39 #2
- ¡Te vas a la playa de viaje y no me invitas!
¡Te parecerá bonito! ¡Tenemos que hablar de cómo te estás comportando, señorita rebelde!
- sonrío, con su mano entrelazada con la de su novio.
Hacían una bonita pareja, algo rara, pero muy bonita.
Tan bonita, que su amor sirvió como daga a mi corazón, clavando, retorciéndose, haciéndome sangrar; borbotones de sangre salían de la herida, que tan solo el agua salada curaría, la del mar y la de mis lágrimas.
- ¿Qué haces aquí, Oli?
- Me ha llamado tu padre y me ha enviado el billete para que me vaya contigo- puse los ojos en blanco, pero entonces caí en la presencia de los hombres que nos observaban desde la distancia, con auriculares y, probablemente, armas ocultas- No lo ha hecho para controlarte, Flora, sino porque está preocupado por ti y, para ser sinceros, yo también.
No hablas con nadie, no dejas que nadie se acerque, ni siquiera a Efrén-dejo el aire salir y me miró a los ojos- Mira, cariño, lo entiendo, de verdad.
Necesitas distancia, pero tienes dos opciones: o cruzamos esa puerta como las mejores amigas del mundo, o la pasamos sin dirigirnos la palabra.
Pero ir, voy a ir contigo. Si quieres, cogemos habitaciones separadas en el hotel.
¡Incluso podemos hacer planes por separado si es lo que deseas!
Pero ni de broma te vas a ir tú sola, porque quiero estar ahí para ti, ¿de acuerdo?
Cuando estés lista, ahí estaré. No pienso volver a perder a mi mejor amiga, ¿ capito ?
Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, mientras que los míos seguían negándose a dejarlas salir. Sus delgados brazos me rodearon y su aroma a cerezas me reconfortó más de lo que estaba dispuesta a admitir. No quería arrastrar a nadie, no quería hacer daño a nadie más.
- Vale- claudiqué, ya no me quedaban fuerzas para intentar disuadirla- Despediros mientras paso las tarjetas- clavé mis ojos sobre los de Nico. Sabía que algo había pasado después de la detención de Carlo y que él lo sabía.
Había ido a parar a una de las comisarías que controlaban los Stracci y eso significaba que lo mínimo que había hecho era una visita.
Era consciente de que Enzo no tenía muchos escrúpulos en cuanto a su familia se refería y que donde iban los Stracci iba Nico y si a eso se le sumaba que Carlo resultó ser el hijo de una de las mafias que controlaban los bajos fondos, la cual estaba enemistada directamente con ellos, no solo era una venganza sino también un mensaje y Efrén había sido parte de ello.
No sabía a ciencia cierta qué había ocurrido, pero no hacía falta ser muy inteligente como para no imaginárselo.
Independientemente de aquello, en los últimos días, Nico había sumado puntos; ya le adoraba antaño, pero ahora, hacía que una pequeña pizca de orgullo floreciera en mi corazón.
No se había separado de Oli en ningún momento; había sido su ancla.
Si ella estaba en el hospital, él estaba ahí; si ella se iba a casa, él la acompañaba y, si ella decidía correr al aeropuerto a por mí, él seguía sus pasos y la miraba con adoración.
- Estaremos aquí cuando estés lista para volver- me dijo. Asentí y le quité de las manos el móvil a Oli para poder validar ambas tarjetas de embarque.
Me di la vuelta y fui hasta el mostrador para validar ambas tarjetas de embarque y, sin saber por qué, en aquel momento, una solitaria lágrima se deslizó por mi mejilla hasta acabar en mis labios.
Pensaba que la primera vez que mis lágrimas abandonaran mis ojos sentiría alivio porque quedara algo dentro de mí, negando la sensación de cascarón vacío que envolvía a mi ser desde que había salido de aquel contenedor.
- Han sido subidas a la clase business, disfruten del viaje-levanté la mirada para clavarla en la joven azafata que me tendía nuestros billetes.
Ambos eran de clase turista; para un vuelo de menos de una hora en una de las mejores aerolíneas italianas era más que suficiente, y mi padre tan solo había pagado el billete de Olivia al lado de mi asiento de ventanilla, así que me preguntaba él por qué de esta decisión.
Miré a la azafata y su rostro y ojos se me hacían profundamente familiares, hasta que recordé que era la misma azafata que nos había atendido en el lounge de primera clase en el viaje a Bruselas .
Su sonrisa perpetua y su moño de bailarina que amarraba con fuerza su cabello cobrizo me desestabilizaron, trayéndome felices recuerdos que ahora no podía gestionar. No en mi salida de Roma, no en mi huida.
- Gracias, Gia- dije cogiendo los billetes de avión que me tendía. Ella se limitó a sonreír y asentir con la cabeza.
La envidié. La envidié por el brillo de sus ojos verdes pardos y por la sonrisa que parecía salirle pura.
- ¿Qué coño?- la sorpresa en la voz de Olivia me hizo buscarla con la mirada.
Con sus ojos clavados en un punto a mi espalda, Olivia avanzó hasta interponerse entre mi cuerpo y el del agente de seguridad, que antes había visto actuar como un pasajero más.
