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Han pasado varias semanas desde lo último que escribí y hoy, por fin, tengo un momento para sentarme a ordenar todo esto. Han sido días duros; duros de verdad. No solo por el rodaje, que ya de por sí ha sido una locura, sino por todo lo que se mueve alrededor y que no sale en cámara.
No he querido tener contacto con Sasha.
Me escribió hace unos días y, al leer el mensaje, sentí el mismo frío en el estómago que cuando Ludovica se lo dijo a Matteo.
Exactamente lo mismo, las mismas palabras.
No le contesté. No con la cabeza como la tengo.
Sé que eso también es una decisión, aunque no lo parezca.
Con mi compañero ha sido distinto. Menos horrible, si es que esa expresión puede usarse aquí.
Al día siguiente apareció en el rodaje con una rosa de color coral.
Coral. Me dijo que ese color le recordaba a mí.
Me desarmó. No dijo nada grandilocuente, pero en ese gesto entendí algo que hasta entonces me había negado a aceptar: él no tenía la culpa de nada.
Era un títere, igual que yo. Dos piezas movidas por manos que no se ensucian.
Rodamos en exteriores varios días seguidos.
Frío, prisas, miradas encima todo el tiempo.
Hicimos lo que pudimos para que pareciera que tonteábamos, que había ligereza, algo casi natural entre nosotros.
Es agotador fingir cuando todo el mundo espera que sea real.
Las fotos han salido esta semana en portada y el tema empieza a calentarse.
Lo noto en los titulares, en los mensajes, en la forma en que el equipo baja la voz cuando pasamos.
Ya no es solo una historia más: ahora es «el tema».
Por fin tengo un par de días libres; exactamente dos.
Y los siento como si me hubieran regalado un mes.
He estado trabajando sin parar, intensamente, y no solo dentro del rodaje, fuera también.
Cada gesto, cada aparición, cada silencio es parte del trabajo.
Llego a casa agotada, con la sensación de no haber salido nunca del set .
Esta noche parte del equipo tenemos que acudir a un estreno.
Ya me han llegado las instrucciones de Sasha, aunque no hayamos hablado directamente.
El dress code , milimétrico. Torres me recogerá y me llevará hasta Gran Vía.
Y, por supuesto, lo de siempre: miraditas con Matteo, pero manteniéndonos algo distantes.
Que parezca que nos evitamos delante de las cámaras. Confundir, siempre confundir.
Sé que me harán preguntas y sé cuáles. Estoy preparada. He ensayado respuestas delante del espejo, con la cara neutra y la sonrisa justa. «Si no puedes con el enemigo, únete a él», me repito desde esta mañana. No sé si lo hago para convencerme o para no venirme abajo.
Me he vestido despacio, como si el tiempo pudiera estirarse solo por desearlo.
Lo que me iba a poner ya estaba decidido desde esta mañana: negro, limpio, sin artificios innecesarios.
Largo hasta los tobillos, con una abertura discreta que deja ver lo justo al caminar.
La espalda, casi desnuda. Zapatos de tacón fino, también negros.
He dejado el pelo suelto, ligeramente ondulado, y he optado por un maquillaje sobrio salvo por los labios, un rojo contenido que no pide permiso. No he ido disfrazada; he ido armada.
Cuando he bajado por las escaleras del edificio, he escuchado risas antes de verlos. Cris y Hooper han entrado justo en ese momento, con Lulú tirando de la correa como si hubiera descubierto el secreto del universo en una farola.
—Madre mía… —ha dicho Cris, frenándose en seco—. ¡Siena!
Hooper me ha mirado de arriba abajo sin ningún pudor teatral.
—Confirmado —ha dictaminado—. Vas espectacular.
—Gracias —he sonreído—. Intento no parecer un cadáver elegante.
Lulú me ha olido los zapatos y ha decidido que no le doy confianza. Me ha ignorado.
—Tengo dos días libres —les he dicho, casi como si fuera una confesión—. Dos. Y quiero estar con vosotros un rato, hacer vida normal con paseos de perro incluidos.
Cris ha abierto los ojos como si acabara de anunciar que me iba a hacer monja.
—Pues mañana te vienes a comer a casa —ha dicho sin pensarlo—. Nada de cámaras, nada de guiones y comida de verdad.
—Bueno… vale. Hecho —he respondido demasiado rápido. A los segundos me he arrepentido.
