37 #3
Mi voz era apenas un susurro cuando Efrén se giró hacia la puerta. Justo cuando iba a salir, se detuvo y me miró, con una intensidad que hizo que se me secara la garganta.
- Quererte es de la pocas cosas que he hecho bien en esta vida, Flora- su voz no titubeó, como quien afirma algo irrefutable- Ni siquiera tuve la oportunidad de no hacerlo.
Creo que te quise en el instante en que te vi en la cocina, recién levantada.
Me dejaste sin opciones. Pero la realidad es que…
es culpa mía que Carlo lo tuviera tan fácil.
Si hubiera hecho bien mi trabajo, ahora no estaríamos en este hospital.
Y tú seguirías siendo la de siempre. No una versión triste y destrozada de ti.
Abrió la puerta con rabia. Escuché su voz llamando a una enfermera antes de que la puerta se cerrara tras él.
A los pocos minutos, una enfermera estaba cambiándome la vía y limpiando la sangre que se había acumulado alrededor.
Escocía y picaba, pero no me importaba. Al menos podía sentir algo.
Al menos podía sentir algo. No me importaba que no fuera bueno, era mejor que la nada ¿no? ¿Todavía había esperanza para mí?
- Intenta descansar un poco, cielo- dijo la enfermera con voz dulce.
Miró más allá de mí, sonriendo al ver a Efrén de pie, rígido, observando cada uno de sus movimientos con una atención desmesurada.
- Parece que tienes un ángel guardián- añadió sonriéndome, antes de comprobar el gotero.
Al pasar junto a él, le dirigió una mirada y, como si yo no estuviera ahí, le dijo en un tono de confianza que me pareció excesivo:
- Si ves que no es capaz de dormir, avísame. Estaré aquí hasta mañana- Efrén asintió, y ella le dio un apretón en el hombro antes de salir.
El ligero click de la puerta al cerrarse fue todo lo que Efrén necesitó para acercarse a mí.
- Intenta dormir un poco, colibrí.
Me tumbé y me hice a un lado de la cama. No era muy grande, pero aún así, cabríamos los dos.
- Cogeré la silla, no te preocupes- murmuró, acariciando mi mejilla con suavidad, evitando las zonas golpeadas y sensibles.
- Sé que la cama no es muy grande, pero… no creo que pueda dormir si no estás conmigo- confesé, sintiendo mi voz quebrarse- Te necesito, Efrén.
Con gesto de derrota, tiró del extremo de su sudadera y con un rápido movimiento se deshizo de ella, junto a sus deportivas. Con una sencilla camiseta blanca, se metió en la cama, abrazando mi cuerpo contra el suyo.
Nuestros cuerpos estaban tan juntos que casi podíamos fusionarnos en uno solo.
Mi oído quedó pegado a su pecho, escuchando el rítmico latido de su corazón.
Era fue la única melodía que necesité para calmarme.
Para poder cerrar los ojos. En mis sueños estaría él, pero al menos tenía sus brazos protectores a mi alrededor.
Para salvarme, aunque esta vez fuera de mí misma.
Horas después, desperté sola.
La angustia me oprimió el pecho de inmediato. Me incorporé de golpe, buscando con rápidos movimientos a través de la habitación.
No estaba.
Mi pesadillas se había cumplido.
Ahora era él quien desaparecía.
Intentaba alcanzarlo, pero no podía. Su cuerpo era una sombra a la que corría con todas mis fuerzas, sin conseguir nunca tocarlo.
No podía culparle, no podía obligarle a quedarse, apenas yo misma me reconocía como para que lo hiciera él.
No una versión triste y destrozada de ti.
Esas habían sido sus palabras.
Era normal que mi nueva versión no le gustara. Se había enamorado de la que fui. No de lo que era ahora: una persona con miedo, con dependencia. Tal vez era el momento de dejarlo marchar.
Si yo misma me daba pena, no quería ni imaginarme cómo me veía él .
Entonces, su voz llegó a mí desde el otro lado de la puerta.
Sentí vergüenza por haber dudado de él, pero no podía evitarlo. El miedo seguía ahí. El miedo a que se fuera. A que todos lo hicieran.
Había dejado de merecer su amor, el cariño de quienes me rodeaban. Ahora, no era más que un cascarón vacío, sin vida, sin esperanza. Solo el recuerdo de lo que fui.
Minutos después, la puerta se abrió. Efrén entró acompañado de mi padre y Diego.
Era la hora de irnos.