- Debe de acompañarnos, señorita Hidalgo. No puede subir a ese avión- fue a agarrarme del antebrazo cuando Olivia le apartó.
- No la toques. Dile a quien te dé órdenes que se las meta por donde le entren. Necesita subirse a ese avión, así que ya puedes ir olvidándote- desafió con la mirada al hombre de un tamaño desmesurado, con el pelo rapado al ras y con una mirada de pocos amigos.
- Yo solo acato órdenes, señorita. Me limito a seguirlas. No a cuestionarlas. Será mejor que se haga usted y su amiga a la idea de que no va a subir a ese avión.
- ¿Estás sordo? Te estoy diciendo que necesita subir a ese avión.
¡Qué coño! ¿Por qué me estoy fiando de ti?
Quiero ver tu placa y las credenciales, además de que me enseñes ante quién estás respondiendo.
Llevo siendo amiga de Flora años y jamás he visto tu fea cara ni una vez en la embajada.
¿Quién me dice que no eres un loco? Credenciales, placa y ante quién estás respondiendo.
Lo quiero. Para hoy- la verborrea de Olivia se fue diluyendo hasta ser un rumor más, sumado a los ruidos de maletas, megafonía y voces desconocidas.
Yo no necesitaba ninguna credencial, ni ninguna placa; yo sabía ante quién estaba respondiendo, sabía quién había dado la orden para que no subiera a ese avión. Había dejado abandonado mi corazón a su lado en la cama.
- Es él, ¿verdad?- mi voz se rompió y las lágrimas volvieron a picar tras mis ojos, sin salir- Déjame hablar con él.
- Joder, lo haré encantado. Si con eso me deja de gritar, al igual que la insufrible de tu amiga- me pasó su teléfono.
- ¿A quién llamas tú insufrible?…
Me alejé, dejando a Olivia con su acalorada discusión con el agente de seguridad. Me llevé el teléfono a la oreja y, por un segundo, me compadecí de que tuviera que escuchar tales gritos y ahora los de la persona que se había declarado mi protectora.
- Detenerla, joder. Materazzi, como Flora suba a ese avión, se me va a ir la puta cabeza.
¡No puede coger ese avión! ¡¿Me oyes?! ¡No puede irse en ese maldito vuelo!
¡Me importa una mierda cómo lo hagáis, pero si coge ese avión, voy a querer vuestras cabezas!
¡Paralizar ese puto aeropuerto, haced aterrizar ese avión si fuese necesario!
¡No me importa el cómo, solo hacedlo, joder!
- su voz, rasgada por la rabia y la angustia, se filtraba por el auricular, mezclada con los ruidos del tráfico.
Maldecía de la peor forma que había escuchado jamás a alguien, con un dolor que nunca había oído en nadie- ¡No puede irse!
¡No puede dejarme!- la súplica, impregnada de desesperación, me atravesó el pecho.
Me tambaleé, como si me hubieran arrancado el suelo bajo los pies- Cinco minutos, solo cinco minutos, es todo lo que necesito.
- Soy yo- no tenía ningún derecho a que mi voz se quebrase, a que las palabras me salieran ahogadas, con el corazón hecho pedazos, con las rodillas a punto de ceder bajo el peso de la angustia. No podía respirar; cada inhalación era un dolor punzante en mis pulmones.
- Colibrí- su voz, tan suave como un susurro, pero cargada de algo que casi me hizo llorar.
Si el alivio pudiera tener forma, sería el aire entrando lentamente en sus pulmones, como si después de una eternidad de dolor, por fin pudiera dejar escapar mi nombre, un nombre que parecía ser su único consuelo. Un consuelo que envenenaba su alma.
- Tenías razón, solo fue una vez. Solo tenía que ser una vez. Solo fuimos una vez- y esa vez fue todo para mí.
- No, no tenía razón. Maldita sea, nena, espérame.
Estoy tan cerca…en menos de tres minutos estaré allí.
Solo dame tres minutos, por favor. Tres minutos más.
Tres minutos, y esos malditos minutos serán nuestros.
Nos los merecemos- su voz se rompió, destinando su último gramo de esperanza, como quien suelta un suspiro para morir.
El dolor me atravesó, profundo, como una daga afilada; más cruel que cualquier herida que Carlo pudiera haberme causado. Quemaba. Consumía.
- No puedo. No puedo, Efrén .
- Sí que puedes, ¿me oyes, colibrí? Sí que puedes. No puedes abandonarme. No ahora, no así. ¡No puedes creer la mayor mentira que jamás diré!
- Atención, señores pasajeros con destino a Nápoles: se les informa que esta es la última llamada para el embarque- la llamada por megafonía se filtró entre mis macabros y tristes pensamientos, haciendo que me encontrara con la triste mirada de Olivia, quien, cobijada debajo de los brazos de su novio, esperaba pacientemente a que tomará la sesión final.
- No subas a ese avión, colibrí. Te lo suplico. No subas. Quédate conmigo. Elige quedarte conmigo.
- Efrén…
- Estoy aquí, déjame llegar a ti. Déjame demostrarte que no estamos rotos, que podemos ser una nueva oportunidad, que seremos mejores.
- No hay nada a lo que puedas llegar. Es demasiado tarde. Acabó con todo. Acabó conmigo. No me queda nada…nada que darte.