Fuimos un error de guion
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He llegado a casa con mala leche. De esa que no se quita dejando las llaves en el cuenco ni tirando el bolso al suelo.
He cerrado la puerta un poco más fuerte de lo normal y he apoyado la espalda contra ella un segundo.
Necesitaba comprobar que, al menos aquí dentro, nadie iba a decirme qué hacer.
Ringo ha asomado la cabeza desde el pasillo. Solo la cabeza. Me ha mirado con esos ojos enormes y tranquilos, ha parpadeado una vez y ha seguido con su vida. Ni una carrera, ni un maullido, ni una celebración exagerada.
De pequeña tuve un perro y recuerdo cómo se volvía loco cada vez que alguien llegaba a casa.
Saltaba, giraba sobre sí mismo, se emocionaba como si cada regreso fuera el acontecimiento del año.
Los gatos no son así; los gatos te reciben como si no hubiera pasado nada, pero se aseguran de que sepas que saben que has vuelto.
Ringo ha dado dos pasos, ha estirado el lomo con lentitud y se ha metido de nuevo en la habitación. A su manera, eso era un «hola».
He ido directa a la ducha para que el agua pudiera borrar lo que llevaba pegado al cuerpo. He dejado que cayese caliente, fuerte, y he cerrado los ojos. No quería pensar; solo quería que el día se me escurriera por el desagüe.
He puesto música: Los Beatles. Get Back .
La he subido más de lo habitual; mucho más.
Esa canción empuja. Te arrastra hacia atrás y hacia delante a la vez.
Habla de volver a casa, de regresar a un lugar que quizá ya no existe.
Y ahora mismo yo quería volver a ayer, a antes de que todo este día se me hubiera echado encima.
A cuando todavía no sabía lo que me estaban preparando.
He salido de la ducha con el pelo chorreando, la piel roja por el agua caliente y la cabeza algo más despejada, aunque el nudo seguía ahí. Me he puesto crema con movimientos lentos, casi automáticos, para decirle al cuerpo que ya estaba a salvo.
Entonces ha sonado el timbre.
He sabido que era Cris antes de abrir.
Cuando la música está tan alta, siempre es por algo; mi vecina lo sabe.
He abierto la puerta y allí estaba, con una sudadera ancha, el portátil bajo el brazo y esa cara suya entre preocupación y sonrisa práctica.
—Vale —ha dicho sin rodeos—. Esto no es música alta normal. ¿Qué ha pasado?
—Pasa —le he contestado—. Por favor.
Ha entrado y ha dejado el portátil sobre la mesa sin preguntar. Cris trabaja en casa, escribe artículos culturales y tiene esa costumbre maravillosa de observar antes de opinar. Me ha mirado de arriba abajo y me ha visto el pelo mojado, la piel todavía húmeda y el gesto tenso.
—Si has puesto Get Back así —ha añadido—, algo gordo te ha pasado.
He bajado un poco la música; lo justo para que siguiera sonando de fondo y me he dejado caer en el sofá.
—No puedes contar esto —le he dicho—. A nadie. A absolutamente nadie, Cris. He firmado un acuerdo de confidencialidad.
—Siena —ha respondido, seria—. Soy tu vecina y creo que también tu amiga, no tu representante. Habla.
Y he hablado.
Le he contado que era el primer día de rodaje.
Que me habían recogido a las cinco y cuarto.
Que tengo un chófer nuevo, Torres. Que el decorado es impresionante, que el hospital parece un hospital de verdad, que da miedo lo real que es.
Que el director es bueno. Que vestuario es un regalo. Que Pietro me ha cuidado como siempre.
—Y entonces —he seguido—, Sasha me ha sacado del set .
Cris ha fruncido el ceño.
—Mal asunto.
—Muy mal —he asentido—. Me ha metido en una sala. Había productores, directivos, una mujer italiana con un bloc de notas que parecía saberlo todo antes de que yo entrara y también estaba él.
—¿Él quién?
—Matteo Moretti —he dicho—. El modelo italiano. El superfamoso. El guapísimo.
Cris ha abierto los ojos.
—¿Qué dices?
—Eso mismo he pensado yo.
Le he contado el acuerdo. La «narrativa», la relación ficticia, Italia, las entrevistas, las apariciones en prensa, la vida fuera del guion convertida en parte del guion.
—¿Te están pidiendo que finjas una relación con tu compañero de reparto? —ha dicho, incrédula.
—Me la están imponiendo —he corregido—. Que no es lo mismo.
Cris se ha llevado la mano a la boca.
—Esto es una locura.
He soltado una risa seca.
—Bienvenida a mi mundo.
Se ha quedado en silencio unos segundos. Luego ha dicho, despacio:
—Sasha es peligrosa.
—Lo sé —he contestado—. Siempre lo ha sido.
Y entonces he dicho lo que casi nunca digo en voz alta.
—Si cuando yo tenía cinco años fue capaz de convencer a mis padres para que me tiñesen el pelo porque buscaban a una niña más pelirroja… es capaz de cualquier cosa.
Cris me ha mirado sin interrumpirme.
—Recuerdo el escozor en la cabeza, tía —he seguido—. El picor. El aguantar porque los adultos decían que no pasaba nada. En aquella época a los niños artistas no se nos cuidaba como ahora. Éramos material y ya está.
—Eso es maltrato —ha dicho, sin rodeos.
—Ahora lo sé —he respondido—. Entonces lo llamaban oportunidad.
Nos hemos quedado calladas. Get Back seguía sonando, insistente.
—¿Y qué vas a hacer? —me ha preguntado al final.
He apoyado la espalda en el sofá y he cerrado los ojos.
—Nada —he dicho—. Porque no hay salida. Porque este es el mundo en el que llevo toda la vida. Porque me han educado para no saber decir que no. Porque, aunque esté harta, sigo aquí.
Ella se ha levantado y me ha abrazado sin decir nada. De verdad, como familia.
—Esto no es normal, Siena —me ha susurrado—. Y no estás sola.
He apoyado la frente en su hombro y he respirado hondo. Afuera, el mundo seguía girando como si nada. Dentro, yo sabía que algo había cambiado.
La canción ha terminado y ha vuelto a empezar, como mi vida.