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La película ha terminado entre aplausos largos, densos, de esos que no saben muy bien cuándo detenerse.
Las luces se han encendido poco a poco y, durante unos segundos, nadie se ha movido.
Todos hemos necesitado volver a este lado de la pantalla con cuidado.
Luego ha ocurrido lo de siempre: los actores han subido a un escenario improvisado frente a la gran pantalla, colocados casi en fila, todavía con la emoción pegada al cuerpo, y el director ha tomado la palabra.
Ha dado las gracias por la asistencia, por el apoyo y por la fe en el proyecto.
Ha hablado de meses de trabajo, de noches sin dormir, de un equipo entregado.
Los actores han ido comentando sus experiencias, uno a uno, con anécdotas que hacían sonreír al público, y nosotros hemos aplaudido a cada intervención, a cada nombre y a cada gesto.
Este mundo se nutre del aplauso. Lo sé bien. Es casi un idioma aparte, uno que se aprende a golpes y que nunca terminas de dominar. Un idioma que puede elevarte y darte alegrías inmensas o bajarte de golpe y hundirte en la miseria más absoluta. No hay término medio. O te sostiene o te deja caer.
Mientras aplaudía, no he podido evitar pensar en el teatro.
En ese momento concreto de salir a saludar, cuando el telón se abre y tienes que enfrentarte al público de verdad, sin personaje, sin texto, sin protección.
Siempre se me ha encogido el corazón ahí.
Siempre. Porque, justo entonces, pienso en que no he estado a la altura, en que he decepcionado, en que esperan algo de mí que no sé dar.
Luego llegan las críticas, las buenas palabras, los elogios, pero incluso así no termino de entenderlo.
No termino de entender cómo una chica con este color de pelo puede ser tan querida y tan deseada.
En el colegio se reían de mí. Cuando iba, claro, porque trabajé mucho desde niña en series y películas y muchas veces ni siquiera estaba.
Me hacían la vida imposible, me decían cosas, me señalaban.
Hasta que un día di el campanazo en una serie familiar y, de pronto, esas mismas que se reían empezaron a invitarme a sus cumpleaños, a sus casas, a sus planes.
El cambio fue tan brusco que todavía hoy me resulta difícil de asimilar.
Desde entonces quepo en todas las casas y, aparentemente, en todos los corazones de los españoles.
Estoy en sus salones, en sus pantallas, en sus conversaciones y, aun así, no soy capaz de integrarlo del todo.
Algo dentro de mí sigue gritando que soy rara, que no soy como el resto, que no merezco formar parte de esto.
Como si todo pudiera desaparecer en cualquier momento y yo tuviera que pedir perdón por haber estado aquí.
He seguido aplaudiendo como se aplaude en este mundo: con entusiasmo y entrega. Por fuera todo estaba bien, pero por dentro, esa voz seguía ahí, recordándome que, por mucho que me quieran, todavía no he aprendido a quererme yo dentro de todo esto.
Cuando nos hemos levantado, hemos salido al exterior de la sala y el catering ya estaba servido.
Bandejas impecables, camareros circulando con precisión y canapés que parecían pequeñas obras de arte.
El equipo de la serie nos hemos quedado juntos, formando ese corro cómodo de complicidad que se crea cuando compartes demasiadas horas de rodaje y silencios.
Sasha y Ludovica estaban cerca, pero no con nosotros. Hablaban con peces gordos, con sonrisas calculadas y cuerpos ligeramente inclinados hacia delante, como si cada palabra pudiera convertirse en una oportunidad. Es lo que les gusta, lo que se les da bien.
Lora de la Hera, una de las actrices secundarias, ha comentado lo buenos que estaban los canapés mientras cogía otro con naturalidad.
—Están increíbles —ha dicho—. De verdad.
Yo he sonreído, pero no me he visto capaz de probarlos.
El vestido me apretaba sin piedad, como si no admitiera ni un alfiler más en el estómago.
Es una de esas cosas que tienes que aguantar en este tipo de eventos: corsés modernos que aprietan como en la antigüedad, zapatos que te muerden constantemente, la imposibilidad práctica de ir al baño porque bajarte las medias y sujetar el resto del vestido se convierte en una misión imposible.
Al final te acostumbras, o eso te dices.
Matteo se ha dado cuenta enseguida.
—¿No tienes hambre? —me ha preguntado en voz baja, mirándome con atención.
—El vestido no me da tregua para meter nada en el estómago —le he respondido—. Comeré algo en casa.
Ha fruncido el ceño un segundo, pensativo.
—Podemos irnos —ha propuesto—. Pillamos una porción de pizza de camino y listo.
He sentido el alivio de la idea de salir de allí, pero la pizza no me apetecía nada y me ha dado hasta reparo decírselo.
—No me apetece mucho… —he empezado.
—Vale —ha dicho enseguida—. Entonces un kebab.
He puesto cara de asco sin poder evitarlo.
Matteo ha soltado una carcajada, de esas limpias que desarman cualquier tensión.
—Está bien, está bien —ha dicho—. Nada de kebab.
