Fuimos un error de guion 7
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He salido de la ducha dos segundos después de apagar el grifo y, como si el día todavía no hubiera tenido suficiente, ha sonado el timbre. Yo ya sabía quién era; Matteo, en cambio, no tenía ni idea.

​ Me he puesto una toalla alrededor del pelo y he rebuscado a ciegas en el cajón de la cómoda hasta encontrar lo primero que no me hiciera sentir desnuda ante el mundo: una sudadera beige y un pantalón a juego, de esos conjuntos que parecen hechos para no tener que tomar decisiones.

​ —¡Matteo! —le he gritado desde el pasillo—. ¡Abre tú, porfa!

​ No he esperado respuesta. He seguido vistiéndome rápido, con el pelo todavía mojado pegándose al cuello, mientras el timbre volvía a sonar una segunda vez y entonces he oído estornudos. Uno detrás de otro.

​ Me he asomado al salón con la sudadera medio puesta y he visto que mi compañero estaba junto a la puerta, doblado un poco hacia delante, con los ojos casi cerrados, hinchados y rojos, estornudando sin parar como si la vida le estuviera pasando factura de golpe.

Y al otro lado… Hooper, en el umbral, paralizado.

Con esa cara de «no sé si estoy en una casa normal o he entrado por error en un episodio de una serie».

​ Hooper, mi vecino y pareja de Cris. Lleva su pelo rubio recogido en una cola, con la barba del mismo color que el pelo.

Es inglés, sí, pero lleva lo suficiente en Madrid como para saber cuándo alguien es famoso y cuándo alguien es famoso de verdad.

Y Moretti era de los que salen en pantallas enormes, en campañas, en editoriales, en portadas que se ven incluso sin querer.

​ Cris siempre dice que a su marido se le queda cara de adolescente cuando algo le fascina y yo lo estaba viendo en directo.

​ — Hi … —ha alcanzado a decir, con un hilo de voz.

​ Matteo ha intentado sonreír y le ha salido un estornudo a mitad.

​ —¡Achís!

​ He levantado una ceja.

​ —¿Pero qué te pasa? —le he preguntado, acercándome.

​ Se ha girado hacia mí con los ojos llorosos.

​ —Necesito —ha dicho, aspirando aire como si se estuviera ahogando en polen invisible—. Necesito… mojarme la cara. ¿Tienes colirio?

​ He parpadeado.

​ —¿Colirio? No.

​ Hooper, que seguía en shock , ha reaccionado de golpe, como si le hubiera llegado una misión sagrada.

​ — Yes… yes, I have —ha dicho, con su acento marcado—. I go down, I go down quick.

​ Y antes de que yo pudiera responder, ya estaba retrocediendo hacia las escaleras como si hubiera visto a un dios y necesitara volver con una ofrenda.

​ Ha estornudado otra vez, casi con rabia, y he cruzado los brazos, mientras lo miraba de arriba abajo.

​ —¿Eres alérgico a mi casa o qué?

​ Matteo ha intentado respirar hondo y se ha pasado el dorso de la mano por la nariz, derrotado.

​ —Creo que… —ha empezado, pero otro estornudo le ha cortado.

​ —¡Achís!

​ Me he apoyado en el marco de la puerta del salón, con el pelo goteando y la sudadera aún oliendo a armario.

​ —Genial —he murmurado—. Primer día que vienes y ya te estás muriendo.

​ El pobre me ha mirado con esa cara de hombre perfecto reducido a ser humano.

​ —No me estoy muriendo… —ha dicho—. Me estoy… descomponiendo.

​ Y Hooper, desde la escalera, ha gritado sin asomar la cabeza:

​ — I have it! I have it! Two minutes!

​ Matteo me ha mirado otra vez, rendido.

​ —Tu vecino… está muy excitado.

​ —Es que tú eres muy famoso —he respondido, seca—. Para él esto es como ver un unicornio en el pasillo.

​ El italiano ha soltado una risa que le ha salido a medias y yo no he podido evitarlo: me he reído otra vez, porque aquello era lo más normal que me había pasado en todo el día.

​ Le he señalado el pasillo con la barbilla.

​ —El baño está ahí, al fondo —le he dicho—. Mójate bien la cara.

​ Él ha asentido, con los ojos todavía enrojecidos, y ha desaparecido hacia dentro, estornudando a medio camino. Justo entonces Hooper ha reaparecido, casi trotando, con el colirio en la mano como si trajera un tesoro.

​ — Here —ha dicho, orgulloso—. Esto es mano de santo.

​ Y sin darme tiempo a nada más, ha bajado la voz y se ha girado hacia mí, serio, inquisitivo, muy poco él.

​ —¿Qué hace Matteo Moretti en tu salón? —me ha preguntado en español, perfectamente articulado.

