2
Cuando mi vecina se ha ido, he vuelto al baño, he cogido el teléfono y he leído todos los mensajes que he estado escuchando de fondo mientras me duchaba. Todos de Sasha, mi representante. Ninguno urgente y todos imprescindibles, según ella.
« A las nueve te esperamos en Tatel. »
He leído el nombre del restaurante y he sabido que aquello no era casual.
Tatel no es solo un sitio para cenar; es un escaparate.
Un lugar pensado para que te vean. Inversores conocidos, socios famosos, nombres que pesan más que los platos.
Deportistas, músicos, actores. Un restaurante convertido en declaración de intenciones.
Sasha seguía.
« Torres tocará al timbre para que bajes. » « Ponte el vestido marrón chocolate de raso. » « Maquíllate. » « Arréglate el pelo. » « Es importante la primera vez que os graben juntos. »
He dejado caer el teléfono sobre el lavabo.
En ese momento Ringo ha asomado la cabeza por la puerta del baño, sigiloso.
Se ha acercado despacio, midiendo cada paso y se ha sentado a mi lado.
Le he pasado la mano por el lomo y ha cerrado los ojos, satisfecho.
Dicen que los perros se parecen a sus dueños; pues en este caso este gato se parece a mí.
También tiene el pelo en tonos naranjas.
—Me voy a cenar —le he dicho—. Porque la tía Sasha es muy pesada y solo piensa en dinero. En dinero y en más dinero.
Ringo ha movido la cola una sola vez, como si estuviera de acuerdo, o no le importara en absoluto.
He ido a la habitación con la piel aún húmeda. Me he puesto una mascarilla de aloe vera, fresca e hidratante, me he mirado un segundo en el espejo y he intentado no juzgarme demasiado.
El vestido marrón chocolate estaba colgado en el armario. Era de raso y elegante. Exactamente lo que me habían pedido. Estaba un poco arrugado, así que he sacado la plancha de vapor vertical y he pasado el chorro caliente con rapidez, sin ceremonia. El tejido ha caído liso casi al instante.
Me lo he puesto. Después he hecho lo que me habían ordenado.
Me he maquillado sin excesos, lo justo para que la cara pareciera descansada.
Mi color de pelo siempre llama la atención incluso cuando no quiere: un castaño claro con reflejos cobrizos que, según la luz, parece más rojo de lo que es.
No es un rojo de postal; es un tono vivo, irregular, con rizos que nunca obedecen del todo.
Lo he dejado suelto, salvaje, cayendo como quiere. El marrón chocolate me favorecía.
Me he mirado en el espejo y he sonreído. Porque, en el fondo, soy todo lo contrario a lo que estaba viendo. Porque lo que de verdad me apetecía era estar con un moño mal cogido, medio desnuda, tirada en el sofá.
A las 8:47 ha sonado el timbre.
Torres.
Me ha dejado en la puerta de Tatel con puntualidad.
Este lugar brillaba incluso desde fuera.
He entrado y ya estaban todos sentados. Los mismos rostros de la reunión.
La misma distribución casi quirúrgica alrededor de la mesa.
Productores, ejecutivos, la mujer italiana del bloc de notas y Sasha, radiante.
He saludado mientras ponía los ojos en blanco por dentro, pero por fuera he sido educada, siempre lo soy.
La cena ha empezado a fluir con una naturalidad falsa. Copas que se llenaban, platos que llegaban, comentarios que no decían nada. Yo he pedido algo ligero; tenía el estómago cerrado.
Matteo estaba sentado frente a mí. Vestía impecable.
Traje oscuro, camisa clara sin corbata. Italiano hasta en la forma de sostener la copa.
Se le notaba el origen sin que abriera la boca: moreno, ojos oscuros y profundos, barba recortada con precisión, labios gruesos que parecen diseñados para primeros planos.
Tiene todavía un toque de niño en su cara.
Me ha dado rabia que fuera tan guapo. Una rabia absurda, infantil, pero real.
Yo nunca me he visto guapa y eso que me lo han dicho mil veces.
Que soy una de las mujeres más deseadas del país.
Que tengo una cara casi angelical por estos ojos azules, con un punto picaresco.
Que soy distinta, única, especial. Palabras grandes que se dicen con facilidad.
Yo nunca me he sentido a la altura de ninguna de ellas.
Mientras hablaban, lo observaba. Él asentía cuando tocaba, sonreía lo justo e intervenía poco.
Parecía un maniquí bien colocado en la escena correcta.
Guapísimo. Perfecto. De cartón. Me he preguntado si sería buen actor o si solo sabría posar.
He trabajado con muchos compañeros guapos.
Algunos extraordinarios pero otros no tanto.
He besado a actores a los que habría pagado por no tener que volver a besar y a otros con los que he disfrutado esos besos «falsos» hasta que el director decía «corten» y el mundo volvía a su sitio.
La conversación ha ido girando hacia lo importante.
—Por ahora —ha dicho uno de los productores, con voz neutra— podéis hacer vuestra vida normal.
