Fuimos Roma 39 #3
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39 #3

- ¡No lo es! ¡Fuiste tú! ¡Tú me enseñaste que nunca es demasiado tarde para amar, ni para aprender a hacerlo!

Lo sé porque estoy enamorado de ti, hasta lo más profundo de mi alma, porque te quiero.

¡Porque verte despertar aquella mañana fue la primera vez que mi corazón volvió a latir después de la muerte de mi hermano!

¡Fuiste tú, maldita sea! Porque me dejaste sin opción alguna cuando posaste tus bonitos ojos en mí.

¡Porque tenías razón! ¡Una vez no fue suficiente!

¡Contigo, siquiera una vida sería suficiente !

- Efrén Torres…nunca, jamás, niegues tu amor hacia nadie. Es demasiado bonito como para privar al mundo de él. Has sido mi única vez. Mi única verdad. Por favor…no me odies.

Y entonces, el colibrí voló.

Colgué la llamada antes de devolverle el teléfono al agente de seguridad que había tenido la desdicha de discutir con Olivia.

Sin decir una palabra más, recogí mi bolso y atravesé la puerta de embarque junto a mi mejor amiga.

Cada paso se sentía como una sentencia, una condena que yo misma había elegido.

Sabía que estaba ahí. Lo sentía, aunque no pudiera verlo. Todavía existía la posibilidad de dar media vuelta, correr a buscarle, lanzarme a sus brazos y quedarme en ellos hasta el resto de mis días. Pero no sería justo. Le amaba con toda la fuerza que me quedaba, y por eso debía dejarle libre.

Mi amor, ese amor que debería haberle salvado, era el que, ahora, le mantenía preso. La oscuridad se cernía sobre mí de manera implacable, aplastándome como si no fuera más que un ser insignificante, una sombra hecha pedazos. Tenía razón… siempre la tuvo, mi lugar iba a ser la oscuridad.

No podía pensar sin volver a ese contenedor.

Mi personificada casa de los horrores. No podía respirar sin que el aire se volviera húmedo, frío, denso, calando hasta mis huesos, dejando mi interior congelado.

No podía dormir sin verle en mis sueños, ni escuchar sin que su voz se entrelazara con la realidad.

Todo había quedado sepultado en aquellas horas.

Horas eternas que se sintieron como días.

No solo mi mente lo recordaba, también lo hacía mi cuerpo.

Las cicatrices en mis muñecas y tobillos me mantenían atada a la silla astillada, reflejando el cruel agujero que tenía en el pecho.

Un vacío tan profundo, que tanto tiempo le había tomado asegurarse de que nada pudiera llenarlo, dejando un cascarón vacío.

Minutos después, Oli, entrelazó su brazo con el mío y apoyó su barbilla sobre mi hombro, sonrió haciendo que sus ojos verdes brillaran y que por un segundo mi corazón se parara, para volver a coger un ritmo normal. No sabía si algún día volvería a sonreír de esa manera.

- ¿Lista para una nueva aventura?- me encogí de hombros y le mostré los nuevos billetes- ¡Oh, wow!

¡Viajamos en business! ¡Por fin la vida me trata como merezco!

- dijo emocionada con todavía su brazo entrelazado con el mío- ¿Cómo has conseguido que nos suban de categoría?

La última vez que miré el billete, íbamos en turista- le agradecí, con un nudo en la garganta, que no preguntara por la llamada con Efrén.

Sabía que en su mente se arremolinaban mil preguntas, todas ellas aún sin respuesta.

Desde que había salido del hospital, habíamos hecho un pacto silencioso acerca de lo que ocurrió, disfrazando nuestra relación de una despreocupación fingida.

Desde entonces, había guardado silencio.

Un silencio, pesado y desgarrador, que se había convertido en mi única constante y desde el cual utilizándolo como escudo, todos habían entendido que ni yo misma podía enfrentar lo que sucedía.

- La azafata del mostrador es la misma que nos acompañó a Bruselas. Ha sido ella quien nos ha subido.

- ¡Espero que la suban el suelo por ser tan buena en su trabajo!

- puse los ojos en blanco acomodándome en el grande y cómodo asiento- ¡Estoy deseando bañarme en las aguas cristalinas de Isquia!

He metido en la maleta mi bikini rojo favorito; creo que es un buen lugar para lucirlo.

¿Tu qué piensas? Obviamente, piensas que es una buena idea, es un Cavalli y me hace un culo y unas tetas de escándalo.

- Oli, por si no lo habías notado, ni siquiera es verano- señalé mientras esperábamos a que el avión despegara.

