Fuimos Roma 39
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Someone you loved

Flora

Bajé del taxi sintiendo cómo mi corazón martilleaba en mi pecho. La falta de aire comenzaba a apoderarse de mí, y la ansiedad que se arremolinaba en mi garganta y estómago. Pero debía de hacerlo. Debía entrar.

Abrí la puerta lateral con la mano temblorosa y el pasillo interior lleno de plantas apareció ante mí.

Me encantaba sentarme en los escalones de la puerta principal y dejar que el sol calentara mi piel mientras leía o escuchaba música, pero hasta aquello, lo había mancillado, porque también era el mismo lugar en el que le había conocido oficialmente, la primera vez que lo había visto.

Tomé aire y levanté un muro en mi interior, dejando cualquier sentimiento fuera de juego; si iba a hacer aquello, los sentimientos, los recuerdos, no podían formar parte.

Subí los escalones de la puerta principal con el cristal clavándose en la palma de mi mano.

Apretaba con tanta fuerza que me daba miedo partir las alas frágiles, que dejaban grabados todos sus detalles en mi piel.

Con el pasador, entre mis manos, siendo el núcleo de todas mis escasas fuerzas, abrí la puerta. El olor me dio una bofetada, fue tan reconfortante como doloroso, como el viento, no podía verlo pero sí sentirlo.

El olor fresco a lirios y suavizante me inundó hasta hacerme flaquear; no tenía tiempo para ello. Efrén apenas dormía las horas justas; si se despertaba, iba a intentar detenerme y yo tenía un vuelo que coger.

Subí las escaleras hasta mi dormitorio, intentando no concentrarme en todo lo que este lugar me hacía sentir.

Saqué la maleta del armario y comencé a meter toda mi ropa de cualquier manera, sin ningún orden, antes de tomar un bolso grande para guardar los objetos esenciales que debía llevar conmigo.

Me dirigí a la mesilla de noche para coger mi documento de identidad y los auriculares, cuando recordé que guardaba un recuerdo especial en ese cajón.

Revolví todo, pero no encontré nada. Debía de habérselo llevado la policía, aunque no entendía muy bien por qué.

Metí una fotografía con Olivia dentro de uno de los libros que había empezado a leer y traté de recordar si me faltaba algo más, cuando la voz de mi padre me sobresaltó.

- No la vas a encontrar- me di la vuelta y me encontré con él, vestido con un pijama de camiseta azul y pantalones de cuadros. Parecía cansado- La fotografía que guardabas en el primer cajón con Efrén, no la vas a encontrar.

- Igual es mejor así- me encogí de hombros y cerré el bolso de un fuerte tirón.

- No la vas a encontrar, porque cuando subió a tu habitación, buscando los anónimos, la encontró en tu mesilla y la guardó.

La miraba cuando no conseguíamos dar contigo.

Te necesitaba- si había un apéndice de mi corazón que no se hubiera roto, con aquella declaración, se había terminado por destrozar .

Me quedé en silencio, mirándolo, mientras las lágrimas me escocían tras mis ojos, sin llegar a brotar; así había sido desde que salí del hospital. Me fijé en mi padre: parecía haber envejecido varios años en cuestión de semanas, como si le hubieran arrancado el tiempo de cuajo, dejándolo desvalido.

- ¿Te vas?- asentí y dejé la maleta en el suelo.

- Necesito irme, papá.

- ¿Y lo ibas a hacer sin decirme nada?- otra puñalada más a mi interior.

- Tienes la información de mi billete y de mi alojamiento en tú teléfono. Además, pensaba llamarte cuando estuviera allí; no quería despertarte.

- Llevo sin dormir desde que desapareciste, hija. No puedo conciliar el sueño, pensando que puedo volver a perderte-agarré con fuerza el mango de la maleta y ahí me di cuenta de que no solo estaba haciendo sufrir a Efrén, sino a todos aquellos que formaban parte de mí.

Dí dos pasos rápidos y me refugié en los brazos cálidos y familiares de mi padre.

Me sostuvo con fuerza contra su pecho, besando lo alto de mi coronilla, protegiéndome con su olor a cedro y cítricos y la suavidad de su camiseta de algodón.

Me dejé abrazar por mi padre durante unos minutos; mi corazón dejó de cabalgar como un loco, tornando en un latido rítmico y tranquilo.

- Lo siento, papá, debí haberte contado lo de los anónimos, debí de haber hablado contigo, pero…sentía que si lo decía en alto, iba a convertirse en realidad y no quería que tuviera tanto poder sobre mí. Siento hacerte sufrir .

- Cariño- su voz sonó trémula y cogió mi rostro entre sus manos, fijando sus ojos celestes sobre los míos- Siento no haber sabido protegerte, estaba tan metido en el trabajo que ni siquiera me di cuenta de lo que ocurría.

Quise centrarme en la felicidad que veía en ti, enamorada, y no me di cuenta de nada más.

Soy tu padre, Flora, por el amor de Dios, y eché la culpa a Efrén de no haber sabido protegerte cuando eso es tarea mía, no suya.