Oficialmente, me daban el alta. Ahora, entendía el miedo que sentían los presos a la libertad. A la posibilidad de un todo fuera de las cuatro paredes que te había mantenido a salvo de ti mismo.
Miré el desayuno que la enfermera me había traído. No lo había tocado. Apenas había revuelto el yogur con la cuchara, distraída, y las dos cucharas que había conseguido tragar ahora luchaban por volver a salir.
No podía volver allí.
Pero tenía que hacerlo.
Era mi casa.
Mi hogar.
No tenía otra opción. Aunque no me sintiera nunca más segura.
Me bajé de la cama y, al poner los pies en el suelo, un mareo me sacudió. El frío del suelo atravesó mi piel, pero me obligué a reponerme.
- Voy al baño a cambiarme- informé a los tres pares de ojos que me observaban como si fuera de cristal .
Cuando entré, cerré la puerta y vomité lo poco que tenia en el estómago.
No podía volver allí.
Pero tenia que hacerlo.
Me lavé los dientes y me cepillé el pelo, recogiéndolo en un moño deshecho en lo alto de la cabeza. Cambié el pijamas por un chándal y salí.
Los tres hombres de mi vida me esperaban: mi padre, Diego y Efrén.
Había llegado el momento.
El pánico me recorrió el cuerpo.
Me había arrebatado incluso mi hogar.
Mi padre seguido de Diego salieron a la sala de espera a recoger el alta medica, mientras Efrén me miraba, con la manos metidas en sus vaqueros desgastados.
Debían de haberle traído ropa limpia, porque aunque no llevara el uniforme, sí llevaba su placa.
Y, bajo su chaqueta de cuero, juraría que también sus armas.
Armas.
Violencia.
Sangre.
Frío.
Fotografías.
Humedad.
Droga.
Oscuridad.
Todo me hacía volver allí. Me ahogaba. El aire no llegaba a mis pulmones .
Efrén se acercó y, con delicadeza, me quitó la bolsa de las manos. La había estado apretando con tanta fuerza que el cuero se me había clavado en la piel.
Él deslizó sus dedos en su lugar, agarrando mi mano con firmeza, acariciando mis nudillos.
- Cuando estés lista, colibrí.
Respiré hondo.
Mentí.
- Estoy lista.
Porque no tenía otra opción.
No podía quedarme aquí solo por tenerle miedo al fantasma de Carlo.
Salimos de la habitación hacia un pasillo blanco de luces frías y sillones de diseño.
Mi padre y Diego estaban hablando con el doctor Bellini, el doctor que nos derivó directamente los Stracci.
Debía de ser realmente bueno si era el medico de la familia, no se conformaban con menos que la excelencia.
Había sido atento y cuidadoso conmigo. No me tocaba sin avisar y las preguntas las hacía con un tono cariñoso que me calmaba.
Entre las tinieblas de mi poca consciencia cuando estaba en urgencias, escuché como pedía que abandonaran la habitación aquellos que no hicieran nada de máxima urgencia, desde aquel estado, se lo agradecí. No quería que me vieran así.
Curó mis heridas, mando hacerme todo tipo de pruebas y distinguí rastros de maldiciones cuando no pudo retener mas la pregunta de abuso sexual, al igual que su suspiro cuando lo negaron .
No me había violado. No físicamente, pero emocionalmente me había destruido. Me había roto en mil pesados y no solo tendría cicatrices en mi alma, si no también en mi cuerpo, que me recordaría una y otra vez, que él tenía el control sobre mí.
- Es hora de volver a casa, Flora. Si te encuentras mal, si tienes algún mareo o si algún corte se abre la herida, por favor, no dudes en llamarme- sus ojos color miel tan pálidos, que parecían irreales, brillaban con la verdad en ellos.
De su bata sacó una simple tarjeta blanca, en la que podía leer su nombre y su número de teléfono- Me he tomado la libertad de escribir también mi número personal.
Sí eres importante para los Stracci, te conviertes en una de mis pacientes con preferencia.
Por favor, no dudes en usarlo- la mano de Efrén se había tensado alrededor de la mía.
No me llegaba a hacer daño, pero apretaba lo suficiente como para que el mismo aflojara y me mirara disculpándose con la mirada.
- Lo haré, doctor Bellini. Gracias- hice una especie de mueca que quería que fuera una sonrisa, pero era lo máximo que podría conseguir de mí.
