Fuimos un error de guion 6
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El coche se ha puesto en marcha en cuanto hemos cerrado las puertas.

El interior olía a limpieza reciente y a cansancio acumulado.

Yo me he recostado en el asiento, mirando al frente, sin fuerzas para hablar.

Sabía que debería hacerlo. Que no quedaba bien subirnos los dos en silencio delante de Torres.

Que, a estas alturas, el silencio también comunica cosas.

​ Antes de que pudiera decidir qué decir, ha hablado Matteo.

​ —Torres, ¿verdad? —ha dicho, inclinándose un poco hacia delante para que su voz llegara clara—. Gracias por esperarnos.

​ —Claro —ha respondido él, con una sonrisa breve reflejada en el retrovisor—. Para eso estamos.

​ —¿Llevas mucho tiempo haciendo esto? —ha seguido, con un tono natural, sin interrogatorio.

​ Torres ha soltado una pequeña risa.

​ —Más del que parece. Conduzco desde hace años, pero con actores… bueno, es la primera vez que estoy fijo tanto tiempo.

​ —¿Y qué tal? ¿Nos portamos bien?

​ El chófer ha mirado un segundo por el espejo.

​ —De momento sí —ha dicho—. Mientras no haya prisas raras ni cambios de última hora, todo bien.

​ —Eso suena a padre de famiglia .

​ Torres ha sonreído un poco más.

​ —Tres hijos.

​ He levantado la vista sin darme cuenta.

​ —¿Tres? —he preguntado, sorprendiéndome a mí misma de haber hablado.

​ —Tres —ha confirmado—. El pequeño tiene seis meses.

​ —Madre mía —he murmurado—. ¿Y cómo sobrevives?

​ —Con café —ha respondido—. Y durmiendo poco.

​ El modelo, ahora actor, ha soltado una carcajada suave.

​ —¿Y vives por aquí?

​ —En el barrio de Tetuán.

​ —¡Anda! —ha exclamado Matteo—. Una amiga mía ha vivido allí muchos años y me comentó que fue vecina de La Veneno, una mujer que por lo que se ve, fue famosa.

​ Torres ha sonreído y yo también.

​ —Me la crucé en varias ocasiones. Vaya vida la de esa mujer… Si te interesan ese tipo de anécdotas, te puedo contar que fui al cole con Pedro Sánchez.

​ He arqueado las cejas.

​ —¿En serio?

​ —En serio —ha dicho, divertido—. Luego cada uno tomó su camino, claro.

​ Me he quedado callada, procesándolo. Llevo dos semanas con Torres, haciendo dos trayectos mínimos al día y no sabía nada de él.

Ni hijos, ni barrio, ni vida. Me he sentido estúpidamente mal.

Con la figuración hablo, me intereso y pregunto, me sé nombres y pequeñas historias.

Y a mi propio chófer lo llevaba silenciado, como se silencia el móvil cuando no apetece escuchar a nadie.

​ Llegar y salir del estudio siempre me ha resultado horrible. Son momentos en los que no eres ni actriz ni persona; solo un cuerpo en tránsito. No había pensado que este rodaje se me podía atragantar así. No era desinterés, era torpeza y quizá un poco de miedo a invadir.

​ Matteo seguía sosteniendo la conversación. Lo estaba poniendo fácil.

​ Cuando el coche ha frenado frente a mi portal, he notado ese cambio de energía que siempre precede a las cámaras. Sabíamos que estaban ahí, aunque no los viéramos.

​ El italiano ha sido rápido.

​ —Espera —me ha dicho en voz baja—. Salgo yo primero.

​ Ha abierto la puerta, ha rodeado el coche y se ha colocado a mi lado. Me ha tendido la mano.

​ —Señorita.

​ —Eres ridículo —le he dicho, sonriendo.

​ —Es por el público —ha respondido, guiñándome un ojo.

​ Me ha ayudado a salir y, durante un segundo, hemos quedado demasiado cerca. Lo justo para que pareciera real. Lo justo para que las cámaras hicieran su trabajo. He notado los flashes incluso antes de oírlos.

​ —Mira qué caballero —he añadido, en voz un poco más alta—. Luego dices que no sabes jugar.

​ —Aprendo rápido —ha contestado.

​ Nos hemos reído los dos y lo he sentido claro: la cámara lo estaba absorbiendo todo. La sonrisa, la cercanía, la complicidad improvisada.

​ Antes de entrar, me he girado hacia Torres.

​ —Gracias —le he dicho—. Mañana más.