—Invita a Matteo —ha añadido Hooper, con una sonrisa que no he sabido si era inocente o suicida—. Será bienvenido.
Lo he mirado de reojo.
—No sigas el juego —le he dicho, clara.
Ellos dos saben perfectamente la historia pero incluso así, han hecho como si no supieran nada. Se han quedado en silencio, educados, como si el elefante no estuviera ocupando media escalera.
—Será bueno que vuelvan a verle entrar al edificio —ha añadido él, más suave—. Para la narrativa, ya sabes.
Cris le ha dado una palmada seca en el brazo.
—No jodas más a Siena —le ha soltado—. Déjala descansar estos dos días, ¿vale?
He sonreído de lado. Y, ya que estaba, he decidido quemarlo todo un poco.
—Oye, Hooper… —he dicho, fingiendo curiosidad genuina—. ¿Es que te mola Matteo?
Él ha parpadeado.
—¿Perdón?
—Te perdono —he seguido, encantada.
Mi amiga se ha cruzado de brazos y lo ha mirado, muy seria, a la espera de la respuesta.
—A ver… —ha empezado ella, incómoda—. Cuando empezamos la relación hablamos de probar cosas nuevas.
—Ajá —ha respondido su marido.
—Y lo intentamos —ha continuado—. Pero a última hora no me veía capaz. Y no metas a Matteo en esto.
—Yo solo digo que te lo hagas mirar —he añadido—. Porque pareces un enamorado.
Cris ha cogido a Lulú en brazos, indignada.
—Me voy a casa.
—Cariño… —ha intentado seguirla Hooper.
—Ni cariño ni hostias.
Ella ha subido las escaleras refunfuñando, con la perra mirando hacia atrás como pidiendo disculpas. Hooper ha suspirado y me ha señalado con el dedo.
—Eres mala persona.
—Un poco —he admitido.
Ha salido detrás a toda prisa. Yo me he quedado sola en el portal, he respirado hondo y he salido a la calle. Torres ya me estaba esperando.
He llegado al cine de Gran Vía y las luces lo inundaban todo, las vallas marcaban el perímetro y los gritos se superponían unos a otros, pronunciando nombres con urgencia. El asfalto brillaba y la alfombra roja se extendía ante mí como una lengua larga y peligrosa.
Sasha me estaba esperando en la entrada, impecable, sonriente; actuaba como si no hubiera pasado absolutamente nada.
Me ha saludado con dos besos rápidos y ha empezado a hablarme de tiempos, de posiciones, de dónde pararme y cuándo avanzar.
Antes de que pudiera seguir, me he inclinado hacia su oído.
—Lo de Ringo no se va a quedar así —le he susurrado.
Sasha no ha reaccionado, no me ha mirado siquiera; su atención ya estaba puesta en lo que venía ahora.
—Vamos —ha dicho, directa—. Es tu momento.
Me ha tomado suavemente del antebrazo y me ha conducido hacia el centro de la alfombra roja. En cuanto he dado el primer paso, el ruido me ha envuelto por completo.
—¡Siena! —¡Siena, aquí! —¡Una sonrisa, por favor!
He respirado hondo y me he colocado en el punto exacto. He levantado ligeramente la mano con una sonrisa tranquila:
—Voy a empezar de derecha a izquierda, ¿vale? —he avisado a los fotógrafos para que se coordinaran.
Estos han asentido, recolocándose. He comenzado a girar despacio, marcando el ritmo, manteniendo la mirada firme y elegante. El murmullo ha crecido, los flashes se han vuelto casi constantes y he sentido cómo el mundo se detenía durante esos segundos.
Después me he acercado al vallado y han empezado las preguntas.
—Siena, ¿cómo llevas la repercusión de las fotos con Matteo Moretti? —¿Qué tal el rodaje? —¿Crees que él se ha adaptado bien a España?
Estaba respondiendo con naturalidad, cuidando cada palabra, cuando he sentido una mano posarse fugazmente sobre mi cintura.
Me he girado.
Matteo ha pasado muy cerca de mí y se ha dirigido hacia el centro para ser fotografiado.
Iba vestido con un traje negro perfectamente entallado, con un brillo sutil que captaba la luz, camisa blanca abierta sin corbata y el pelo peinado hacia atrás con ese descuido estudiado que lo hacía aún más peligroso.
Estaba guapo a rabiar. Y, sin darme cuenta, se me ha escapado una sonrisa tonta, inevitable.