- Ahora salir de aquí, me quedan un par de operaciones. ¡Aunque no me dan tanto respeto como las llamadas que voy a tener que hacer para informar a Enzo de tus avances!- mostró su dentadura blanca al sonreír, sacando una pequeña risa a mi padre.
- ¿Enzo?- pregunté sorprendida.
- El señorito Stracci ha estado muy pendiente de cada uno de tus avances. Debe de considerarte de la familia- creo que mi cara de sorpresa fue colosal, porque el doctor y mi padre sonrieron con ternura ante mi expresión.
- Todo el mundo te ha echado de menos, ratona. Están felices porque vuelvas- dijo entonces Diego.
- Es hora de volver a casa, hija- quién se acercó a mí y depositó un beso en lo alto de mi cabeza- ¿Nos vamos?- me preguntó, buscando mi aprobación, sin saber a qué atenerse.
- Sí- mi voz apenas había sido un susurró.
Apretaba la mano de Efrén con tanta intensidad que tenia los nudillos blancos. Ahora mismo, él, era lo único que me mantenía a flote antes de caer en el miedo escalofriante que me daba volver a pisar lo que había sido mi hogar.
Miré a Diego, en quién juraría haber visto un destello de aprobación en sus ojos al vernos juntos y después a mi padre, quien asintió dándome un beneplácito silencioso. En ese momento sonó su teléfono y haciendo algo, que no había visto hacer en los últimos cuatro años, colgó el teléfono.
En silencio nos dirigimos hacia al ascensor, el cual nos llevo a la calle.
Los rayos del sol cayeron sobre mi piel, calentándola, a su paso, el cielo, estaba completamente azul, apenas había nubes y la brisa corría ligera.
Olía a césped recién cortado y la explosión de olores que provocaba la tierra mojada a causa de los aspersores.
Monté en el coche con Efrén, mientras que mi padre y Diego iban en otro vehículo delante de nosotros.
Su mano no soltaba la mía, ni siquiera para cambiar la marcha. Condujo despacio, sin prisa, ganándose los pitidos de los demás usuarios romanos impacientes ante su falta de velocidad endemoniada que caracterizaba la conducción de la ciudad.
Sabía lo que estaba haciendo. Lo supe desde el primer desvío.
Y lo quise por ello.
No tomó el camino directo, sino que con cada desvió, me fue preparando para llegar a la embajada. Me estaba dando tiempo.
No sabía como era consciente del miedo que me daba volver. Ahora que me tocaba volver, no lo sentía más mi hogar. Lo sentía como un lugar hostil en el que me habían estado espiando y en la que había comenzado una turbia relación entre el corazón de un villano y el inocente, llevándolo al desastre.
Bordeó la ciudad. Pasó por cada uno de los lugares en lo que habíamos estado juntos. Quiso regalarme un tiempo que Kronos no estaba dispuesto a alargar hasta el infinito.
- Gracias- me miró extrañado- Sé lo que estás haciendo.
- No pude protegerte- apretó el volante- No pude evitar que desconocidos te vieran vulnerable.
No volveré a cometer el mismo error. Sí para ello tengo que recorrer el país entero en coche, para darte tiempo, lo haré.
Haría cualquier cosa por ti, Flora Hidalgo- inspiré hondo, tratando de controlar el temblor de mis manos.
Él las sostuvo. Siempre lo hacía.
- Entonces, llévame a la embajada- necesitaba saber si estaba lista- Es hora de volver- el asintió y condujo hasta la embajada.
Detuvo el coche y abrió la puerta lateral para acceder directamente al patio interior.
La visión de esas puertas dobles de madera, abriéndose con lentitud robaron mi ultimo aliento tranquila.
Comencé a hiperventilar, el aire no largaba a mis pulmones y le vi ahí, fumando, tranquilo, mientras me sonreía.
Vi toda nuestra historia. El día que le conocí en ese mismo patio.
Nuestras risas. Sus brazos alrededor de los míos.
La facilidad con la que me había fotografiado.
Mis besos robados a la fuerza. Las discusiones.
Los anónimos. Todos estaba en el interior de esta casa. No podía volver. No quería volver.
- ¡Flora! ¡Colibrí!- Efrén me sacudió- ¡Dime qué ocurre, nena! ¡Me estas asustando, joder!
Sus manos sujetaron mi rostro, obligándome a mirarlo.
- Sácame de aquí. Esto no es mi casa.
Echó marcha atrás de inmediato.
Nos alejamos.
Y lo último que vi fue el dolor en los ojos de mi padre y Diego.
Ahora, todo era dolor.