​ —Hasta mañana, señorita Luján —ha respondido.

​ Al abrir la puerta, he dejado el bolso en la entrada y me he quitado los zapatos sin cuidado.

​ —Bueno —he dicho, avanzando hacia el salón sin mirarlo—. Estás en tu casa. Acomódate. Haz lo que te dé la gana.

​ Me ha salido torcido y resentido, pero no por él, exactamente, sino porque yo no tenía alternativa.

​ Matteo ha entrado despacio, observándolo todo como si estuviera visitando un lugar bonito y entonces ha aparecido Ringo.

Ha salido del pasillo con su andar silencioso, ese paso de gato que no pisa, flota.

Me ha mirado un segundo, lo justo para comprobar que era yo, y después ha ido directo hacia él. Directo.

​ El modelo se ha agachado de inmediato, sin pensarlo, con una naturalidad que me ha irritado todavía más.

​ —Ciao… —le ha susurrado, como si hablarle en italiano fuera una forma de respeto.

​ Ringo se ha dejado tocar. Peor: se ha frotado contra su mano. Como si se conocieran, como si lo hubiera estado esperando y yo me he cruzado de brazos.

​ —Ah, vale —he soltado—. Perfecto. Ya está todo claro.

​ Mi compañero de reparto ha levantado la vista, divertido.

​ —¿Qué?

​ —Nada —he dicho mirado al felino—. A mí me recibes como si fuera parte del mobiliario y a él como si fuera tu padre biológico.

​ Ringo, por supuesto, ha seguido a lo suyo. Traidor.

​ Matteo le ha rascado justo detrás de la oreja. Ringo ha cerrado los ojos, encantado. He apretado la mandíbula.

​ —Bueno —he dicho, cortando el momento gato—. ¿Qué se supone que tenemos que hacer ahora?

​ Él se ha incorporado despacio y se ha encogido de hombros.

​ —Estoy igual de perdido que tú.

​ —Vale. Pues voy a ser muy clara —he dicho—. Esto no es como ese programa de casarse antes de conocerse.

​ —¿Qué programa? —ha preguntado.

​ —Da igual —he cortado—. Lo que importa es que esto es ficción.

​ He señalado el suelo con el dedo.

​ —Aquí no hay malentendidos. Somos libres. Hacemos lo que nos toca porque hay cámaras, contratos y dinero, pero en esta casa no hay guion.

​ He respirado hondo.

​ —Nada de enamorarse. Nada de confundir las cosas. Nada de cuentos.

​ Me ha mirado con atención real. Y entonces, ha sonreído.

​ —¿Y quién ha dicho que a mí me gusten las mujeres?

​ Me he quedado helada. No he podido ni parpadear. No por elegancia, sino porque el cerebro se me ha quedado un segundo sin señal.

​ —¿Cómo? —he dicho.

​ Matteo me ha sostenido la mirada dos segundos… y ha estallado en carcajadas de las que te doblan un poco y te sacan el aire. Yo he tardado un instante en recomponerme.

​ —Ah… —he dicho—. O sea que, encima de todo, ¿me ha tocado un gay?

​ Se ha llevado la mano al pecho, fingiendo ofensa.

​ —¿«Te ha tocado»? Qué generosa eres.

​ —Pues lo siento —he respondido—. No es nada en contra de ti, si no, que además, lo que tengo que tapar es tu condición sexual.

​ Seguía sonriendo.

​ —En este mundo artístico todo vale, Siena —ha dicho—. Lo que mueve al artisteo es el vicio.

​ —¿El vicio? —he repetido.

​ —El vicio, el ego y el aburrimiento.

​ Lo he mirado fijamente.

​ —¿Has hecho tríos?

​ Ha guardado silencio, ha ladeado la cabeza, como si decidiera si contestarme o dejarme con la duda por deporte. Al final no ha dicho nada, solo ha sonreído y ahí he sentido cómo el control se me escapaba.

​ —Paso de ti —he dicho, girándome hacia el baño.

​ He cerrado la puerta con más fuerza de la necesaria y he puesto la música a todo volumen. Run for Your Life de los Beatles. La guitarra ha entrado como una amenaza. La letra ha empezado a escupir celos, posesión, violencia disfrazada de amor.

​ Me he apoyado en el lavabo y he respirado fuerte, porque cuando no puedes gritar, lo haces con un altavoz. Y mientras la canción sonaba, he pensado que quizá no era solo una advertencia para las relaciones; quizá también lo era para mí.