Fuimos un error de guion 12 #3
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​ Me sabe mal. Muchísimo. Me sabe mal que tenga que esconder su condición sexual, que tenga que medir cada gesto, cada palabra. Y, para colmo, que lo hayan obligado a aparecer conmigo, a construir una narrativa que no le pertenece. Pensar en eso me encoge algo por dentro.

​ Ojalá podamos hablarlo en algún momento; de verdad.

Sin cámaras, sin mensajes, sin silencios estratégicos.

No quiero que esté incómodo conmigo. No quiero ser una carga más en una vida que ya parece bastante vigilada, porque nos queda mucho por delante y lo tendremos que hacer agarrados de la mano, aunque sea de mentira.

​ Unos minutos después, cuando ya estaba medio dormida en el sofá, he sentido ese sobresalto interno que me despierta siempre. Ese todavía no . Ese no puedes quedarte así .

​ Me he levantado de golpe.

​ Me he puesto ropa cómoda, casi sin pensar, y he empezado: flexiones, abdominales, sentadillas. En el salón, con la luz baja, sin música. Solo mi respiración y el reloj. Me duele un poco la espalda; llevo algunos cardenales por la espina dorsal debido a los abdominales que suelo hacer.

​ He mirado la pantalla una primera vez. ​ Luego otra. ​ Luego otra más.

​ Mi cabeza ya estaba haciendo números, aunque no quisiera. Una sopa con fideos, garbanzos, patata, zanahoria. Algo de carne. No mucho. No ha sido tanto , me decía. Pero inmediatamente venía el otro pensamiento: ha sido suficiente para notarse .

​ Seguía.

​ Flexiones hasta que los brazos han empezado a temblar. Abdominales con el cuello en tensión. Sentadillas rápidas, sin parar. El sudor me ha bajado por la espalda y he sentido ese alivio engañoso que llega cuando el cuerpo empieza a doler.

​ He vuelto a mirar el reloj.

​ No era suficiente.

​ Mi cabeza hacía equivalencias absurdas. ​ Esto compensa aquello. ​ Con un poco más igualo. ​ Si aprieto diez minutos más, ya está.

​ Diez minutos más nunca son diez. He seguido hasta que el suelo se me ha vuelto blando, hasta que las piernas me han ardido y el pecho me latía demasiado rápido.

Hasta que he visto un número en la pantalla que se acercaba —solo se acercaba— a lo que mi mente había decidido que debía borrar e incluso así, no me he quedado tranquila, porque nunca lo estoy.

​ He parado solo cuando el cansancio ha ganado al castigo. Me he dejado caer en el sofá con el corazón desbocado, mirando el techo, intentando convencerme de que ahora sí. De que ahora estaba a salvo. De que mañana no se notaría.

​ Pero el pensamiento final ha sido el de siempre:

​ Mañana tendré que hacerlo mejor.

​ Y ahí está el verdadero miedo. ​ No en lo que he comido. ​ No en lo que he quemado.

​ Sino en que nunca es suficiente.

​ Me he pegado otra ducha rápida y he bajado con Cris y Lulú. Hemos hecho el recorrido de siempre.

​ No habíamos avanzado ni dos calles cuando me ha parado un chico para hacerse una foto.

Luego una señora que paseaba a su perro se ha acercado y me ha dicho que le había gustado muchísimo la última obra de teatro en la que trabajé.

Me ha hablado del monólogo, de cómo se emocionó, de cómo se le encogió el cuerpo al verme allí arriba, a punto de ser quemada en la hoguera por bruja.

Escalofriante, ha dicho. Y la he creído.

Porque ese texto dolía y cuando algo duele de verdad, se nota.

​ Ha sido bonito recordarlo.

​ —Perdona, Cris —le he dicho—. Cada vez que salimos juntas tienes que parar o hacer de fotógrafa oficial.

​ Me ha mirado como si hubiera dicho una tontería enorme.

​ —Ni se te ocurra volver a pedir perdón por eso —me ha contestado—. No te dejo sola ni a sol ni a sombra porque quiero, no porque tenga que hacerlo.

​ Hemos seguido andando y, sin forzar nada, ha salido Matteo.

​ —Oye —ha dicho—. Al italiano… se le ve buena persona.

​ —Lo es. O al menos lo parece.

​ —Y lo fácil que te lo está poniendo todo —ha añadido—. No fuerza nada, no va de listo.

​ He sonreído, un poco cansada.

​ —Eso es lo que más me desconcierta.

​ He dudado un segundo antes de decirlo.

​ —Creo que es gay.

​ Cris se ha parado en seco.

​ —¿Cómo?

​ —Eso pensé yo.

​ —No me lo esperaba —ha dicho—. Pero tampoco me sorprende tanto.

​ Hemos seguido caminando.

​ —Esto es como los futbolistas —ha continuado—. Tienen que dar imagen de tipos duros, masculinos, invulnerables. Nada de homosexuales o de fisuras.

​ —Es penoso —he dicho—. Vivir escondiéndote de lo que realmente eres.

​ —Eso te rompe —ha añadido ella—. Poco a poco. Aunque por fuera todo parezca perfecto.

​ Lulú se ha parado a oler algo con una concentración absurda y nosotras hemos esperado en silencio unos segundos.

​ —Ha sido un día raro —he dicho al final—. Muy raro. Pero también he tenido momentos felices.

​ Cris me ha mirado de lado.

​ —Eso es la felicidad, ¿no? —ha dicho—. Instantes. No estados eternos.

​ Ya en casa, he cogido el cuaderno y estoy escribiendo todo esto para dejarlo salir y cerrar el día. Porque al final, cuando todo se apaga, lo único que queda son esos pequeños momentos que te hacen sentir algo especial.