38
Skinny love
Flora
No recordaba mucho de los días siguientes a mi salida del hospital.
Mi vida, atrapada en una burbuja de cristal que me había construido, se reducía a una sucesión de horas vacías, marcadas únicamente por el inicio y el fin de cada día.
Pasaba las horas sentada en el sillón junto a la ventana, observando cómo la vida seguía su curso.No hacía nada, no decía nada, solo existía.
Efrén, a pesar de todo, intentaba estar conmigo tanto como podía.
Su presencia era constante, aunque yo no fuera más que una sombra de quien solía ser.
Intentaba que hablara, pero las palabras parecían haberse perdido en un rincón inalcanzable de mi ser.
Intentaba que descansara, pero las pesadillas hacían que volviera una y otra vez a aquel contenedor y el rostro de Carlo se viera con nitidez, convirtiéndose en el monstruo que de niños creíamos que estaba debajo de la cama.
Los brazos de mi ángel guardián me agarraban con fuerza, me estrechaban contra su pecho cálido, sus labios, objeto de todos mis deseos, susurraban palabras de afecto, mientras que sus dedos me acariciaban, acunándome, creando la nana perfecta, que protegía mis noches.
Puede que no sintiera nada; me había convertido en un ser inerte carente de cualquier tipo de motivación para subsistir, pero eso no significaba que no viera.
Veía su mirada de preocupación, sus ojos tristes, las ojeras que decoraban la línea de sus pestañas; veía cómo se quedaba unos segundos apoyado en el marco de la puerta antes de salir, como si le diera miedo que fuera a desaparecer.
Veía cómo suspiraba al llegar a casa y me encontraba en la misma posición; veía cómo había colocado mis vestidos, faldas y camisetas en su armario, cómo cada mañana dejaba mis vestidos favoritos encima de la cama con la esperanza de que me los pusiera al salir de la ducha y no el mismo conjunto gris que usaba cada día.
Veía cómo traía mis cosas favoritas de la embajada, con el fin de que me sintiera bien en su casa.
Veía como cada prenda que había traído no era casualidad, sino que todas eran importantes en nuestra historia, incluso los pijamas, como el que me puse la primera vez que dormimos juntos en Bruselas.
Veía, veía todo lo que intentaba hacer, pero también veía su sufrimiento, veía cómo abandonaba la habitación durante unos segundos antes de volver a intentar hablar conmigo, veía las lágrimas contenidas cuando me despertaba de una pesadilla, veía el dolor inhumano que le estaba infligiendo sin yo quererlo.
Veía cómo le dolía cuando no era capaz de responder a sus besos, veía cómo le partía en dos cada vez que me estremecía al sentir el contacto de sus manos o cómo me asustaba cuando me tocaba sin avisar.
Todo aquello lo veía, pero no era capaz de hacer nada.
Veía cómo se agarraba a lo que un momento fuimos, aunque estuviéramos destinados al más fatal fracaso.
Veía cómo ya no podíamos ser, si no, que nos tendríamos que conformar con los recuerdos de lo que un momento fuimos.
Porque por unos fugaces momentos, fuimos el amor de una ciudad eterna.
Con sus grietas, con sus ruinas, con su belleza, con sus colores, con su alegría, con su historia, con su amor .
Odiaba haberme convertido en una muñeca de trapo que va de mano en mano buscando algo de cariño, de llenar el vacío que tenía en el centro del pecho, que cada vez se hacía más y más grande por no poder hablar.
Las palabras estaban presas en mi garganta, deseando salir y poder derrumbarme de una vez por todas, pero era incapaz.
No era capaz de mirar a Efrén sin culpa, de relacionar cualquier palabra, gesto, caricia con algún recuerdo de aquel contenedor.
Todo había pasado porque yo me había enamorado de él, porque había decidido ir a por quien quería, por pensar únicamente en mí, por mi enfermiza necesidad de creer en el amor romántico.
Pero creer se me quedó corto, necesitaba vivirlo y lo hice, vaya si lo hice, pero hubo consecuencias, siempre las hay.
Y por tan solo pensar en mí, en mi felicidad y en mi mayor deseo, pasó todo lo demás; les hice sufrir, les hice llorar y desesperarse.
Carlo me lo dijo: si le hubiera elegido a él, esto no hubiera pasado.
Tenía que marcharme, dejarle, permitir que continuara sin mí.
Sabía que él no iba a dejarme; todavía pensaba que podía salvarme, pero no se daba cuenta de que de quien me tenía que salvar era de mí, de mis recuerdos, de mis traumas.
No podía seguir viendo como se encendía una chispa en su mirada cuando intentaba traerme de vuelta a mi antigua yo.
Trayéndome comida de Nicoletta con cannolis incluidos, preparándome el café como a mí me gustaba, poniéndome música que antes me emocionaba, preparando cenas con Olivia y con Nico por verme contenta, dejando flores frescas cada mañana, para cuando abriera los ojos, tuviera simple razón para sonreír .
No podía seguir viendo cómo le rompía el corazón con cada día que pasábamos juntos.
Sabía que iba a arrancarme el corazón, pero lo haría una y mil veces si con ello él iba a vivir.
No podía convertirme en Aron, ser otra razón por la que pusiera su vida en pausa; no podía infligirle tal dolor que ya había experimentado y, si debía inmolarme en nombre del amor más puro que sentía por él, lo haría gustosa.
Con cuidado, levanté su cabeza del centro de mi pecho y su mano de mi cadera, para sustituirme con uno de los almohadones.
