10 #2
He sentido que el mundo se detenía.
Me he quedado parada en mitad de la calle, con las luces que se reflejaban en los adoquines y la pizza enfriándose entre mis dedos. No me lo esperaba. En absoluto. La sorpresa ha sido tan grande que me ha dejado sin reacción durante unos segundos.
—¿Tú… has hecho eso? —he preguntado al fin, casi en un susurro.
—Sí —ha respondido, sin dramatizar—. Me parecía lo lógico.
He notado cómo algo se me aflojaba por dentro.
Como si un nudo antiguo, de esos que ni siquiera sabes cuándo se formaron, empezara a deshacerse poco a poco.
Me ha sorprendido. Y, por primera vez en mucho tiempo, puedo decir que ha sido para bien.
Porque era la primera vez que alguien hacía algo así por mí sin pedírmelo, sin usarlo como moneda de cambio, sin imponérmelo después como una condición.
La primera vez que sentía, de verdad, que alguien había actuado a mi favor.
—No sé qué decir —he confesado.
Matteo ha sonreído, suave, y ha insistido en que, aunque solo fuera un bocado, comiera; que no me iba a arrepentir. Y, ¿cómo no iba a hacerlo?, si el mismo hombre que me lo estaba suplicando acababa de decirme que había movido su mundo para que Ringo formara parte de esta historia inventada.
He dado el bocado y me ha sabido a gloria, de verdad. He cerrado los ojos un segundo, disfrutándolo, sorprendida por lo bien que me sentaba, por lo fácil que había sido al final. Después ha venido otro bocado y luego otro, y cuando me he querido dar cuenta, me había comido la porción entera.
Hemos seguido caminando, ya sin prisa, hasta llegar a la puerta de mi casa. Allí me he detenido y lo he mirado con una mezcla de gratitud y cansancio dulce. Le he dado un abrazo; se lo merecía.
—Gracias —le he dicho—. Por todo.
Se ha quedado un segundo más de lo normal, pero sin invadir.
—¿Te pido un Uber y subes mientras llega? —le he preguntado.
Ha negado con la cabeza.
—No. Me apetece andar un poquito hasta casa.
—¿Dónde vives? —he preguntado entonces—. No te lo había preguntado antes.
—En el barrio Tetuán, cerca de la parada de metro Alvarado.
He soltado una carcajada espontánea.
—No puede ser.
He recordado la conversación con Torres en el coche hace unos días. Había hablado del barrio, de anécdotas, de rutinas… y no había mencionado que era el suyo. Me ha hecho gracia. Mucha.
Él ha sonreído.
—Si quieres saber más cosas de mí, pregunta.
Y se ha dado media vuelta, dejándome con esa frase flotando en el aire.
—Disfruta de los dos días libres —me ha dicho sin girarse.
—Vas a llegar reventado a tu casa si subes andando. Píllate un taxi en Gran Vía, anda.
—Gracias por cuidarme, señorita Luján.
He subido con una sensación rara, difícil de nombrar.
Me había encantado ese rato con él, de verdad.
Me había sentido comprendida, acompañada, menos sola.
Es el único que estaba dentro de esta locura conmigo, mirándola desde el mismo sitio.
Pero en cuanto he cerrado la puerta, todo eso se ha evaporado.
El primer pensamiento no ha sido bonito ni agradecido; ha sido urgente, práctico, violento. Quitarme el puñetero vestido, respirar y luego… lo que tocaba.
Lo he vuelto a hacer.
Y lo peor es que juro que no quería.
Juro que lo he intentado evitar.
He intentado distraerme, pensar en la noche, en su risa, en cómo me ha hablado de las vacunas, en el gesto tan grande que ha hecho por Ringo.
He intentado agarrarme a eso como quien se agarra a una barandilla antes de caer.
Pero mi cuerpo ya iba solo y mi cabeza se ha unido a él, no para salvarme, sino para atacarme.
Ese es el momento más aterrador: cuando dejan de ser dos enemigos distintos y se convierten en un solo bloque contra ti.
He sentido cómo la culpa empezaba a crecer, rápida, voraz. Esa voz conocida, afilada, que no grita, que susurra. Has perdido el control. Te has dejado llevar. Sabías que no había vuelta atrás en el primer bocado.
Y es verdad. Yo lo sabía. En el mismo instante en que le he dado ese primer mordisco a la pizza, algo dentro de mí ha dicho: ya está .
He odiado ese momento. He odiado su dulzura, su insistencia suave, lo bien que me ha sabido.
He odiado haberme sentido cuidada, porque eso me ha hecho bajar la guardia.
Me he visto de nuevo en el baño, de rodillas, con el cuerpo tenso y la cabeza completamente desconectada de cualquier emoción que no fuera el pánico. Era una necesidad enfermiza de borrar, de deshacer, de expulsar aquello que sentía como una amenaza dentro de mí.
La pizza que a Matteo le había parecido increíble. La pizza que a mí también me había sabido a gloria.
