Fuimos Roma 41
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Flora

Los días posteriores me aferré a la idea de salir del limbo en el que me encontraba.

Dejé de ser un fantasma que deambulaba por el apartamento y me obligué a respirar el aire salado de la isla, a sentir el calor del sol en mi piel.

Desayunábamos fuera, explorábamos las playas de arena blanca y recorríamos la isla como si el movimiento constante pudiera llenar el vacío que sentía por dentro.

Y cuando caía la noche y todo se quedaba en silencio, encontrábamos refugio en la terraza.

Allí, frente al mar infinito, escuchábamos las olas romper contra la orilla, su eterno vaivén dándole un ritmo a nuestras noches.

En un principio, no hablamos de lo que pasó.

El peso de lo no dicho flotaba entre nosotras, pero no me sentía capaz de ponerle palabras al momento más traumático de mi vida.

Era demasiado crudo, demasiado reciente; la herida aún supuraba.

Pero una noche, bajo el manto de oscuridad protectora y con la brisa del mar jugando con nuestro pelo, algo dentro de mí se quebró.

Sentadas en las sillas metálicas, envueltas en una fina manta que compartíamos sobre nuestras piernas, las palabras comenzaron a brotar de mi interior.

No pude frenarlas, salieron una tras otra, abriéndome en canal.

Cada palabra arrastraba un recuerdo, cada recuerdo traía consigo un olor, un sonido, una imagen.

Cuando terminé, me sentí vacía y llena al mismo tiempo.

Una calma extraña se instaló en mi pecho mientras mis ojos se cerraban para protegerse de la marea de emociones.

Pero allí, detrás de mis párpados, vi su rostro.

Lo vi tan claro que me sentí vulnerable, como si el tiempo no hubiese pasado, como si continuara atada a ese contenedor.

Era tan vívido, tan real, que parecía estar sentado frente a mí. Un fantasma que nunca se iría, que se quedaría para siempre en mi memoria, en mi piel, en los rincones más oscuros de mi alma. El fantasma más vivo con el que jamás tendría que convivir.

Olivia lloró, se enfadó, maldijo y volvió a llorar.

Su cabeza estaba sobre mi hombro y me acariciaba lentamente con movimientos relajantes; no me hizo preguntas, no me gritó cuando me sinceré sobre los anónimos, simplemente nos quedamos en silencio, yo más ligera al ponerle voz y ella pensando en la venganza que iba a obtener en aquel juicio.

Nos fuimos a dormir juntas, nuestras respiraciones se volvieron más pausadas, el calor de nuestros cuerpos nos reconfortaba a ambas, sintiendo que el frío helador que había calado en nuestros huesos con cada palabra de mi confesión se templaba.

Nuestra amistad, en el silencio de la noche, se volvió más férrea y más sincera.

Ya no tenía secretos, sabía todo de mí y el peso que cargaba en mi pecho hizo que volviera a poder respirar, no del todo, pero ahora no me ahogaba.

Tras ello, a los pocos días, Oli volvió a Roma, la ciudad eterna y ahora rota.

Debía de presentarse en el caso pro bono en el que estaba trabajando sin descanso, mientras que yo me quedé unas semanas más.

Necesitaba pensar cómo iba a enfrentarme a todo aquello que venía y también recapitular cada detalle que pudiera recordar; pensaba hundirle. Mi miedo hacia él no iba a ganar .

El inicio del verano ya se notaba en el ambiente italiano; el calor cada vez era más sofocante y la humedad se pegaba a mi piel.

Esa mañana, tras regresar de la que se había convertido en mi rutina; bajaba andando hasta el centro del pueblo desde el apartamento que se encontraba a mitad de la colina, me sentaba con la taza de café humeante entre las manos en una de las primeras mesas exteriores de mi cafetería de confianza, para después ponerme a caminar.

Había descubierto que caminar me ayudaba a pensar; lo hacía sin rumbo, solo con la compañía de las olas del mar al chocar con la orilla, hasta que decidía que era buena hora de volver al apartamento y quedarme sentada en la terraza con vistas al mar infinito.

Esa mañana había transcurrido como cualquier otra hasta que un espejo en una de las calles más transitadas me devolvió mi reflejo. Había pasado por allí innumerables veces, su ropa me había llamado la atención, pero nunca me había detenido hasta entonces.

Me estudié como si no me conociera y, en cierta manera, no lo hacía.

Había perdido peso, mi cabello había perdido intensidad y mi mirada ya no era tan alegre; parecía que toda la tristeza, expulsada lágrima a lágrima, había secado todo lo que había en mi, dando un respiro a mi corazón y ansiando a la vez sentir algo, lo que sea.

Todo, menos la apatía que me consumía y a la que tenía miedo de volver a sentir, porque, tal vez, hacía que me volviera a quedar ahí.

Había estado inducida en un coma emocional.

Todo lo que fuimos fueron solo dagas clavándose en lo más profundo de nuestro ser, hasta que cauterizaron con ellas dentro, porque nunca hubo tiempo para sacarlas.

Tal vez el momento sea ahora, cuando has visto a alguien llorar por ti, por tu pérdida y cuando las preguntas se amontonaban en tu mente: ¿por qué no había vuelto?

¿Por qué debía de huir yo, si era él quien me había destrozado?

¿Por qué había dejado que me arrebatara mi ciudad?

Había llegado el momento de regresar y de luchar; nunca más sería la misma, se había encargado de dejarme como un cascarón vacío, pero al menos me aseguraré de tener la venganza que tanto merecía.

Le expondría en el juicio, dejaría que todo el mundo pudiera ver en su interior, como él hizo conmigo.

Su plan tiene un inconveniente y es que puede que me hubiera mostrado a Carlo D’Angelo, pero siendo él o Carlo Fiore, le conocía mejor que nadie y aprovecharía eso en mi beneficio.

Sabía qué decir, sabía cómo atracarle y sabía cómo hacer que fuera el mismo quien se mostrara tal y como es, impidiendo que jugara con los demás, como lo hizo conmigo.

Pero antes de irme de aquella isla, que se había convertido en mi hogar, hice algo que había cruzado mi mente un par de veces, pero que no había sentido lista hasta ese momento.

Con paso decidido fui hasta el establecimiento de neón rosa, el cual se reflejaba en las piedras pulidas que conformaban la acera: negro contra blanco, la oscuridad sobre la luz. Entré y dejé que el amor de mi vida se quedara grabado en mi piel y no solo en mi memoria.