Me ha agarrado de la mano sin pedir permiso y, antes de que pudiera pensarlo demasiado, ya me estaba sacando de allí. Mientras caminábamos hacia la salida trasera, he visto de reojo a Sasha y a Ludovica, sonrientes, encantadas con lo que estaban viendo. La escena perfecta. Ellas felices.
Hemos salido por la puerta de atrás, esquivando miradas y cámaras, y el aire de la noche me ha parecido distinto, más ligero.
—Aunque estemos jugando —ha dicho Matteo, bajando la voz—, me incomoda sentirme perseguido todo el tiempo.
—A mí también —le he confesado—. Incluso cuando se supone que lo tengo controlado.
Nos hemos quedado un segundo en silencio, todavía cogidos de la mano, sabiendo que aquello también formaba parte del juego, pero agradeciendo, aunque solo fuera por un instante, no estar siendo observados.
Hemos callejeado por las zonas traseras de Gran Vía, de esas que parecen existir solo cuando la ciudad baja el volumen.
Ya era tarde y había poca gente, algo que ambos hemos agradecido sin decirlo en voz alta.
Mi casa no quedaba lejos de allí y he supuesto que Sasha ya habría avisado a Torres para que no me recogiera; cuando decide algo así, no suele pedir permiso.
Mientras caminábamos, Matteo me ha mirado de reojo.
—¿Qué te apetece comer ahora? —me ha preguntado.
He dudado. No por falta de hambre, sino por cansancio mental. Él ha insistido enseguida, casi con ilusión.
—Por favor, prueba unas pizzas que hay por aquí —ha dicho—. Son muy parecidas a las de mi país.
No me he negado y me he dejado llevar.
Hemos caminado unos minutos más hasta una pizzería pequeña, casi escondida, con una ventana a la calle desde la que servían porciones. Nada de lujo ni de pose. Solo olor a masa caliente y queso recién fundido.
Matteo se ha acercado al mostrador y ha pedido dos porciones.
—Una de pepperoni —ha dicho—. Y otra de la típica .
Los chicos que atendían eran italianos.
En cuanto lo han reconocido, se han mirado entre ellos con incredulidad primero y con una sonrisa enorme después.
Han empezado a hablarle en italiano, rápidos, emocionados, agradecidos de que el modelo confiara en sus pizzas.
Al final, nos han invitado, casi orgullosos, como si aquello fuera un pequeño triunfo personal.
Matteo ha cogido las porciones y me ha ofrecido una.
—Toma.
He sonreído, no solo por la pizza, sino por la escena que acababa de presenciar. Por lo sencillo que había sido todo.
—Coge también la otra —me ha dicho de repente—. Un segundo, por favor.
Mientras hablaba, se ha desabrochado otro botón de la camisa.
—Estaba agobiado —ha añadido, como si necesitara justificarse.
He visto cómo asomaba su pecho, apenas tenía vello, a pesar de lo moreno que es. La piel estaba limpia y firme, y sin darme cuenta, me he quedado mirándolo un segundo de más. Él me ha pillado.
—Te he visto —ha dicho, divertido.
—Soy mujer —le he respondido sin esconderme—. Es inevitable fijarse en esas cosas. Estás de muy buen ver.
Ha soltado una risa baja, encantado, y hemos seguido caminando con las porciones en la mano.
Hemos paseado por calles adoquinadas, por rincones escondidos de Madrid, ajenos al ruido y a las expectativas. La noche era amable y no he sentido que estuviéramos actuando. Solo éramos dos personas perdiéndose un poco a propósito.
Matteo ha bajado un poco el ritmo. Yo lo he notado enseguida.
—Oye —ha dicho, tras unos segundos—. Quería hablar contigo a solas de una cosa que me rondaba la cabeza.
Se me ha hecho un nudo en el estómago al instante.
Automático. Casi reflejo. Cada vez que alguien me dice que quiere hablar conmigo, suele venir algo detrás que no he elegido yo, algo que me colocan delante como un hecho consumado.
Decisiones tomadas por otros, pérdidas, renuncias…
He sentido cómo el cuerpo se me tensaba sin pedir permiso.
Él se ha dado cuenta y también se ha dado cuenta de otra cosa.
—No has probado la pizza todavía —ha añadido, mirándome.
—Ya te he dicho que el vestido me oprime —le he respondido, algo más seca de lo que pretendía—. Y ahora más todavía. La ansiedad me está subiendo por segundos y no se me va a ir hasta que no me cuentes lo que me tienes que contar.
Se ha parado. Literalmente. Me ha mirado con una seriedad distinta a la de antes y ha bajado un poco la voz.
—Tranquila —ha dicho—. No es nada malo. Te lo prometo.
He respirado hondo, aunque no he conseguido relajarme del todo.
—Vale —he dicho—. Pues dímelo.
Ha dudado un segundo, como buscando las palabras exactas, y luego ha hablado.
—He estado dándole vueltas a lo de Ringo —ha empezado—. Mucho. Y he decidido, por mi cuenta, ir a un alergólogo.
He parpadeado, sin entender.
—¿Cómo?
—Me están preparando las vacunas —ha continuado—. Para que el gato pueda estar con nosotros cuando nos vayamos a vivir juntos.