Pero no podía permitir que siguiera ahí, sobre todo ahora que las puertas de Italia también están abiertas.
Porque así funciona esto: no pienso en comida, pienso en castigo, en control, en futuro, en cifras invisibles que solo existen en mi cabeza. Pienso en si dejo esto aquí, mañana será peor. Pienso en no merezco disfrutar. Pienso en no soy como las demás. Pienso en tengo que compensar.
Es una voz que no razona, que no escucha, que no entiende gestos de amor ni promesas. Una voz que convierte un momento bonito en una traición. Que te convence de que el error no ha sido lo que haces ahora, sino haber confiado antes.
Cuando todo ha terminado, no ha habido alivio. Nunca lo hay del todo. Solo vacío, asco y cansancio. Y una tristeza espesa que se queda pegada al cuerpo como el maquillaje que no termina de irse.
Me he mirado al espejo y he pensado que hay algo profundamente roto en mí. Que puedo caber en todas las casas, en todos los corazones, en todas las pantallas… y no ser capaz de dejar que una pizza se quede dentro de mi cuerpo sin sentir que estoy fallando.
Estaba en ropa interior y, de manera instintiva, he dado dos pasos hacia atrás para verme de cuerpo entero en el espejo.
He girado primero hacia un lado y luego hacia el otro, como si buscara una prueba irrefutable de algo que ya había decidido antes de mirar.
He pellizcado el abdomen. He notado un poco más de carne entre los dedos y mi cabeza no ha tardado ni un segundo en dictar sentencia.
Creo que estos días de rodaje he comido de más; se nota . Eso es lo que me he dicho.
El asco ha llegado rápido, violento, sin matices, y lo peor no ha sido sentirlo, sino no poder controlarlo.
No poder parar. He querido dejar de mirarme, pero no he sido capaz.
Mi respiración se ha acelerado, el corazón se me ha subido a la garganta como si alguien me estuviera apretando desde dentro, y mi mente ha empezado a castigarme con una precisión cruel.
Eres estúpida. Sabías que no tenías que comer esas mierdas. Siempre igual.
La culpa seguía ahí, intacta, aunque ya no quedara nada. Esa es una de las trampas más perversas: da igual lo que hagas después, la culpa no se va. Se instala, te observa y te juzga. Esto es una auténtica mierda.
La rabia ha sido tan intensa que he arrancado el sujetador sin pensarlo y lo he roto, como si fuera el culpable de todo.
He salido del baño y me he ido directa a la habitación.
Me he lanzado contra los cojines, uno tras otro, golpeándolos, tirándolos al suelo, descargando en ellos toda la furia que no sé dónde meter.
No era tristeza, era ira. Contra mí, contra mi cuerpo, contra esta cárcel invisible que nunca se abre del todo.
Mientras respiraba mal, agitada, con las manos que me temblaban, una idea ha empezado a repetirse por encima del ruido.
Si no soy capaz de controlar esto… ¿cómo voy a controlar que mi vida se abra paso en otro país?
Italia ya no es una idea lejana, ya no es un «algún día».
Está ahí, acechando, abriendo puertas que me dan tanto vértigo como ilusión.
Y yo, aquí, peleándome con un espejo, con un trozo de piel, con una voz que no se calla nunca.
Hay momentos en los que siento que puedo con todo, que el mundo es mío y otros, como este, en los que no soy capaz ni de convivir conmigo misma. Esta noche ha sido uno de esos y me jode admitirlo.
Ringo se ha enroscado sobre mí casi sin que me diera cuenta.
He dejado los cojines en el suelo y lo he abrazado como si fuera lo único sólido en la habitación.
Es mi ancla; siempre lo ha sido. Sabe exactamente cuándo necesito frenar el mundo, cuándo todo va demasiado rápido dentro de mí.
Aparece en ese mismo instante y consigue que el stop sea real, tangible y posible.
Mientras le acariciaba el lomo, me he agobiado al pensar en cómo voy a gestionar todo esto conviviendo con Matteo.
La idea me aprieta el pecho. Va a ser horrible, lo sé.
Pero también sé que ya lo he hecho antes.
Igual que conseguí esconderlo con Romeo, lo haré con el italiano.
Me repito eso como un mantra, aunque una parte de mí sabe que esconderse cansa, que desgasta, que siempre pasa factura.
Cuando por fin me he calmado un poco, he cogido la libreta que tenía más a mano. No siempre escribo, pero cuando lo hago, algo se ordena. Poner palabras a lo que siento, a lo que vivo, a lo que me quita la vida, me ayuda a no sentirme tan desbordada, tan sola dentro de mi propia cabeza.
He escrito despacio, sin pensar demasiado.
He dejado que saliera lo que tuviera que salir y, a pesar de todo, algo bueno me llevo de hoy; algo que me aferra.
Ringo seguirá siendo tierra firme bajo mis pies cuando todo lo demás se mueva, cuando vivamos en la otra casa, incluso acompañados de ese supermodelo —ahora actor— que ha decidido mover su mundo para que el mío no se rompa del todo.