Fuimos un error de guion 4 #2
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​ He mirado al italiano de reojo. Estaba tranquilo, suelto y cómodo.

No había rigidez ni nervio impostado. Se movía con una naturalidad que me ha dado paz.

Y lo he agradecido porque estoy cansada de hacer de madre, de explicar tiempos, de sostener escenas, de cargar con inseguridades ajenas, de enseñar a reaccionar a compañeros que no llegan o no quieren llegar. Con él no parecía que fuera a pasar.

​ —Acción.

​ He entrado en el pasillo como Eva y cuando lo he visto, he hecho exactamente lo que me habían pedido. Me he quedado mirándolo.

​ Cuando David Casal ha dicho «corten», he tardado un segundo en volver del todo.

No por mí, sino por él. Porque Matteo había sido creíble de una manera casi indecente.

No era el típico guapo que posa y sale bien en cámara.

No. Había sostenido la mirada con una intención tan exacta, tan medida…

que había conseguido que el pasillo, el hospital falso, los monitores apagados y los walkies dejaran de existir durante unos segundos.

​ Y eso, en un primer encuentro, no es lo habitual.

​ El equipo lo ha notado. Se siente en el aire. Ese murmullo que no es ruido, sino aprobación. Yo también lo he notado, aunque me dé rabia admitirlo.

​ Cuando el ayudante de dirección ha empezado a recolocar a figuración y el cámara ha cambiado el ángulo para la siguiente toma, me he acercado a él con naturalidad y he decidido jugar porque estaban todos mirando.

​ —Has sido tan real que me das asquito —le he soltado, con una sonrisa ladina, de las que no piden permiso.

​ Matteo ha parpadeado, desconcertado.

​ —¿Asquito? —ha repetido, con ese acento suyo que lo hace sonar menos ofensivo de lo que debería.

​ He puesto los ojos en blanco, exagerando un poco para que se notara que era broma.

​ —Sí, asquito —he insistido—. Porque me has mirado de tal manera… que ha sido imposible no quedarme embobada.

​ He dejado que el silencio durara lo justo. Lo justo para que quien estuviera cerca se preguntara si eso era parte de la escena o parte de otra cosa. Luego me he inclinado apenas hacia él, como si le estuviera dando un consejo de compañera de oficio.

​ —Matteo… no juegues con fuego —he dicho, despacio—. La línea entre la ficción y la realidad es muy fina.

​ Le he guiñado un ojo y, antes de apartarme, le he dado un pellizco suave en el costado, disimulada, rápida. No fuerte. Lo justo como para que lo sintiera. Y, sobre todo, lo justo como para que entendiera.

​ He visto cómo su expresión cambiaba un milímetro. Una risa contenida. Una mirada de «ah, vale». Como si lo hubiera pillado.

​ Perfecto.

​ Eso era lo que quería: que supiera que el juego estaba encendido.

​ Me he girado para irme, con la sensación de haber movido una pieza en el tablero sin que nadie pudiera señalarlo con el dedo, y he cruzado el decorado hacia la salida del pasillo.

​ Pero Matteo ha salido detrás de mí. Fuera ya del hospital falso, en el espacio donde se apilan cajas, cables y técnicos con cara de sueño, me ha frenado con suavidad, solo con una mano en el antebrazo. Sin brusquedad.

​ —Siena.

​ Me he girado y lo he visto demasiado cerca y he sabido que aquello también era perfecto para seguir. Nos hemos apartado un poco, lo justo para parecer íntimos sin serlo. Lo justo para que, desde lejos, alguien pudiera pensar lo que quisiera pensar.

​ —¿Qué haces? —me ha preguntado él, con una sonrisa pequeña—. ¿Así trabajáis aquí?

​ He levantado una ceja.

​ —Así sobrevivimos aquí.

​ Ha soltado una risa baja.

​ —No he entendido lo del asquito.

​ —Ya lo sé —he dicho—. Por eso te lo he explicado.

​ He cruzado los brazos, fingiendo seriedad.

​ —Escucha. Cuando haya gente delante… tenemos que jugar. Es el momento perfecto. Hoy lo teníamos todo servido: primer encuentro, pasillo, miradas, figuración desmayándose por dentro…

​ Ha abierto los ojos con un gesto divertido.

​ —¿Figuración desmayándose?

​ —No te hagas el humilde —le he contestado—. Lo sabes.

​ Ha apretado los labios, aguantándose la risa y eso le ha provocado una cara de pillo. Cara de que le estaba empezando a divertir más de la cuenta.

​ —Y lo del pellizco —he añadido, bajando un poco la voz— era para que lo supieras tú también. Para que no te incomodes, ni te confundas. Es mi manera de decirte: «estoy dentro del juego».

​ Me ha mirado como si acabara de descubrir algo nuevo en mí.

​ —Un lenguaje secreto —ha dicho.

​ —Exacto.

​ —Me gusta —ha reconocido, con una sonrisa que ya no parecía ensayada—. Es… divertido. Capisci .

​ Lo he señalado con el dedo, como quien pone una norma sin escribirla.

​ —Solo si estamos de acuerdo. Y si alguna vez te supera la situación, me lo dices. Yo haré lo mismo.

​ Ha asentido.

​ —Trato.

​ Había algo raro en que una conversación tan simple me diera paz. Quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien hablaba conmigo como si yo también tuviera derecho a decidir algo. Aunque fuera una tontería o un simple pellizco.

​ He bajado la mirada un segundo, solo para cortar el momento. Luego me he girado. Me he ido hacia mi camerino sin despedirme, como si la escena ya hubiera terminado, pero notaba su mirada en la espalda.

​ —Hasta luego, bella .

​ Me ha dicho desde lejos y me ha hecho gracia. Me he dado cuenta de que esto va a ser mucho más interesante de lo que yo esperaba.