Le quitó importancia a mi comentario con un gesto de su mano elegante y sus uñas largas pintadas de negro. Me abstuve de decirle que ni siquiera había metido un bikini en la maleta, creo que todo lo que había eran sudaderas y pantalones de yoga.

Y la sudadera de Efrén .

Me recordó mi conciencia, como si fuera necesario.

Había cogido su sudadera antes de salir, como quien se aferra a un último recuerdo antes de hundirse y preguntarse si aquello fue real.

Necesitaba llevarme conmigo una pequeña parte de él, aunque su olor sería como un puñal en una herida abierta, pero prefería ese sufrimiento antes que el vacío de no recordarlo.

Ojalá hubiera podido embotellar cada detalle: su rara sonrisa, sus gestos, la forma en que pronunciaba mi nombre. Ojalá hubiera podido llevarme cada parte de él. Pero solo tenía esa sudadera, mi refugio, mi consuelo, cuando la distancia se volviera insalvable, cuando no lo sienta nunca más.

Oli seguía hablando sin parar, tocando todos los botones del asiento, rellenando el silencio que yo creaba.

Sabía que estaba nerviosa, que no sabía cómo abordar lo que estaba ocurriendo.

Sus palabras eran un escudo contra las preguntas que se agolpaban en su mente, preguntas que todavía no se atrevía a formular por miedo a cómo reaccionara yo.

Hablaba de cualquier cosa, consciente de que aquel viaje, nuestro viaje ahora, iba a ser un maldito desastre.

Era mi huida. Una fuga triste y solitaria, donde solo me quedaría el eco de las razones que me obligué a creer.

Pensaba en cada una de ellas, repasándolas como un mantra, mientras el peso de la decisión se hundía en mi pecho, ahogando cualquier esperanza de volver atrás.

Concentrada en todas aquellas ideas, se me haría menos difícil querer salir corriendo en dirección a sus brazos, porque sí, estaba ya huyendo de todo, pero no hacerlo me suponía seguir estando muerta y acabar con él en el proceso.

Sería su asesina, Carlo ganaría y no quedaría ningún superviviente de nuestra historia y me negaba a que fuera así; puede que a mí me hubiera destrozado, pero jamás, ni en mil vidas, destruiría el amor que siento por él.

El acto más generoso era este, aunque estuviera manchado por mis actos.

Llegamos a Nápoles una hora después, donde nos recogió un coche y nos llevó al puerto para coger el barco que nos llevaría a la isla.

La humedad del mar se nos pegó al cuerpo, elevando la temperatura.

Mientras que en mis auriculares se reproducía música deprimente, Oli dormía sobre mi hombro.

Avanzar sobre el agua no me hacía sentir nada, ni el viento en mi cara, ni el sol calentando mi cuerpo, nada.

Iba inerte, asombrada por la belleza del paisaje y aterrada porque aquello no me despertara nada en mi interior.

El coche que nos recogió al llegar a la isla serpenteó por la carretera hasta el centro, donde había reservado una pequeña casa con vistas al mar.

No buscaba que tuviera mucho, tan solo que fuera un remanso de paz.

Y en el momento en el que puse un pie en ese pequeño pero acogedor apartamento, no volví a salir de mi habitación.

Corrí las cortinas con furia, no quería que la belleza se filtrara a través de ellas, no quería ser espectadora de ella.

Me merecía la oscuridad; es donde me había llevado él y donde antes, sentía miedo, ahora sentía paz.

Cuando las drogas se filtraban en mi organismo, todo lo demás dejaba de existir y ya no sentía nada.

Así estaba hasta que el sol se volvía a poner; era entonces cuando descorría las cortinas y dejaba que la noche me abrazara.

La visión del mar como una balsa, tranquilo y oscuro, me tranquilizaba.

El cielo, profundo, me engullía y las estrellas brillantes eran el recordatorio de que otro día más había pasado, pero que no había dejado de doler.

La intensidad era la misma, el desasosiego y la desolación no se habían rebajado, pero al menos, ahora no podía hacer daño a nadie.

Tampoco descansaba. A lo sumo, caía en un sopor breve durante el día, un paréntesis borroso que no llegaba a ser sueño.

No lloraba, no gritaba, no sentía: estaba anestesiada.

No voz seguía atrapada bajo la losa de realidad que me mantenía hundida a kilómetros de profundidad.

Los sonidos llegaban deformados, la luz no era más que una línea lejana, inalcanzable, y cada latido me hacía agonizar un poco más, mientras mi mente luchaba contra el autosabotaje, contra el impulso de apagar cualquier chispa de consuelo en aquella oscuridad.

Había dejado la luz atrás para abrazar la oscuridad.