Me puse los pantalones de chándal junto a la sudadera en silencio.
Antes de agarrar mi bolso, me agaché hasta quedar a la altura de la cama y, con todo el amor que sentía, posé mis labios sobre su mejilla.
Dos lágrimas recorrieron mi rostro; solo necesitaba un poco de valor para traspasar esa puerta.
Todavía podía quedar algo en mi interior.
- Te quiero, Efrén Torres. Gracias por salvarme- pasé los dedos por sus mejillas, sobre las que descansaban sus oscuras pestañas- Siempre, pase lo que pase, dará igual el tiempo, te querré- le susurré antes de salir de la habitación, sin mirar atrás.
Saqué el papel que quemaba mis dedos fríos y lo deposité sobre la encimera. Esperaba que dentro de aquella carta de amor encontrara una razón para perdonarme y, si no era así, me merecía vivir con ello.
“Amor, cuando despiertes, ya no estaré. No estaré a tu lado, ni me encontrarás al otro lado de la puerta cuando vuelvas a casa. No despertaré contigo en tu cama, ni seguiré destrozándote por no ser capaz de avanzar .
No espero que algún día puedas perdonarme.
No espero que mi recuerdo viva siempre contigo, como el tuyo lo hará conmigo.
No espero que cada paso que des tenga un rincón en tu memoria, ni que desees volver a verme.
Pero lo que sí espero es que el marcharme sea lo suficientemente fuerte como para permitirte vivir.
No me marcho porque no te ame, porque sí, Efrén Torres, te quiero.
Te quiero como nunca creía posible. Pero me arrebataron la posibilidad de confesártelo, la posibilidad de que al final nuestra única vez no sea la excepción, sino una constante.
No me marcho porque no seas la única razón por la que he seguido respirando todo este tiempo.
Me voy porque no puedo seguir haciéndote esto.
Sé que lo negarás, que te lo negarás, pero te estoy destrozando.
La sombra de lo que fui te destroza con la falsa esperanza, con la idea de que, tal vez, algún día pueda volver a ser la que una vez conociste.
Pero no puedo seguir permitiéndolo. No puedo ser tan egoísta como para mantener a mi lado sabiendo que te estoy consumiendo.
Será el mayor acto de amor que alguna vez haré.
Porque aunque ahora no lo creas, has sido mi primer gran amor.
Un amor corto, intenso y a la vez prolongado en el tiempo, formándose tan lentamente que enamorarme de ti no fue una opción entre muchas, sino que fue la única.
¿Recuerdas la noche de fin de año? Estábamos tan cerca, a solo unos centímetros.
Clavaste tus ojos en los míos y fue entonces cuando lo supe.
Me había enamorado de ti, sin siquiera ser consciente de ello.
Lo supe porque no recordaba nada en lo que no te tuviera a ti, como si mi vida pasada no hubiera existido y el oxígeno solo llenara mis pulmones cuando finalmente tuviste a mi lado.
¿Qué habría sido de mí sin ti?
Tu norma nos mantenía a una distancia prudencial, aunque ya hubiéramos saltado al vacío.
Y aun así, era tal la euforia al sentir tus labios sobre los míos que, egoístamente, no deseaba nada más, sin importarme ninguna de las consecuencias que nos traería.
Si hubiera sido menos egoísta, quizá, solo quizá, nada de esto hubiera pasado y no habría dolor en tu mirada.
Yo, tu Julieta de Verona, solo quería amarte y que me amaras, pero no merece la pena si, en el nombre del amor, arraso con todo, hasta que solo queden las cenizas de lo que una vez fue mi mundo.
Te lo confieso entre estas líneas, como una cobarde, porque dentro de mi debilidad, necesito que sepas que te quiero y ni siquiera he podido mirarte a los ojos para exponerme ante ti.
Te quiero, Efrén. Te quiero cuando posas tu mano en mí cuando conduces.
Te quiero cuando hago cosas que me ponen en riesgo y tú estás ahí, para protegerme.
Te quiero cuando cada mañana me miras desde el otro lado de la cocina mientras bebes de tu taza de café.
Te quiero cuando pasas tu mano por mi pelo cuando estás distraído.
Te quiero cuando me abres tu corazón y me das el privilegio de mirar dentro.
Y sobre todo, te quiero por haberme encontrado.
Siempre serás tú, Efrén, mi gran historia de amor .
Pero necesito que sigas sin mí, aunque mi corazón siempre te pertenecerá. Acepta mi amor por ti, acepta que no deseo seguir consumiéndote.
El amor, nuestro amor no es esto. Nuestro amor son nuestras almas encontrándose en una Roma llena de ruinas; fuimos nosotros y ahora soy incapaz de darte lo que necesitas, lo que mereces.
Se nos acabó el tiempo antes de ni siquiera tener la posibilidad de querernos. Estábamos condenados a la manecilla del reloj, a un paso en falso, a un descuido o a un error.
Me salvaste la vida y nunca viviré lo suficiente como para agradecértelo, pero nuestros caminos se tienen que separar.
Lo hago yo porque sé que tú jamás me abandonarías, pero es la única solución que nos queda.
No quiero destrozarnos, no quiero darle ese poder.
Para mí siempre serás tú y quién sabe, puede que algún día nuestras almas se vuelvan a encontrar y entonces pueda amarte sin oscuridad en mi corazón.
Te quiero, mi amor, siempre lo haré. Aléjate, vive y sé muy feliz”.