Fuimos Roma Epílogo
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Epílogo

T orna a casa

Efrén

El sonido de la puerta al abrirse a nuestras espaldas rebotó en las paredes del juzgado con un eco sordo y seco. La madera maciza crujió al ser empujada por completo, seguido se escucharon los firmes golpes de unos tacones resonando con fuerza contra el suelo pulido.

Levanté la mirada, y en ese instante todo a nuestro alrededor se volvió irrelevante, como si el tiempo se moviera a una velocidad distinta de la nuestra.

Sus ojos, de un profundo chocolate, se encontraron con los míos, y en ese preciso momento juraría que podía escuchar cómo nuestros corazones comenzaban a latir al unísono, mientras el aire se quedaba atrapado en nuestros pulmones.

Sus labios, rosados, como el capullo de una flor, se entreabrieron y me estudió con una intensidad que encendió cada rincón de mi cuerpo. No pude apartar la mirada, incapaz de disimular cómo la devoraba con la mirada.

Joder, mirarla dolía.

Sentí el peso de su mirada recorrerme de arriba abajo, igual que la primera vez que la vi.

Pero esta vez no estábamos en su cocina.

No llevaba esos ridículos pantaloncitos de Ralph Lauren ni los calcetines rosas chillones.

Ahora, su cuerpo estaba envuelto en un elegante vestido negro que abrazaba cada curva y unos tacones que alargaban sus piernas hasta el infinito .

Podía estar espectacular, deslumbrante incluso, pero no era su ropa lo que me golpeaba como un puño en el estómago. Era el cambio en sus ojos. Esos ojos preciosos, que antes brillaban como si la vida misma se reflejara en ellos, ahora estaban vacíos.

Había un maldito muro, entre ella y el mundo. No quedaba ni rastro de su luz.

Nada de vida. Nada de alma. Se había apagado lentamente hasta solo quedar las cenizas negras de lo que fue.

Ella no era mi hogar.

Aquella no era la mujer de la que me había enamorado. Aunque un colibrí de cristal aún amarraba su sedoso cabello, parecía habitar en otra vida. Sin embargo, conservaba la misma certeza: sabía que sería para siempre, pues nada hacia que mi corazón doliera como ella lo hacía.

Me he podido morir, pero no me he muerto, al menos, no en vida, pero sin un resquicio de duda, si en alma.

Cuando sus labios, aquellos que creía que serían el cementerio donde morirían los míos, se separaron, mi corazón volvió a latir.

- Efrén.

- Colibrí.