Él me ha sonreído desde el foco.
—Mira eso —ha dicho un periodista—. Esa mirada no estaba ensayada.
—¿Habéis visto cómo se miran?
He sentido el calor subir por el cuello. No estaba preparada, aunque en realidad sí lo estaba y he sabido, con una mezcla de fastidio y lucidez, que ese instante era justo lo que el equipo quería.
—Siena —me ha llamado una periodista—, ¿qué nos puedes decir de este momento?
He sonreído, ladeando ligeramente la cabeza.
—Que está muy guapo —he dicho—. Y que sería raro que alguien no se diera cuenta.
Risas. Más flashes.
—¿Hay algo más entre vosotros?
—Estamos trabajando juntos —he respondido—, y cuando trabajas con alguien así es fácil que se note la química.
—¿Química profesional o personal?
He encogido los hombros.
—¿De verdad creéis que son cosas tan distintas?
—Entonces… ¿confirmas algo?
—No confirmo nada —he dicho—, pero tampoco voy a negar que Matteo es un hombre al que cuesta no mirar.
He notado su presencia a unos metros, correcta, medida, profesional, pero incendiaria.
Me he despedido de los periodistas con una última sonrisa y he sentido cómo él pasaba de largo sin responder a ninguna pregunta, dejándolos a todos con la boca medio abierta y la curiosidad intacta. Justo como estaba planeado. Que se quedaran con ganas. Que el misterio siguiera creciendo.
Sasha no me ha dado margen. Me ha cogido del brazo con esa mezcla de urgencia y control que la define y me ha llevado casi en volandas hacia el interior del cine.
—Dentro —me ha dicho en voz baja—. Fila siete. No te muevas de ahí.
La sala estaba a media luz, con ese murmullo previo a los grandes estrenos, una mezcla de expectativas, perfumes caros y móviles silenciados a medias.
Algunos compañeros de la serie ya estaban sentados.
Los he saludado con besos y sonrisas y he agradecido tener ese pequeño refugio de normalidad en medio del circo.
Después me he sentado donde me habían indicado.
Justo en ese momento, una sombra se ha detenido a mi lado.
—¿A mí no me saludas?
He levantado la vista y ahí estaba Moretti, mirándome con esa media sonrisa suya que parece no tomarse nada demasiado en serio y, a la vez, tomárselo todo. Lo he mirado desafiante, le he sostenido la mirada, pero me ha sido imposible aguantar la risa de medio lado.
Me he levantado despacio y le he acariciado la cara, solo ha sido un pequeño gesto, casi una provocación. Él se ha inclinado y me ha dado un beso en la mejilla, suave y cuidado.
—No quería desmaquillarte —me ha susurrado—. Estás preciosa. Y ahora entiendo todo lo que siempre había escuchado de Siena Luján. Entiendo por qué los hombres suspiran por ti.
Le he dado un pequeño manotazo en el brazo, fingiendo fastidio.
—Siéntate, anda.
Lo ha hecho, obediente, y se ha colocado a mi lado. Cuando por fin se ha acomodado, me he inclinado hacia su oído.
—No te flipes —le he susurrado—. No te tomes esto tan en serio. Con poco va la cosa.
Él ha girado ligeramente la cabeza hacia mí, lo justo para que solo yo pudiera escucharle.
—No estoy dando de más —me ha respondido—. Simplemente digo lo que siento.
Antes de que pudiera replicar, un hombre con unas gafas de pasta enormes y cuadradas, vestido con esmoquin, se ha acercado emocionado. En cuanto ha visto a Matteo, se le ha iluminado la cara.
—¡Moretti!
Este se ha levantado al instante y lo ha abrazado con cariño. El otro hombre estaba claramente embobado, hablándole de la película, tocándole el brazo, mirándolo como si tuviera delante algo extraordinario. Yo lo he observado en silencio.
Hace suspirar a hombres y mujeres por igual. Lo sé. Y él lo sabe. Me lo dijo hace unas semanas en casa. Estaba claro que un hombre así no podía pertenecer a una sola mirada, ni a una sola idea de deseo.
Cuando ha vuelto a sentarse a mi lado, la sala ya estaba casi a oscuras. He sentido su presencia magnética y he pensado que, aunque todo aquello fuera un juego, aunque nada fuera del todo real, había escenas —como esa— que hacían suspirar incluso a quien sabía perfectamente que estaba actuando.