No supe ver qué ocurría en mi propia casa, no supe qué hacer con la persona que más quiero en esta vida. Lo siento, cariño.

- ¿Desde cuándo sabías que había ocurrido algo entre Efrén y yo?

- Mi niña, puede que no me diera cuenta de muchas cosas, pero eres mi hija. Conozco tus ojos, cómo se iluminan cuando miras a alguien que amas, conozco tu sonrisa cuando eres feliz y, mi vida, mientes fatal- puse los ojos en blanco y por un segundo tuve ganas de reír- ¿Sabe que te vas?

- Le he dejado una carta; espero que la lea cuando despierte.

Papá, no le digas dónde estoy, por favor.

Sé que intentará buscarme, pero necesito que no lo haga.

Necesito darle la oportunidad de ser feliz, incluso si eso significa hacerlo lejos de mí- me encogí de hombros y me alejé de él hasta tomar mi maleta- Dile a Oli que la llamaré, que no se preocupe.

Que cuando esté lista, volveré. Y… dile que me perdone, por favor.

Mi padre asintió en silencio, sus ojos reflejaban más palabras de las que podía decir. Me abrazó, y en ese instante sentí el peso de la despedida. Finalmente, abandoné mi habitación, dejando atrás todo lo que una vez llamé hogar .

La notificación del taxi me llegó en el momento en el que bajé la escalera; mirando a mi alrededor, con miles de recuerdos, tomé aire y me convencí de que aquello sería la mejor decisión.

- ¡Cariño!- mi padre bajó las escaleras a toda prisa hasta quedarse ante mí- Prométeme que me llamarás, que me mantendrás informado.

Prométeme también que llamarás a Diego, si no quieres que llame a la Interpol, y prométeme, que cuando vuelvas, mi hija, mi niña, estará de vuelta- asentí y con las lágrimas de nuevo, quedando tras mis párpados, salimos a la noche cerrada de la ciudad.

Cogió mi maleta y mi bolso y los guardó en el interior del maletero.

Vi la sorpresa en los ojos de los militares, en aquellos que les tocaba hacer guarda aquella noche, y esperé que nadie de aquí llamara a Efrén.

Esperaba que me fueran fieles y que respetaran mi decisión silenciosa que todos los que estábamos ahí sabíamos que había tomado.

Mi padre, la persona más formal y protocolaria que conocía, estaba ante ellos en pijama, despidiendo a su hija, que se iba para no saber cuándo volver. Nos dimos el último abrazo y me metí en el interior del vehículo, que rápidamente enfiló para las afueras de la ciudad, dirección al aeropuerto.

Pasé el control del aeropuerto a la hora, facturé mi maleta y todavía me quedaba una hora para embarcar.

Fui hacia una de las cafeterías del aeropuerto; estaba segura de que el café iba a ser más bien mediocre teniendo en cuenta la ciudad en la que nos encontrábamos.

Pedí un café tamaño grande y me senté en las sillas metálicas de cara al amanecer que iba a comenzar en pocos minutos .

A esta hora de la mañana o de la noche, el aeropuerto era un sitio tranquilo; nada tenía que ver con el caos que normalmente reinaba.

Las personas no corrían de un lado para otro, no se mostraban ansiosas por llegar a su destino; solo reinaba la calma, aunque aquello no quitara que no preguntara adonde iban o cuál sería su historia.

Comencé a hacer ese juego en mi cabeza en el momento en que mi padre comenzó a viajar de seguido por trabajo.

En la cabeza de una niña de diez años que acompañaba siempre que podía a su padre, se creaban historias alrededor de mundos de fantasías con dragones, princesas y música.

Con el paso de los años, esas historias comenzaron a tener protagonistas, unos protagonistas extraños de los que solo conocía su rostro, pero no sus vidas, y eso dejaba una fuente inagotable de futuras historias que podía crear y enredar a mi antojo.

No sabía por qué aquellos recuerdos me asaltaron; puede que fuera por el sentimiento de desolación que me envolvía o puede por la manera en qué mi mente de despedirse de aquella niña.

No lo sabía, pero ahí estaba, con la vista clavada en los viajeros que pasaban por delante de mí, con los primeros rayos de sol asomando por el horizonte.

- Llamada para los viajeros con destino Nápoles, embarquen por la puerta cuatro, por favor- la voz femenina que sonó por los altavoces me instó a levantarme y a dejar ahí todos esos pensamientos.

Fui hasta la puerta de embarque y esperé pacientemente en la cola, con el recipiente caliente entre mis manos. Esperaba que calentara mi interior y que la sensación gélida que calaba mis huesos desde entonces desapareciera, al menos durante unos segundos.

- ¡Flora! ¡Flora!- me giré al escuchar mi nombre. Mis ojos escanearon el largo pasillo, buscando a la dueña que reconocería en cualquier lugar.

Encontré a Oli avanzar hasta mí a toda velocidad, de la mano de Nico. Llegaron hasta mi altura, con la respiración acelerada, sonriendo. Miré hacia abajo y vi su maleta; no entendía nada, ¿cómo sabía dónde encontrarme?