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Nos hemos quedado de pie junto a la barra, con las copas recién servidas y el murmullo del restaurante más suave.
—Te lo estás tomando bastante bien —le he dicho, sin rodeos—. Todo esto.
Él ha levantado una ceja apenas perceptible. Ha dado un sorbo a la copa antes de responder, sin prisa.
—¿Eso te parece tomárselo bien?
He soltado una risa corta, seca.
—Pareces encantado —he insistido—. En la cena estabas perfecto, como si esto fuera… no sé. Un ascenso.
Ha apoyado la copa en la barra y ha respirado hondo. Algo se ha descolocado entonces. Se ha pasado una mano por la nuca y, por primera vez desde que lo conocí, la postura impecable se le ha venido abajo. De repente no era una imagen bien colocada, era un hombre cansado.
—No estoy encantado —ha dicho—. Estoy convencido.
Eso sí que no me lo esperaba.
—¿Convencido? —he repetido.
—Sí. De que es un paso grande. De que es una oportunidad real.
Me he cansado de Italia, de Milán, de París, de ir y venir por Europa como si fuera siempre lo mismo con distinto idioma.
España se me resistía. Mucho. —Ha hecho un gesto vago con la mano—.
Y ahora, de pronto, me abren una puerta.
Cine. Series. Otro lugar donde no ser solo una cara bonita.
Eso me ha molestado más de lo que debería.
—Claro —he dicho—. Una oportunidad.
No he conseguido disimular el tono.
—Para ti también lo es —ha añadido él, con una convicción que no parecía impostada—.
Italia es complicada. Muy cerrada. Pero cuando entra alguien distinto…
—Me ha mirado entonces, de verdad—. Una mujer con tu color de pelo, con esos ojos claros…
no se ve todos los días en pantalla. Puedes ser pionera.
Ahí ha sido cuando he sentido el pinchazo. No por lo que decía, sino por cómo lo decía. De verdad lo creía. Ese discurso ya se lo habían colocado dentro con cuidado, como un traje a medida.
—¿Sabes lo que pasa? —he dicho—. Que parece que soy la única a la que todo esto le chirría.
Matteo ha fruncido el ceño.
—No es que no me chirríe —ha respondido—. Es que… estoy cansado de luchar contra todo. Me han dicho tantas veces que esto es poder, que esto es crecer, que esto es avanzar, que al final te lo crees.
Ha hecho una pausa.
—Mi amigo está en Nápoles —ha añadido—. Ingresado. Tiene cáncer y yo estoy aquí, brindando. —Ha negado despacio—. Supongo que una parte de mí necesita pensar que todo esto sirve para algo. Si no, sería insoportable.
Eso me ha desarmado un poco.
He pensado que siempre he sido una marioneta, que he aprendido a moverme cuando tiran del hilo y a quedarme quieta cuando conviene. Nada va a cambiar. No porque no quiera, sino porque no sé cómo hacerlo de otra manera.
« ¿Pero cómo lo vas a dejar? », decían. « Si no tienes estudios ». « Si no sabes hacer otra cosa ». « Esto te da mucho dinero, chiquilla ». « Muchos querrían estar en tu lugar ».
Y yo volvía a repetirme lo mismo, como un mantra aprendido: que era una gran actriz, que era afortunada, que no tenía derecho a quejarme. Que lo normal era aguantar.
Matteo me estaba mirando y no lo hacía con pena; más bien con atención.
—Yo no quiero que esto sea peor de lo que ya es —ha dicho entonces—. Si en algún momento hago algo que te incomode, dímelo. Per favore . Quiero ser un caballero contigo. Bastante feo es todo esto ya como para hacerlo más difícil.
He bajado la vista un segundo. No porque no pudiera sostenerle la mirada, sino porque necesitaba ordenar lo que me estaba pasando por dentro.
—No prometo ser fácil —he dicho.
Ha esbozado una sonrisa pequeña.
—Yo tampoco lo soy —ha respondido—. Pero podemos intentar que sea llevadero. Pensar en el lado bueno. En lo que se abre. En lo que puede venir dopo .
He levantado la copa y la he mirado un segundo antes de chocar con la suya.
—Lo llevaremos lo mejor posible —he dicho—. Pero sin mentirnos entre nosotros.
—Trato hecho —ha respondido.
Los periodistas seguían esperando, pero aquí algo había cambiado. No era confianza o complicidad; era algo más básico y más raro: un acuerdo entre dos personas atrapadas en el mismo decorado y no me he sentido completamente sola en el juego.
Nos hemos quedado de pie un segundo más de lo necesario antes de salir. He sido consciente del coche antes incluso de cruzar la puerta. Matteo se ha inclinado un poco hacia mí.
—Ludovica ha dicho que nos tenemos que ir juntos —me ha comentado en voz baja.
He alzado la mirada, sorprendida. Eso no era lo habitual. Normalmente ese tipo de detalles se calculaban al milímetro para dar juego: dos salidas distintas, dos coches, dos titulares posibles.
—Qué raro —he murmurado.
—Eso he pensado yo.
No ha sonado a queja, más bien a constatación.