​ He parpadeado.

​ —Es mi compañero de reparto —le he respondido—. Cris lo sabe todo. Luego te lo cuenta ella.

​ Hooper me ha mirado entre incrédulo y fascinado.

​ —Ya… —ha dicho—. Claro. Compañero de reparto. ​ Ha hecho una pausa. ​ —He oído la música desde mi casa tan alta y esa canción tan fea de The Beatles . Sabía que algo te pasaba.

​ He resoplado, rendida.

​ —Tan fea no es.

​ —La letra sí —ha sentenciado Matteo—. Horrible. Muy mal rollo.

​ Nos hemos girado los dos hacia él. Salía del baño, con la cara mojada, abanicándose como si acabara de salir de una sauna improvisada.

​ —¿Perdón? —le he preguntado.

​ —La canción —ha aclarado—. «Run for Your Life» . —Se ha pasado la mano por la frente—. Musicalmente está bien, pero la letra es… —ha hecho un gesto con la mano—. Terrible.

​ Hooper lo ha mirado como si acabara de subir de nivel. El italiano ha cogido el colirio que mi vecino le tendía y se ha puesto una gota en cada ojo con sorprendente soltura.

​ —Lennon la escribió desde los celos más rancios. Siempre fue muy posesivo y esa canción es casi una amenaza.

​ He abierto la boca, pero no he dicho nada.

​ —Además —ha añadido, encogiéndose de hombros—, siempre se ha sobrevalorado mucho a John Lennon.

​ He sentido algo parecido a un pequeño estallido interno.

​ —¿Qué? —he preguntado, casi gritando—. ¿Has dicho que Lennon está sobrevalorado?

​ Matteo me ha mirado, divertido.

​ —Sí. No me mates…

​ —Me caes mejor ahora —he soltado, sin pensar.

​ Hooper nos miraba alternativamente, como si estuviera viendo un partido de tenis intelectual. Mi compañero de reparto ha bajado la vista entonces y ha mirado a Ringo, que estaba sentado en el sofá, observándolo todo con dignidad felina.

​ —Lo siento —le ha dicho al gato—. No iba por ti. ​ Luego ha levantado la mirada hacia mí y ha seguido. ​ —Mi Beatle favorito siempre fue Paul McCartney.

​ —¡El mío también! —he gritado.

​ Hooper ha abierto mucho los ojos.

​ —¿Pero qué…? —ha dicho—. ¿Cómo puede ser que siendo yo inglés sepáis más de The Beatles que yo?

​ —Porque tú tienes acento —le he respondido—, pero nosotros cultura musical y, por lo que veo, el fanatismo.

​ Ha negado con la cabeza, sonriendo, y le ha hecho un gesto a Moretti.

​ —Espero que te funcione.

​ —Ya lo está haciendo —ha contestado, parpadeando—. Grazie .

​ —Nada —ha respondido Hooper—. Perdona por interrumpiros. Pensaba que era… —me ha mirado— una llamada de auxilio.

​ Le he dado un abrazo rápido.

​ —Gracias por venir a salvarme.

​ Ha correspondido y, antes de irse, ha mirado otra vez al guapo que tenía a mi lado.

​ — Welcome to the building —ha dicho.

​ Cuando ha cerrado la puerta, Matteo se ha girado hacia mí.

​ —¿Llamada de auxilio?

​ Me he encogido de hombros.

​ —Luego te lo explico.

​ Ringo ha parpadeado lento, como aprobando la escena. El modelo ha apoyado la espalda en la pared del salón y me ha mirado con dulzura.

​ —Prefiero que me lo cuentes ahora —ha dicho—. No creo que tengamos nada mejor que hacer.

​ He abierto la boca, pero he cambiado de idea a mitad de camino.

​ —Primero dime una cosa —le he cortado—. ¿Qué te ha pasado para estornudar así? Porque parecía que ibas a despegar.

​ Ha ladeado la cabeza y ha mirado de reojo hacia el sofá, concretamente hacia mi gato. Yo no lo he entendido al principio.

​ —¿Qué…? —he empezado.

​ Entonces he caído.

​ —¡No! —he exclamado—. No me digas que eres…

​ Ha sonreído, resignado.

​ —Alérgico a los gatos.

​ Me he llevado una mano a la frente.

​ —No puede ser.

​ —Puede —ha dicho—. Y es.

​ —Tenías que habérmelo dicho —he soltado—. No tenías que haberte acercado tanto a él.

​ He señalado al gato, que seguía imperturbable.

​ —Has quedado muy servicial. Incluso poético —he añadido—. El chico guapo llega a casa y se gana al gato antes que a la dueña. Muy de película, pero te ha salido el tiro por la culata.

