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Torres me ha recogido a la misma hora de siempre. Puntual. Ha pasado una semana y ya parece que llevo toda la vida entrando en ese coche.
No hemos hablado demasiado. El trayecto hasta los estudios se ha vuelto rutina en pocos días, como casi todo en este trabajo. El cuerpo se acostumbra antes que la cabeza.
Al cruzar la puerta del set , he vuelto a sentir esa sensación extraña de realidad duplicada.
El hospital seguía siendo un hospital con pasillos largos, luz blanca, puertas que se abrían y cerraban con precisión, carros metálicos, monitores, camillas, ruido constante.
Si alguien hubiera entrado por primera vez sin saber que aquello era un decorado, habría pensado que se había equivocado de sitio.
Al ser una serie de hospital, el set estaba lleno de gente.
Demasiada. Actores que entraban y salían, y una cantidad enorme de figuración haciendo de médicos, enfermeras, celadores, pacientes, familiares que esperaban noticias en los pasillos.
Todo el mundo tenía un lugar exacto y un momento exacto para existir.
La figuración es un mundo aparte y además hay personas dedicadas solo a eso: a decirles cuándo entrar, cuándo salir, cuándo cruzar un pasillo con prisa y cuándo detenerse a fingir una conversación en corrillo.
Fingir, literalmente. Porque no pueden hablar en voz alta.
Así que gesticulan, mueven las manos, abren y cierran la boca sin sonido, asienten con una intensidad exagerada.
Desde fuera parece ridículo; desde dentro es agotador.
Siempre me ha fascinado verlos. Mantener una conversación sin voz durante minutos, repetir la misma acción toma tras toma, intentando que parezca natural cuando no lo es en absoluto.
Y todo por muy poco dinero. Poquísimo. Cobran mal, esperan horas, repiten sin quejarse demasiado y, aun así, están ahí, ilusionados, agradecidos por formar parte de algo que, sin ellos, no tendría vida.
Porque la figuración sostiene la verdad de lo que se ve en pantalla, da profundidad y contexto. Hace que un hospital parezca un hospital y no un decorado vacío con dos protagonistas bien iluminados.
A mí me gusta hablar con ellos, mirarlos, tratarlos como parte del equipo, porque lo son.
Y porque casi nadie lo hace. Se les pide mucho y se les devuelve poco, pero siguen viniendo.
Siempre hay alguien nuevo, alguien que empieza, alguien que sueña con que un día lo miren un segundo más de la cuenta.
Antes de rodar, he pasado por vestuario.
Y ahí estaba Pietro. Siempre parece llegar antes que el día.
Lleva gafas imposibles, pañuelo colocado con una elegancia casi ofensiva y esa manera suya de moverse como si el caos le divirtiera.
Nos conocemos de otros rodajes, de otros personajes, de otros momentos en los que él también me ha salvado sin hacer ruido.
— Amore —me ha dicho al verme—. Eva hoy viene fuerte. Comienza su andadura en el hospital.
Eva. Mi personaje. Una residente que empieza a trabajar en el hospital. Con ilusión, con miedo, con ganas de hacerlo bien. Una chica que se enamora del doctor jefe, Alessandro Di Luca. El personaje de Matteo. Los días anteriores he grabado situaciones del personaje fuera del hospital.
—Nada de exceso —ha añadido mientras me ajustaba la bata—. Eres nueva. Observas, aprendes y no brillas todavía.
Pietro cuida así. No con halagos, sino con precisión. Me ha colocado el pelo, me ha indicado cómo llevarlo recogido, qué gesto encajaba con Eva y cuál no. Me ha mirado un segundo más de la cuenta, como hace siempre.
—Estás bien —ha dicho—. Aunque se te ve un poco cansada.
En maquillaje todo ha sido rápido porque ya me conocen. Ya saben qué hacer con mi cara. Eso, a veces, es lo que más asusta.
No he coincidido mucho con Matteo esa semana. En la serie todavía no compartimos escenas. Nuestras historias avanzan en paralelo, esperando cruzarse. Eso, fuera de cámara, no parecía suficiente para Sasha.
Ha aparecido cuando menos lo esperaba. Rubia, con tacones altos, traje impecable, labios perfectamente dibujados y esa piel tensa que ya no disimula los retoques. Sasha siempre va un paso por delante del cansancio, aunque el precio sea parecerse cada vez más a sí misma en otra versión.
—Cariño —ha dicho—, tenemos que firmar esto.
Papeles. Siempre papeles.
Era un contrato nuevo con varias páginas y letra pequeña.
Condiciones futuras. Entre ellas, aceptar vivir en un piso junto a Matteo cuando la relación avance tras el estreno de la serie.
Un piso pagado por la productora en una de las zonas más cotizadas de Madrid.
Todo pensado y cerrado antes incluso de empezar.
He sentido ese nudo antiguo en la garganta. El que aparece cuando sabes que no estás eligiendo, solo avanzando por un camino que otros han limpiado antes para ti.