La puerta se ha abierto y, de golpe, los flashes nos han cegado.
El ruido ha entrado como una ola: gritos, cámaras, preguntas superpuestas.
Él se ha hecho a un lado sin decir nada, dejándome pasar primero.
He notado su presencia justo detrás de mí, lo bastante cerca como para cubrir, lo bastante lejos como para no invadir.
—¡Siena! ¡Siena, por aquí!
—¡Matteo! ¿Cuánto tiempo estarás en España?
—¿Qué tal el rodaje de la nueva serie juntos?
—¿Os conocíais de antes?
—¿Que os hayáis quedado solos tras la cena significa que está empezando una relación?
He avanzado un par de pasos y, cuando el ruido ha subido un punto más, he sentido su mano en mi espalda. No me ha empujado ni retenido. Solo ha marcado el ritmo, como si me avisara de que no era momento de frenar.
He respirado hondo y me he girado.
—Es un compañero que acaba de llegar a España —he dicho, con una sonrisa educada, exacta—. Y nos vamos a ocupar de que se sienta cómodo.
Nada más. No he respondido a la última pregunta.
Durante un segundo, los flashes han seguido disparando sin saber muy bien hacia dónde apuntar.
Mi compañero ha abierto la puerta del coche y ha esperado a que entrara.
El interior estaba en penumbra, silencioso.
Parecía que alguien hubiera bajado el volumen del mundo de golpe.
He cerrado la puerta y el ruido se ha quedado fuera, amortiguado y lejano.
Matteo ha rodeado el coche y se ha sentado a mi lado.
El motor ha arrancado y hemos dejado atrás a los periodistas casi sin darnos cuenta.
Durante unos segundos no hemos dicho nada.
Él ha girado la cabeza hacia la ventanilla y ha observado la Castellana iluminada, las luces ordenadas, el tráfico constante.
Sonreía, pero no era una sonrisa grande. Era algo más íntimo, casi distraído.
—¿Qué te ha hecho tanta gracia? —le he preguntado.
Ha tardado un poco en responder, como si tuviera que volver.
—No me esperaba que contestaras —ha dicho—. Pero cuando lo has hecho… —ha negado suavemente—. Has dejado una puerta abierta.
He arqueado una ceja.
—Recuerda que soy actriz.
Ha soltado una pequeña risa.
—Lo haré. Y lo usaré para aprender de ti. Me falta mucho conocimiento como actor.
—En lo que has grabado hoy no me has parecido tan malo —le he dicho.
No era un halago, era una evaluación. Ha asentido, aceptándola como tal. El coche ha reducido la velocidad al acercarse a mi calle. Cuando se ha detenido, he cogido el bolso y me he inclinado hacia él.
—Encantada de conocerte, compi. Buenas noches —he dicho, acercándome para darle dos besos.
Su mejilla estaba fría.
—Igualmente —ha respondido.
He bajado del coche, la puerta se ha cerrado y, antes de entrar en el portal, he oído cómo el motor volvía a arrancar.
Durante un segundo, Matteo se ha quedado mirando el reflejo de las luces en la ventanilla.
Cuando el coche ha avanzado lentamente, he visto cómo ha sacado el móvil del bolsillo.
Seguramente para decirle a la perfecta de Sasha que el pollito ya había llegado al nido.
Al abrir la puerta, el piso estaba en silencio, con ese olor a madera antigua y a mí misma.
Ringo ha asomado la cabeza desde el pasillo, como siempre, sin euforia.
Me ha mirado un segundo y ha seguido con su vida, que es exactamente lo que más le admiro.
He dejado el bolso en la entrada y he ido directa al baño.
Me he desmaquillado despacio, como si me estuviera quitando capas que no son piel. Después me he lavado los dientes. He mirado el espejo un segundo más de lo necesario y he apartado la vista.
Me he quedado en ropa interior; nada sexy.
Solo yo, cansada, con marcas de tirantes y una coleta mal hecha.
He ido hasta la cama sin encender luces fuertes, he apartado el edredón y me he metido dentro como quien se esconde.
Ringo ha saltado a los pies, en su sitio exacto, y se ha hecho un ovillo con una serenidad insultante.
Entonces he cogido el cuaderno y lo he abierto.
Y aquí estoy, escribiendo todo esto. Con el boli apoyado en el papel y la sensación de que, si paro, el día me pasa por encima.
Es una auténtica locura. Una nueva aventura.
Un nuevo trabajo por partida doble, porque esto no va solo de lo que pasa dentro del set , sino de todo lo que ocurre fuera, cuando se apagan las cámaras y sigue la función.
Escribo para no olvidarme de cómo me siento ahora. Para no normalizarlo demasiado rápido. Supongo que iré actualizando esta historia, día a día, como pueda. Como me salga. Una historia que tiene pinta de película o de serie; todavía no lo sé.
Ringo se mueve un poco en la cama, resopla y vuelve a quedarse quieto. Yo sigo aquí. Escribiendo antes de que todo empiece a parecer menos importante de lo que ha sido.
Mañana seguirá. Hoy, al menos, queda aquí.