—Hasta que os avisemos —ha añadido—. A partir de ahí, empezaremos a construir la narrativa. Será paulatino —ha continuado—. Nada brusco. Nada que os suponga cambios drásticos. Todo estará guiado, atendido y cuidado.
—La idea es que el público se enamore de vosotros—ha dicho la mujer italiana—. Tanto en pantalla, como fuera de ella.
Sasha asentía con entusiasmo, casi emocionada.
—Italia es un mercado precioso —ha intervenido—. Y Siena encaja muchísimo allí. Esto es solo el comienzo.
Yo seguía jugando con la comida, moviéndola de un lado a otro del plato. Escuchaba y analizaba; me perdía dentro mientras ellos hablaban de nosotros como si no estuviéramos presentes y fuéramos un producto bien empaquetado, listo para distribuir.
—Lo importante —ha rematado el productor— es que confiéis. Nosotros sabemos cómo hacerlo.
Matteo ha sonreído entonces, leve y contenido. Ha dicho que sí con la cabeza pero nada más. Yo he levantado la vista un segundo y lo he mirado. Él me ha devuelto la mirada con corrección absoluta. Ni una emoción fuera de sitio.
Estaba sentada en una cena donde se decidía una historia de amor que no existía.
Que hablaban de tiempos, de ritmos, de público, de impacto.
Y que nadie había pronunciado una sola palabra sobre lo que eso hacía dentro.
He seguido escuchando, callada, porque, al final, eso es lo que siempre hago: estar presente y ausente a la vez.
Cuando los platos han empezado a retirarse, la conversación ha cambiado de tono. Ya no hablaban de proyectos ni de narrativas a medio plazo, sino de logística inmediata, de tiempos, puertas y cámaras.
—En un par de minutos estarán los periodistas en la puerta —ha dicho Velázquez, uno de los productores, consultando el móvil como quien comprueba el tiempo—.
Ya están avisados. Hemos comentado que somos unos clientes del restaurante y que en la mesa de al lado está el modelo más cotizado de Europa junto con la actriz española de moda.
Como si los periodistas fueran parte del decorado, un elemento más previsto en el plan.
—Salimos primero nosotros —ha continuado—. Para despejar un poco.
Ha señalado con la mirada a los altos cargos y luego a mi representante.
—Después Sasha y Ludovica.
Ludovica, la mujer del bloc. Italiana, elegante, sonrisa afilada; la representante de Matteo.
He observado cómo Sasha y ella se miraban, cómo se entendían sin hablar demasiado.
Tal para cual. Dos mujeres encantadas con el cuento que se habían montado en la cabeza.
Un cuento lleno de flashes, titulares y contratos cruzados entre países.
—Y vosotros —ha añadido, mirándonos a Matteo y a mí— os quedáis un rato más.
Como si el tiempo también pudiera dosificarse.
—Tomáis una copa en la zona de cócteles —ha explicado Ludovica—. Tranquilos. Que se os vea cómodos.
—Es importante que habléis —ha intervenido Sasha—. Que compartáis espacio. En el rodaje apenas os habéis cruzado todavía y así no funciona.
Como si el amor fuera un mecanismo que se activa a base de proximidad forzada.
—Los fotógrafos se pondrán nerviosos —ha dicho el productor, satisfecho—. Matteo aquí, en España, con la actriz del momento… eso es oro.
Oro. Siempre volvemos a lo mismo.
He asentido y el modelo también; ninguno de los dos ha dicho nada. Parecía que hablábamos con la cabeza mientras ellos hablaban por nosotros.
Ha llegado el postre y yo no he pedido. He sonreído cuando el camarero ha preguntado y he dicho que no tenía hambre. Nadie ha insistido y yo agradezco cuando no lo hacen.
Nos hemos levantado y han comenzado los besos, los abrazos, las palmadas en la espalda…
Todo forma parte del juego. Sasha me ha apretado un segundo más de la cuenta, emocionada, como si todo aquello fuera ya un éxito incontestable.
Ludovica ha hecho lo mismo con Matteo y él ha respondido con educación impecable.
Han salido primero. Desde la mesa, he escuchado el murmullo crecer al otro lado del cristal: voces, órdenes, el clic lejano de alguna cámara impaciente. Luego Sasha y Ludovica han cruzado la puerta, juntas, sonrientes, listas para ser vistas. Nosotros nos hemos quedado sentados unos segundos más.
—¿Tomamos algo? —ha preguntado Matteo, por primera vez sin que nadie le marcara el momento.
Nos hemos levantado y hemos ido hacia la zona de cócteles.
La luz era más baja allí; más cálida. Nos hemos sentado cerca, pero no demasiado, lo justo para que pareciera natural.
Fuera, sabía que los periodistas esperaban.
Que la tensión estaba creciendo. Que querían vernos aparecer juntos.
Que querían interpretar algo que todavía no existía.
He pensado que todo estaba perfectamente diseñado, incluso este rato y esta conversación que aún no había empezado.
La función no había hecho más que comenzar.