—Firma, cariño mío —ha añadido, dejando el bolígrafo sobre la mesa—. Firma la apertura a un nuevo mundo lleno de pasta. En todas sus formas: espaguetis y billetes.
He mirado el papel sin acercarme demasiado.
He firmado porque siempre firmo. Porque firmar es más fácil que explicar.
Porque una parte de mí —la que sigue creyendo en el trabajo, en el viaje, en la posibilidad de algo distinto— ha pensado que quizá España se me estaba quedando pequeña, que quizá Italia podía ser otra cosa, otro aire, otro principio, aunque naciera torcido.
Sasha ha recogido el papel con una sonrisa satisfecha.
—Te vas a cansar de dar las gracias —ha dicho.
Yo he asentido, como siempre.
Antes de irse, me ha lanzado la última.
—Y ponte las pilas con Matteo —ha dicho—. Casi no coincidís en el rodaje y eso no ayuda. El equipo tiene que empezar a veros juntos. Que se note, que corra la voz.
Como si las cosas importantes se activaran solo por proximidad.
He respirado hondo. He vuelto al set . He hecho mi trabajo.
Y mientras caminaba por esos pasillos que parecían de verdad, con una bata que no era mía y una historia que empezaba a escribirse sin preguntarme, he tenido la sensación clara de que ya no solo estaba interpretando un papel; esta vez, el personaje también vivía fuera de cámara.
Esa escena no era una más. Se iba a grabar el primer encuentro entre Eva Aldecoa y el doctor Alessandro Di Luca. El momento en el que todo empieza a moverse.
Cuando Matteo ha aparecido en el pasillo, lo he notado antes de verlo.
Ese silencio raro que se forma cuando alguien entra y cambia el aire.
No exagero si digo que muchas de las mujeres presentes —equipo técnico, actrices secundarias, figuración— han contenido la respiración.
Es algo físico. Matteo no solo es guapo; es famosísimo.
Y eso, en este mundo, tiene un efecto inmediato.
La belleza amplificada por el reconocimiento provoca una especie de electricidad colectiva.
Yo no puedo negar que lo es. Guapo. Mucho.
Pero estoy acostumbrada a moverme entre hombres así.
Siempre me recuerdan la suerte que he tenido de trabajar con los actores más cotizados del país.
Yo nunca lo he vivido como un privilegio romántico, sino como una circunstancia laboral. Compañeros y ya.
Bueno… casi siempre. Con Romeo no fue así.
Con él bastó un cruce de miradas para que todo se me descolocara.
Aquello salió fatal. Intensidad, expectativas, egos, cámaras demasiado cerca.
Desde entonces me prometí que nada de actores en mi corazón.
Como amigos, sí; como pareja, mejor alguien ajeno a este circo.
¿Un médico, quizá?
La idea me ha cruzado la cabeza justo cuando Matteo se ha acercado y me ha apoyado la mano en la espalda para saludarme. Un gesto natural, correcto, aprendido. He salido de la ensoñación de golpe.
No. Médico tampoco parecía una buena idea, teniendo en cuenta que esto era ficción… y lo otro también.
—¿Qué tal lo llevas? —le he preguntado, sonriendo.
— Bene —ha respondido—. En España me están tratando de maravilla.
—No te flipes —le he dicho, con una risa breve—. Lo que pasa es que en este país al de casa ni agua… pero al que viene de fuera le ponemos alfombra roja.
Ha sonreído y eso ha hecho que los cuchicheos a nuestro alrededor subieran un punto más.
Lo he notado enseguida. Miradas que se cruzan, comentarios en voz baja, esa curiosidad casi infantil cuando dos personas que deberían gustarse están hablando sin guion delante.
David Casal, el director, nos ha llamado entonces. No ha levantado la voz ni ha hecho aspavientos. Nunca lo hace. Se limita a colocar las piezas.
—Entráis desde extremos distintos del pasillo —ha explicado—. Tú, Eva, vienes con la carpeta contra el pecho. Es tu primer día. Miras todo. Absorbes. Tú, Alessandro, sales de una habitación de ver a un paciente ingresado y te paras cuando la ves.
Ha hecho una pausa breve, mirándonos a los dos.
—No hace falta subrayar nada. El flechazo ocurre solo. Confiad en eso.
Un actor secundario, uno de los médicos veteranos del hospital, sería el encargado de presentarnos dentro de la ficción. Una excusa sencilla para cruzar miradas.
—Vamos a colocar posiciones.
Ha marcado las distancias con el pie. Las marcas en el suelo. El lugar exacto desde el que yo debía entrar y el punto en el que Matteo debía detenerse.
—Eva —me ha dicho—, cuando lo ves, te paras. No porque sea el jefe, sino porque algo se mueve aquí —se ha señalado el pecho—. No lo entiendes todavía, pero pasa.
Luego se ha girado hacia Matteo.
—Y tú igual. No es deseo inmediato, es reconocimiento. Como si algo hiciera clic.
Ha sonreído, satisfecho con la imagen.
—Vamos a enamorar al mundo entero con vosotros dos —ha añadido—. Y lo vamos a conseguir porque no vais a forzarlo.