​ Ha soltado una risa breve.

​ —Siempre me ha pasado —ha dicho—. Me encantan los animales. Todos. Y me cuesta mucho no acercarme; es casi instintivo.

​ —Pues este instinto te va a matar —he respondido.

​ Luego me he puesto seria.

​ —Ringo es muy importante para mí —he dicho—. Es mi familia. Y cuando… —me he detenido un segundo— cuando se suponga que vayamos a vivir juntos, no puedo dejarlo solo. Eso no es negociable.

​ Se ha quedado pensativo un instante.

​ —Dame dos segundos.

​ Ha sacado el teléfono del bolsillo.

​ —¿Puedo salir al balcón?

​ —Claro —he respondido—. Si queda alguien abajo, igual te hacen una foto. Todo será más creíble.

​ Ha sonreído, entendiendo perfectamente el juego, y ha salido al balcón mientras marcaba.

​ Desde dentro lo he visto hablar en italiano, apoyado en la barandilla, con la ciudad de fondo. Me ha parecido que tomar decisiones rápidas es algo habitual en su vida. Cuando ha vuelto a entrar, ha guardado el móvil y me ha mirado.

​ —Lo he hablado con Ludovica —ha dicho.

​ He esperado de pie, quietísima.

​ —Dice que lo del gato es… secundario.

​ La palabra ha caído mal y pesada.

​ —¿Secundario? —he repetido.

​ —Que ahora la prioridad es que el plan siga —ha continuado—. Que no podemos desviarnos por detalles.

​ He notado cómo algo me subía desde el estómago hasta la garganta.

​ —Ringo no es un detalle.

​ —Ya lo sé —ha dicho, rápido—. Pero…

​ —No. —He levantado la mano—. No me pongas un «pero» detrás de eso.

​ Se ha acercado un poco, conciliador.

​ —Dicen que se pueden encargar de él —ha añadido—. Que estará cuidado. Que…

​ —¿Qué? —he preguntado—. ¿En qué sitio? ¿Con quién?

​ No ha contestado y ahí lo he entendido todo.

​ —Claro —he dicho, asintiendo despacio—. Ya lo decidirán otros.

​ Ha fruncido el ceño.

​ —No es culpa mía, Siena.

​ —Siempre decís lo mismo.

​ La voz me ha salido más firme de lo que me sentía.

​ —Siempre hay alguien que «no decide». Alguien que solo transmite. Y al final, lo que se aparta, lo que se mueve, lo que estorba… siempre es lo mío.

​ —No quiero discutir contigo —ha dicho.

​ —Pues no me obligues a elegir entre mi vida y vuestro plan.

​ Tras esto nos hemos quedado en silencio y Ringo ha saltado al sofá y se ha hecho un ovillo, ajeno.

​ —Ese gato —he dicho señalándolo— es lo único que aquí no está negociado. Todo lo demás ya lo habéis decidido sin mí.

​ Me ha mirado serio, pero serio de verdad.

​ —Quiero que esto funcione.

​ —¿A qué precio?

​ No ha respondido.

​ —Vete —he dicho entonces.

​ —Siena…

​ —Vete ya.

​ He ido hacia la puerta y la he abierto. ​ —Y no vamos a seguir hablando hoy.

​ Ha dado un paso atrás.

​ —Esto no es justo.

​ —Nada de esto lo es.

​ Me ha mirado un segundo más, como buscando una debilidad pero no la ha encontrado. Ha cogido la chaqueta y ha salido.

​ —No pasa nada —ha dicho, sin mirarme—. Ya está hecho.

​ Ha abierto la puerta y ha salido sin decir nada más, y yo no he intentado detenerlo, porque sabía que tenía razón en una cosa: las fotos ya estaban hechas y a partir de ese momento, todo empezaba a moverse sin mí.

​ He cerrado la puerta y me he quedado apoyada en ella, con la frente fría contra la madera. Ringo se ha acercado despacio y se ha frotado contra mi pierna. No he llorado, pero he sabido, con una claridad que dolía, que el plan ya había empezado a decidir incluso lo que no estaba en el contrato.

​ Ahora estoy sentada en la cama, con el cuaderno apoyado sobre las piernas y la casa en silencio otra vez. Ringo duerme cerca, tranquilo, como si nada de esto fuera con él; quizá tenga razón.

​ Hoy solo he puesto un límite y eso, en mi mundo, parece ser lo más peligroso que se puede hacer.

​ Mañana tocará volver al set , sonreír, colocarse en la marca y fingir que nada pesa. Sé hacerlo. Lo llevo haciendo media vida. Pero hoy necesitaba escribir esto aquí, dejar constancia de que hubo un momento en el que algo no me pareció bien; aunque no sirva de mucho y aunque nadie lo lea nunca.