cruzándome de brazos.

​ —Si esto no estaba preparado —le he dicho—, no me lo creo.

​ Matteo ha levantado las manos, en gesto de rendición.

​ —Te juro que no lo estaba.

​ He arqueado una ceja.

​ —Ya.

​ —Pero —ha añadido, con una sonrisa ladeada— las dos jefas estarán felices de que haya pasado así.

​ No ha hecho falta que aclarara a quién se refería. Sasha y Ludovica han aparecido en mi cabeza como dos sombras satisfechas, brindando mentalmente por el timing perfecto, y he resoplado.

​ —Genial —he murmurado—. Mordor, adolescentes emocionadas y marketing involuntario.

​ Matteo se ha reído.

​ —Admítelo —ha dicho—. El banco del Retiro ha tenido su magia.

​ Lo he mirado de reojo, negando con la cabeza, y he pensado que, casual o no, aquel encuentro ya estaba escrito. Y nosotros, una vez más, solo habíamos hecho de figurantes en una historia que no controlábamos del todo.

​ Me ha mirado un segundo, todavía con la sonrisa medio puesta, y me ha preguntado cuál era el plan para mi día libre, aunque ya se hubiera ido media jornada.

​ No le he contestado. Me he dado la vuelta y he empezado a andar.

​ —¿En serio? —ha dicho a mi espalda—. ¿No me vas a contestar?

​ —Estoy haciendo lo mismo que tú con mi mensaje —le he soltado sin girarme.

​ He oído su risa antes de que llegara a mi lado, esa risa franca que no se disculpa del todo, pero que tampoco se esconde.

​ —Mamma mía… qué cojonuda eres, Siena. Perdóname —ha dicho—. Estaba ya en la calle y con la música que me pongo para correr no había leído tu mensaje.

​ Se ha parado un segundo, ha sacado el teléfono y ha escrito algo. Justo después, me ha vibrado el móvil en la mano. Lo he mirado con desconfianza.

​ —Léelo —me ha dicho, señalando con la barbilla—.     Avanti, fallo.

​ He bajado la vista a la pantalla.

​ Matteo: ​ Algún día tendré una vida así…

​ He levantado la cabeza despacio.

​ —¿Contenta? —me ha preguntado.

​ He bloqueado el móvil y me lo he guardado en el bolsillo.

​ —Eres muy infantil.

​ No ha contestado. Me ha seguido en silencio hasta una de las puertas que daban a la calle Alcalá. Allí se ha detenido, ha hecho una pequeña reverencia exagerada y ha dicho, con tono teatral:

​ —Señorita Luján, un piacere . Sigo mi camino.

​ Ha dado medio paso atrás y ahí, sin saber muy bien por qué, me ha sabido mal. He bajado la guardia un poco; solo un poco.

​ —¿Y tú qué vas a hacer? —le he preguntado—. Aparte de correr.

​ Se ha girado, sorprendido.

​ —Estoy esperando a que me contestes tú antes —ha dicho.

​ He soltado una carcajada.

​ —Eres un pedorro.

​ —¿Un qué? —ha preguntado, frunciendo el ceño—. ¿Un pedorro?

​ —Significa… bueno, que eres un poco bobo —he dicho, divertida—. Con cariño.

​ Antes de que pudiera replicar, he seguido hablando.

​ —Tengo comida en casa de mis vecinos. Cris y Hooper. El que bajó el otro día cuando te provocó la alergia el gato.

​ He dudado un segundo.

​ —Hooper me comentó que te invitara… pero entiendo que siendo tu día libre querrás hacer otras cosas.

​ Ha negado con la cabeza.

​ —No tengo nada que hacer. He salido a correr porque en casa me estaba agobiando.

​ Lo he mirado fijamente.

​ —Pues sabes dónde vivo. A las dos, allí.

​ Y me he dado la vuelta en dirección a la Puerta de Alcalá, caminando rápido. Más rápido de lo necesario. Porque yo lo sé. Sé que cuanto más rápido ando, más calorías quemo. Y hay cosas que mi cuerpo no olvida, por mucho que yo quiera fingir que sí.