Fuimos Roma 42
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Chasing cars

Efrén

Un año después…

Era una noche lluviosa en Madrid; los ruidos provenientes de la calle se colaban por el ventanal abierto en lo alto de las paredes del edificio.

Las gotas chocaban sin descanso contra el metal, creando un sonido calmante.

Me concentraba en él y no en los pitidos, en las voces o en las risas que provenían de la noche madrileña, porque si algo caracterizaba a Madrid, es que ella nunca dormía.

La radio, encendida sobre el carro de herramientas, reproducía una vieja canción pop-rock de un grupo irlandés de principios de los dos mil.

Una de esas que hablan del amor y el desamor con una precisión que parece escrita para ti.

Me irritaba cómo ponía palabras a lo que palpitaba en mi pecho, incluso un año después.

Un año desde que ella se fue, desde que cogió ese puto vuelo a escasos metros de mí, desde que dejó un vacío tan profundo que ni siquiera el tiempo había podido llenarlo.

No había día que no hubiera pensado en ella, que no hubiera deseado volver a enterrar mi nariz en su sedoso pelo, volver a besar sus labios y acariciar con mis manos sus sinuosas curvas. No había un maldito día, ni uno solo, en el que no la hubiera deseado, amado y odiado al mismo tiempo.

No había pasado ni un maldito día. Con sus minutos y sus segundos .

Odiaba la carta. Esa hoja de papel que había leído tantas veces que cada palabra, cada coma y cada espacio eran parte de mí. Una carta que destrozó mi corazón y me dejó sin aire, pero que aún así guardaba como el único vínculo que me quedaba de ella.

Tan dependiente era de ese trozo de papel con su caligrafía elegante, que era el único objeto personal que había metido en la bolsa de plástico al volver a alistarme.

El puto plástico que la envolvía fue lo único que me mantuvo lejos de sus palabras, haciéndome pasar por un síndrome de abstinencia que ninguna droga podría igualar.

La rabia me había mantenido a flote. Era lo único que me impulsaba a seguir adelante, a completar las pruebas, a dar un paso tras otro.

Y aunque lo había logrado, la victoria era amarga porque lo único que quería era contárselo a ella.

Me había dejado jodido, roto, sin la posibilidad de un mañana sin ella.

Me había jodido tanto, que ninguna prueba física me implica dolor.

El calor sofocante de las saunas con las máscaras me parecía un paseo, el agua helada de los ríos me relajaba y el dolor muscular tras los entrenamientos era casi placentero.

No conseguían meterse en mi cabeza; las negaciones y las falsas muestras de apoyo a que entregara mi puto dorsal eran un sonido molesto que no conseguía penetrar en mí.

Nada dolía tanto como un corazón roto. Nada se asemejaría nunca a la ausencia de quién creías que era el amor de tu vida, a quién nunca se lo dijiste.

Regresé de mi última misión hacía una semana.

Habíamos neutralizado a una banda organizada, y desde entonces, no había podido parar de pensar en volver a irme.

Estar lejos anestesiaba el dolor. Las misiones me hacían estar bien, no había cabida para pensamientos obsesivos acerca de ella, solo había órdenes y ejecuciones; era la diferencia entre la vida y la muerte.

No solo la mía, sino también la de mi binomio, que yo no la cagara por estar pensando en la dueña de mi puto corazón, nos mantenía vivos.

Al menos así era, hasta que cerraba los ojos, y su rostro volvía a mí.

En el país de los sueños aún tenía la posibilidad de estar junto a ella.

Esa noche me quedé en el taller mecánico de mi padre, avanzando en las entregas atrasadas por la falta de manos.

Mi padre estaba agotado, con unas profundas ojeras debajo de los ojos que lo hacían parecer mayor de lo que era.

Yo apenas dormía tres horas seguidas; no tenía ningún sentido que volviera a casa.

Sumido en mis pensamientos autodestructivos mientras continuaba con la reparación de un disco de embrague e intentando no lanzar la llave inglesa contra la puñetera radio, una llamada rompió mi burbuja.

Con las manos llenas de grasa, miré el teléfono.

Dudé. Hacía meses que ignoraba la mayoría de las llamadas.

Solo hablaba con Diego, y jamás mencionábamos su nombre. Era un tema tabú.

No quería hablar de ella, no porque no quisiera saber de ella, sino porque el dolor que me provocaba hacía que mi cuerpo se doblara y le costara ni siquiera recordar cómo se respiraba. Era un miserable sin ella y dudaba que la hubiera tenido alguna vez.

Y con la otra persona con la que hablaba y me desahogaba diariamente, no lo hacíamos ni por llamada ni por mensaje; había mala conexión entre el cielo y el infierno. Visitar su tumba cada vez que podía era mucho más fácil .

Nunca había sido de aquellos que creía que los muertos pudieran escuchar nuestras desgracias. Éramos unos egoístas de mierda; nosotros éramos los que todavía vivíamos y nos quejábamos a aquellos que estaban bajo tierra. Puta vida injusta.

Aun así, había creado una rutina extraña.

Hablar con Aron se había convertido en una terapia en la que, si estuviera vivo, estaba seguro de que me hubiera gritado que era un gilipollas y me habría montado en el primer avión con destino a Roma.

Igual por eso mismo hablaba con él ahora, porque no podía escucharme y contestarme con sus comentarios de sabelotodo y su facilidad para sacarme de quicio por tener razón en cada maldita palabra.

Pero le necesitaba, siempre le necesitaría.

Me limpié las manos en el trapo lleno de restos de aceite de motor y miré la pantalla, esperando como un puto yonki la llamada de mi superior; la realidad fue muy diferente.

Me quedé congelado mirando el identificador de llamada, sin poder mover un músculo. La agonía se abrió paso por mi pecho hasta extenderse como una gran mancha negra por cada parte de mí. Me asfixiaba, me estrangulaba, me robaba el aire.

No ponía quién estaba al otro lado de la línea, tan solo ponía la ciudad en la que se quedaron los restos de mi alma.

Allí no quedaba nada para mí, porque solo la quería a ella; la belleza clásica podía desaparecer para siempre si con eso ella volvía a mí.

Con pánico, descolgué la llamada y, al escuchar la voz al otro lado, el aire que no entraba desde hacía doce meses regresó a mis pulmones como un maldito tsunami.

- Te necesito. Una última vez .

Aquello que se había instalado en el lugar de mi corazón revivió, latió, vibró y volvió a morir. Rápido, dolorosamente. Ya no era mía, ya no éramos nosotros, tan solo éramos un recuerdo.

Éramos las ruinas de una ciudad hermosa e inmortal, sobre la que se podía jurar amor eterno, sobre la que se podía soñar con volver, sobre la que te podías perder, pero también éramos el desamor, la parte oscura de ella, los restos que quedaban de lo que algún día fuimos y que jamás volveremos a ser porque no se puede bailar sobre una tumba de algo que nunca pudo empezar de verdad, de algo que estaba destinado al fracaso.

Fuimos y siempre seremos el amor más puro, escondido, pero roto, por palabras no pronunciadas, por el dolor de una traición más fuerte que nosotros y por su caligrafía elegante sobre un papel que en algún momento fue blanco y que ahora atesoraba con amor y rabia.

Fuimos la belleza clásica de lo que se entiende por un amor romántico en una ciudad custodiada por miles de dioses e historias, donde siempre es el mismo protagonista con el mismo final, aunque estemos vivos y nos sintamos muertos.

Siempre y nunca más volveremos a ser, Roma.