Fuimos un error de guion 5
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Me he encerrado en el camerino con la sensación de haber corrido una maratón sin moverme del sitio. Me he quitado la bata de Eva, he dejado el guion sobre la mesa y he respirado hondo, pensando que, por fin, el día había acabado.

​ Ha durado poco porque la puerta se ha abierto sin llamar. Era Sasha.

​ —Cariño, tienes que acompañarme —ha dicho, directa, sin preámbulos.

​ He fruncido el ceño.

​ —No he visto ningún aviso de reunión —he respondido—. Si hay algo del equipo, deberían haberlo comunicado.

​ Sasha ha sonreído y me ha guiñado un ojo. Ese gesto suyo que siempre significa que lo que viene no tiene nada que ver con cámaras ni con focos.

​ —Reunión del otro «equipo» —ha dicho, marcando las comillas con los dedos.

​ Lo he entendido al instante. Ese otro equipo que no sale en los créditos, pero decide más cosas que nadie.

​ Hemos caminado juntas por el pasillo hasta llegar a aquella sala. La misma de la semana pasada, donde todo comenzó. La de la mesa alargada, las botellas de agua alineadas y las carpetas con el logo de la productora. La sala de la encerrona.

​ Cuando hemos entrado, todos estaban sentados en el mismo sitio, como si nadie se hubiera movido desde la última vez. Los directivos de la productora, el productor ejecutivo y ella: Ludovica.

​ Nos hemos sentado frente a ellos. Matteo ya estaba allí; me ha mirado y he notado algo distinto en su expresión. Me ha dado la sensación de que era preocupación.

​ Uno de los directivos ha tomado la palabra sin perder tiempo.

​ —Bien —ha dicho—. Vamos a empezar a trabajar la estrategia.

​ La palabra ha caído sobre la mesa con la misma naturalidad con la que otros dicen «escena» o «toma».

​ —Las fotos de la cena han funcionado y la semana que viene rodamos exteriores —ha continuado—. Es un momento clave. Queremos que se os vea juntos, cómplices. Que haya tonteo pero nada exagerado, aunque sí reconocible.

​ Ha levantado la vista y nos ha mirado como quien evalúa un producto.

​ —Esto no es solo una serie; es una inversión y lo que os jugáis aquí va más allá del guion.

​ Sasha asentía, encantada.

​ —Vuestros bolsillos lo van a agradecer —ha añadido—. Es un doble trabajo: dentro y fuera de cámara.

​ Han apagado las luces y el proyector se ha encendido. En la pantalla han empezado a aparecer imágenes de un piso amplio, luminoso, decorado con una sobriedad elegante. Terraza. Ventanales enormes. Una de esas viviendas que parecen pensadas para ser fotografiadas desde todos los ángulos.

​ —Aquí viviréis juntos dentro de unos meses —ha dicho el productor—. Cuando termine el rodaje. Hasta entonces, hay que ir calentando el ambiente.

​ Ha sonreído, satisfecho.

​ —Ya sabéis cómo funciona esto. El equipo habla. Hay marujeo y nos interesa que hablen. Que se corra la voz, que parezca natural.

​ Natural. Otra vez esa palabra.

​ He sentido el estómago revolverse. No solo por la presión, sino por la precisión con la que habían construido un submundo perfecto para nosotros sin preguntarnos nada. Una vida paralela diseñada al milímetro.

​ Sasha estaba radiante y emocionada.

​ Ludovica ha intervenido entonces, cruzando las manos sobre el bloc.

​ —Proponemos que hoy salgáis juntos del estudio —ha dicho—. Matteo puede acompañarte a casa, Siena. Habrá alguien de la productora cerca, discreto. Como si fuera un vecino que os reconoce y saca unas fotos con el móvil.

​ Ha levantado la vista.

​ —Será portada. Las revistas lo están esperando y los programas abrirán con eso.

​ He pensado que aquello rozaba lo obsceno.

La facilidad con la que se apropiaban de los gestos más íntimos.

Matteo no me ha quitado los ojos de encima en ningún momento y no era con morbo; más bien con comprensión.

Sabía que me estaba costando. Y yo sabía que lo sabía; no me ve tan fuerte como él y tiene razón.

​ Cuando la reunión ha terminado, he salido con la sensación de que el día se me había quedado grande. Moretti se ha levantado a mi lado y, sin decir nada, ha caminado conmigo hacia la puerta.

​ No ha hecho falta hablar. Estaba claro que, en todo aquello, yo era la que estaba perdiendo antes la respiración.

​ Sasha me ha seguido hasta el camerino y, antes de que pudiera sentarme siquiera, me ha soltado lo siguiente como quien recuerda un recado sin importancia:

​ —Recoge todo. Torres ya te está esperando fuera.

​ He asentido sin mirarla. ​ En cuanto ha cerrado la puerta, el mareo me ha subido de golpe, como una ola mal calculada. He entrado directa al baño, sin tiempo para pensar. No ha sido violento; ha sido inevitable.

​ He tirado el bolso al suelo, me he inclinado sobre el váter y el cuerpo ha hecho lo suyo, sin pedir permiso.

Ese sabor amargo que sube desde el estómago y se queda pegado al fondo de la lengua…

la presión en la garganta, el ardor que raspa por dentro.

He apretado los ojos mientras hacía fuerza y he notado cómo la lengua dolía al tensarse, como si también ella estuviera cansada de sostenerlo todo.

​ Cuando he terminado, me he quedado unos segundos quieta, he respirado despacio, con las manos apoyadas en el borde frío.

Ese momento extraño en el que el cuerpo se queda vacío y, a la vez, algo más ligero.

He tirado de la cadena y me he incorporado despacio.

En el espejo me he visto con los ojos enrojecidos, brillantes, como si acabara de llorar aunque no hubiera salido ni una lágrima.

La cara la tenía pálida y la mirada un poco perdida.

He cogido un papel, me he limpiado la boca con cuidado, sin dejar rastro.

He sacado enjuague bucal del bolso y me he enjuagado lo justo, lo necesario para borrar el sabor.

He respirado hondo una vez más, como quien se recoloca por dentro.

​ Después ha sido todo mecánico. El bolso. El abrigo.

​ He salido del camerino sin mirar atrás y en la puerta estaba Matteo.

​ No me lo esperaba.

​ Al verme, se ha tensado un segundo. Lo justo para que yo lo notara. Ha visto mis ojos y algo le ha cruzado la cara: parecía susto y contención.

​ Yo he bajado la mirada.

​ —Vamos —he dicho.

​ Nada más.

​ No me ha preguntado si estaba bien. No ha dicho nada y me ha venido bien ese silencio, porque los dos sabíamos que esa pregunta no necesitaba respuesta.